Cherreads

Chapter 240 - Listas, Llaves y Malos Hábitos

Esa misma noche, el gélido viento de Alberta seguía azotando el exterior de la coraza metálica de la Base Genbu, pero en la plataforma de observación, el clima había dejado de importar. Ezekiel, con sus diecisiete años y una mente diseñada para procesar masacres y cálculos espaciales, se encontraba ante un desafío logístico y biológico completamente nuevo: lidiar con una adolescente de dieciocho años que había consumido alcohol ruso de contrabando.

Amber seguía apoyada contra su hombro. Ezekiel aprovechó la oportunidad para observarla de reojo. A pesar del abrazo, no bajaba la guardia por completo. Amber podía ser dulce en momentos de extrema vulnerabilidad, pero en su día a día solía ser una chica bastante seria y con un sentido del humor que rozaba el peligro físico. Ezekiel lo sabía por experiencia propia.

Apenas unas semanas atrás, en un intento inusual de interactuar como un adolescente normal, Ezekiel le había jugado una broma pesada ocultando sus preciados guantes de polímero negro. Él había calculado que la reacción sería un insulto verbal o, en el peor de los casos, un empujón. Su cálculo fue erróneo. Amber no dijo una sola palabra; simplemente lo acorraló en el pasillo norte, lo derribó con una zancadilla perfecta y, antes de que él pudiera teletransportarse, le dio una paliza monumental. El toque final fue cuando ella, con las manos desnudas y una sonrisa sádica que demostraba cuánto lo estaba disfrutando, le presionó el pulgar directamente sobre el ojo izquierdo

Durante los tres días siguientes, Ezekiel tuvo que caminar por la base con el ojo hinchado al tamaño de una pelota de golf, teñido de un tono púrpura antinatural debido a la toxina leve que Amber le había inyectado a propósito. Ella se reía cada vez que se cruzaban. Desde entonces, Ezekiel respetaba profundamente el espacio personal de sus manos.

Y ahora, esas mismas manos estaban a centímetros de su rostro.

Amber, que ya estaba visiblemente borracha, levantó la cabeza de su hombro. Sus ojos oscuros estaban desenfocados, brillando bajo la luz de las estrellas, y sus mejillas tenían un fuerte rubor. Soltó una risita floja, y sin previo aviso, se inclinó hacia adelante con los labios fruncidos, apuntando directamente a la mejilla de Ezekiel para darle un beso.

Ezekiel lo vio venir con medio segundo de anticipación.

Se movió.

El beso de Amber aterrizó en el aire a tres centímetros de su mejilla derecha.

Amber parpadeó, ligeramente confundida por el vacío.

—Amber —dijo Ezekiel, con una calma que le costó más de lo que aparentaba— tienes los guantes puestos pero tu mejilla no tiene guante y la mía tampoco y creo que será mejor que te lleve a tu cuarto.

Amber lo consideró durante un segundo. Luego asintió con la seriedad solemne de alguien muy borracho tomando una decisión muy importante.

—Sí —dijo—. Eso tiene sentido.

Se puso de pie. Se tambaló. Ezekiel la agarró del brazo antes de que la plataforma de la tortuga gigante tuviera su primera víctima por causas alcohólicas, y juntos entraron de vuelta a la base.

Intentó ponerse de pie, pero en el momento en que sus botas tocaron el metal, sus rodillas cedieron. Estaba completamente mareada. Antes de que se estrellara contra la baranda, Ezekiel la sostuvo por la cintura. Sin perder tiempo, la levantó en brazos al estilo nupcial. Amber se acurrucó contra su pecho, murmurando incoherencias sobre las estrellas, mientras él se concentraba en caminar con cuidado para no chocarla contra los marcos de las puertas.

Comenzaron a bajar por las escaleras principales hacia el nivel residencial de la tortuga gigante. El eco de sus pasos resonaba en el metal, hasta que fue opacado por el sonido de una televisión encendida en la sala de estar común.

Al llegar a la planta baja, Ezekiel vio a Bradley. El chico de diecisiete años estaba desparramado en uno de los sillones desgastados, con los pies sobre la mesa de centro y un tazón de cereal en el regazo. La pantalla emitía el brillo azulado de una serie de televisión de los años 90. Por la figura peluda y marrón que aparecía en la pantalla, Ezekiel dedujo que era una comedia sobre un extraterrestre.

