Cherreads

Chapter 2 - Capítulo 2: Niña interesante.

Después de recorrer un par de calles, llegamos frente a una entrada que, desde afuera, parecía un simple muro de seguridad. Sin embargo, al cruzar el umbral, se desplegaba un complejo de viviendas exclusivo. Solo por la arquitectura y la vigilancia se notaba que los residentes gozaban de un poder económico alto y estable.

Mientras caminábamos, no pude evitar la curiosidad. —¿Qué te trae por aquí, tía? Sarah guardó silencio un momento antes de responder con su habitual calma. —Vine a tratar ciertos asuntos con tus padres. —¿Otra vez papeleo? —pregunté con una mueca de fastidio. —Algo así —respondió ella, indiferente. —Ustedes siempre hacen cosas aburridas.

Ella no dio más explicaciones, sabiendo que, para un niño, la política y la administración son conceptos vacíos. Perdi el interés rápidamente. Seguimos el sendero hasta nuestra vivienda: una casa espaciosa, diseñada para una familia numerosa, aunque en ella solo vivíamos tres personas.

Sarah tocó el timbre. Ding-dong. —¿Quién es? —preguntó la voz de una mujer por el transmisor. —Soy yo. —Entra.

La puerta cedió con un pequeño clic. Al entrar, nos recibió la voz de un hombre que, a pesar de los años, conservaba el atractivo de su juventud. Era mi padre. —Hermana, has venido. ¿Qué te trae por aquí? —Asuntos de los que hablaremos luego —respondió Sarah—. Entremos primero.

Mi padre se acercó y me envolvió en un abrazo efusivo. Intenté zafarme de inmediato; me sentía como un muñeco de trapo. —Papá, ya basta, me estás asfixiando. Además, ya soy grande para esto. —Pero qué dices —rio él, sin soltarme del todo—. Apenas tienes seis años. ¿Y por qué escapaste de nuevo sin mi permiso? —Es que este lugar es muy aburrido —bufé.

—No me importan las razones. No lo hagas otra vez o te quedarás sin tus comidas favoritas por un mes. —¡Papáaaa! —exclamé, fingiendo un berrinche que sabía que funcionaba con él. Sarah sonrió levemente ante la escena. —No creo que sea necesario tanto castigo por algo tan simple —intervino ella. —Silencio, hermana. ¿Cómo podrías entender la preocupación de un padre? Para ti es fácil decirlo —replicó él, aunque sin verdadera molestia.

Justo cuando Sarah iba a señalar que este era un barrio seguro, mi madre apareció por el pasillo. Tenía el cabello negro impecable y un aire de seguridad y calma que siempre llenaba la habitación. —Vaya, qué animado está esto —dijo con una sonrisa—. ¿Por qué esa cara larga, hijo? —Papá es muy molesto —solté con total sinceridad. —Oye, esa no es forma de hablarle a tu padre —me regañó él, aunque mamá solo soltó una carcajada.

Para evitar que mi padre comenzara uno de sus discursos interminables, mamá cortó la conversación inteligentemente. —¿Por qué no entramos a comer? Ya era hora de que cenaras con nosotros, Sarah. —Vamos, Alex, prepara tus cubiertos —añadió mi padre. —Valeeee...

Me alejé hacia el comedor, dejando a los adultos a solas. Sarah recuperó su semblante serio de inmediato. —Ya es tiempo —le dijo a mi madre. Mi padre se quedó rígido por un segundo. El ambiente cambió. —Vaya... el tiempo vuela. Casi lo olvido —comentó él con un tono melancólico—. ¿Hablamos adentro?

Se encerraron en el despacho de mi madre. Yo, por mi parte, logré escabullirme a mi cuarto después de la comida. Me desplomé en la cama mirando el techo blanco. —Qué aburrido... —susurré. Estudiar, hacer tareas, volver a estudiar. Mi día a día era una repetición constante. No tenía idea de que ese sería el último día que podría considerar "normal".

