Cherreads

Chapter 23 - Capitulo 22

Alice

El brazo robótico se movía frente a nosotros con una precisión… imperfecta.

Los cinco dedos respondían, sí, pero no al mismo ritmo. Había un leve retraso en el anular y el meñique, un temblor apenas perceptible en el índice, como si la orden llegara fraccionada o mal distribuida. Los estudiantes frente a la mesa hablaban con entusiasmo, señalando la estructura, mencionando sensores, posibles aplicaciones en prótesis avanzadas, automatización industrial, asistencia médica… palabras bien organizadas, bien ensayadas.

Yo asentía.

Escuchaba.

Pero no.

No realmente.

Porque las palabras no eran las de ellos.

—La sangre de Alice.

El sonido volvió con una claridad incómoda.

Un pequeño clack contra el suelo.

El maullido.

Mi respiración contenida.

Mi mano recogiendo el broche.

Corriendo.

Parpadeé.

Volví al presente de golpe, pero no del todo.

Mi mirada cayó instintivamente hacia mi mano, como si aún lo estuviera sosteniendo. El broche. El mismo que había llevado aquella tarde. El mismo que no devolví. El mismo que se me cayó justo antes de escuchar… eso.

Apreté los dedos, aunque no había nada ahí.

—…y entonces, como pueden ver, el sistema responde a...

La voz del estudiante se volvió un murmullo lejano.

Giré apenas la cabeza.

Y los vi.

Unos metros más allá.

Grace.

Michael.

Lily.

Y Luke, frente a su proyecto, explicando algo a otra pareja de adultos.

El mundo no se detuvo.

Pero algo dentro de mí sí.

Ellos intentaron hacer una prueba.

Una prueba de ADN.

Con una muestra… mía.

Mi mandíbula se tensó apenas, mientras volvía la vista al brazo robótico como si nada hubiera cambiado, como si todo siguiera en su lugar.

—…todavía estamos ajustando la calibración de los motores— decía otro de los estudiantes, claramente más nervioso—. Porque a veces hay una desincronización entre las señales…

¿Una muestra mía?

¿De dónde?

Mi mente empezó a moverse más rápido que cualquier cosa frente a mí, reconstruyendo, descartando, volviendo a intentar.

Las gasas.

Las únicas veces que sangré lo suficiente como para dejar una muestra.

Pero no.

No.

Negué apenas con la cabeza, casi imperceptible.

Nunca dejé nada en la escuela.

Nunca.

Cada gasa, cada venda, cada rastro… lo llevé conmigo.

Lo quemé.

Siempre.

Entonces...

El recuerdo encajó con una precisión desagradable.

El profesor.

La pierna.

La forma en que mencionó haberse atendido en el baño de profesores.

Las gasas.

Olvidadas.

Desechadas.

Disponibles.

Mi mirada se endureció apenas.

Entonces alguien fue.

Alguien buscó.

Alguien tomó una muestra creyendo que era mía.

Y alguien más… se la dio.

Sin saber.

Sin entender lo que estaba entregando.

Mi respiración se mantuvo estable, pero mi cabeza no.

¿Quién?

¿Quién pensaría en algo así?

¿Quién sospecharía lo suficiente como para intentar una prueba?

Mi mirada volvió, inevitable, hacia ellos.

Grace.

¿Desde cuándo?

¿Desde cuándo empezó a… verme de esa forma?

¿Desde cuándo esa idea existía en su cabeza?

—Miss… —una voz me sacó de golpe—. ¿Está bien?

Parpadeé.

Uno de los estudiantes me miraba con duda, la mano apoyada en la mesa, claramente esperando una reacción que no había dado.

—Sí —respondí de inmediato, con naturalidad ensayada—. Perdón. Continúen.

El chico dudó un segundo, pero asintió.

—Como decía… creemos que el problema está en el programa, pero no logramos encontrar dónde exactamente.

Otro intervino, señalando la laptop.