Bradley giró la cabeza al escuchar los pasos. Sus ojos viajaron de Ezekiel a Amber, que roncaba suavemente en sus brazos, y una sonrisa burlona cruzó su rostro.

—Vaya, vaya, sujeto de laboratorio —soltó Bradley, sin poder evitar el comentario mordaz—. ¿Tuviste suerte enamorando a la chica tóxica? Pensé que las máquinas no tenían sentimientos, pero mírate, todo un Romeo.

Ezekiel se detuvo. No alteró su expresión, pero su mente analítica rápidamente buscó en su archivo mental el contraataque verbal más destructivo posible. Miró a Bradley con una frialdad absoluta.

—Es posible —respondió Ezekiel, con su voz plana resonando en la sala—. Pero al menos, cuando yo intento acercarme a alguien, no me interrumpen unos fuegos artificiales justo en el maldito momento en que me estoy declarando ante Kaira.

La sonrisa de Bradley se borró instantáneamente. Su rostro pasó de la burla a la más absoluta indignación y vergüenza en un segundo, recordando aquel desastroso y humillante episodio romántico que había intentado enterrar en lo más profundo de su memoria.

Ezekiel no esperó una respuesta. Retomó su camino por el pasillo, dejando escapar una levísima, casi imperceptible risa por la nariz. Detrás de él, Bradley se levantó del sillón y le sacó el dedo medio con furia, justo en el momento en que el extraterrestre de la serie de televisión gritaba con voz chillona desde los altavoces:

—¡Willy, ¿puedo comerme al gato?!

El pasillo de los dormitorios estaba en silencio. Cuando Ezekiel llegó a la puerta de Amber, tuvo que maniobrar para abrirla sin dejarla caer. Era la primera vez que entraba a su cuarto, y lo que vio lo desconcertó.

Acostumbrado al caos de los demás adolescentes —el cuarto de Bradley parecía un vertedero de piezas mecánicas y el de Aiko una tienda de dulces que había explotado—, la habitación de Amber era inmaculada. La cama estaba perfectamente tendida, el piso no tenía una sola mota de polvo, y todo estaba alineado con una precisión casi militar. Era el reflejo de una chica que necesitaba tener control absoluto sobre su entorno porque no podía controlar su propio cuerpo.

Con cuidado, la depositó sobre el colchón. Amber se acomodó entre las almohadas soltando un suspiro de satisfacción. Mientras Ezekiel le quitaba las pesadas botas tácticas para que estuviera cómoda, su mirada se desvió hacia la mesa de noche.

Había una pequeña carta de papel amarillento, escrita con una caligrafía limpia y cursiva. En la parte superior decía: Lista de Deseos.

La curiosidad, una emoción extraña para él, le ganó. Ezekiel se inclinó un poco para leer los puntos enumerados:

1. Formar una linda familia.

2. Que llegue un lindo chico a mi vida.

3. Tener una boa constrictora de mascota.

Ezekiel dobló el papel exactamente como estaba y lo devolvió a la mesita.

Se quedó mirándolo un segundo.

Luego miró a Amber dormida, con la manta a medio tapar y el cabello morado oscuro sobre la almohada, sin los guantes por primera vez desde que la conocía, las manos simplemente manos.

El punto tres era el más fácil de los tres. Eso era un hecho objetivo.

Ezekiel tomó una decisión silenciosa, de las que no se anuncian sino que simplemente empiezan a ejecutarse, y caminó hacia la puerta.

Se dio la vuelta para marcharse, satisfecho con su nuevo plan táctico, cuando la voz pastosa de Amber lo detuvo.

—Oye, Ezekiel... —murmuró ella, con los ojos a medio abrir y una sonrisa adormilada—. Si quieres... puedes dormir conmigo esta noche.

Ezekiel se quedó congelado en el umbral de la puerta. Su ritmo cardíaco se disparó, traicionando todo su entrenamiento. Por un segundo, la tentación de quedarse allí, en la calidez de esa habitación, estuvo a punto de quebrar su lógica. Pero sabía que ella no estaba en sus cabales, y su código moral recién descubierto le impidió aprovecharse de la situación.

Giró levemente la cabeza y la miró, esbozando una pequeñísima sonrisa que solo ella lograba sacarle.

