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Chapter 238 - El día que Ryuusei se arruinó

El regreso de Amber, Sylvan y Volkhov a la Base Genbu no fue silencioso.

Fue todo lo contrario.

El siseo hidráulico de las compuertas principales anunciaba la llegada de cualquier miembro del equipo desde hacía meses, un sonido tan familiar que los residentes de la tortuga gigante lo habían integrado inconscientemente a su ritmo de vida. Pero esta vez, el ruido que siguió a la apertura de las compuertas no fue el golpeteo de botas sobre el suelo de metal, ni el eco de voces cansadas. Fue algo diferente. Algo húmedo. Algo que bufaba.

Aiko Ishikawa fue la primera en escuchar el alboroto desde el pasillo central. Llevaba veinte minutos sentada en el suelo del corredor principal, con las piernas cruzadas y los codos sobre las rodillas, masticando una barra de proteína con la expresión de alguien que ha estado esperando noticias malas durante demasiado tiempo. Al escuchar el siseo de las compuertas, se puso de pie de un salto, descartando la barra a medio comer, y corrió hacia la entrada.

Lo que encontró la detuvo en seco.

Volkhov entraba cojeando, con la mitad del rostro cubierta de vendas manchadas de marrón oscuro y el muñón del brazo derecho envuelto en una venda apretada. Su abrigo estaba destrozado, con desgarrones que revelaban costuras de tejido cicatricial nuevo y rosado en el abdomen. Detrás de él, Amber empujaba los pesados sacos de lona con la carne del ciervo con una indiferencia absoluta, como si acabara de regresar del supermercado. Y cerrando el grupo, Sylvan, en su forma de niño pálido, caminaba con los brazos extendidos hacia adelante, sosteniendo con extrema delicadeza dos bolitas de pelaje marrón que se retorcían, bufaban y chillaban contra su pecho con la energía desenfrenada de quien no ha comido en horas.

Crías de oso grizzly.

Dos crías de oso grizzly en la Base Genbu.

Aiko parpadeó. Una vez. Dos veces. Su cerebro, entrenado para procesar amenazas y situaciones de combate a velocidades sobrehumanas, se negó rotundamente a clasificar la imagen que tenía delante.

—¿Qué... —comenzó Aiko, señalando con el dedo hacia los animales— ...qué es eso?

—Osos —respondió Volkhov, con la naturalidad de quien anuncia que trae el pan.

—Ya sé que son osos, Volkhov. —La voz de Aiko subió medio tono— ¿Por qué hay osos en la base?

—Porque su madre intentó matarme y Sylvan mató a su madre —explicó el ruso, apoyándose en la pared del corredor con un gruñido sordo— y no me pareció correcto dejarlas morir en el bosque. Son huérfanas.

El silencio que siguió duró exactamente dos segundos.

Luego, Aiko soltó un grito que resonó en todos los corredores de metal de la Base Genbu y se abalanzó sobre Sylvan, tomando a una de las crías entre sus brazos con el cuidado reverencial que solo una chica de quince años puede tener ante algo pequeño y con pelaje.

—¡Es la cosa más adorable que he visto en mi vida! —exclamó Aiko, levantando a la cría de oso a la altura de su rostro. El animal, confundido, olfateó su nariz y luego le dio un pequeño mordisco en la oreja que la hizo chillar de emoción—. ¡Me mordió! ¡Me mordió y me encanta!

Amber observó la escena con la expresión de alguien calculando en cuántos meses ese animal adorable se convertiría en doscientos kilos de músculo y garras. Decidió no compartir ese cálculo en ese momento.

El alboroto de Aiko atrajo al resto del equipo en cuestión de minutos. Brad apareció desde el taller de mecánica con grasa en las manos, miró a las crías y sonrió de oreja a oreja. Bradley llegó corriendo desde el gimnasio y se detuvo tan abruptamente que casi se resbala en el suelo metálico. Kaira, que había pasado el día en cama con fiebre, apareció en el pasillo envuelta en una manta, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados, miró a los osos, miró a Volkhov vendado, y se limitó a decir "voy a necesitar más té" antes de dar media vuelta y regresar a su cuarto.

Ezekiel fue el último en llegar, caminando con esa parsimonia que usaba para todo. Se detuvo frente a los cachorros, los estudió con sus ojos fríos e inescrutables, y luego dirigió su mirada hacia Amber.

—¿Los encontraste tú? —preguntó.

—Los encontró Sylvan. Yo los traje porque Volkhov insistió.

