A las puertas de una majestuosa propiedad, observando las rejas de la entrada, se encontraban tres figuras: Eddie, enfundado en un traje amarillo y visiblemente nervioso; Buster Moon, luciendo su radiante sonrisa habitual; y Riuz, contemplando la mansión con sobriedad y un tinte de nostalgia.
Eddie: ¿Están seguros de esto? —preguntó la oveja, arrepintiéndose de haber sido convencido para guiar a aquellos dos visitantes indeseados a la casa de su abuela.
Buster: ¡Por supuesto que sí! Vamos, Nana nos está esperando —aseguró el koala sin un ápice de vergüenza. Acto seguido, arrancó unas flores del propio jarrón de la entrada, jaló del timbre y cruzó el umbral.
Eddie se estremeció. Apenas había accedido a traerlos, intuyendo que todo saldría terriblemente mal; solo estaba allí cumpliendo órdenes de sus padres, pero aquello...
Riuz: Tranquilo... —lo calmó el humano, apoyando una mano sobre su hombro antes de avanzar tras Buster.
Hobbs, el mayordomo pingüino, abrió la puerta con la impecable elegancia de la alta sociedad; por desgracia, los recién llegados distaban mucho de exhibir semejante clase. Buster se adentró sujetando el ramo robado mientras observaba a la imponente oveja negra descender por la gran escalinata.
Buster: ¡Ah, Nana! ¡Pero miren nada más! Guau... No aparentas más de noventa... ¡setenta años! —se corrigió el koala a toda prisa al ver lo bien conservada que lucía.
Eddie: ¡Buster! —chilló, alcanzándolo en el recibidor mientras el humano hacía su aparición detrás de ellos con las manos metidas en los bolsillos.
Buster: Buster Moon, nos conocimos en...
Nana: Oh, debería estar lloviendo... —interrumpió la anciana con un tono cargado de fastidio—. ¿Qué haces tú aquí?
Riuz: Hola, abuela Nana... —saludó con una pizca de timidez.
Buster: ¡¿Abuela?! —exclamó el koala, dando un brinco de sorpresa.
Nana: Ya te he dicho que no me llames así —replicó ella con amargura, desviando la mirada.
A pesar de sus palabras y su aparente desprecio, no ordenó a Hobbs que expulsara al humano. Simplemente continuó su marcha hacia el salón principal. Al pasar junto a Eddie, le encajó su taza de té vacía.
Nana: Hazme un Lapsang Souchong. Sin azúcar y sé rápido.
Eddie quedó paralizado. Había muy pocas cosas que supiera hacer en la vida, y preparar té definitivamente no era una de ellas. Sin embargo, antes de que pudiera cundir el pánico, Riuz se adelantó, tomó la taza y comenzó a manipular la vajilla con notable destreza.
Buster:¿Riuz? ¿Tienes algún parentesco con Nana Noodleman? —inquirió incrédulo.
Riuz: Ella y mi abuelo tuvieron... algo en el pasado —explicó el humano mientras servía la infusión con movimientos precisos—. Ya sabes que los Zooblack solíamos tener muchas parejas. Técnicamente, ella es una de mis abuelas. Soy como un primo para Eddie, pero...
Nana: ¡Pero nada! No tenemos ninguna relación. Jamás me vincularía con gente como tu abuelo —sentenció Nana con manifiesto resentimiento. Aun así, aceptó la taza que el joven le ofrecía y le dio un sorbo.
Aunque intentó no demostrarlo, una leve mueca de satisfacción delató el placer de probar un té preparado a la perfección... uno que desempolvaba viejos recuerdos. Acto seguido, dirigió una mirada de reproche a su nieto biológico, cuestionándole en silencio cómo aquel "pariente indeseado" podía prepararle la bebida correctamente mientras él resultaba un inútil. Eddie solo pudo sonrojarse de vergüenza.
Nana: Al menos tu abuelo te enseñó a servir el té como a mí me gusta... Algo bueno tenía que hacer ese viejo tramposo —refunfuñó Nana, impostando más molestia de la que realmente sentía para mantener su escudo de orgullo.
En ese instante, cuando la anciana amagó con buscar con qué fumar, Riuz le acercó cortésmente su boquilla para cigarrillos, dejándola lista para usar. Nana simplemente resopló antes de tomarla, esperar a que Riuz lo encendiera y luego darle una calada profunda, aplacando su mal humor.
Nana: Y... ¿qué hay de tu padre? Ni siquiera se ha dignado a venir a verme —añadió. Si hacía un momento aborrecía la sola existencia de los humanos, ahora proyectaba el despecho opuesto.