—Cuando logre conquistar tu corazón de verdad, me quedaré —respondió en tono de broma, aunque hablaba muy en serio—. Pero por ahora, estás muy borracha y tu cuerpo es un peligro biológico. Te deseo muy buenas noches, Amber.

Salió al pasillo y cerró la puerta con suavidad.

Apenas dio dos pasos, una masa inmensa de músculos, vendas y cicatrices bloqueó su camino. Era Volkhov. El ruso de veinte años lo miró desde arriba, con el ceño fruncido y una expresión que prometía violencia física.

—Tú —gruñó Volkhov, su voz sonando como un motor diésel averiado—. ¿Qué pasó con las latas de mi reserva personal de cerveza? Faltan dos.

Ezekiel no dudó ni un cuarto de segundo. La lealtad hacia la chica que le gustaba superaba cualquier concepto de camaradería con el gigante ruso. Lo miró directamente a los ojos y mintió con la misma frialdad con la que mataba.

—Bradley las cogió. Lo vi en la sala común hace cinco minutos.

Las fosas nasales de Volkhov se dilataron. Sin decir una sola palabra más, el gigante dio media vuelta y comenzó a caminar con pasos pesados y amenazantes hacia la sala de estar.

Ezekiel siguió caminando hacia su propio cuarto. Unos segundos después, el sonido de la televisión de los 90 fue brutalmente interrumpido por un estruendo metálico, seguido inmediatamente por los gritos de dolor y las súplicas agudas de Bradley. Ezekiel entró a su habitación, cerró la puerta, y se fue a dormir con una inusual y pacífica sensación de triunfo.

Al otro lado del pasillo, dos niveles más abajo, el cuarto de Ryuusei Kisaragi estaba en silencio.

Ryuusei estaba en su cama. Tumbado boca arriba, mirando el techo con los brazos cruzados bajo la cabeza, en la posición de alguien que debería estar durmiendo pero que claramente no lo está.

La razón estaba tumbada a su derecha.

Eider, con la expresión seria y fría de siempre, como si estar en la cama de otra persona en la mitad de la noche fuera el escenario más normal del mundo, miraba también el techo con los brazos cruzados sobre el pecho.

Ryuusei dejó escapar un suspiro largo y cargado de frustración, frotándose el puente de la nariz.

—Eider... ¿por qué siempre sucede esto? —preguntó, sin siquiera mirarla.

—Porque ya se volvió tradición —respondió Eider de inmediato, con voz monótona y sin mover un solo músculo del rostro—. Además, según los términos del Juramento Carmesí que acabamos de consolidar, soy tu espada y tu escudo. Te juré lealtad en absolutamente todo. Eso incluye la vigilancia nocturna y la compañía logística.

—Eso es una estupidez táctica y lo sabes. Al menos ten un poco de decencia y vete a tu cuarto —replicó Ryuusei, girándose para verla con el ceño fruncido.

Eider finalmente movió la cabeza para mirarlo. Sus ojos vacíos se encontraron con los de él.

—Si te incomoda tanto compartir el lecho, te sugiero que tú duermas en el piso como un caballero. La alfombra parece lo suficientemente cómoda para tu espalda.

Ryuusei sintió que una vena le palpitaba en la frente.

—Que te jodas —soltó, usando todo su vocabulario adolescente.

La respuesta de Eider no fue verbal. En un movimiento tan rápido que ni siquiera el propio líder lo anticipó, Eider giró sobre sí misma, enganchó su pierna sobre la de Ryuusei y le aplicó una llave de sumisión directa al brazo derecho, inmovilizándolo contra el colchón y presionando justo en la articulación.

—¡Ay, ay, ay! —se quejó Ryuusei, palmeando el colchón con la mano libre, sintiendo la presión a punto de dislocarle el hombro—. ¡Me rindo, me rindo, maldita sea, me rindo!

Eider lo soltó de inmediato, regresando a su posición original de esfinge bocarriba como si nada hubiera pasado. Ryuusei se frotó el hombro adolorido, sentándose en el borde de la cama, derrotado.

—Escucha, Eider, esto ya no puede estar pasando —dijo Ryuusei, intentando recuperar algo de su autoridad perdida—. Tengo novia. Y no es cualquier chica, es Hitomi. Es increíblemente celosa y su temperamento no es precisamente amable. Y si se entera de que estás durmiendo aquí, va a destruir la base. Especialmente contigo.