—Ya revisamos los cálculos. Las trayectorias están bien, los tiempos también… pero algo está fallando en la ejecución.

Incliné ligeramente la cabeza, observando ahora con intención real.

—¿Qué es lo que falla exactamente?

—Los dedos —respondió—. No se mueven como deberían. A veces se retrasan, a veces tiemblan…

—Y no es constante —añadió el otro—. A veces funciona bien y luego vuelve a fallar.

Extendí la mano hacia la mesa.

—¿Puedo?

Se miraron entre ellos.

Dudaron.

Era lógico.

Una profesora de secundaria, visitante, pidiendo revisar su código en una feria de preparatoria.

Finalmente, uno de ellos asintió.

—Sí… claro.

Rodeé la mesa sin prisa, pasando de espectadora a algo más cercano a participante, y me agaché ligeramente frente a la laptop. La pantalla estaba llena de líneas de código, bloques organizados, comentarios técnicos, estructuras bien pensadas… pero algo no encajaba.

—¿Dónde están las funciones que controlan los dedos? —pregunté, sin apartar la vista.

Uno de ellos se inclinó a mi lado, señalando.

—Aquí. Esta parte.

Seguí la línea con la mirada.

Variables.

Condiciones.

Asignaciones.

Mi mente se enfocó con una facilidad que contrastaba violentamente con el caos anterior. Era más sencillo. Más limpio. Más controlable.

—¿Están trabajando con señales independientes para cada dedo? —pregunté.

—Sí —respondió—. Cada uno tiene su propio canal, pero comparten el mismo ciclo de actualización.

Asentí levemente.

—Ahí está el problema.

Los tres se quedaron en silencio.

—¿Cómo? —preguntó uno.

Señalé la pantalla.

—Están usando el mismo intervalo de actualización para todos, pero no están sincronizando correctamente las interrupciones. Cuando uno se retrasa, arrastra a los demás de forma irregular.

El chico frunció el ceño.

—Pero eso no debería causar ese nivel de error…

—No por sí solo —respondí—. Pero aquí…

Moví el cursor, desplazando un poco.

—Aquí están reescribiendo el estado antes de que termine de ejecutarse la instrucción anterior. Están solapando procesos.

Tecleé un par de líneas, ajustando una condición, separando ciclos, añadiendo una pequeña espera controlada.

—Con esto debería estabilizarse.

Me aparté un poco.

—Prueben.

Los tres intercambiaron miradas rápidas antes de ejecutar el programa.

El brazo robótico se activó.

Movimiento.

Uno.

Dos.

Los cinco dedos se cerraron.

Esta vez… sin temblor.

Sin retraso.

Uno de los chicos soltó una risa corta, incrédula.

—No puede ser…

—Funciona —dijo el otro, acercándose más.

El tercero me miró.

—¿Qué cambió exactamente?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Solo le di espacio al sistema para respirar.

No sonreí.

Ellos sí.

—Gracias, profe —dijo uno—. De verdad.

Asentí.

—De nada.

Me enderecé.

Y por un segundo…

Mi mirada volvió a irse.

Hacia la otra mesa.

Hacia ellos.

La prueba.

La muestra.

El error.

Y la pregunta que no dejaba de repetirse, una y otra vez, con una precisión mucho más peligrosa que cualquier código:

¿Cuándo empezó todo esto?

¿Desde cuándo?

La pregunta no se iba.

Se deslizaba entre cada pensamiento, encajando piezas que hasta ahora había mantenido separadas por decisión, no por ignorancia.

Mi mirada seguía fija en la pantalla del proyecto unos segundos más, aunque ya no estaba leyendo nada.

Solo organizando.

Recordando.

¿Fue cuando la madre de Abi lo dijo?

"Se parecen".

Tan simple.

Tan casual.

Un comentario sin peso… en apariencia.

Pero ese tipo de cosas no se dicen al vacío. No cuando varias personas empiezan a verlo al mismo tiempo.

Desplacé la mirada lentamente hacia el flujo de gente, sin buscar a nadie en particular.