—¿Trescientos dólares canadienses? —La comisura de los labios de Ezekiel se tensó en algo que en él equivalía a una mueca de derrota.

—Trescientos dólares canadienses —confirmó Amber, extendiendo la mano.

Ezekiel sacó su billetera, contó tres billetes y los depositó en la palma de Amber sin quitar la vista de los osos. Amber los dobló y los guardó en el bolsillo de su chaqueta con la satisfacción silenciosa de alguien que ha ganado exactamente lo que esperaba.

Arkadi llegó el último al corredor, apoyándose en su bastón. Miró la escena completa: Volkhov vendado de pies a cabeza, Sylvan sosteniendo a un cachorro de oso mientras este le masticaba el dedo con ferocidad, Aiko bailando con la otra cría, y Amber contando dinero en efectivo. El anciano exhaló un suspiro largo, se acarició la barba blanca con una mano artrítica, y dijo con su voz grave y ceremoniosa:

—En mis ciento ocho años como guerrero y maestro, nunca pensé que mi vejez terminaría compartiendo base con osos huérfanos canadienses. La vida tiene un sentido del humor muy particular.

Luego se dio la vuelta, regresó a su cuarto y cerró la puerta con suavidad.

Ryuusei salió de la sala de reuniones del nivel inferior de la Base Genbu cuando el ruido en los corredores alcanzó un nivel que ya no podía ignorar. Llevaba tres horas encerrado con el Ministro Sterling por video llamada encriptada, revisando mapas de rutas de extracción de emergencia y hojas de cálculo con gastos que hacían que su pecho se apretara cada vez que parpadeaba el cursor.

Subió las escaleras metálicas, dobló el pasillo central y casi chocó de frente con Aiko, que cargaba una cría de oso grizzly en brazos como si fuera un recién nacido humano.

Ryuusei se detuvo.

Miró el oso.

Miró a Aiko.

Volvió a mirar el oso.

—¿Por qué hay un oso en tus brazos?

—Porque el otro lo tiene Sylvan —respondió Aiko con total naturalidad.

Ryuusei cerró los ojos durante tres segundos, respiró profundo, y cuando los abrió su expresión había pasado del desconcierto a la resignación absoluta de un líder que ha aprendido que las preguntas lógicas no siempre tienen respuestas lógicas en este equipo.

—¿Están heridos?

—No. Volkhov sí, pero él se está regenerando.

—¿Los osos son peligrosos?

—Ahora mismo están mamando el dedo de Sylvan. Ryuusei, tienen como dos meses de vida. Son del tamaño de un gato gordo.

—En un año tendrán doscientos kilos —intervino Amber desde el fondo del pasillo.

—¡En un año habremos salvado el mundo o estaremos muertos, así que da igual! —replicó Aiko con una lógica aplastante que nadie pudo refutar.

Ryuusei miró a la cría de oso que Aiko sostenía. El animal lo observó con sus pequeños ojos oscuros y brillantes, emitió un bufido corto, y le dio un mordisco al aire en dirección a su nariz. Ryuusei retrocedió un centímetro.

—Está bien —dijo Ryuusei finalmente, pasándose una mano por el cabello—. Está bien. Los osos se quedan. Pero alguien tiene que encargarse de alimentarlos, de limpiar lo que ensucien, y de asegurarse de que no muerdan a nadie importante.

—¡Yo me encargo! —Aiko levantó la mano libre.

—Perfecto. Son tuyos entonces. —Ryuusei señaló a la cría—. Y el otro...

—El otro —interrumpió Volkhov desde el fondo, con su voz ronca y vendada— se lo regalamos al Primer Ministro Sterling.

El pasillo entero guardó silencio.

Luego, Brad Clayton soltó una carcajada tan abrupta que le arrancó un resoplido al cachorro de Aiko.

La idea de regalarle un oso grizzly al Primer Ministro de Canadá tomó exactamente cuarenta y cinco minutos en pasar de ocurrencia absurda de Volkhov a decisión oficial del equipo.

El proceso fue el siguiente:

Ryuusei dijo que no.

Aiko dijo que sí.

Volkhov argumentó que era un gesto diplomático de profunda gratitud hacia el hombre que los ocultaba, los alimentaba y los protegía del escrutinio internacional a cambio de ser su línea de defensa secreta, y que un oso grizzly canadiense criado a mano era el regalo más apropiado que podían hacerle desde Alberta.