Encendí mi pequeña televisión y comencé a saltar de canal en canal. Solo había programas infantiles mediocres. De alguna manera, sentía que todo era... ¿cliché? Ni siquiera sabía por qué esa palabra aparecía en mi mente, o por qué un niño de seis años encontraba "infantil" lo que se suponía que debía gustarle. Todo se sentía repetitivo, vacío de interés.

Apagué el aparato con un suspiro. No es que odiara todo, pero la mayoría de las cosas no lograban captar mi atención. Entonces, escuché el grito de mis padres desde la planta baja. —¡¡Alex, ven un momento!! —¡¡Ya voy!!

Me levanté de la cama, sin saber que al cruzar esa puerta, la infancia que conocía estaba a punto de terminar.

Bajé las escaleras y encontré a mis padres junto a mi tía, reunidos en la sala con una solemnidad inusual. —Ven, Alex, siéntate aquí —dijo mi padre, con una sonrisa que no terminaba de ocultar cierta tensión. Obedecí y me acomodé donde me indicaba. Él no perdió el tiempo. —Bueno, quiero decirte que, a partir de ahora, irás a casa de tu tía todos los días.

Lo soltó así, de forma rápida y precisa. Me quedé confundido un segundo, pero antes de que la emoción de salir de casa me invadiera, mi madre intervino con un tono de reproche. —Oye, ¿no fuiste muy directo? Siempre se te olvida contar las cosas desde el principio.

Ella tomó el relevo y me explicó la situación con la paciencia que se le tiene a un niño, ignorando seguramente los detalles más escabrosos. En resumen: la familia de mi padre tenía la tradición de transmitir una "bendición" de generación en generación. Este año me tocaba a mí, pero para recibirla, debía superar un entrenamiento previo.

Aunque mi mente adulta sospechaba que esa "bendición" era algo mucho más complejo que un simple regalo, solo presté atención a tres conceptos: bendición, entrenamiento y estar fuera de casa. —¡Genial! ¿Cuándo empezamos? —pregunté con entusiasmo. Mi corazón aventurero ansiaba conocer algo más que las cuatro paredes de mi cuarto. —Desde mañana —sentenció Sarah con una sonrisa enigmática—. Irás cuatro horas por día... por ahora. —¡Genial! —repetí. Mi tía me miraba con aprobación, mientras mi padre mantenía una expresión resiliente, como si quisiera decir algo más pero se obligara a callar. Así concluyó nuestra "charla".

Al día siguiente, tras mis clases habituales, corrí al parque. Divisé a Emilia concentrada en lo suyo y decidí acercarme con cautela. Con un movimiento rápido, puse mi mano sobre su hombro. Choque. Su cuerpo se sobresaltó violentamente. —¡Ay! —exclamó, despertando de su trance con un susto genuino. Me costó contener la risa ante su expresión. —Hola —saludé casualmente. —¡Tú! —me señaló, aún recuperando el aliento. —¿Qué pasa? ¿Acaso olvidaste que iba a venir? —Le hablaba con una confianza que solo llevábamos un día cultivando. —No... solo pensé que no vendrías —murmuró ella, bajando el tono. —¿Por qué pensarías eso? ¿Será porque llegué un poco tarde? —Le pregunté, sabiendo que evadir la vigilancia de mi padre siempre me tomaba unos minutos extra. —Bueno... un poco. —Bien, dejemos eso de lado. ¿Qué cosa interesante me tienes hoy? Algo divertido, por supuesto.

Emilia pareció entrar en pánico mental; sus ojos recorrieron los alrededores buscando algo, cualquier cosa, para no decepcionarme. De repente, recordó algo. —¡Oh, ya sé! Pero está un poco lejos. —Te acompaño —respondí de inmediato.

Salimos del parque y cruzamos un par de calles hasta llegar a la orilla de un río ancho que cortaba el sector. —Esto —dijo ella, levantando una piedra plana. La lanzó con un movimiento fluido y la piedra rebotó dos veces sobre la superficie del agua antes de hundirse—. Mi madre me enseñó. —¡Guau! ¿Cómo hiciste eso? —Me sorprendió ver que la física no la hundía al primer contacto. —Es fácil... mira, se sostiene así —me explicó con timidez. Pasamos el resto de la tarde entre risas, mientras Alex, el "adulto", aprendía la humilde técnica de lanzar piedras de una niña.

