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Chapter 14 - Capítulo 14: Los problemas continúan escalando.

Capítulo 14: Los problemas continúan escalando.

Dos días después, la vida en el castillo había recuperado cierta normalidad. Las vacantes de cazadores fueron cubiertas, y con la aprobación de Rose, Murat designó a uno de sus hombres como el nuevo jefe del grupo de caza. Este nombramiento tenía el objetivo de que el hombre pudiera mapear la zona.

Al día siguiente, habiendo reunido finalmente suficientes constructores para la barricada, el Mariscal Inigualable ordenó el inicio de la construcción de las defensas alrededor de la ciudad.

A Rose le molestó un poco que Murat básicamente tomara el control de lo que era, en esencia, su ciudad. Sin embargo, después de que él la confrontara y le recordara que no solo era el señor de la ciudad, sino también el hijo del gran Emperador "Mamá Gallina", y que valoraba demasiado su vida para permitir que lo mataran, Rose accedió a dejarle el trabajo militar al Mariscal. Por su parte, Desmos se quejó amargamente de que no le permitirían derramar sangre ni tripas.

Rose le aseguró que, tarde o temprano, podrían dar caza y destripar a Carter. Esto, de hecho, animó a la "lanza parlante", aunque el inconveniente fue que ahora tarareaba canciones molestas sobre cómo iba a teñir la tierra de rojo con la sangre de los estafadores y traidores.

A Aurélie, de hecho, le resultaba divertido. Aunque no podía escuchar a Desmos (ya que solo alguien conectado al Inframundo podía hacerlo), era consciente de la naturaleza mítica y de la personalidad algo oscura del arma. Además, ver a Rose irritado siempre era un espectáculo entretenido.

Cambiando de tema, la joven finalmente le había revelado a Rose el acuerdo pactado entre sus respectivos padres. Para alivio de la misma, el joven lo tomó relativamente bien. Al fin y al cabo, eran amigos de toda la vida y, sinceramente, el cansancio y el estrés acumulados probablemente contribuyeron a que la noticia no le afectara con la misma intensidad que si hubiera estado en otras circunstancias.

Él le había explicado, además, que no podía llevarla a una cita en condiciones adecuadas; para empezar, no había un lugar decente al que ir en ese "maldito continente de porquería". Estaban a solo trece días del inicio de una guerra y, probablemente, él tendría mucho trabajo pendiente. Ella, por su parte, había resoplado con una expresión poco elegante, pero finalmente le aseguró que, de todas formas, prefería ser útil y trabajar que comportarse como una princesa mimada que se deslumbra con que un hombre le compre cosas. Después de todo, su padre había sido uno de los hombres que surgieron de la Revolución Francesa.

Lady Caroline decidió que le enseñaría al joven príncipe a llevar las cuentas. Después de todo, él le había revelado que no podía hacerlo correctamente, ya que estaba leyendo los ingresos y egresos como si fueran plata y oro, cuando en realidad eran cobre y níquel. Ella, por supuesto, había perdido práctica con ese tipo de monedas y le prometió ayudarlo a convertir la divisa a una moneda estandarizada tan pronto como superaran la crisis actual. Incluso muchos años después, Rose negaría que él había llorado de alivio mientras se aferraba a las faldas de su suegra.

Los nueve hombres restantes de Murat se dividieron en cuatro grupos para turnarse en la custodia del castillo, la supervisión de la construcción de las defensas de la ciudad y el patrullaje de los límites del territorio. Con esto buscaban garantizar un mínimo de seguridad hasta la llegada de la fiesta de los ladrones.

En cuanto al señor Han, Rose decidió que serviría como instructor de los administradores y escribanos del castillo. Aunque el hombre era sabio y capaz de realizar el trabajo, su avanzada edad era un factor limitante; él mismo admitió que una tarea tan exigente como asistir a Lady Carolina no le era posible. Esto contrastaba enormemente con Murat, quien, a sus cincuenta y tantos, era mucho más eficiente que Han, que solo tenía cincuenta.