¿O fue antes?

El segundo día.

La reunión de padres.

Yo, de pie frente a todos, presentándome como profesora sustituta, respondiendo preguntas, manteniendo la voz firme, la postura correcta, el discurso preparado.

Y luego días después…

Las abuelas.

Mi expresión no cambió, pero lo recordé con claridad.

La materna.

La forma en que me miró.

Demasiado tiempo.

Demasiado directo.

Las preguntas.

No eran normales.

No eran las típicas preguntas de un familiar interesado en la educación de su nieta.

Eran… específicas.

Insistentes.

Como si estuviera buscando algo.

Como si ya sospechara algo.

¿Lo supuso solo por el parecido?

¿O vio algo más?

Mi mandíbula se tensó apenas.

No.

No podía ser solo eso.

Entonces la otra pieza encajó.

La reunión con la directora.

Ese mismo día.

Las preguntas.

El tono.

La manera en que intentó rodear ciertos temas sin decirlos directamente.

Y yo…

Yo respondiendo.

Mintiendo.

Controlando.

Pero dejando lo suficiente como para sostener la historia.

"Conocí a mis padres biológicos."

"Me dejaron en un orfanato."

"Fue decisión de ellos."

Cerré los ojos apenas un segundo.

Error.

No por lo que dije.

Sino por haber dicho algo.

Porque ahora esa información existía fuera de mi control.

Y luego el baño.

Salí.

Y me encontré con la directora.

Frente a frente.

Sin tiempo de ajustar nada más que la expresión.

Mi respiración se mantuvo estable, pero el pensamiento terminó de tomar forma.

Alguien tomó una muestra.

Alguien la consiguió.

Alguien creyó que era mía.

Y alguien… facilitó que eso pasara.

No sabía quién.

No aún.

Pero las piezas estaban demasiado cerca unas de otras para ser coincidencia.

Abrí los ojos.

El ruido de la feria volvió a entrar con claridad.

Voces.

Pasos.

Risas.

Normalidad.

Fingida.

Mi mirada volvió, inevitable, hacia la otra mesa.

Los Carter.

Hablando con Luke.

Lily moviéndose alrededor.

Grace…

Observando.

No de forma evidente.

Pero lo suficiente.

Ya no era casualidad.

Mi pulso no cambió.

Pero la decisión empezó a formarse.

Si esto escalaba…

Me iba.

Sin dudar.

Sin explicaciones.

Sin despedidas.

Como siempre.

Helix seguía ahí fuera.

Eso no había cambiado.

Ocho años no eran suficientes para garantizar nada.

Y ahora…

Esto.

Una variable que no debía existir.

Santiago tenía ubicaciones.

Países.

Movimientos.

Pero no puntos exactos.

Aún no.

Eso significaba tiempo.

Trabajo.

Riesgo.

Y si tenía que desaparecer otra vez…

Lo haría desde otro lugar.

Desde otra ciudad.

Otro país si era necesario.

Buscaría desde ahí.

Como siempre.

Sin conexiones.

Sin raíces.

Mi mirada se endureció apenas.

Porque esta vez…

No era solo una decisión operativa.

Era...

—Miss Alice —una voz me sacó del hilo.

Giré la cabeza.

Lily.

Sonriendo.

Sin saber absolutamente nada.

—¿Ya vio el proyecto de mi hermano? —preguntó con emoción.

La miré.

Un segundo.

Dos.

Y sonreí.

—Aún no —respondí con suavidad—. ¿Me llevas?

Lily asintió de inmediato, tomando impulso para guiarme.

Y yo la seguí.

Lily prácticamente me arrastró entre la gente.

—¡Por aquí, por aquí! —decía, esquivando a otros estudiantes y padres con una facilidad que solo alguien que ya había recorrido el lugar podía tener.

La seguí sin resistencia, manteniendo el paso constante, la expresión en su lugar, el ritmo de respiración estable. A unos metros, la mesa apareció entre otras exposiciones: estructuras metálicas, piezas ensambladas, paneles con diagramas técnicos.

