La reunión se disolvió de forma natural, como todas las cosas en la Base Genbu, sin protocolo ni despedida oficial. La gente simplemente fue levantándose, llevando sus tazas al fregadero o dejándolas sobre la mesa según su nivel de civismo doméstico, y desapareciendo por los pasillos hacia sus respectivas rutinas nocturnas.
Aiko fue una de las primeras en levantarse. Tenía un oso que alimentar, una misión que consideraba de máxima prioridad y que no admitía demoras. Recogió su taza, la dejó en el fregadero con un golpe satisfecho, y se giró hacia la salida con la energía de alguien que tiene un propósito claro y urgente.
Había dado exactamente dos pasos cuando una mano grande le cayó en el hombro desde atrás.
Aiko se detuvo.
Se giró lentamente.
Ryuusei la estaba mirando con una sonrisa que Aiko conocía perfectamente. No era la sonrisa de un líder. No era la sonrisa del chico que la había cargado a través de Tokio cuando tenía seis años. Era la sonrisa específica y ligeramente macabra de alguien que lleva un rato esperando el momento correcto para decir algo.
—Necesito que me devuelvas el dinero —dijo Ryuusei.
El pasillo quedó en silencio. Los dos o tres miembros del equipo que aún no habían salido de la sala giraron la cabeza con el interés discreto de quien no quiere perderse algo.
Aiko lo miró.
—¿Perdón?
—El millón —dijo Ryuusei, con la misma calma con la que podría estar comentando el clima—. Necesito que me lo devuelvas.
—Acabas de dármelo.
—Y ahora te lo estoy pidiendo de vuelta. —Ryuusei no quitó la sonrisa—. Eres millonaria, Aiko. Lo eres desde hace dos años y tienes una cuenta que la mitad de este equipo no podría alcanzar en diez vidas de trabajo honesto. Ese dinero lo necesito más yo que tú.
Aiko procesó eso durante un segundo. Luego frunció el ceño, redondeó los ojos, inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado y adoptó la expresión más deliberadamente tierna que tenía en su repertorio, labios apretados, pestañas bajas, la mirada de alguien profundamente inocente e incomprendido.
Ryuusei la miró con la misma expresión de siempre.
—No —dijo.
—Ni siquiera he dicho nada.
—No hace falta. Conozco esa cara desde que tenías seis años y no funcionó entonces tampoco.
Aiko dejó caer la expresión. Cruzó los brazos.
—Ezekiel —llamó Aiko, girándose hacia donde el alemán estaba recogiendo su chaqueta del respaldo de la silla.
Ezekiel los miró a ambos. Evaluó la situación en aproximadamente un segundo y medio.
—No me involucren —dijo, y salió de la sala.
Aiko se giró de nuevo hacia Ryuusei, recalculó sus opciones, y decidió que la mejor estrategia era la retirada. Se giró hacia la puerta con agilidad y dio tres pasos rápidos hacia el pasillo.
Lo que siguió ocurrió en menos de dos segundos. Ryuusei, que también era perfectamente consciente de lo que hacía Aiko cuando decidía escapar, se movió al mismo tiempo. Su brazo rodeó el torso de Aiko desde atrás en una llave limpia que no era violenta pero que era absolutamente imposible de romper sin escalar el combate a un nivel que ninguno de los dos quería alcanzar dentro de la base.
Aiko forcejeó durante exactamente ocho segundos. Luego se quedó quieta.
—Esto es abuso de autoridad —anunció Aiko al techo.
—Esto es recuperar inversión —respondió Ryuusei.
—Eres un tacaño.
—Eres millonaria.
Otro silencio. Aiko miró hacia los lados buscando apoyo moral. Brad Clayton estaba mirando el techo con una expresión de hombre que no ha visto nada. Charles Blake estudiaba el fondo de su taza con una concentración excesiva.