Riuz: Está donde siempre... Y no viene a molestarte desde que le arrojaste aquel jarrón —respondió Riuz, acercándole el cenicero.
Nana: ¡Se lo merecía! ¿Sabe por qué me separé de su padre y aun así fue tras mi hermana? Son una familia de degenerados... —expulsó una densa nube de humo—. Supongo que tú vas por el mismo camino.
Riuz no rebatió. Se limitó a sonreír con resignación, ofreciendo un asentimiento silencioso. Nana puso los ojos en blanco: pedirle a un Zooblack que no fuera un pervertido insaciable era como pedirle a una oveja que no diera lana.
Mientras abuela y nieto continuaban con la tensa interacción, la otra oveja y el koala conversaban en murmullos.
Buster: ¡Eddie! ¡¿Por qué no me dijiste que estabas emparentado con los Zooblack?! —susurró, cubriéndose la boca con la mano.
Eddie: Se supone que es un secreto familiar... —respondió Eddie en la misma tónica esperando no ser escuchado—. Nana y un Zooblack tuvieron un romance cuando eran jóvenes, pero todo se rompió porque ella quería ser la única esposa y él no iba a ceder. Algo así...
Nana: Sí, más o menos esa es la historia... Aunque hay muchísimo más —interrumpió Nana, volteando hacia ellos—. Los Zooblack son una familia... complicada. —Miró a Riuz con severidad.
Riuz: Tú también fuiste una Zooblack, abuela Nana... —suspiró el humano.
Nana: ¡Eso fue antes de saber lo oscura que era tu estirpe! —protestó ella—. Yo era una niña ingenua que se enamoró. Y tal vez sí, fue mi culpa dejarme deslumbrar por el afecto y las oportunidades que ofrecían los humanos... pero no tenía idea de dónde me estaba metiendo. Por suerte tuve el carácter para marcharme. No sé cuántas mujeres más habrán caído en las redes de esa familia sin el coraje suficiente para escapar... —murmuró con un velo de nostalgia.
Riuz: Nosotros tratamos bien a todas las mujeres que se unen a la familia... Incluyéndote a ti.
Nana: Ni lo menciones... Tal vez disfruté de los cuidados de tu abuelo —admitió Nana, contemplando el vacío mientras una leve sonrisa se dibujaba en su rostro antes de reprimirla—. Que me comprara un teatro, que creara obras exclusivas para mí...— pronunció con cariño, pero luego volvió a una cansada amargura— Aun así, jamás me habría degradado hasta ese punto. No era el tipo de vida que le dejaría a mi estirpe.
Riuz: Está bien... pero aun así debo decirte que mi abuelo espera volverte a ver. Ya sabes, para intentar arreglar las cosas —suspiró Riuz nuevamente.
Nana: ¿Todavía sigue vivo? —inquirió con falsa sorpresa—. Hmph... Pensé que los vicios ya habrían acabado con él; que alguna de sus innumerables mujeres lo habría dejado muerto y seco en la cama. —Una pequeña sonrisa burlona se dibujó en sus labios, como si anhelara esa justicia poética.— Supongo que todas esas cartas eran suyas... Bueno, pueden seguir alimentando mi chimenea. Que siga esperando. Yo soy la que aguarda en este lado a que venga a arrepentirse.
Riuz: Se lo diré —respondió el humano negando con la cabeza, esforzándose por contener una sonrisa al ver a esa anciana conservar la misma fuerza indomable de hace décadas.
Nana: No sonrías así —frunció ella el ceño con manifiesta frustración—. Te pareces demasiado a él... En fin, dime a qué has venido para que te puedas ir. —La impaciencia en su voz delataba lo mucho que le costaba mantener la fachada; la sola presencia de Riuz desenterraba demasiados recuerdos.
Buster: ¡El espectáculo! —saltó de su lugar, adelantándose en el momento oportuno para tomar la palabra—. Nana Noodleman, ¿qué me diría si le aseguro que la nueva era de oro de los teatros está a punto de resurgir?
Nana: Hmph... ¿Hablas de esa competencia tuya que salió en la televisión? —desestimó ella sin mostrar gran interés mientras daba otro sorbo a su taza—. ¿Crees que por tener el apoyo de los Zooblack lograrás que funcione alguno de tus shows? Ese teatro ha estado en decadencia desde que pasó de las manos de esa familia a las tuyas. Al menos cuando me pertenecía sí vivimos una era dorada, donde cada función lograba avivar el alma del público.
