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Chapter 17 - Capítulo 17: Crisis Alimentaria.

Capítulo 17: Crisis Alimentaria.

Rose decidió delegar completamente el asunto del ejército a Murat. Siendo sincero, su entrenamiento era el de un guerrero, no el de un soldado, por lo que su ayuda sería mínima. Por ello, optó por encerrarse en la oficina e intentar poner en orden las cuentas, ignorando los gemidos de agotamiento que incesantemente llegaban hasta sus oídos.

[¿Me recuerdas por qué demonios instalaste el campamento militar justo en el maldito patio que da a la maldita oficina?] preguntó Desmos, genuinamente frustrado.

A él le gustaba escuchar gemidos y lamentos, pero no de ese tipo. Esos eran de puro agotamiento y dolor muscular; los que él disfrutaba eran del tipo "por favor, mátame, ¿no ves que estoy sufriendo?"

—No tenemos otro lugar donde ponerlo hasta que construyamos un cuartel —se lamentó Rose de nuevo. A él tampoco le gustaba la situación, No tenían otra alternativa, y el presupuesto debía dedicarse a asuntos mucho más importantes que la construcción de barracones o un campo de entrenamiento militar más profesional.

Francamente, ni siquiera habría empezado a reclutar si no fuera porque depender del ejército de su padre resultaría un desperdicio innecesario de recursos. sobre todo ahora que sabía que este continente tenía una población tan jodidamente escasa que 200 hombres eran considerados una amenaza seria, simplemente se resignan a soportar los odiosos sonidos del entrenamiento continuo provenientes de debajo de su oficina.

¡Toc, toc, toc!

Afortunadamente para su cordura, que ya era escasa para ser un semidiós del inframundo y, para colmo, poseer una lanza parlante que no paraba de quejarse por cualquier nimiedad, alguien llamó a la puerta. Tras un "adelante", Aurelie entró en su oficina sosteniendo una bandeja.

Habían llegado a un acuerdo: él se tomaría un descanso del trabajo de al menos una o dos horas, ya fuera para almorzar juntos o simplemente charlar de trivialidades. Siendo todavía un adolescente no acostumbrado al trabajo que realizaba, a diferencia de su padre, él aceptó de inmediato.

— Papá parece disfrutar de ser un capataz esclavista, ¿verdad? — preguntó Aurelie en voz baja, sabiendo que su padre tenía oídos de gato y podría escucharla incluso desde el piso de abajo.

— ¡No soy esclavista, soy exigente! — La respuesta demostraba su punto.

—Lo que tú digas, papá —dijo la joven de cabellos dorados, dejando la bandeja en la mesita de centro de la oficina.

No era una gran comida, pues Rose no había sentido la necesidad de ir a buscar más suministros hasta el momento. Solo había un par de sándwiches de cecina, algo de café y unos pastelitos de mantequilla.

Para la joven, el café de la región sabía horrible, por lo que se había traído un poco de té. Pero Rose le había comentado: «Si hubieras crecido con mi padre, podrías comer casi cualquier cosa». Ella no entendió a qué se refería y, al preguntarle a su padre, el hombre, normalmente sereno y tranquilo, no pudo evitar llorar. Murmuró que las cosas que Qin los obligó a comer durante la guerra eran peores que cualquier tortura concebida por la humanidad y los dioses. 

El punto era, sencillamente, que Rose podía comer prácticamente cualquier cosa, sin importar cuán grasienta, aceitosa, gomosa o, incluso, incomible fuera. Su padre, en su paranoia, le había enseñado a sobrevivir en la peor de las situaciones. Sin embargo, él habría preferido no haber tenido que ingerir un maldito huevo de codorniz fecundado. Aún podía sentir el recuerdo de los diminutos huesos crujiendo en su boca.

por lo que, lógicamente, podría comer fácilmente un sándwich con carne y el peor café del mundo. Pero eso era comprensible, considerando que el plato favorito de su padre era, literalmente, una sopa hecha con nidos de pájaro... a veces sin quitar las malditas plumas. ¡Ese hombre tenía un estómago de piedra!

—¿En qué piensas? —preguntó Aurelie, mirando a Rose con una ceja ligeramente alzada.

—Traumas de la niñez —admitió Rose, sacudiendo la cabeza. Realmente no quería recordar la maldita sopa, ni el huevo, ni el otro huevo... Ni... ¡Cuántos jodidos y horribles platos con huevo formaban parte de la gastronomía de su padre! Maldita sea, aquello no era ni medio normal.

—Creía que tu padre era sobreprotector —preguntó Aurelie. Su mejor amiga y su prometido se lo habían dicho; el gran rey era una auténtica mamá gallina. ¡Maldita sea! Su padre literalmente había chantajeado al hombre con un contrato matrimonial a cambio de venir a cuidar su lindo trasero.

—Eso no lo convierte en un buen cocinero —dijo Rose, estremeciéndose de nuevo. Recordó el ritual de la adultez de su familia. ¡Malditos sean esos pobres ratones! ¿Y por qué demonios a su gente le gustaba beber algo con sabor a gasolina? ¿Por qué no podían ser normales y usar bayas?