—Está bien —dijo Aiko finalmente, con la resignación solemne de alguien firmando su sentencia—. Está bien.
Ryuusei la soltó. Aiko sacó su teléfono, completó la transferencia con tres golpes de dedo más agresivos de lo estrictamente necesario para operar una pantalla táctil, y guardó el teléfono.
—Eres lo peor —le dijo a Ryuusei.
—Gracias —respondió Ryuusei.
Desde el fondo, Eider había observado todo el intercambio en silencio. Algo en la escena, en la forma en que Ryuusei y Aiko peleaban con la facilidad de dos personas que llevan una década conociéndose, activó algo en ella que no era exactamente envidia sino algo adyacente. Miró su propio teléfono. Miró a Ryuusei. Y antes de que su propio sentido del orgullo pudiera argumentar en contra, desbloqueó la pantalla y completó la transferencia.
Ryuusei notó la notificación. Miró a Eider.
Eider encogió un hombro levemente, un gesto pequeño que en ella equivalía a un discurso completo.
—No lo necesito —dijo Eider simplemente.
—Gracias —dijo Ryuusei, y lo dijo de la misma forma en que se lo había dicho a Aiko, sin hacer de ello algo más grande de lo que era.
Eider asintió y miró a otro lado. Pero la línea de sus hombros era un centímetro menos tensa que antes.
Arkadi Rubaskoj, que había permanecido en su silla con los ojos aparentemente cerrados durante todo el intercambio, abrió uno solo. Miró a Ryuusei. Miró su teléfono. Exhaló por la nariz con el sonido de alguien que toma una decisión pequeña sin darle más importancia de la que merece.
—A mi edad —dijo Arkadi, con su voz grave y cansada—, el dinero es solo un número. Los números no me calientan los huesos ni me devuelven a mis alumnos.
Completó la transferencia. Guardó el teléfono en el bolsillo de su túnica con la parsimonia de quien guarda un recibo de compra sin revisarlo.
—Pero que conste —añadió Arkadi, cerrando el ojo de nuevo— que lo hago porque quiero, no porque me lo hayas pedido.
—Consta —confirmó Ryuusei.
Mientras Ryuusei estaba distraído agradeciéndoles, una sombra diminuta y peluda se escurrió por el suelo metálico. La cría de oso grizzly, el cachorro que se había quedado bajo el cuidado de Aiko, había escapado de su corral de mantas. Confundido, hambriento y guiado por sus instintos básicos, el animalito se acercó a la figura más imponente que tenía cerca. Y, sin previo aviso, abrió sus pequeñas fauces llenas de dientes afilados como agujas y mordió con todas sus fuerzas la pantorrilla izquierda de Ryuusei.
—¡¡GAAAH!! —El grito que soltó el líder de la Base Genbu no tuvo nada de heroico ni de digno. Fue un alarido de puro dolor y sorpresa.
Ryuusei dio un salto hacia atrás, pero el pequeño oso grizzly tenía una fuerza de mordida excepcional para su tamaño. Sus dientes atravesaron el pantalón táctico y se clavaron en el músculo. El osezno no lo soltó. Quedó colgando en el aire, agarrado de la pierna de Ryuusei como un llavero peludo y furioso, gruñendo de manera amortiguada.
Aiko, que aún estaba molesta por haber perdido su millón, se quedó congelada un segundo antes de estallar en una carcajada limpia y sonora. Se agarró el estómago, riéndose tan fuerte que tuvo que apoyarse en la pared. —¡Eso es el karma! —gritó Aiko entre risas—. ¡El universo me está vengando! ¡Mátalo, osito, cómete al capitalista!
Aiko soltó una carcajada.
Ryuusei, haciendo muecas de dolor y tratando de no usar sus poderes para no lastimar a la cría, intentó sacudir la pierna. —¡Quítenmelo! —ordenó entre dientes—. ¡Aiko, controla a tu bestia!
