Hoy era el día de la excursión de la escuela y se me había olvidado todo.
El autobús de los chicos olía a una mezcla de frituras, sudor adolescente y hormonas alborotadas. Yo estaba hundido en mi asiento, con la frente pegada al vidrio frío de la ventana. Mis dientes castañeaban.
«Oye… ¿de verdad estás bien?», preguntó el chico de las pecas a mi lado. Se llamaba Min-Ho, según recordé vagamente.
«Estoy… de maravilla», mentí. Mi voz sonaba como si hubiera tragado lija. Hoy era el día de la excursión.
El autobús finalmente se detuvo en la base del Monte Seorak. Al bajar, el aire gélido de la montaña me golpeó como un camión. Mis piernas se sentían como gelatina. A lo lejos vi el autobús de las chicas. Cinco miradas se clavaron en mí al mismo tiempo. Era como si cinco francotiradores estuvieran esperando a que diera un paso en falso.
No pasaron ni cinco minutos antes de que la formación de ataque se desplegara.
«Hajin-kun, te ves pálido. Déjame ayudarte con tu mochila», dijo Ji-Won, apareciendo de la nada. Su mano rozó la mía y sentí ese escalofrío de muerte que siempre la rodeaba.
«¡Aléjate!», intervino Wi Seol, apartándola de un empujón. «Yo soy la que conoce sus medicinas. Hajin, toma esto, es para la fiebre».
«Ustedes dos son un fastidio», soltó Yu-Sigeon, poniéndose frente a mí como un escudo humano. «Hajin viene conmigo. Somos amigos de la infancia, tenemos prioridad».
Lee Sena se mantenía a un par de metros, observando con sus ojos violetas cargados de una tristeza que me partía el alma. Ella no peleaba, pero su silencio dolía más que los gritos de las demás. Y Yu Noran… ella simplemente estaba detrás de un árbol, anotando cosas en una libreta con una sonrisa maníaca.
«Es un evento de tipo "Calamidad"», murmuró Noran. «El protagonista está a punto de colapsar».
Empezamos a subir por el sendero boscoso. El profesor gritaba instrucciones que yo apenas procesaba. De repente, mi visión se volvió borrosa. El verde de los árboles se mezcló con el azul del cielo y sentí que el suelo desaparecía.
«¡HAJIN!» gritaron varias voces al unísono.
Sentí que unos brazos suaves me sostenían antes de golpear el suelo. No era una, eran dos. Wi Seol me sostenía por los hombros y Lee Sena me agarraba del brazo.
«Está ardiendo en fiebre», dijo Sena, y por primera vez en esta vida su voz sonó firme. «Hay que llevarlo a la cabaña de descanso. Ahora».
«Yo lo llevaré», dijo un hombre de voz profunda.
Era Ha Ji-Oh. Apareció entre los árboles como un héroe de novela. Me cargó en su espalda como si no pesara nada. Mientras cerraba los ojos, vi a las cinco chicas mirándose entre sí. Ya no había odio, había una tregua temporal. El enemigo común era mi salud.
*Punto de vista de Choi Min-Ah*
El silencio en la cabaña era pesado, solo roto por el rugido del viento contra la madera. Envié a las estudiantes a la cabaña de al lado; mi excusa de "protocolo médico" fue suficiente para alejarlas, aunque esa chica, Wi Seol, me miró con una desconfianza que casi me hace retroceder.
Envié a las demás chicas a la otra cabaña con mi voz más gélida de "autoridad", pero por dentro mis manos no dejaban de temblar bajo las mangas del uniforme.
¿Por qué me siento tan atraída por él? Es solo un alumno. Pero cada vez que me mira, siento que mis pulmones se llenan de agua. Hay algo en su mirada… una fatiga de mil años.
Me acerqué a la cama. Mis rodillas flaquearon. Sin saber por qué, como si fuera una marioneta del destino, me incliné. Mi corazón latía con una violencia que me dolía en el pecho. Cerré los ojos y mis labios tocaron los suyos.
Y entonces, el infierno se desató.
«¡¡AGHHHHHH!!». Un grito desgarrador salió de mis pulmones mientras caía hacia atrás, golpeándome contra la mesa de madera.
No fue un recuerdo. Fue un choque frontal.
Sentí el olor a gasolina quemada, el sabor metálico de la sangre llenándome la boca y el chirrido de los frenos que nunca se detuvieron. Mis sienes latieron con una migraña volcánica. Me apreté el vientre instintivamente, sintiendo un vacío agonizante donde, en otra vida, llevaba al hijo de Hajin.
«¡Mi bebé!», gemí en el suelo, retorciéndome de dolor. «¡Hajin… sálvalo!».
Las imágenes se proyectaron en mi cerebro como ráfagas de ametralladora:
El volante girando sin control. El impacto del vidrio estallando contra mi rostro. Y lo último que vi antes de morir en el 2048: el rostro de Hajin, desencajado, gritando mi nombre mientras intentaba sacarme del metal retorcido de aquel automóvil.