—Claro… tómalo negro como tu alma y sin azúcar, justo como te gusta —dijo Aurélie, totalmente confundida, mientras le entregaba su taza de café.

Aún no lograba comprender cómo demonios él podía beberlo de esa manera, por qué se negaba a ponerle azúcar, y mucho menos por qué lo tomaba tan concentrado.

Desmos explicó que su padre le había destruido las papilas gustativas, por lo que debía comer alimentos de sabor muy intenso para poder percibir cualquier sabor. No obstante, la lanza sabía que ella no podía escucharlo.

Poco después, ambos disfrutaron de la comida en silencio, sin abordar temas de especial relevancia, al menos nada que les interesara a los dos.

—Oye —lo llamó ella, haciendo que Rose la mirara.

—¿Qué ocurre? —preguntó el príncipe con un tono ligeramente sereno.

—Nos estamos quedando sin suministros —le dijo sin rodeos. Los ojos plateados de Rose se entrecerraron ligeramente, confundidos. ¿Cómo demonios habían agotado casi una tonelada de trigo en una sola semana? Se suponía que debía durar todo el mes. —Desde el primer día hasta hoy, se han alistado casi 140 hombres. El trigo que trajiste se está agotando rápidamente; en el mejor de los casos, nos durará solo un par de días más— explicó la joven. Luego, sin más, sacó los archivos que su madre le había entregado para discutir con él después de su almuerzo.

—No es nada de qué preocuparnos, siempre puedo volver a casa para reabastecerme. — Dijo Rose desestimando el asunto como si no fuera nada importante. 

—Sí... pero no es una buena idea. Tu padre no está precisamente contento con tu última aventura. De hecho, cambió al encargado de suministros militares y al de la despensa por dos mariscales a los que no podrás intimidar —explicó ella con calma, después de todo, su padre se lo había informado.

El emperador podía amar mucho a Rose, pero no le gustó en absoluto que su hijo hubiera ido a las despensas y el arsenal del palacio de Parnam como un maldito buitre a saquear, dejando solo una nota, por más que dicha nota fuera un informe completo y súper detallado.

—Sí... para mi defensa, seguía completamente convencido de que la fiesta de los ladrones era algo urgente —dijo Rose con calma, mirando a su prometida. —Entonces, ¿qué opciones tenemos?

Si su padre estaba molesto, Rose definitivamente no volvería a casa. Aunque, como cualquier hijo, amaba a su padre, no le gustaría verlo frustrado y menos aún si estaba furioso con él.

Aurelie, revisando los documentos, encontró uno que consideró la opción más viable: —Comprar grano a los comerciantes. Sin embargo, investigué y subieron los precios en dos monedas de cobre, ahora cuesta seis monedas la onza—, explicó.

—¡Subieron los precios otra vez! —gritó Mina. 

—¿No te había puesto un cascabel? —preguntó Rose, sobresaltado por el susto, derramó el café caliente en sus pantalones. Se suponía que el cascabel era para evitar ese tipo de sorpresas.

—Era incómodo y me lo quité —admitió la joven, encogiéndose de hombros, antes de gruñir de pura rabia—. Esos malditos comerciantes de comida han subido el precio otra vez este año. Antes, el trigo costaba dos monedas de cobre. 

Rose respondió con calma: —En realidad, es inflación estacional. Antes de que papá cultivara todo el año, los países encarecían el precio del trigo cerca de la cosecha, ya que con la abundancia caería en picada. Si a eso le sumas la fiesta de los ladrones, tienen más motivos para aumentar los precios—. A Rose no le gustaba, odiaba que la economía feudal careciera de las regulaciones de la economía libre, pero este continente estaba muy atrasado en ese sentido... y en casi todos.

—Sí, eso es un fastidio, pero es algo con lo que tenemos que lidiar —dijo Aurelie con un encogimiento de hombros. Después de todo, al final del día, sin la "salida fácil", tenían que recurrir a la vieja y confiable economía feudal.

—Haz el pedido. De todas formas, tengo oro más que suficiente para mantener el suministro durante al menos unos meses —dijo Rose, restándole importancia. Para él, no era una preocupación real. Era mejor comprar a precio de mercado y vender a precio local, incluso si generaba pérdidas. Si la gente moría de hambre, cuando finalmente pudieran empezar a producir y, por ende, a pagar impuestos, no tendría trabajadores que pagaran dichos impuestos.

—¿Y qué pasaría si se enteran de que tienes oro y plata? —preguntó Aurelie, considerando que los comerciantes no eran precisamente gente de fiar.

Rose soltó una risa para sí mismo. —Soy el bisnieto de la diosa de la cosecha, créeme, ellos tienen mucho más que perder que yo.

Si intentaran estafarlo, simplemente podría ignorar su temor, volver a casa y comprar toneladas y toneladas de trigo bendito por su bisabuela, el cual duraría mucho más que el grano de cualquiera de los comerciantes. Incluso podría venderlo para ser un poco mezquino. Pero mientras no intentaran engañarlo, los dejaría jugar tranquilamente su juego, al fin y al cabo, no era como si quisiera hacerse de enemigos completamente innecesarios.

Fin del capítulo.

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