Ryuusei señaló que Sterling era el Primer Ministro probablemente no tenía infraestructura para un oso en su residencia oficial.

Volkhov señaló que Sterling tenía un rancho en Manitoba de cuatrocientas hectáreas que constaba en sus registros de propiedad de dominio público, que Volkhov había memorizando, y que ese rancho tenía un lago, un bosque privado y al menos dos guardabosques en nómina permanente.

Ryuusei no supo cómo refutar eso.

Bradley añadió que regalarle un oso bebé a un político era literalmente la única forma de volverse su persona favorita sin gastar dinero, a lo que Ryuusei recordó que sí iban a gastar dinero, específicamente en el transporte del animal.

Ezekiel intervino para calcular que el costo logístico de transportar una cría de grizzly a Manitoba era aproximadamente el uno por ciento de lo que ya le costaban al presupuesto semanal de la base, y que desde una perspectiva puramente financiera, el retorno diplomático de tener al Primer Ministro agradecido con un oso era incalculable.

Kaira, que había reaparecido envuelta en su manta y con una taza de té humeante, dijo que telepáticamente podía confirmar que Sterling tenía una debilidad conocida por la fauna silvestre canadiense, dato que nadie le preguntó cómo sabía pero que nadie cuestionó.

Ryuusei miró a Hitomi, que estaba apoyada en el marco de la puerta con Shiro, su gato, en brazos, observando la reunión improvisada con la expresión de alguien que todavía está aprendiendo a procesar cómo funciona este grupo.

—¿Tú qué opinas? —le preguntó Ryuusei.

Hitomi miró al cachorro de oso que Sylvan seguía sosteniendo. Luego miró a Sterling en la pantalla del tablet que Brad había traído para mostrar el rancho de Manitoba en Google Maps. Luego miró a Ryuusei.

—Creo que si no le regalas el oso, se va a enterar de que tuviste dos y le diste uno a Aiko, y eso va a ser peor diplomáticamente que no darle ninguno —respondió Hitomi con una lógica impecable de aristócrata europea acostumbrada a la política de regalos.

Ryuusei cerró el debate.

—Le regalamos el oso a Sterling.

La llamada al Primer Ministro fue a las cuatro de la tarde, hora de Alberta, por el canal encriptado de emergencia que Sterling había instalado específicamente para comunicaciones con la Base Genbu. El hombre atendió en menos de diez segundos, lo que era inusual incluso para él, y su expresión cuando apareció en la pantalla era la de alguien que esperaba recibir noticias de una catástrofe inminente.

—Kisaragi —dijo Sterling, su voz grave y autoritaria, las arrugas de su frente más pronunciadas de lo habitual—. Espero que sea urgente. Tengo una sesión con el Comité de Defensa en veinte minutos.

—Es urgente —confirmó Ryuusei, asintiendo con la seriedad adecuada— en el sentido de que es un tema sensible que requiere su atención inmediata y su aprobación logística.

Sterling entornó los ojos. —Habla.

Ryuusei hizo una pausa de exactamente el largo correcto para hacer que lo que seguía sonara como una propuesta pensada y no como el resultado de una votación caótica en un pasillo.

—Como muestra de gratitud genuina y profunda por la hospitalidad y el apoyo estratégico que Canadá nos ha brindado, el equipo de la Base Genbu desearía hacerle un obsequio de carácter personal, señor Primer Ministro.

Sterling lo miró en silencio.

—Hemos rescatado esta mañana a dos crías de oso grizzly huérfanas en el bosque de Alberta —continuó Ryuusei—. Dadas las circunstancias, el equipo ha decidido que una de ellas permanecerá en la base bajo el cuidado de uno de nuestros miembros. La segunda... quisiéramos ofrecérsela a usted.

El silencio que siguió duró cinco segundos completos.

Luego, algo completamente inesperado ocurrió en el rostro del Primer Ministro de Canadá. Las arrugas de tensión en su frente desaparecieron. Sus labios, que habían estado apretados en la línea severa de un hombre que administra la seguridad de treinta y ocho millones de personas, se separaron levemente. Sus ojos, normalmente grises y calculadores como los de un juez, adquirieron un brillo que Ryuusei no había visto antes en sus videollamadas.

—¿Una cría de grizzly? —repitió Sterling.

—Una cría de grizzly macho —confirmó Ryuusei—. Aproximadamente dos meses de vida. En perfecto estado de salud, según nuestra evaluación preliminar.

—¿Macho? —Sterling se inclinó ligeramente hacia la cámara.