Cuando el sol empezó a bajar, supe que mi tiempo se agotaba. —Hoy fue entretenido, pero debo volver. —Está bien —respondió Emilia con una sonrisa dulce. Nos despedimos y, al girarme, divisé una silueta familiar a lo lejos. Era mi tía. —¿Tía? ¿Qué haces aquí? —pregunté al alcanzarla. —Estaba de paso. —¿Viste a mi nueva amiga? —Señalé a mis espaldas, pero Emilia ya se había esfumado. —Sí... una niña interesante —respondió Sarah con una mirada que no alcancé a descifrar—. Vámonos.

Subimos a su auto y recorrimos un trayecto hasta llegar a un portón inmenso. Al cruzarlo, entramos en un complejo residencial que hacía que mi barrio pareciera modesto. El auto se detuvo frente a una estructura de estilo antiguo, una casa que parecía haber sido remodelada durante más de un siglo pero que conservaba un aire de autoridad ancestral.

—Ven —me llamó Sarah. La seguí por pasillos que olían a historia y madera encerada, hasta llegar a un salón amplio y vacío, excepto por unos instrumentos extraños. Ella se detuvo frente a un tronco de madera de aspecto firme. —Tu primer objetivo será romper este tronco. —¿Qué? —Me quedé helado. ¿Estaba bromeando? —No ahora, por supuesto. Pero este será tu norte. —Tía... ¿cómo esperas que un niño rompa esto? —Incluso con mi lógica de otra vida, sabía que era físicamente imposible para mis pequeños huesos.

—Es posible —respondió ella con una calma gélida—. El cuerpo humano es capaz de cosas que no imaginas. Te mostraré. Se posicionó a un costado del tronco. —Hay varias formas de golpear. El antebrazo es duro, pero la muñeca es débil si se dobla; hay que mantenerla recta —explicó, cerrando el puño—. El codo es letal, pero de corta distancia. Debes dominar el puño.

Entonces, ocurrió. Sarah se movió con una velocidad que mis ojos apenas registraron. Crak. El golpe no solo partió el tronco, sino que lo mandó a volar varios metros contra la pared. Me quedé con la boca abierta, incapaz de articular palabra. En ese instante, mi tía pareció crecer ante mis ojos; su aura emitía una presión que me erizaba la piel.

—Harás esto, pero empezaremos con los pies, que son la parte más fuerte de tu cuerpo —continuó, como si acabara de romper una rama seca—. Te enseñaré con el tiempo. Sentí una mezcla de terror y una emoción eléctrica. Era surrealista, pero era real. Ella sonrió de repente y sacó, de quién sabe dónde, un pudin que se veía delicioso. —Si haces lo que te digo, esto es tuyo. Comencemos. Ponte firme y extiende las manos hacia adelante.

A los dos minutos, mis brazos empezaron a arder. Fue la primera vez que fui consciente de lo débil que era mi nuevo cuerpo. —Ahora, haz como si estuvieras sentándote en el aire. Lo intenté, pero mis piernas temblaron de inmediato. No pasaron ni cinco minutos antes de que terminara colapsado en el suelo. —No puedo más... hah... hah... —agonicé. —Bueno... entonces da cinco vueltas trotando alrededor del salón —señaló con total indiferencia.

Me levanté con las últimas fuerzas que me quedaban. Completé las vueltas sintiendo que mis pulmones iban a estallar. —Al menos tu cardio no está tan mal —comentó ella. Quise replicar, pero mi garganta estaba demasiado seca. Me llevó entonces a una biblioteca inmensa. Sacó un libro y empezó una lección teórica sobre la formación del cuerpo humano, nutrición y resistencia. Fue una avalancha de información técnica que mi cerebro cansado intentaba absorber.

Finalmente, el entrenamiento terminó. Subí al auto de regreso y, antes de que nos alejáramos un par de calles de su mansión, el sueño me venció por completo en el asiento trasero.

More Chapters