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Chapter 7 - Es un día bonito

En mi vida pasada, mi relación con Yu-Sigeon podría decirse que era buena.

«Kim Hajin, ¿cuál me queda mejor, este o este?».

Ella me mostró dos uniformes escolares: uno azul y otro rojo. A mí sinceramente me gustaban ambos, pero no creo que esa sea la respuesta que una mujer quiera escuchar, ¿verdad?

«El rojo», dije encogiéndome de hombros. Dejé escapar un fuerte suspiro.

Umm… aún recuerdo ese día. Una imagen de ella despidiéndose me llegó a la mente.

Me levanté de la cama. Miré el celular: eran las ocho de la mañana. Ella dijo que nos encontráramos al mediodía, ¿verdad?

Me dirigí al baño, me lavé la cara y miré el espejo. Hoy tenía ojos de pez muerto. *¿Por qué tantas ojeras?* Mejor no pensemos en eso.

Después comí algo rápido y volví a mi habitación. Mi madre y mi hermana habían salido de compras. De todos modos, les dije que yo también saldría.

Abrí el clóset y saqué ropa.

Primero probé una camisa de botones azul manga larga, pantalones negros de vestir y zapatos de cuero. Me miré en el espejo como si fuera lo más hermoso del mundo.

«Creo que me dieron ganas de vomitar».

Me quité todo rápidamente. Probé otra combinación: abrigo negro, camiseta blanca, monos negros (sin zapatos aún).

«Nope, parezco otaku».

Ahora que lo pienso, en nuestra vida pasada solo tuvimos una cita.

«Hace frío».

Saqué un suéter manga larga que parecía más un abrigo, chaqueta negra que llegaba hasta atrás de las rodillas, pantalones negros un poco arrugados (aunque eso le daba estilo) y zapatos blancos.

Encendí el celular: once y media de la mañana. Dejé escapar un leve suspiro. Fui a la cocina por un vaso de agua.

*¿Quién lo diría? Sin el agua no somos nadie. No podemos vivir, ni comer, ni tener un hogar. Todo gracias a este líquido sin sabor, pero que se siente tan bien. Qué extraño es el mundo.*

Cerré la puerta de casa con un suspiro que pareció llevarse los últimos restos de mi cordura. Caminar por las calles de Seúl un domingo se sentía diferente: el sol no perdonaba, pero el viento me recordaba que, a pesar de mis treinta años mentales, hoy era solo un chico de diecisiete yendo a una cita.

Al llegar al punto de encuentro, mis ojos se abrieron un poco más de lo normal. Yu-Sigeon estaba allí, recostada contra una pared con su habitual aire de «no me importa nada», pero hoy había algo distinto. Llevaba una chaqueta de jean sobre un vestido sencillo que le llegaba a las rodillas. Sus mechones morados bailaban con la brisa.

«Llegas tarde, idiota», dijo, aunque sus ojos evitaron los míos mientras se acomodaba un mechón detrás de la oreja.

«Solo fueron cinco minutos, Sigeon. Además, te ves… diferente». No quise decir «bonita» porque mi orgullo no me lo permitía, pero el leve sonrojo en sus mejillas me dijo que entendió el cumplido.

«Cállate y camina. Tengo hambre», gruñó, pero por un segundo su mano rozó la mía antes de meterla rápidamente en el bolsillo.

Después de una comida rápida, decidimos ir al cine. Elegimos una película de acción, algo que ambos pudiéramos ver sin que se sintiera demasiado cursi, pero el destino tenía otros planes. La sala estaba casi llena y terminamos en asientos estrechos.

A mitad de la función, ambos estiramos el brazo al mismo tiempo hacia el envase de palomitas. Mis dedos rozaron los suyos. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna.

En mi vida pasada, esto habría sido normal, pero ahora, con la tensión de lo que sabía y lo que sentía, el aire se volvió pesado.

Miré de reojo a Sigeon. Ella estaba rígida, con la vista clavada en la pantalla, pero sus dedos no se retiraron de inmediato. Se quedaron allí, rozando los míos durante lo que parecieron siglos. Ninguno se atrevió a entrelazarlos, pero tampoco nos alejamos. Era una guerra de resistencia silenciosa donde el premio era el contacto de la piel.

«¿Estás disfrutando la película?», susurré, solo para romper el hielo.

«Sí…», respondió en un hilo de voz, sin mirarme. «Solo… come más rápido, Hajin».

Después de la película y de caminar un rato comiendo helado (donde ella me robó un poco del mío «por accidente»), terminamos en un pequeño mirador natural a las afueras, lejos de las luces fuertes de la ciudad. El cielo es famoso por sus crepúsculos, pero la noche no se quedaba atrás.

Nos sentamos en el césped, lo suficientemente cerca para sentir el calor del otro, pero lo suficientemente lejos para no romper esa «línea invisible» que habíamos dibujado.

«Hajin…», dijo ella mirando hacia arriba. «A veces siento que no eres el mismo de antes. Es como si de repente hubieras crecido diez años en una semana».

Me tensé. Sus instintos eran peligrosos.

«Tal vez solo me di cuenta de que el tiempo vuela, Sigeon». Me recosté sobre mis codos, observando la inmensidad de las estrellas.

«Mira esa de allá. Dicen que su luz tardó miles de años en llegar aquí. Ya están muertas, pero las seguimos viendo brillar».

«Qué poético te pusiste. Das asco…», bromeó. Su voz era suave. Se recostó a mi lado, y esta vez nuestras manos quedaron a solo un centímetro sobre la hierba.

Podía sentir el ritmo de su respiración. Mi mente de treinta años me gritaba: *Tómale la mano, no seas cobarde*, pero mi cuerpo de diecisiete estaba paralizado por el miedo a arruinar esa extraña y perfecta paz.

Ella movió su dedo meñique, rozando el mío.

Yo respondí moviendo el mío para que se tocaran.

Ella se inclinó hacia adelante. Sentí algo suave y cálido en mi frente. Sus labios tocaron mi piel. Mi cuerpo tembló. Gotas de sudor cayeron por mi rostro.

«Nos vemos en la escuela, Hajin», dijo con una sonrisa. Lo último fue un susurro mientras poco a poco desaparecía de mi vista.

«Dios… soy un criminal». Iré a la cárcel.

Me quedé unos minutos mirando el cielo cubierto de estrellas. Rápidamente me levanté, sacudí el polvo de mi ropa y dejé escapar un suspiro.

De ahí me dirigí a casa.

«Qué día tan bonito».

Es lo único que puedo decir.

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