Y él.

Luke.

Estaba de pie junto a otros tres estudiantes, explicando algo a un par de adultos cuando levantó la vista.

Y me vio.

Se quedó quieto.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Luego reaccionó.

—Miss… Alice —dijo, corrigiéndose sobre la marcha.

Asentí ligeramente, como si no hubiera notado el pequeño desliz.

—Luke.

Me acerqué lo justo.

Ni demasiado cerca.

Ni demasiado distante.

—Han pasado unos días —añadió Grace, con un tono más controlado.

—Sí —respondí—. Fue… agradable.

Una pausa mínima.

Y entonces añadí, con una leve inclinación de cabeza, midiendo cada palabra:

—Pero hagamos como si no hubiera sucedido. No queremos que algún padre piense que hay trato preferencial.

Lo dije con naturalidad.

Ligero.

Casi casual.

Grace sonrió de inmediato.

—Claro —respondió—. Tienes razón.

Su voz fue correcta.

Pero su expresión…

No del todo.

La vi.

Solo un instante.

Algo más detrás de la sonrisa.

Algo que no estaba antes.

O que ahora sabía reconocer.

Michael asintió apenas, manteniendo una postura más contenida.

—Por supuesto —dijo—. Hoy es el día de Luke.

—Exacto —añadí, desviando la atención—. Entonces, ¿qué tienen aquí?

Luke pareció agradecer el cambio inmediato.

Se enderezó un poco, señalando la mesa.

—Es un sistema de asistencia mecánica modular —comenzó, recuperando el ritmo—. Diseñado para optimizar el movimiento en estructuras de carga media.

Uno de sus compañeros intervino, señalando una de las piezas principales.

—Funciona mediante un sistema de engranajes acoplados con sensores de presión, que ajustan la respuesta dependiendo del peso aplicado.

Me incliné ligeramente para observar mejor.

Metal.

Uniones limpias.

Buena distribución.

—La idea es que pueda adaptarse a diferentes entornos —continuó otro—. Desde uso industrial hasta aplicaciones más pequeñas.

—Como prótesis o soportes de movilidad —añadió Luke.

Asentí, siguiendo las líneas del diseño con la mirada.

—¿Qué tipo de respuesta tiene el sistema ante cambios bruscos de carga?

Luke respondió casi de inmediato.

—Tiene un margen de ajuste automático de hasta un veinte por ciento antes de necesitar recalibración manual.

Uno de sus compañeros agregó:

—Todavía estamos afinando esa parte. A veces la transición no es tan fluida como debería.

—¿Latencia? —pregunté.

—Sí —dijo Luke—. Un poco.

Me incliné un poco más, observando el punto de conexión entre dos módulos.

—¿Están usando sensores independientes o centralizados?

—Centralizados —respondió.

Asentí.

—Eso explica parte del retraso.

No dije más.

No hacía falta.

Luke lo entendió.

Su expresión cambió apenas, como si ya estuviera procesando posibles ajustes.

—Lo revisaremos —dijo.

—Vale la pena —respondí.

Me enderecé.

Y entonces…

Miré a Grace.

Por un segundo.

Ella ya me estaba mirando.

No apartó la vista de inmediato.

Y en ese pequeño espacio…

No hubo palabras.

Pero había demasiado.

Volví a sonreír, lo justo, lo correcto.

—Es un buen proyecto —dije—. Se nota el trabajo.

Los cuatro estudiantes reaccionaron con una mezcla de alivio y orgullo.

—Gracias —dijo uno.

Lily, a mi lado, prácticamente brillaba.

—¡Les dije que era bueno!

Michael soltó una pequeña risa.

—Lo sabemos.

El ambiente se mantuvo ligero.