Ryuusei hizo una seña discreta hacia Sylvan, que estaba fuera del ángulo de visión de la pantalla. El chico vegetal avanzó hasta quedar encuadrado y levantó al cachorro a la altura de la cámara. El oso, ajeno a estar siendo presentado ante el líder de un gobierno, olfateó la lente con curiosidad y dejó un rastro húmedo sobre el vidrio de la pantalla de Ryuusei.

Sterling, el hombre que había negociado acuerdos energéticos con tres presidentes y había sobrevivido a cuatro crisis parlamentarias, se quedó mirando al oso con la expresión de un niño de siete años en Navidad.

—Lo llamo Theodore —dijo Sterling.

—Perfecto —respondió Ryuusei sin perder la compostura—. Le haremos llegar a Theodore a su rancho de Manitoba en las próximas cuarenta y ocho horas junto con toda la documentación de salud y comportamiento que nuestro equipo ha podido recopilar.

—Bien hecho, Kisaragi —dijo Sterling, y en su voz había un calor genuino que raramente asomaba en sus comunicaciones oficiales—. Bien hecho. Ah, y dile a tu equipo que el segundo envío de suministros tácticos de invierno llegará antes de lo previsto. Con gusto.

La pantalla se apagó.

Ryuusei giró la silla hacia el equipo que lo observaba desde el pasillo.

—El oso le gustó —anunció.

—Te dije —dijo Volkhov.

Dos horas después, cuando el alboroto de los osos había migrado hacia el sector de almacenamiento donde Aiko y Brad habían improvisado un espacio con mantas viejas y cajas de madera, Ryuusei convocó una reunión en la sala principal.

No fue una reunión de emergencia ni una sesión táctica. No había mapas en la pared ni proyecciones de inteligencia en las pantallas. Era simplemente el equipo completo sentado alrededor de la mesa central de metal, con tazas de café o té según la preferencia de cada uno, bajo la luz blanca y constante de los fluorescentes de la base.

Ryuusei se quedó de pie en la cabecera. Miró a cada persona en la mesa. Volkhov con el brazo vendado y el rostro todavía parcialmente cubierto de cicatrices nuevas. Aiko con una mancha de lodo de oso en la mejilla que no había notado. Arkadi con los ojos semicerrados, aparentemente dormido aunque Ryuusei sabía que no lo estaba. Ezekiel con los brazos cruzados y la expresión de alguien que calcula constantemente el valor de todo lo que tiene alrededor. Bradley mirando al techo con esa inocencia desarmante que tenía. Brad limpiándose las manos con un trapo. Amber con su bloc de notas abierto, lista para cualquier cosa. Kaira envuelta en su manta, ya con mejor color en el rostro. Charles en silencio, con las manos sobre la mesa, sus ojos tranquilos. Hitomi junto a él, con Shiro dormido en su regazo, observando la reunión con esa atención reservada que usaba cuando estaba aprendiendo algo nuevo sobre cómo funciona este mundo.

Eider al fondo, ligeramente separada del grupo, con las manos cruzadas sobre la mesa y la mirada baja.

Ryuusei sacó su teléfono del bolsillo, lo puso sobre la mesa sin decir nada, y empujó suavemente la pantalla hacia el centro para que todos pudieran ver la aplicación de banca que tenía abierta. Luego tomó su silla, se sentó, y los miró.

—Llevan meses trabajando sin que nadie les pagara —dijo Ryuusei. Su voz no tenía el tono ceremonioso de un discurso, sino la franqueza directa de alguien que está diciendo algo que debería haberse dicho antes— Sobrevivieron a la guerra de los Valmorth, a los ejércitos de la Asociación, a Aurion, y a todo lo que el universo tuvo a bien lanzarnos encima. Sin contrato (supuestamente). Sin garantías. Sin saber si iba a haber dinero al final del camino.

Nadie habló. Aiko miraba a Ryuusei con esa atención total que ella reservaba para los momentos que sabía que iba a recordar.

—Se acabó el "ya les pago después" —continuó Ryuusei— Acabo de completar las nueve transferencias.

El silencio duró exactamente el tiempo que tardaron nueve teléfonos distintos en vibrar casi simultáneamente sobre la mesa o en los bolsillos de sus dueños.

La reacción fue simultánea y completamente caótica.

Bradley fue el primero en desbloquear su teléfono. Leyó el número en su cuenta bancaria. Lo leyó de nuevo. Levantó la vista hacia Ryuusei con los ojos completamente abiertos.

