Con el fin de las audiciones y el comienzo de los ensayos para aquel show "espectacular", el teatro era un hervidero de actividad.
Rosita despertaba por las mañanas usando la lengua para espabilar a su jefe. Claro, no estaba sola, pero ya se había acostumbrado a compartir ese bocadillo matutino con sus compañeras de trabajo. Un beso para compartir el sabor era la rutina habitual; un hábito que le gustaba tanto que ni se cuestionaba ya su propia sexualidad. Luego, ataviada con su traje de sirvienta, preparaba el desayuno, comprobaba el estado de sus hijos, servía al jefe y empaquetaba una porción adicional para el otro humano que esperaba en el teatro.
Aun aferrada a sus costumbres de ama de casa y al deseo persistente de una familia feliz, creía que era un gesto necesario llevarle algo al hijo de su jefe. No era solo cortesía: en su mente, aunque el statu quo fuera inalterable, queria que la "familia" de su superior era también la suya. Quería compensar la atenta dedicación que Riuz había mostrado con sus propios hijos horneándole un pastel por las mañanas. Y aunque su jefe le repetía que no hacía falta, la fantasía se volvía real por un instante cuando el joven aceptaba el postre y comía con gusto. Realmente quería verlo como a un hijo.
Con la tarea cumplida, regresaba con Gunther a pulir sus pasos. Ya no era la cerdita rígida de antes; la liberación sexual la había desinhibido por completo. En cuanto el cerdo artístico le daba play a la musica, ambos comenzaban a moverse como si el suelo estuviera hecho de lava ardiente.
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Johnny vivía sus propias tribulaciones, atrapado entre la lealtad a su padre bandido y las exigencias de su doble vida: lo que su familia esperaba de él frente a sus propios deseos. Ignoraba que esa encrucijada estaba a punto de estallar en problemas mayores.
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Ash continuaba con su novio, sorteando contratiempos pero manteniendo el afecto. Lo que desconocía era que una tercera discordia ya se había colado en la relación: otra puercoespín que alejaba sutilmente al chico, aunque no se permitía recibir ni un solo beso. Todo marchaba según lol planes del humano.
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Mike, por su parte, se topó durante una actuación callejera con una elegante ratoncita blanca de alta sociedad. La siguió hasta un club nocturno, pero los matones de la puerta le cortaron el paso. La ratoncita, coqueta, le dedicó un guiño justo cuando un vehículo de lujo se estacionaba frente al local.
Ella sonrió al reconocer el coche. Mike observó con asombro allí habia otro humano, muy similar al del teatro, pero de melena larga y gafas oscuras. El sujeto se bajó los lentes, hizo una seña con la cabeza y abrió la puerta. La ratoncita no lo dudó: subió por la pequeña rampa desplegable y se adentró en el vehículo. Los motores rugieron al alejarse, dejando atrás a un ratón frustrado que solo supo interpretar la escena como "el poder del dinero", decidido a ir al banco a por un préstamo.
Lo que Mike no vio fue que la ratoncita abandonó de inmediato el asiento del pasajero para trepar al regazo del conductor, bajándole la cremallera de los pantalones de cuero para ahogarse gustosa con el glande del miembro humano en su boca.
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Meena se sentía abrumada. Volver a ese teatro donde le habían hecho eso, sabiendo que le había mentido a su familia, la carcomía. No podía confesar la verdad, pero tampoco alejarse. Le resultaba perturbador que el humano que la había usado la tratara ahora con total indiferencia, como a una participante más. Él y Buster Moon se limitaban a entregarle las canciones, el vestuario y dejarla ensayar.
Meena no sabía si lo vivido había sido una pesadilla o una fantasía descontrolada. Rosita, al notar las miradas cargadas que la elefanta le dirigía al humano, se le acercó con afecto maternal, asumiendo que se trataba simplemente de otra chica enamorada, queriendo darle consejo.
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El resto de los aspirantes continuaba practicando bajo la supervisión de Moon. El koala, por su parte, no daba abasto. Con el dinero que el humano había inyectado en el teatro, las cuentas urgentes estaban saldadas y las reparaciones en marcha; sin embargo, la deuda bancaria seguía acechando. Necesitaba que este show fuera un éxito rotundo para hacer renacer el Teatro Moon, por lo que alternaba el trabajo administrativo con visitas constantes a los concursantes.