Hasta que em zumbido del entorno se desvaneció en cuanto el teléfono vibró en mi mano. No reconocí el número, pero algo en el ritmo insistente me hizo responder sin pensarlo demasiado. Me aparté del flujo de estudiantes, esquivando grupos, mesas y cables hasta encontrar un espacio menos transitado entre dos stands aún en montaje, donde el ruido se volvía un murmullo lejano y las voces dejaban de superponerse unas con otras. Contesté.

—¿Sí?

La respuesta llegó casi de inmediato.

—Tenemos un problema.

La voz de Santiago no tenía rodeos, pero tampoco era alarmista. Eso, viniendo de él, era peor.

Fruncí ligeramente el ceño, girando el cuerpo para darle la espalda al pasillo principal, como si eso pudiera aislarme más de lo que estaba por escuchar.

—¿Qué tipo de problema?

Hubo un breve silencio, no de duda, sino de organización mental.

—De los que crecen rápido si no los cortas a tiempo —dijo finalmente—. Algunas agencias que están metidas en el caso de O'Connor… recuperaron grabaciones.

Sentí cómo algo se tensaba en mi pecho, pero mi voz se mantuvo estable.

—¿Qué tan grave?

—Depende de cuánto te guste que te busquen —respondió con un deje seco—. Se suponía que esos videos ya no existían. Yo los borré. Pero alguien más… logro recuperarlas.

Apreté ligeramente el teléfono contra mi oído.

—¿Qué muestran?

—Primero lo básico —continuó—. Identificaron a los tres "técnicos" que murieron en la explosión. No eran técnicos.

Cerré los ojos un segundo.

—Déjame adivinar.

—Agentes del gobierno —confirmó—. No es sorpresa ya que lo suponíamos, pero no tengo claro de qué división, pero no estaban ahí por mantenimiento, eso te lo aseguro.

Exhalé despacio, controlando el ritmo.

—Eso complica todo.

—Eso es solo el inicio —añadió—. ¿Recuerdas que te dije que en las grabaciones aparecían cinco personas entrando a esa habitación o lo que sea?

—Sí.

—Eran seis.

Abrí los ojos.

—¿Seis?

—Sí. Las primeras intrusiones al sistema… borraron a uno de los registros de entrada. Cuando yo accedí, ese ya no estaba. Pero ahora, con lo que recuperaron… aparece.

Mi mandíbula se tensó apenas.

—¿Y ese sexto…?

—No eres tú —dijo rápido—. Ese ya estaba ahí días antes de que tú entraras. Pero eso no es lo importante ahora.

Esperé.

—Los videos que yo borré de ti —continuó—… también los recuperaron.

El ruido de la feria pareció regresar de golpe, aunque en realidad no había cambiado.

—¿Qué tan claros?

—No mucho —respondió—. Hay demasiada gente. Personal médico moviéndose, pacientes, caos… No es una toma limpia. No hay un plano directo de tu cara de las cuales me encargue antes, para de que tú cara se viera distinta en cada toma para que sea difícil reconocerte.

Solté el aire poco a poco.

—Pero…

—Pero estás ahí —terminó por mí—. En varios fragmentos. Moviéndote. Cambiando de dirección. Entrando en zonas donde no deberías estar.

Deslicé la mirada hacia el suelo, pensando rápido.

—¿El cuarto de suministros?

—Cámaras dañadas por la explosión —respondió—. Esa parte está limpia. Nadie te vio entrar ni salir de ahí.

Un pequeño margen de ventaja.

—Entonces el problema son los otros puntos donde las cámaras me detectaron antes de la explosion—dije.

—Exacto. No eres identificable aún, pero eres… visible.

Apoyé la espalda contra la pared fría detrás de mí, cruzando un brazo sobre el abdomen de manera casi inconsciente.

—¿Ya me están buscando?

Santiago dudó apenas un segundo.

—No a ti específicamente.

Eso no era un alivio.

—Pero sí a la "cuarta persona" —continuó—. La herida. La que no coincide con los técnicos ni con el perfil del explosivo.

Cerré los ojos un instante, recordando el calor, el humo, la sangre que no había logrado limpiar del todo.