—Ryuusei —dijo Bradley, con la voz de alguien que acaba de ver algo que su cerebro se niega a procesar—. Esto dice un millón...

—Un millón noventa mil dólares —confirmó Ryuusei—. Sueldo base más bono de guerra. Para cada uno. Igual para todos.

—Un millón— repitió Bradley, ahora mirando la pantalla de su teléfono como si esperara que el número cambiara.

—Bradley —dijo Kaira desde el otro lado de la mesa, con suavidad—. Cierra la boca.

Bradley cerró la boca. Luego la volvió a abrir. Luego se levantó de la silla, caminó alrededor de la mesa entera sin destino aparente, y se detuvo frente a la pared metálica donde se quedó parado en silencio mirando el metal durante unos quince segundos mientras el resto del equipo lo observaba.

—Estoy bien —anunció Bradley finalmente, sin girarse—. Solo necesitaba un momento.

Ezekiel, en contraste total, revisó la notificación con la misma expresión con la que revisaría el precio del combustible. Guardó el teléfono. Asintió una vez. Eso fue todo.

Arkadi, que supuestamente estaba dormido, abrió los ojos, miró su teléfono, leyó el número, y volvió a cerrar los ojos. Pero la comisura de su boca se curvó ligeramente hacia arriba.

Brad miró su saldo, puso el teléfono boca abajo sobre la mesa, y se recostó en su silla con las manos detrás de la cabeza y los ojos hacia el techo. Exhaló un suspiro tan largo y tan profundo que Aiko, sentada a su lado, le preguntó si estaba bien. Brad respondió que era la primera vez en su vida que no le dolía pensar en dormir en la tierra y que necesitaba un momento para procesar la sensación.

Aiko miró su propio teléfono. Ryuusei la observó. Había cierta anticipación en él, algo que raramente mostraba, quería ver cómo reaccionaba ella.

Aiko leyó el número. Dejó el teléfono sobre la mesa. Miró a Ryuusei directamente.

—¿Es real? —preguntó.

—Es real.

Aiko asintió lentamente. Tomó su taza de café. Le dio un sorbo. La devolvió a la mesa. Y entonces, rodeó la mesa en un segundo, plantó un abrazo en el cuello de Ryuusei con una fuerza que a cualquier humano normal le habría dislocado el hombro, y lo apretó tan fuerte que Ryuusei tuvo que aferrarse al borde de la silla para no caer.

—Imbécil —murmuró Aiko contra su hombro, con la voz apretada—. Imbécil enorme. Deberías haberlo hecho hace meses.

—Ya lo sé —respondió Ryuusei, sin intentar liberarse.

—Mejor tarde que nunca —concedió Aiko, soltándolo abruptamente y volviendo a su silla como si nada hubiera pasado, aunque sus ojos brillaban un poco más de lo habitual.

Charles, que había estado mirando su teléfono en silencio durante todo ese tiempo, levantó la vista. Su expresión era tranquila, pero había algo en ella, una calidez específica que Ryuusei reconocía como gratitud genuina, diferente a la gratitud educada.

—Gracias, Ryuusei —dijo Charles simplemente.

Kaira no dijo nada. Solo miró a Ryuusei desde el otro lado de la mesa y asintió una vez, un gesto pequeño pero cargado de un significado que Ryuusei entendió perfectamente.

Volkhov, con su brazo vendado apoyado sobre la mesa, miró el número en su teléfono durante un momento. Ryuusei lo observó. Sabía lo suficiente del pasado del ruso como para entender que ese número no solo era dinero. Era algo más concreto. Era prueba de que su existencia, su trabajo y su supervivencia tenían un valor que alguien reconocía en términos medibles.

El ruso no dijo nada. Pero guardó el teléfono en el bolsillo con una deliberación que no era habitual en él, como alguien que guarda algo que no quiere perder.

Amber revisó su saldo, abrió su bloc de notas, y comenzó a anotar algo. Ryuusei decidió no preguntar qué.

Solo Hitomi permaneció sin revisar ningún teléfono, porque no había ninguna notificación para ella. Estaba acariciando a Shiro con una mano, mirando la escena con una expresión difícil de leer. Ryuusei la buscó con la mirada y ella lo encontró antes de que él pudiera decir algo.

—No hace falta explicarlo —dijo Hitomi, con voz tranquila y sin rastro de ofensa—. Lo sé.

—Lo sé que lo sabes —respondió Ryuusei—. Pero quiero que sepas que no es porque no cuente. Es porque dijiste que no.