Sin embargo, Rose entendió que la diferencia en la calidad de vida probablemente era la causa de los problemas de salud del señor Han. Por lo tanto, Rose buscó una manera de utilizar sus habilidades que no solo le permitiera vivir sus últimos años con dignidad, sino que también fuera de gran utilidad, como instruir a más escribas y futuros burócratas.

Rose miraba fijamente desde la ventana del estudio principal. Sus ojos se posaban en las murallas del castillo, donde la gente y los hombres de Murat trabajaban juntos para reforzar las defensas. Habían comenzado con lo más sencillo: el alambre de púas, el cual intentaban cubrir con hojarasca. Rose no estaba convencido de la efectividad de esta táctica, ya que las hojas podrían servir de amortiguador. Sin embargo, no era un soldado, y dado que fue una estrategia impulsada por los propios hombres de Murat, supuso que ellos debían saber algo que él ignoraba.

—Mi señor —la voz del mariscal captó su atención, haciendo que el joven príncipe se volviera hacia él—. Parece que tenemos... problemas con la gente que se está alistando.

—Ya lo suponía —dijo Rose, volteándose para mirar al hombre.

A decir verdad, no podía culpar a la gente por no querer alistarse. Aunque ahora mismo estuvieran ocupados buscando carne para aumentar su ingesta de proteínas o trabajando en las defensas, la idea de enfrentarse a una horda de bandidos era, cuanto menos, aterradora para ellos. Si pudiera, Rose regresaría a casa y tomaría tantos soldados como le fuera posible, pero eso era inviable. El collar del tío Zef había sido diseñado para permitirle viajar específicamente con sus dimensiones particulares.

—¿Cuántos se alistaron? —preguntó el joven príncipe.

—Para ser honesto, no muchos. Y los que lo hicieron son más bien unos idiotas con más hormonas que cerebro, que apenas superaron las pruebas físicas —admitió Murat con un suspiro pesado. Sabía que no conseguiría soldados de élite de entre los campesinos, ni a nadie al nivel de sus propios hombres. Sin embargo, esperaba algo más que adolescentes que solo buscaban impresionar a alguna muchacha.

—¿Alguna idea?— preguntó Rose. Realmente no esperaba tener un maldito ejército funcional de la noche a la mañana, pero al menos le gustaría que su recién conseguido pueblo viviera al menos un año.

—Realmente... sin saber cuántos ladrones nos atacarán, hay muy poco que pueda planear, mi señor —dijo Murat, quien, para ser honesto, estaba pensando que tal vez, y solo tal vez, abordar el Providence con todos los aldeanos y esperar a que pasara el invierno era, en realidad, su mejor idea en esos momentos.

—¿Quieren saber cuántos hombres suelen formar la partida de los ladrones? —preguntó Mina, quien, como siempre, fue capaz de colarse en la sala sin hacer el menor ruido. De no ser porque tanto Rose como el mariscal ya se habían acostumbrado a ello, lo cierto era que podrían haberla apuñalado.

—Te voy a poner un cascabel —gruñó Rose antes de simplemente negar con la cabeza. Ya encontraría la manera de que Mina dejara de sorprenderlo en otro momento; por ahora, simplemente escucharía lo que la joven tenía que decirles.

—¿Qué puede contarnos del evento, Madame? —preguntó Murat.

—Para serle honesta, la celebración no suele cambiar mucho su programa... y francamente, con los rumores de que el Mariscal Invencible está en la ciudad, es probable que hasta pospongan el ataque, esperando un momento en que estemos desprevenidos.

Mina no entendía mucho de estrategia militar ni de la lógica del poder disuasorio, pero sí sabía que el Mariscal Murat, incluso a sus sesenta años, seguía siendo uno de los mayores elementos de disuasión bélica del Imperio del Sol Naciente. Por lo tanto, los rumores circulando y sus hombres patrullando seguramente contribuirían a retrasar la llegada de la "fiesta de los ladrones".

—De nada nos sirve tener un disuasorio, ni más tiempo, si no sabemos a qué nos enfrentamos, Mina —dijo Rose, poniendo los ojos en blanco.