—¡Ni hablar, le estoy yendo a él en esta pelea! —replicó la chica, secándose una lágrima de risa.
Fue Hitomi quien salvó la situación. Atraída por el grito de Ryuusei, apareció en el pasillo. Con una calma exasperante, impropia del caos del momento, se acercó al líder de la base. No hizo ningún movimiento brusco. Simplemente agarró al pequeño oso por el grueso pliegue de piel detrás de su cuello, justo como lo haría una madre, y lo levantó. El oso siguió apretando las mandíbulas, negándose a soltar la pierna de Ryuusei. Hitomi, sin cambiar su expresión de nobleza europea aburrida, comenzó a agitar al oso en el aire, de arriba hacia abajo, con movimientos rítmicos.
Uno... dos... tres minutos enteros pasaron en esa situación absurda. Ryuusei con la pierna extendida, Hitomi agitando al osezno como si estuviera preparando un cóctel, y Aiko grabándolo todo con su teléfono para usarlo como chantaje futuro. Finalmente, mareado y aburrido, el oso abrió la boca, soltando a Ryuusei, y emitió un bufido antes de acurrucarse en los brazos de Hitomi, cerrando los ojos.
Ryuusei se frotó la pierna ensangrentada, suspirando profundamente. —Esa cosa es un peligro —murmuró, revisando la mordedura.
—Es solo un bebé —lo defendió Hitomi, acariciando la cabeza del animal con una ternura escondida. Luego miró a los presentes—. A todo esto... al que enviamos a Manitoba le pusieron Theodore. Pero a este, ¿cómo lo llamaremos? Sylvan no le puso nombre, solo le dice 'hermano oso'.
El grupo se quedó en silencio, pensando en alternativas. Aiko sugirió "Destructor", Ryuusei sugirió "Error", pero ninguno parecía encajar.
En ese instante, el aire del pasillo vibró ligeramente, como si la presión atmosférica hubiera cambiado de golpe. De entre las sombras del corredor, con las manos en los bolsillos y su perpetua expresión de indiferencia absoluta, apareció Ezekiel. Había estado usando su teletransportación para moverse por la base, evitando caminar.
Se detuvo al ver al grupo reunido alrededor de Hitomi y el animal. Sus ojos, profundos y vacíos, se posaron en la pequeña bola de pelo.
—Hoffnung —dijo Ezekiel, su voz monótona cortando el silencio.
Todos lo miraron, confundidos. —¿Salud? —preguntó Aiko, pensando que había estornudado.
El silencio que siguió fue diferente al de la discusión. Era el silencio de gente pensando en una palabra.
—¿Qué significa? —preguntó Bradley desde el pasillo donde había reaparecido con un vaso de agua.
—Esperanza —dijo Ezekiel, con su voz habitual, sin énfasis particular—. En alemán. Su madre murió para que él viviera. Es un milagro que esté aquí. Me parece apropiado.
Nadie respondió de inmediato. Aiko miró al cachorro. El cachorro mordisqueó el aire en su dirección con la profundidad filosófica de un animal que no tiene ninguna opinión sobre su propio nombre.
—Hoffnung —repitió Aiko, en voz baja, probando cómo sonaba.
—Hoffnung —confirmó Volkhov desde el pasillo, con su voz ronca. Nadie supo exactamente cuándo había llegado, pero estaba apoyado en el marco de la puerta con el brazo vendado cruzado sobre el pecho, y había algo en su expresión al decir esa palabra que no era su estoicismo habitual.
—Me gusta —dijo Hitomi.
—Hoffnung —dijo Brad, asintiendo—. Sí. Ese.
Aiko levantó al cachorro una vez más, lo miró a los ojos con toda la seriedad del mundo, y anunció:
—Te llamas Hoffnung. Y más te vale estar a la altura.
Hoffnung le mordió el pulgar.