Muerte por accidente de automóvil el 22 de marzo del 2048.
Recordé todo. No solo fui su profesora, fui la mujer que él amó en secreto, la que quedó embarazada de él y la que murió por su culpa… o eso es lo que él cree. Sentí el peso de su culpa de treinta años transfiriéndose a mí a través de ese beso.
«Me mataste…», susurré, con las lágrimas corriendo por mis mejillas mientras me sujetaba la cabeza. El dolor era tan fuerte que sentí que mis ojos iban a explotar.
«Me mataste y cargaste con mi cadáver durante tres décadas, Hajin».
Me levanté como pude, apoyándome en la pared. Mi visión estaba teñida de rojo. Miré a Hajin en la cama. El chico de 17 años que ahora sé que es un hombre roto por mi muerte. Entendí por qué compró esas flores blancas en el cementerio en el "presente" que él recordaba. Eran para mí. Eran para nuestro hijo.
El dolor de cabeza me hacía ver doble. Las dos Min-Ah se fusionaron: la profesora joven que no entiende nada y la mujer muerta que lo entiende todo.
«Hajin…», dije, mi voz rota por el llanto y el trauma. «Así que por eso me miras con tanto miedo. No es respeto… es pánico. Crees que si te acercas a mí, volveré a morir».
Me acerqué de nuevo a la cama, pero esta vez no con deseo, sino con una tristeza infinita. Puse mi mano temblorosa sobre su mejilla. Él se removió en sueños, murmurando algo inaudible.
«Esta vez no habrá coche, Hajin. No habrá accidente. Y no permitiré que sigas pidiéndole perdón a una tumba vacía».
Me alejé hacia la ventana, abrazándome a mí misma para no caer. La tormenta de viento afuera no era nada comparada con la tormenta de sangre y hierro que ahora vivía en mi memoria.
Ahora entiendo por qué el hada lo envió aquí. Pero ella cometió un error: me despertó a mí también. Y no voy a dejar que mi asesino, mi amante y el padre de mi hijo muerto se pierda en ese destino vacío que no saben lo que es morir en sus brazos.
«Bienvenido al 2026, mi amor», murmuré, mientras el dolor de cabeza me hacía perder el equilibrio. Esta vez, yo seré la que te salve de tu propia culpa.
*Punto de vista de Yeriel*. (Hada).
Observé el cuerpo de Hajin desde la distancia de mi soledad eterna. Yo sabía lo que era perderlo todo.
Sabía lo que era ver un reino de cristal romperse y quedarse sola durante quinientos años, encadenada a una magia que ya no protegía a nadie. Mi dolor era una herida abierta que el tiempo nunca cerró.
Al ver a Hajin retorcerse en el suelo, reviviendo ese accidente de automóvil, sentí una lástima que me quemó por dentro.
Su miedo era tan feroz que estaba drenando su propia vida.
Me acerqué a él. Su alma estaba envuelta en un caparazón de cristal negro, una costra de trauma tan dura que nada podía atravesarla. Era su armadura contra el mundo, pero ahora esa armadura se había vuelto su ataúd.
«Ya es suficiente, pequeño humano», murmuré con una tristeza infinita.
Extendí mis manos sobre su pecho. Con un susurro de mi esencia, empecé a presionar. *Crack*. Una grieta apareció en el cristal oscuro. *Crack*. Mi cuerpo empezó a agrietarse como un caparazón y se desprendió en pedazos pesados que se desvanecían antes de tocar el suelo.
Era un proceso doloroso. Sentí cómo su alma gritaba mientras yo limpiaba la mancha del accidente, pero poco a poco la luz de mi magia empezó a rellenar los huecos. Estaba curando a Hajin, no borrando su historia, sino soldando las piezas rotas con un oro que él mismo no sabía que poseía. Su caparazón se rompió por completo, dejando al descubierto un corazón que finalmente podía latir sin el peso del metal aplastándolo.
*Punto de vista de Kim Hajin*
Desperté con el sabor de la paz en la lengua.
Ya no había olor a gasolina. Ya no había gritos de metal. El cielo sobre el Monte Seorak era de un azul tan puro que me obligó a parpadear varias veces. La tormenta de viento y la tormenta de mi cabeza se habían esfumado, dejando tras de sí un silencio que no era aterrador, sino acogedor.
Me quedé allí tendido, sintiendo la humedad de la tierra en mi espalda y el viento suave en mis mejillas. No sentía el peso de los treinta años. No sentía el pánico de morir.
«Acepto quién soy», dije, y mi voz sonó extrañamente joven, libre de la fatiga que me había consumido.
No soy el hombre del accidente. No soy el fantasma que pide perdón.
Me levanté lentamente, disfrutando del simple movimiento de mis articulaciones. Miré hacia el horizonte, donde el sol empezaba a iluminar las cimas de las montañas.
«Solo soy una persona», sonreí, una sonrisa de verdad que me llegó a los ojos. Solo soy alguien que apenas está empezando a vivir.
Fin gracias por leer