—Dije que no —confirmó Hitomi, con una media sonrisa que era más orgullo que indiferencia—. Y lo mantengo. La familia Valmorth no cobra por sus batallas.

—La familia Valmorth —dijo Ryuusei con calma— eres tú. No el apellido.

Hitomi lo miró. Shiro eligió ese momento para levantarse, estirarse de forma extravagante sobre su regazo, y volver a acurrucarse en otra posición. El gato tenía un don natural para romper la tensión emocional.

Eider, al fondo de la mesa, no había levantado la vista de sus manos. Ryuusei la miró. Ella lo sintió y levantó los ojos hacia él con una cautela que él reconoció como la de alguien que todavía no sabe qué lugar ocupa en esta sala.

—A ti también te llegó —dijo Ryuusei.

Eider frunció el ceño levemente. —¿A mí?

—A ti.

Eider tomó lentamente su teléfono. Lo desbloqueó. Miró la pantalla. El color de su rostro cambió de forma visible, una oleada de algo que no era exactamente alegría sino algo más complejo, más parecido al alivio de quien ha estado esperando que el suelo desaparezca bajo sus pies y descubre que todavía está firme.

—Yo no... —comenzó Eider.

—Estás en el equipo —la interrumpió Ryuusei, sin dramatismo—. El Juramento Carmesí no es una categoría aparte. Es el contrato más definitivo que existe. Bienvenida.

Eider no respondió. Bajó la vista otra vez, pero esta vez no era incomodidad, era el gesto de alguien procesando algo demasiado grande para sostenerlo en el rostro públicamente.

Ryuusei miró a todo el equipo una última vez antes de continuar. Hitomi. Eider. Aiko con su oso invisible todavía en el pensamiento. Volkhov con su brazo en proceso de regenerarse. El equipo más extraño e improbable que cualquier persona con sentido común habría podido ensamblar.

—Hay algo más —dijo Ryuusei, poniendo de nuevo su teléfono sobre la mesa. Esta vez con la calculadora abierta, y los números que había estado mirando durante tres horas eran tan grandes que ocupaban toda la pantalla—. Quiero que sepan exactamente en qué situación estamos. El dinero que acaban de recibir es real, es suyo y nadie se los va a quitar. Pero quiero que entiendan lo que costó llegar hasta aquí.

Empujó el teléfono hacia el centro de la mesa para que todos pudieran leer.

Los números aparecieron ante los ojos de nueve personas en silencio.

Nómina del equipo: nueve millones ochocientos diez mil dólares.

Gastos de guerra: sesenta millones setecientos mil dólares.

Estadía y operaciones en Canadá: treinta y nueve millones ciento cincuenta mil dólares.

To

Y con esa frase, sencilla y absoluta como todo lo que Volkhov decía, algo se asentó en la sala. No era euforia ni solemnidad. Era algo más parecido a la calma de un equipo que ha mirado los números, ha contado sus heridas, y ha decidido seguir de pie.

Aiko levantó su taza de café.

—Por el millón —dijo.

—Por el millón —repitieron varios, levantando lo que tuvieran en la mano.

Ryuusei levantó su taza vacía.

Afuera, en el sector de almacenamiento, la cría de oso que le tocaba a Aiko mordisqueaba la esquina de una manta vieja con una concentración absolutamente admirable.

Y en Manitoba, el Primer Ministro Sterling acababa de buscar en internet "cómo criar un oso grizzly en cautiverio" y había empezado a tomar notas con una seriedad que sus asesores encontrarían inexplicable al día siguiente.

silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores. Era el silencio de personas haciendo matemáticas involuntarias.

—Eso es lo que costó que estuviéramos aquí sentados esta noche —dijo Ryuusei, retirando el teléfono—. Sin deudas con nadie, con pasaportes limpios, con la base funcionando y con el Primer Ministro de Canadá a punto de adoptar un oso grizzly que le mandamos. No les cuento esto para que se sientan mal. Se los cuento porque creo que merecen saber lo que vale lo que hicieron.

Nadie respondió de inmediato. Bradley seguía de pie junto a la pared. Arkadi tenía los ojos abiertos ahora, mirando el techo. Kaira sostenía su taza con ambas manos sin beberla.

Fue Volkhov quien habló primero, con la voz rasposa y tranquila de siempre.

—Que tenga que pasar lo que tenga que pasar —dijo el ruso, mirando a Ryuusei directamente—. Seguimos aquí.

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