Con el drama del oso resuelto, el grupo comenzó a disolverse. Ryuusei cojeó un poco hacia la enfermería para ponerse una venda. Antes de que cruzara la puerta, Arkadi lo interceptó con un movimiento suave de su bastón.
—Ryuusei —llamó el anciano, su tono volviéndose más severo, perdiendo cualquier rastro de camaradería casual.
Ryuusei se detuvo y lo miró.
—Tú y yo tenemos que hablar un día de estos —continuó Arkadi, sus ojos clavándose en los del joven líder—. Hay asuntos de la energía, del equilibrio en esta base, y de las sombras que se avecinan, que no pueden posponerse por más tiempo.
Ryuusei, reconociendo el peso en la mirada del viejo maestro, asintió lentamente.
—Lo sé. Cuando la marea baje, hablaremos, Arkadi.
cYa entrada la noche, el frío de Alberta dejó de ser un simple dato meteorológico para convertirse en una entidad física que cortaba como cuchillas. Afuera de la coraza principal de la Base Genbu, en una de las plataformas de observación elevadas que servían para vigilar el perímetro, la oscuridad era casi absoluta. El único foco de luz provenía del vasto manto de estrellas que cubría el cielo canadiense, un mar de diamantes helados sobre la negrura del bosque.
Amber Lee estaba sentada en el borde de la plataforma, con las piernas colgando sobre el abismo oscuro. Llevaba una chaqueta gruesa con el cuello subido, protegiéndose del viento cortante. En su mano derecha sostenía una lata de cerveza a medio consumir. Su respiración formaba pequeñas nubes blancas que se disipaban rápidamente. Miraba hacia el horizonte, pero sus ojos no enfocaban los árboles; estaban perdidos en los laberintos de su propia mente. Las estrellas le recordaban lo insignificante que era todo: la guerra, los poderes, la muerte. Todo bajo ese cielo parecía pequeño.
De repente, a un par de metros a su izquierda, el espacio se dobló sobre sí mismo con un leve sonido de vacío, un pop sordo que alteró la brisa. Ezekiel apareció de la nada, con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, el cabello rubio ligeramente alborotado y su mirada fija en ella.
Amber no se sobresaltó. A estas alturas, las entradas fantasmales de Ezekiel eran parte de la normalidad. Giró el rostro lentamente y le dedicó una media sonrisa, cansada pero genuina.
—¿Te puedo acompañar un rato? —preguntó Ezekiel, su voz apenas un susurro que luchaba contra el viento. No se acercó de inmediato, respetando el espacio perimetral que Amber siempre establecía alrededor de sí misma.
—Claro, siéntate —respondió Amber, palmeando el metal congelado a su lado—. Más bien... me sentía un poco sola. El silencio de aquí afuera ayuda a pensar, pero a veces es demasiado ruidoso por dentro, ¿sabes?
Ezekiel caminó hacia ella y se sentó, imitando su postura, con las piernas colgando al vacío. Estuvieron en silencio durante unos largos minutos. Ezekiel no era de los que necesitaban llenar los espacios vacíos con palabras inútiles, y Amber apreciaba esa rara cualidad en él.
Finalmente, los ojos oscuros del chico bajaron hacia la mano de Amber.
—¿Y esa lata de cerveza? —preguntó, con una curiosidad desapasionada—. No te tenía en el perfil psicológico de una bebedora. Tu biología es altamente tóxica, supuse que el alcohol reaccionaría mal con tu torrente sanguíneo. ¿Sueles tomar?
Amber soltó una carcajada suave y cristalina, un sonido que rara vez dejaba escapar frente al resto del equipo. Agitó la lata ligeramente.
—No, tienes razón, no soy mucho de tomar. El alcohol me adormece los sentidos y odio no tener el control. Pero... necesitaba algo que me quemara la garganta esta noche.
Amber hizo una pausa y luego, con una sonrisa pícara, se inclinó un poco hacia él.