Su frágil tranquilidad se desmoronó tras la visita de Judith, la intimidante llama del banco. La funcionaria venía a presionar, pero perdió toda compostura al ver al humano que le había trastocado la vida: tembló en el sitio, enrojeciendo violentamente. Riuz, apoyado contra una columna con una sonrisa socarrona, ni siquiera tuvo que hablar. Judith huyó despavorida, apretando entre sus manos una nota anónima que le fijaba una cita nocturna para recordarle que su supuesta asexualidad era una mentira.
Moon interpretó pésimamente la huida de la llama. Creyó que Judith no le había dejado margen de maniobra y que el embargo era inminente. Sin tiempo para soltar sus discursos optimistas habituales, cayó en la desesperación. Pasó la noche en blanco en su oficina, buscando formas de salvar el sueño de su vida. Pensó en patrocinadores y publicidad —con un humano involucrado, vender el show no sería difícil—. Incluso indagó con Riuz si su padre podría interceder, pero la respuesta fue negativa. Lamentó no tener una hermana o prima bonita que presentarle, conocedor de los gustos de los humanos. Al final, con solo unas pocas opciones anotadas en la pizarra, supo exactamente a quién debía recurrir.
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Mientras la rutina continuaba sin aparentes contratiempos, Rosita regresaba a su vieja casa a dejar a sus hijos. Era un hogar donde sus sentimientos estaban prácticamente extintos y donde Norman aún no había vuelto.
Mientras tanto, en la mansión del humano, al caer la noche se desplegaba otro espectáculo muy distinto.
Se celebraba el "cumpleaños" de Riuz. No era su fecha de nacimiento real; usualmente, esa excusa solo servía para organizar una fiesta salvaje, sin fecha fija en el calendario. Muchas de las aspirantes que habían fracasado en las audiciones, y querian ese supuesto premio, se reunieron esa noche para dar un show y entretener al anfitrión, quien observaba apoltronado en un sillón frente al escenario. Lo que las chicas no sospechaban era que el entretenimiento no se limitaría a sus actuaciones: ya estaban atrapadas en una residencia custodiada por animales agentes vestidos de traje, encargados de coordinar cada detalle de aquella orgía descontrolada.
Riuz sonrió con desdén, agitando su copa de vino mientras observaba a las hembras dar inicio a la función.
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A la mañana siguiente, mucho antes de que el sol iluminara la mansión, Rosita regresó entusiasmada, esperando llegar lo suficientemente temprano para recibir su "ración diaria de proteína". Sin embargo, lo primero que la recibió al cruzar la puerta fue un denso y penetrante olor a esperma y sexo, tan concentrado que le provocó un mareo instantáneo.
Rosita: Caramba... Anoche sí que se pusieron intensos —murmuró para sí misma, sintiendo una punzada de envidia y frustración por habérselo perdido, aunque de inmediato se avergonzó de sus propios pensamientos.
Al adentrarse en la casa, descubrió un completo desastre: un reguero de cuerpos inconscientes yacía por todo el suelo mientras sus compañeras y varios agentes trajeados se encargaban de recoger el caos. Confundida, Rosita preguntó qué había sucedido. Al escuchar la explicación, no supo si enfadarse por haber sido excluida, triste por ni siqueira saberlo, o sentirse aliviada de no haber tenido que verlo y seguir tan suave como hasta ahora. Decidió ir a buscar a su jefe, ya fuera para exigirle una explicación, cumplir con sus labores de sirvienta o reclamar una compensación por haber quedado fuera de la fiesta.
De camino a la sala de teatro de la mansión, presenció la verdadera magnitud del apetito de aquel humano.
A un costado del pasillo reposaba una pecera blanca... ridículamente blanca, repleta de un fluido espeso en lugar de agua. Habría parecido una pieza decorativa extravagante de no ser porque el olor delataba de inmediato su contenido. Lo aterrador fue ver cómo un cuerpo rosa emergió de la superficie: un camarón con los ojos en blanco y completamente inmóvil, acompañado por otros matices rosados que flotaban apenas visibles.