—Entre 200 y 250 hombres —reveló Mina con seriedad.

Tal revelación dejó al joven príncipe y al mariscal invencible completamente atónitos, aunque no por la razón que Mina creía.

Verán, en los páramos, esa cifra sonaba inmensa. De hecho, podría considerarse un pequeño ejército, dado que la gran tormenta invernal de hace casi 20 años había diezmado la población del continente, reduciéndola hoy día a apenas una sombra de lo que fue. Por lo tanto, 200 hombres constituían, por lo general, una fuerza realmente imparable. Solo las ciudades más grandes poseían un ejército permanente lo suficientemente entrenado para repelerlos. La mayoría de las ciudades más pequeñas, como Sedena, contaban apenas con poco más de una decena de caballeros.

Sin embargo, para los estándares del Imperio del Sol Naciente...

—¿Me estás diciendo... que he estado preocupándome durante una semana... ¡por solo doscientos hombres! —preguntó Rose, quien perdía la paciencia gradualmente con cada palabra hasta que finalmente estalló.

—Al menos eso hace que las cosas sean más fáciles, señor —dijo Murat, intentando calmar al joven príncipe, quien parecía genuinamente querer estrangular a Mina en ese instante.

Murat no podía culparlo; él mismo había sobreestimado por completo la "fiesta de los ladrones", que al final resultó ser solo una horda relativamente pequeña. Era un grupo que podría haber defendido solo con sus hombres y las armas de fuego que traían consigo.

—¿Fácil? —preguntó Mina, incrédula.

—¡Mina... somos del Imperio! ¡Esperaba una maldita horda mongólica y traje suministros para esa mierda! ¡No para una escaramuza que Desmos y yo pudimos haber despachado sin problemas! —gritó Rose de nuevo.

Ciertamente, si solo eran doscientos hombres, podrían pasar más desapercibidos, pero al mismo tiempo caerían como moscas ante las flechas.

[Por alguna razón no estoy tan decepcionado con ello] comentó Desmos secamente. Sí, esperaba una masacre de miles de hombres, pero por otro lado, las ciudades que habían visitado hasta ahora con suerte se considerarían aldeas en el Imperio.

— ¿Qué es una horda mongólica? — preguntó Mina, ya que nunca había oído ese término.

— Los mongoles eran uno de los ejércitos más numerosos a los que se enfrentó el gran emperador Qin en su época, madame. Se contaban por cientos de miles, y sus invasiones solían ser conocidas como "hordas", formadas por no menos de 20.000 jinetes expertos en el tiro con arco, capaces de montar y disparar al mismo tiempo, y mortalmente eficientes en el combate con espada — explicó Murat. — De ahí nuestra... pequeña paranoia. Nos cegamos por nuestras experiencias o, en el caso de mi príncipe, por la historia y los números del imperio.

Murat dio más detalles de los estrictamente necesarios, pues necesitaba que Mina entendiera claramente por qué debió haberle dicho a Rose desde el principio que la fiesta no representaba una amenaza tan colosal como ella había estado imaginando hasta ese momento.

La boca de mina se abrió ante tales números. Cientos de miles de hombres capaces de enviar hordas de decenas de miles. ¿Qué clase de ejércitos masivos enfrentó el Gran Emperador? ¿Cómo demonios había logrado sobrevivir hasta convertirse en el Gran Unificador?

—Si me disculpa, señor... iré a decirles a mis hombres que podemos bajar el ritmo. Más vale que demos la imagen de estar tranquilos —dijo Murat mientras se levantaba. Con algo de suerte, Rose no mataría a la chica gato.

Rose gruñó: —Tienes suerte de que ya te haya tomado cariño. —antes de simplemente dejarse caer. Si el problema no era tan grave, dejaría que vinieran cuando tuvieran que hacerlo. De ser necesario, él mismo los masacraría a todos. Hasta entonces, se dedicaría a reconstruir las casas para el invierno.

Fin del Capitulo.

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