—Además, no la compré. Se la robé a Volkhov de su reserva personal secreta en el cuarto de máquinas. Creo que es una marca rusa que sabe a gasolina de avión.
Ezekiel se imaginó la reacción del inmenso y mutilado ruso al descubrir que alguien le había robado su alcohol en pleno proceso de regeneración, y una sonrisa, pequeña, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios. Los dos rieron en voz baja, una risa compartida que rompió el hielo de la noche.
Amber le extendió la lata, ofreciéndosela.
—Toma, pruébala. A ver si tú le encuentras el sabor a cebada. Yo me rindo.
Ezekiel levantó la mano, dispuesto a tomar la lata. Sus dedos rozaron el aluminio frío. Estaba a punto de llevarse la bebida a los labios cuando algo hizo cortocircuito en su cerebro. Su mente analítica, entrenada para procesar miles de escenarios por segundo, de repente procesó un dato social. Amber había bebido de esa lata. El borde de aluminio tenía las marcas invisibles de sus labios. Si él bebía exactamente de ahí, el acto se clasificaría en las interacciones humanas estandarizadas como un beso indirecto.
Ezekiel se detuvo en seco. La lata quedó a escasos centímetros de su boca. Su pulso, usualmente estable como el de un cadáver, dio un salto errático. Retiró la lata lentamente y se la devolvió a Amber con un movimiento rígido.
—No —dijo Ezekiel, tragando saliva con cierta dificultad—. Creo que... mejor voy adentro y agarro una nueva. Sí. Una nueva es más higiénico. Riesgos de patógenos cruzados y todo eso.
Amber, que no era en absoluto ajena a la lectura del lenguaje corporal humano, notó la rigidez en sus hombros y la forma en que desvió la mirada hacia el bosque oscuro. Entornó los ojos, divertida.
—Riesgos de patógenos, ¿eh? —murmuró Amber, ladeando la cabeza—. Ezekiel... ¿no habrás pensado en algo pervertido, verdad? ¿Ese cerebro matemático tuyo colapsó por el concepto de un beso indirecto?
El rostro de Ezekiel permaneció como una máscara de hielo, pero las puntas de sus orejas se tiñeron de un ligero tono carmesí que contrastó con su palidez enfermiza.
—Negativo —respondió, con la voz un tono más grave de lo habitual—. Mi mente está puramente enfocada en la bioseguridad. La perversión es un constructo social que no aplica a mi red neuronal.
—Ajá. Bioseguridad —repitió Amber, riendo entre dientes.
Pero mientras reía, Ezekiel notó un detalle que antes había pasado por alto por la oscuridad. La mano de Amber, la que sostenía la lata, estaba desnuda. Su piel pálida brillaba bajo la luz de las estrellas.
—No llevas tus guantes —señaló Ezekiel, y la curiosidad real tiñó su voz.
Amber miró su propia mano. Lentamente, bajó la lata de cerveza y la dejó a un lado. Su expresión se ensombreció, perdiendo el humor de hace un momento. Extendió sus dedos, abriéndolos y cerrándolos, como si estuviera comprobando que aún le pertenecían. En el dorso de su mano, un levísimo vapor esmeralda, casi indetectable, emanaba de sus poros. Era la toxina. Su maldición genética. La razón por la que no podía tocar a nadie sin matarlo lenta y dolorosamente.
—Quise sentir mis manos un poco libres —confesó Amber, su voz volviéndose frágil, un contraste brutal con la asesina letal que era en el campo de batalla—. A veces... a veces siento que vivo dentro de una armadura de polímero. Los guantes me protegen de lastimar a los demás, pero también me aíslan. Todo lo que toco tiene la textura del caucho sintético. Olvidé cómo se siente el metal frío, la corteza de un árbol, o el viento directo en la piel. Solo quería... sentir algo real por cinco minutos, sin tener miedo de envenenarlo.