Rosita: ¿Las SeaStars? —susurró Rosita, reconociendo al grupo de la audición.
Al girar la cabeza hacia el otro extremo, vio a las chicas del grupo de pandas rojos, las Q-Teez, desparramadas por el suelo. Algunas estaban atadas con intrincados nudos de shibari, con las ropas desgarradas y las vulvas enrojecidas totalmente expuestas, luciendo como personajes recién salidos de un hentai. De hecho, una de sus compañeras de servicio aprovechaba su descanso para penetrar a una de ellas con un dildo, disfrutando libremente de las sobras del jefe.
Más adelante, un par de gorilas trajeados levantaban a tres conejas con las orejas estiradas, sus nalgas rojas y sus anos goteando semen. Sus traseros lucían hinchados y amoratados, como si hubieran sido azotados hasta perder la sensibilidad.
Rosita tuvo que hacerse a un lado para abrir paso a un par de sirvientas que transportaban una camilla. En ella yacía una llama blanca, contorsionada en una posición circular tan extrema que su propio hocico tocaba su vulva desbordante de esperma. La llevaban a toda prisa hacia la enfermería.
Por si el susto fuera poco, desde un mueble cercano cayó una frailecilla atlántica, una de las integrantes de las Lollipop Puffins. Estaba inconsciente al igual que las demás, desnuda, bañada en fluido espeso y escurriendo semen por el pico, con la lengua afuera. Al levantar la mirada, Rosita vio a las otras dos componentes del grupo sobre un sillón y una repisa, en condiciones igualmente deplorables. Rosita temió que las dilataciones fueran irreversibles y dudó seriamente de que con sus inmaduros y pequeños cuerpos pudiera sobrevivir a semejante trato. No obstante, las sirvientas recogían los cuerpos con absoluta serenidad, como si se tratara de una rutina diaria.
Sin embargo, en lo que a expansiones anómalas respecta, las Spiders se llevaron la peor parte. A la distancia, Rosita pensó que eran globos decorativos; pero al acercarse y ver las diminutas patitas retorcidas, notó que se trataba del grupo de arañas, hinchadas hasta multiplicar varias veces su volumen original debido al semen retenido en sus cuerpos. Resultaba biológicamente ilógico que siguieran con vida o que el miembro de un humano hubiera podido abordarlas, pero allí estaban, repletas y distendidas mucho más allá de su propia anatomía... siendo mas semen que araña.
Al llegar al final del pasillo, Rosita sorprendió a su jefe culminando la penetración anal de una canguro inconsciente sobre un sofás. Y que por peculiaridad tenía a su hija pequeña, claramente inconsciente, con la parte superior de su cuerpo metida en su marsupio, pero con la parte inferior colgando afuera, dejando ver su coño maltrecho y deflorado la noche anterior.
Riuz: ¿Rosita? Viniste temprano —dijo Riuz con naturalidad mientras se ajustaba el cinturón.
La cerdita se quedó boquiabierta. Acababa de presenciar una escena apenas concebible en el mismísimo infierno, contemplando a su jefe como a un monstruo sexual que no había tenido piedad ni con aquellas niñas.
Riuz suspiró. Sabía que tendría que hacer un trabajo de manipulación psicológica profundo para evitar que el horror arruinara todo el progreso conseguido con Rosita. Ella aún no estaba en el punto de insensibilidad total, así que el humano tendría que disfrazar la realidad.
Sería algo difícil, pero con algo de ayuda del afrodisíaco que aún permanecía en ambiente, y mucho, pero mucho sexo "afectuoso" para darle a la cerdita antes de que aceptara que este humano tenía "demasiada hambre" y que la "degustación" de estas carnes tiernas ocurrió accidentalmente dentro de todo el calor. Decir que aun asi fueron muy felices, serían recompensadas y tendrían sus vidas aseguradas. Por lo menos así la cerdita sería calmada, y el posible miedo que tendría, así como el temor por sus hijos, terminarían diluyéndose entre gemidos y dulces mentiras.