Eider ladeó la cabeza, mostrando una pizca de interés. —¿Conmigo? ¿Por qué especialmente conmigo?

—Porque según Hitomi, tú aún sigues siendo, cito textualmente, una perra de la Asociación de Héroes —confesó Ryuusei, soltando la verdad sin anestesia.

Los ojos de Eider se abrieron ligeramente, mostrando una genuina sorpresa. La ofensa no le dolió en el ego, sino que la procesó como un desafío directo. Las comisuras de sus labios bajaron un milímetro.

—Interesante —murmuró Eider—. Ya veo. Luego me aseguraré de devolverle el cumplido con intereses.

Eider se incorporó en la cama, apoyando la espalda contra la pared, y lo miró con curiosidad analítica.

—Si ustedes dos son novios, y ella es tan territorial... ¿por qué no duermes junto a Hitomi? ¿No es eso lo que hacen las parejas humanas estandarizadas?

Las palabras golpearon a Ryuusei como un ladrillo. El líder invencible, el estratega frío, de repente desvió la mirada hacia la puerta. Un intenso rubor se extendió por sus mejillas y hasta las orejas, rompiendo por completo su fachada de tipo duro. Se rascó la nuca, incómodo.

—Es complicado... —murmuró, evitando hacer contacto visual—. Aún no estoy listo para... para algo tan cotidiano como eso. Es mucha presión.

Eider entrecerró los ojos, analizando sus signos vitales: ritmo cardíaco acelerado, temperatura facial elevada, evasión visual.

—Una pregunta logística —soltó ella de la nada—. ¿Ya lo hiciste con Hitomi?

Ryuusei se atragantó con su propia saliva. Tosió un par de veces, sintiendo que la cara le ardía como el fuego, y finalmente asintió de forma rígida y rápida.

—Sí —admitió, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Ya lo hicimos.

Eider procesó la información durante dos segundos. Y entonces, para sorpresa de Ryuusei, la chica de hielo rompió su personaje. Empezó a reírse. No fue una carcajada escandalosa como las de Aiko, sino una risa seca, burlona y genuina que resonó en la habitación silenciosa.

—Vaya —dijo Eider, limpiándose una lágrima imaginaria—. Es un auténtico milagro estadístico que Ryuusei Kisaragi, haya tenido la posibilidad de salir con Hitomi Valmorth y sobrevivir al proceso.

Ryuusei no soportó más la humillación. Levantó la mano y le dio un golpe rápido y seco en la parte superior de la cabeza con los nudillos.

—¡Ya cállate! —espetó, aunque la vergüenza todavía era evidente en su rostro.

Eider se frotó la cabeza, pero la pequeña sonrisa burlona no desapareció del todo. Ryuusei suspiró, recuperando finalmente su postura de líder, aunque el rubor tardaría un rato en desaparecer.

—Será mejor que te vayas a dormir, Eider. Las bromas terminaron por hoy —ordenó Ryuusei, señalando la puerta con firmeza—. A partir de mañana vas a dormir en un cuarto diferente. Oficialmente eres parte del equipo y necesitas tu propio espacio. Ah, y por cierto...

Ryuusei hizo una pausa, y esta vez, fue él quien esbozó una media sonrisa, cobrando su propia venganza.

—A partir de mañana, también te pondrás tu traje de maid. Necesito que alguien mantenga la limpieza en el ala oeste y es la mejor forma de integrarte.

Eider lo miró fijamente. No hubo protestas, ni quejas adolescentes. Simplemente asintió de forma robótica.

—Entendido. Acepto los términos de integración. —Hizo una pausa, y su tono volvió a la seriedad fría que la caracterizaba—. Pero dejando de lado la logística de la limpieza... tenemos que hablar de unas cosas importantes, Ryuusei. Hay movimientos en las sombras que no podemos seguir ignorando.

Ryuusei la miró, y la atmósfera de la habitación cambió. El drama adolescente se evaporó, reemplazado por la fría realidad de la guerra que los esperaba afuera.

—Lo sé —respondió él en voz baja—. Hablaremos mañana. Ahora, lárgate de mi cama.

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