Ezekiel observó su mano desnuda. Él no entendía la necesidad humana de contacto táctil; su vida entera había estado carente de él, pero podía entender el concepto de prisión. Podía empatizar con la idea de ser un arma antes que un ser humano.
Amber suspiró y, buscando salir de su propia melancolía, cambió de tema, lanzando una pregunta al aire.
—Oye, Ezekiel... —comenzó, sin mirarlo, con los ojos fijos en la constelación de Orión—. Nunca hablas de tu pasado. Digo, conozco el de Volkhov, el de Aiko, hasta el de Ryuusei. Pero tú eres una hoja en blanco. ¿Te llevas bien con tus padres? ¿Los dejaste en algún lugar seguro antes de unirte a esta locura?
El viento pareció detenerse por un segundo. El silencio que se instaló entre ellos fue pesado, denso, cargado de una gravedad repentina.
Ezekiel no reaccionó con tristeza. No bajó la mirada. Simplemente habló con esa voz monótona y clínica que usaba para describir las estadísticas de bajas enemigas.
—No tuve padres —dijo Ezekiel—. Soy el resultado de un programa de experimentación genética. Un laboratorio en Berlín. Diseñado para producir un manipulador del espacio y el tiempo estable a nivel psicológico. —Una pausa breve—. No lo lograron del todo en el segundo aspecto. Al final maté a todos los que había ahí y me fui.
—Mi infancia fue una serie de pruebas de resistencia al dolor, condicionamiento psicológico y cirugías sin anestesia profunda para integrar mis nodos nerviosos —continuó Ezekiel, narrando el horror de su existencia como si leyera el manual de un electrodoméstico—. Los científicos que me "criaron" solo me veían como un activo financiero. Cuando cumplí catorce años, mis habilidades se estabilizaron. Decidieron que era el momento de realizar una prueba de fuego real. Me pusieron a pelear contra prisioneros de guerra.
Ezekiel hizo una pequeña pausa. No había emoción en su rostro, pero la falta de ella era lo verdaderamente aterrador. Era la desconexión total de un alma destrozada.
—Descubrí que mi teletransportación no solo servía para mover mi cuerpo. Podía teletransportar objetos dentro de los cuerpos de otras personas. O teletransportar sus órganos vitales fuera de ellos. Ese día, mi condicionamiento falló. O tal vez funcionó demasiado bien. —Ezekiel parpadeó por primera vez en varios minutos—. Maté a todos los prisioneros. Y luego, caminé por los pasillos del laboratorio y maté a todos los científicos. A los guardias. A los directores. Teletransporté el aire fuera de sus pulmones, uno por uno. Fue... eficiente. El suelo estaba tan cubierto de sangre que resbalaba al caminar. Me senté en la sala de control, esperando morir de hambre, porque no sabía a dónde ir. Allí fue donde Ryuusei me encontró. Él fue el primero que me habló sin mirar un monitor de signos vitales. Por eso estoy aquí.
Amber sintió un nudo en la garganta. La magnitud del trauma de Ezekiel era inabarcable. Ella pensaba que su veneno era una maldición, pero había tenido una infancia, había tenido momentos de normalidad antes de que el mundo se torciera. Ezekiel había nacido en el infierno, había sido forjado en él, y su único acto de libertad había sido una masacre a la que fue empujado.
—Yo... —Amber titubeó, algo que rara vez le ocurría. La asesina fría y calculadora desapareció, dejando a una joven profundamente conmovida—. Ezekiel, yo lo siento mucho. Lo siento muchísimo. Fue una pregunta estúpida. No debí...
—No tienes de qué disculparte —la interrumpió Ezekiel suavemente, mirándola por fin—. Es información clasificada solo porque a nadie le importaba preguntar. Ahora lo sabes. No me genera dolor hablar de ello, porque el dolor era la norma. Para mí, el laboratorio fue ayer, y estar aquí sentado en una plataforma viendo las estrellas con una chica que huele a toxinas y roba cerveza, es la verdadera anomalía. Una anomalía... agradable.
