Capítulo 16:
Al día siguiente, Rose se levantó, como de costumbre, listo para empezar el trabajo. El día anterior había sido una auténtica odisea, para ser completamente honestos. Ahora, él y Murat se encontraban frente a las puertas del castillo. Estaban preparados para el primer día de la separación de reclutas: diferenciarían a aquellos con mejores capacidades físicas de quienes requerirían más entrenamiento.
Tan pronto como recibió un asentimiento, el mariscal dio un paso al frente para captar la atención de todos los potenciales reclutas.
—Muy bien, cadetes. Ahora procederemos a realizar un examen físico para separarlos en grupos según su habilidad y competencia —declaró con voz alta y firme. Después de todo, no querían a un pusilánime que solo buscaba los subsidios mezclado con aquellos que verdaderamente tenían potencial para ser soldados de excelencia.
Las palabras del inigualable mariscal, naturalmente, solo consiguieron que la gente se removiera con nerviosismo mientras aguardaban la prueba.
—Ahora, formen filas y pasen por las pruebas ordenadamente, para asegurarnos de calificarlos a todos de la manera más adecuada posible —ordenó Murat nuevamente. A su lado, apoyada en el suelo, Desmos pareció sentir un ligero placer sádico al intimidar a las personas. La Lanza del Destino simplemente hizo que sus filos resplandecieron siniestramente bajo la luz de la mañana.
Naturalmente, la amenaza de una lanza más alta que un hombre de casi dos metros fue lo suficientemente intimidante como para que la gente se comportara y comenzara a formar una fila ordenada.
—¿Tenías que intimidarlos? —preguntó Rose tan pronto como él y Desmos estuvieron a solas.
[Estaba increíblemente aburrido, literalmente no tengo nada que hacer aquí... no hay ninfas que me pulan, ni almas en pena cuyos lamentos me hagan dormir] se quejó la lanza, poniendo los ojos en blanco… metafóricamente hablando claro está.
Ciertamente, solía haber una buena cantidad de almas en pena en este lugar. Sin embargo, debido a su actuación y al regreso de la esperanza, la gran mayoría de las almas dejaron de estar completamente en pena, ya que les gustaba ver cómo las personas a quienes esperaban podían tener una vida más o menos normal.
Dejando eso de lado por un momento, simplemente se dio media vuelta y volvió a entrar al castillo, siguiendo al primer grupo hacia el patio trasero. Allí habían montado una pequeña pista de obstáculos, una versión simplificada de la que su padre usaba para las pruebas de selección de reclutas. Las versiones para las fuerzas especiales, o peor aún, la que usaba el propio hombre para mantenerse en forma, probablemente habrían matado a cientos, por no decir a cualquiera que intentara completarlas.
Pero esto era solo una prueba de selección, por lo que, sin duda, serían indulgentes con ellos.
—¡Muevan esos culos perezosos, señoritas…! He visto a niñas pequeñas hacerlo mucho mejor —dijo el Murat, con la "amabilidad" que podía permitirse un militar acostumbrado a la excelencia.
Durante horas, Rose se limitó a observar cómo los hombres rodaban, o al menos lo intentaban, trepaban y caían al suelo, incapaces de soportar su propio peso.
[Hay un largo camino por recorrer] Comentó Desmos secamente.
Aunque algunos eran bastante decentes y lograban completar al menos la mitad del recorrido, la gran mayoría apenas superaba las dos quintas partes del mismo.
De hecho, el muro de escalada era el obstáculo principal donde la mayoría fallaba, y eso que la condenada cosa ni siquiera alcanzaba los dos metros. Claramente, la gente del pueblo estaba en una forma mucho peor de lo que había imaginado.
Para cuando el día estaba a punto de terminar y la gente comenzaba a volver a casa, prácticamente nadie había logrado avanzar más allá de las tres cuartas partes de la pista de obstáculos.
—Parece que necesitaremos algo más que simple comida para lograr que esta gente sea, al menos, mínimamente útil —comentó Murat, acercándose a Rose. Se dejó caer pesadamente, mientras se preguntaba por qué demonios solo había traído diez soldados. Era un hombre paranoico por naturaleza; normalmente habría traído consigo, como mínimo, un regimiento (entre mil y tres mil soldados).
—Podría ser peor —comentó Rose con tranquilidad, mientras clavaba a Desmos con fuerza en la tierra antes de simplemente sentarse junto al mariscal.
—No veo cómo, mi señor —respondió el mariscal con sequedad.
Rose comentó con calma: —No has oído las historias de padre—. Su progenitor siempre había sido un portento natural para el combate; incluso con la maldición ocular que lo obligaba a vendarse firmemente, rara vez necesitaba destaparlos para luchar.
No obstante, tal maestría no fue gratuita. Había dedicado años a perfeccionar sus reflejos hasta alcanzar la perfección absoluta, convirtiéndose finalmente en el guerrero más consumado que el mundo jamás había presenciado. Pero ese camino se forjó a través de una cantidad inhumana de ensayo y error.
Como él mismo había dicho: "para aprender a correr, hay que empezar por saber caminar". Aunque compartía la opinión de Murat sobre lo increíblemente patética que había sido la exhibición de los campesinos, era crucial recordar las diferencias de estatura. Los soldados de Murat medían entre uno setenta y cinco y uno ochenta; el propio Murat alcanzaba el uno ochenta y cinco, y Rose superaba el metro noventa. En contraste, los aldeanos, con suerte, rebasaban el metro y medio. ¡Demonios, hasta Aurélie, con su metro setenta, era más alta que la mayoría!
—Supongo que no podemos pedir grandes milagros —admitió Murat al final del día. Qin siempre decía: "Conquiste el mundo en 10 años, no en un día..." Claro, Qin era un maldito monstruo, ya que a la mayoría de las personas les habría costado mucho más. ¡Demonios! Incluso Alejandro no logró tanto en una vida como Qin en solo diez años, pero ese no era el punto.
—No, no podemos —asintió Rose. Al fin y al cabo, apresurarse solo empeoraría las cosas. El ejemplo más claro era él mismo: al entrar en pánico y no pedirle a Mina cifras más exactas, había prácticamente exagerado la situación y dificultado mucho el trabajo desde el principio.
Fin del capítulo