Buster quedó desconcertado al descubrir que el teatro había pertenecido originalmente a los Zooblack; aunque, considerando la cantidad de industrias que la familia controlaba, no resultaba del todo descabellado. Lo que el koala no advirtió fue la mirada cargada de rencor que Nana dirigió a Riuz: un desprecio no dirigido al joven en sí, sino al espectro de su abuelo en él. Aquel teatro había sido un regalo de juventud, devuelto por ella tras la separación como muestra de desdén. La sola idea de que acabara vendido la enfurecía de forma irracional, pero con los años había aprendido a controlar la impulsividad de sus días mozos.
Buster: ¡Eso es fantástico! —exclamó, ignorando deliberadamente la tensión—. ¡Significa que todo está volviendo a su cauce! Los Zooblack regresan al teatro, y con ellos, tu nieto Eddie... —El koala atrapó a Riuz y a Eddie por las piernas en un abrazo improvisado—. Tus dos nietos a mi lado, encabezando el gran show que despertará a las masas. Y tú... Nana, podrías ser la mecenas de este glorioso resurgimiento.
Nana: Hmph... El inútil de mi nieto, un koala molesto y un humano cachondo rondando por mi viejo teatro. Todo un acontecimiento —ironizó poniendo los ojos en blanco. No le daba la menor credibilidad a Buster, pero la deriva de sus recuerdos la hizo quedarse contemplando el vacío, una costumbre cada vez más frecuente en ella.
Buster: ¡Créame! —insistió con dramatismo—. De hecho, tenemos planeada una función exclusiva para usted. Permítanos mostrarle la nueva fantasía: la emoción de un palacio de maravillas, un lugar donde los sueños cobran vida bajo la música y las luces.
Nana: Si todo eso fuera verdad, diría que estoy delirando —sentenció Nana despectivamente, terminando de apurar su té—. Pero si dices que mis nietos están involucrados, supongo que al menos debo dignarme a presenciarlo. —Intentó restar importancia al hecho de haber usado el plural al referirse a ellos—. Al menos será más entretenido que jugar a las damas con ese cascarrabias. —Miró de reojo a Hobbs, aunque en realidad su atención seguía fija en los dos jóvenes.
Buster: ¡Genial! No se imagina lo que le espera. ¡Será como en los viejos tiempos, o incluso mejor!
Nana: Eso espero, señor Moon, eso espero —dijo Nana girando la mirada hacia el ventanál—. Ahora váyanse, usted y Riuz, y asegúrense de que ese espectáculo valga la pena mi presencia.
Ni Buster ni Riuz quisieron tentar más a su suerte. Dejaron a Eddie atrás y avanzaron hacia la salida, donde el mayordomo ya les sostenía la puerta abierta.
Nana: Riuz —llamó la anciana sin volverse.
Riuz: ¿Sí, Nana? —se detuvo el humano.
Nana: Te diría que no seas como tu abuelo, pero eso sería pedir lo imposible. Solo dile a tu padre que más le vale aparecer en el almuerzo familiar que organizará su hermana... y que ni se le ocurra poner los ojos en ella. —La irritación por los viejos escándalos dio paso a una calma casi maternal—. Y tú también ven.
Riuz: Así se hará, Nana —asintió Riuz con una sonrisa afectuosa—. Y deberías dejar el tabaco, te va a hacer daño.
Nana: Si algo hizo bien tu abuelo, fue asegurarse de que tuviera una salud envidiable —replicó ella con sorna—. Además, siempre decía que al morir me estaría esperando en el paraíso personal de la familia... Que siga sentado. No pienso morirme antes que él.
El joven humano sonrió de una forma muy anciana, impropia de alguien de su edad, y se despidió.
Al cruzar las puertas de la mansión, el ambiente denso quedó atrás. Tanto el humano como el koala mostraban una sonrisa amplia, aunque motivada por razones completamente distintas.
Buster: Bien, hora de trabajar —celebró Buster—. Tenemos que incorporar a Eddie al proyecto, pulir cada uno de los números y hacer un par de reformas en el edificio.
Riuz: Deja el trabajo de tramoya para Eddie —sugirió—. Yo aportaré a mi propio personal para las reformas estructurales, pero la administración y la dirección te las dejo a ti.
Buster: ¿Eddie? ¿De tramoyista? ¿No es un poco...?
Riuz: ¿Crees que serviría para otra cosa? —se encogió de hombros con franqueza—. Podríamos inventarle un puesto ostentoso, pero no tiene sentido. Además, confío en que se le dará bien; tal vez hasta descubra su verdadera vocación. Nos vemos luego, Moon. Tengo asuntos que atender.
Con las manos metidas en los bolsillos, Riuz se alejó a paso firme. Los dos tomaron rumbos distintos, pero con las miradas puestas en el mismo escenario: ese viejo teatro a punto de vivir una transformación absoluta.