Amber lo miró. Vio más allá del rostro inexpresivo y los ojos vacíos. Vio al chico de catorce años cubierto de sangre, esperando en una sala de control a que el mundo acabara. Y una calidez inmensa, un instinto protector y de conexión pura, brotó en su pecho.
—¿Sabes qué estaba pensando justo ahora? —dijo Amber, su voz bajando de tono, volviéndose íntima y dulce—. Estaba pensando en que, si no hubiera habido guerra... si las cosas hubieran sido normales y tú hubieras entrado al examen público de héroes como cualquier otro chico con habilidades, yo nunca te hubiera conocido. Nuestras vidas nunca se habrían cruzado. Habrías estado en algún pedestal brillante, y yo escondida en las sombras. En medio de toda esta muerte y este desastre... conocerte ha sido una de las pocas cosas buenas que me ha pasado.
Ezekiel se quedó mudo. Su cerebro analítico intentó procesar la declaración. Buscó en sus bases de datos sociales cómo responder a una afirmación de afecto genuino y desinteresado. El resultado fue un error de sistema. Las palabras de Amber golpearon sus defensas directamente. Por primera vez desde que Ryuusei lo encontró, Ezekiel sintió que algo se aceleraba dentro de su pecho. El ligero sonrojo que antes había sido una respuesta biológica a un malentendido, ahora se apoderó de sus mejillas por completo, un rubor evidente y humano.
Amber sonrió al ver su reacción. Con movimientos lentos y cuidadosos, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó sus guantes de polímero negro. Se deslizó el material sobre sus dedos, asegurándose de que cada milímetro de su piel tóxica estuviera perfectamente aislado. Se ajustó las correas en las muñecas con un chasquido.
Una vez que comprobó que era seguro, que su maldición no lo tocaría, Amber se deslizó por el metal helado hasta quedar pegada a él.
Antes de que Ezekiel pudiera reaccionar o calcular la trayectoria de su movimiento, Amber rodeó el cuello del chico con sus brazos y lo abrazó. No fue un abrazo táctico ni un saludo casual. Fue un abrazo profundo, apretado y lleno de calor, un ancla emocional lanzada hacia alguien que había estado a la deriva toda su vida. Apoyó su mejilla contra el hombro del abrigo de Ezekiel, cerrando los ojos.
Ezekiel quedó completamente petrificado. Sus brazos se quedaron rígidos a los costados de su cuerpo. Su respiración se detuvo. Cada terminal nerviosa de su cuerpo gritaba en alerta ante la proximidad, pero, al mismo tiempo, una paz abrumadora, una sensación de seguridad absoluta que nunca en su existencia había experimentado, lo invadió como una ola de calor.
—Supongo... —murmuró Ezekiel, su voz temblando ligeramente, buscando desesperadamente una explicación lógica para lo que estaba sucediendo— ...supongo que ya estás borracha. El alcohol en la cerveza de Volkhov debe tener una graduación superior al cincuenta por ciento. Tus inhibiciones se han visto comprometidas, Amber.
Amber soltó una pequeña risita que vibró contra el pecho de él, apretándolo un poco más fuerte. —Cállate, Ezekiel. No estoy borracha —susurró ella, su voz suave como el viento que los rodeaba—. Eres muy lindo. Solo acéptalo.
Ezekiel no supo qué decir. No supo qué hacer con sus manos. No supo cómo procesar el olor a lavanda y pólvora que emanaba del cabello de Amber, ni el calor de su cuerpo contra el suyo en medio de la gélida noche canadiense.
Las estrellas seguían ardiendo sobre Alberta, fijas y densas y completamente indiferentes a dos personas en el borde de una tortuga gigante que habían llegado hasta ahí por caminos que no elegirían repetir pero que no cambiarían por nada.
Ezekiel decidió que podía quedarse así un rato más.