—¿Cuántos?

—Dos agentes activos en la ciudad —dijo—. Trabajando juntos. Metódicos.

—¿Qué tan cerca están?

—Aún están en fase de cruce de datos —explicó—. Revisando grabaciones, registros del hospital, listas de personal… y ahí viene el problema más grande.

Abrí los ojos.

—No estoy en esos registros.

—Exacto —respondió—. Si empiezan a cruzar caras con bases de datos internas… y no encuentran coincidencia contigo como doctora o enfermera del hospital…

—Van a querer saber quién soy.

—Y por qué estabas ahí —añadió—. Con uniforme médico.

El silencio entre nosotros no era vacío. Era cálculo.

—¿Tienen acceso a bases externas? —pregunté.

—Eventualmente —respondió—. Y si llegan a ese punto… van a reconstruir tu ruta. Entrada. Movimiento. Salida.

Miré hacia el pasillo, donde algunos de mis estudiantes pasaban sin prestarme atención.

—Todavía estoy cubierta por el caos —dije en voz baja.

—Por ahora —corrigió—. Pero no contaría con eso por mucho tiempo.

Apreté los labios.

—Entonces necesito saber exactamente qué tan expuesta estoy.

—Lo suficiente para que te conviertas en una línea de interés —respondió—. No en objetivo directo… aún.

Asentí para mí misma.

—¿Y los otros? —pregunté—. Los que trabajaron con O'Connor.

—Sigo en eso —dijo—. Tengo ubicaciones generales. Países. Ciudades grandes. Pero nada preciso todavía.

—Necesito más que eso.

—Lo sé —respondió—. Pero también necesito que no te muevas como si estuvieras huyendo. Eso llama la atención.

Solté una pequeña exhalación.

—Demasiado tarde para eso.

—Entonces muévete como alguien que no tiene nada que ocultar —replicó—. Rutina. Trabajo. Normalidad.

Miré mis manos.

Normalidad.

—Estoy en una feria escolar rodeada de estudiantes —murmuré—. No puede ser más normal que esto.

—Perfecto —dijo—. Mantente así.

Hubo un breve silencio antes de que añadiera:

—Y Alice…

—¿Sí?

—Si empiezan a acercarse demasiado… me avisas antes de hacer cualquier movimiento.

Entrecerré ligeramente los ojos.

—No prometo esperar.

—Promete al menos avisar.

Suspiré.

—Te aviso.

—Eso es lo más cercano a una promesa que voy a obtener, ¿verdad?

—Sí.

—Me sirve.

La línea quedó en silencio un segundo más.

—Mantente fuera del radar —añadió finalmente.

—Siempre lo hago.

Colgué.

El teléfono quedó unos segundos más en mi mano antes de bajarlo lentamente. El murmullo de la feria volvió a tomar forma alrededor de mí: voces, risas, explicaciones técnicas, pasos, metal moviéndose, teclados sonando.

Pero ahora todo se sentía distinto.

Más estrecho.

Más vigilado.

Guardé el celular en el bolso con cuidado, asegurándome de que el cierre no hiciera ruido innecesario. Luego me separé de la pared y di un paso hacia el pasillo principal, mezclándome otra vez entre los estudiantes, como una figura más dentro del flujo constante.

Una más.

Nada especial.

Nada que destacar.

Mientras caminaba de regreso hacia el grupo, mi mirada se movía sin parecerlo, registrando rostros, posiciones, movimientos. No buscando directamente… pero tampoco ignorando.

Dos agentes en la ciudad.

Grabaciones recuperadas.

Una figura sin nombre en medio del caos.

Y yo… caminando entre adolescentes que discutían sobre proyectos de energía solar y robots mal calibrados.

Seguí avanzando con paso firme, ajustando ligeramente la correa del bolso sobre mi hombro, ignorando el leve tirón en el abdomen.

No podía desaparecer.

No todavía.

Así que haría lo que mejor sabía hacer.

Quedarme a la vista… sin ser vista.

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