Cherreads

Chapter 22 - Capitulo 21

Mara Levin

El café seguía demasiado caliente.

Lo sabía porque ya era la tercera vez que acercaba la taza a mis labios y volvía a dejarla en el escritorio sin beber. El vapor subía lento frente a la luz azul de los monitores, distorsionando los números que corrían en las pantallas.

Habían pasado horas.

Tal vez más.

No lo sabía con certeza porque desde que empezamos a reconstruir los archivos de Dr. Samuel O'Connor el tiempo dejó de tener forma.

Detrás de mí, escuché el sonido de papel moviéndose.

—Eso es de 1989 —dijo Ethan.

Su voz venía desde la mesa detrás de mi escritorio, donde había formado una pequeña montaña de carpetas físicas rescatadas de archivos externos, clínicas asociadas y bases de datos que sobrevivieron a la explosión del hospital.

—La rotación de residencia —añadió—. Hospital Saint Agnes.

No me giré.

—Ponlo en la pila tres —dije.

—Ya está llena.

Suspiré.

—Entonces empieza una cuarta.

Ethan soltó un leve resoplido que podría haber sido una risa.

Mis ojos seguían clavados en las pantallas.

Registros.

Fechas.

Nombres.

Cientos de pacientes.

Desde el inicio de la carrera de O'Connor como residente… hasta el día de su suicidio, hace apenas dos semanas.

Maldita sea.

—¿Cuántos llevas? —preguntó Ethan.

—Pacientes totales… más de seiscientos.

—¿Y partos?

Deslicé una ventana sobre otra.

—Doscientos diecinueve confirmados.

Silencio detrás de mí.

—Eso es mucho.

—Es lo que pasa cuando alguien trabaja cuarenta años en medicina —respondí.

Pero ambos sabíamos que no era solo eso.

Bebí finalmente un sorbo de café. Todavía quemaba.

—El patrón no es simple —continué.

—Nunca lo es —dijo Ethan.

En la pantalla principal se desplegó otra serie de registros.

Durante horas el equipo había estado comparando certificados de nacimiento, reportes hospitalarios, registros civiles y archivos de aseguradoras.

El resultado era… inquietante.

—Mira esto —dije.

Ethan se acercó y se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio.

Amplié una gráfica.

—Cuando empezamos —expliqué— pensábamos que O'Connor intercambiaba todos los bebés.

—Lo lógico —dijo Ethan.

Negué.

—No lo hacía.

Amplié otra capa de datos.

—Muchos bebés sí fueron entregados a sus padres biológicos.

Ethan frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Entonces el intercambio no era constante.

Desplacé los registros.

—Mira las fechas.

Silencio.

—Escalonado —murmuró Ethan.

Asentí.

—Exacto.

En la pantalla aparecieron puntos rojos dispersos entre decenas de registros normales.

—La mayoría de los partos terminaban de forma normal —expliqué—. Bebé vivo, madre estable, familia feliz.

—Y de vez en cuando…

Señaló uno de los puntos.

—"Complicación inesperada" —leí.

—"Falla respiratoria no diagnosticada" —añadió Ethan.

—"Paro neonatal repentino".

Pasé a la siguiente pantalla.

—Todos con algo en común.

—El bebé muere minutos después de nacer —dijo Ethan.

—Exacto.

Silencio.

—Conveniente —añadió.

—Demasiado.

Deslicé otra base de datos.

—Y lo hacía con cuidado.

—¿Cómo?

—No hay muertes consecutivas.

Amplié la cronología.

—Están separadas por meses… a veces años.

Ethan cruzó los brazos.

—Eso evita levantar sospechas.

—Y mantiene las estadísticas dentro de lo aceptable.

El café ya no humeaba.

Lo olvidé.

—¿Cuántas familias? —preguntó Ethan.

Respiré hondo.

—Docenas.

Giré la pantalla hacia él.

—Familias que recibieron bebés vivos.

Pasé a la siguiente lista.

—Y familias que recibieron a su bebé… muerto.

El monitor se llenó con nombres.

Filas.

Direcciones.

Fechas.

Cincuenta registros resaltados.

Ethan se inclinó un poco más.

—¿Cincuenta?

—Por ahora —dije—. Solo en los casos donde O'Connor estuvo directamente involucrado.

—Eso significa…

—Que probablemente hay más.

El silencio se volvió pesado.

Ethan pasó una mano por su barbilla.

El aire de la oficina pareció enfriarse.

Desplacé otro archivo.

—Y eso es solo lo que podemos confirmar.

—¿Qué pasa con los que sí entregó vivos?

—Cientos —respondí.

Ethan negó con la cabeza.

—Ese hombre construyó un sistema entero.

—Durante décadas.

Se inclinó hacia el monitor.

—¿Hay algo que conecte a los casos falsos?

—Estoy buscando eso.

Abrí otra ventana.

—Hospitales asociados, agencias de adopción, fundaciones médicas…

—Dinero —dijo Ethan.

—Mucho dinero.

La lista de cincuenta nombres seguía brillando en la pantalla.

Apoyé la espalda en la silla.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

Señalé la pantalla.

—Estas son solo las familias que perdieron a un bebé.

—¿Y?

—Eso significa que en algún lugar hay otros cincuenta niños.

Sentí a Ethan moverse detrás de mí.

—Mara.

—Ajá.

—Filtra por ubicación.

Mis dedos se movieron sobre el teclado.

—¿Ciudad actual o ciudad de origen?

—Actual.

—Eso va a tardar.

—Hazlo.

Abrí el sistema de registros civiles y lo conecté con la base de datos que habíamos armado del archivo médico de Dr. Samuel O'Connor.

El algoritmo empezó a cruzar información.

Direcciones.

Mudanzas.

Cambios de estado.

Defunciones.

Pasaron unos segundos.

Luego las primeras coincidencias aparecieron.

—Interesante… —murmuré.

—¿Qué tienes?

—De las cincuenta familias… —amplié la lista— quince siguen viviendo en la ciudad.

Ethan se inclinó un poco más.

—¿Quince?

—Sí.

—Eso es suficiente.

Lo miré de reojo.

—¿Suficiente para qué?

—Para empezar a investigar.

Se enderezó.

—Concéntrate en esas.

—¿Las que siguen aquí?

—Sí.

Mis dedos comenzaron a marcar registros.

—Entonces filtramos solo a las familias que no recibieron a sus bebés vivos.

—Exacto.

El sistema eliminó otras entradas.

Quince nombres quedaron resaltados.

—Bien —dijo Ethan—. Ahora revisa actividad reciente.

—¿Qué tipo?

—Cualquier cosa.

Giré la silla un poco para mirarlo.

—Eso es demasiado amplio.

—Empieza por lo obvio.

—¿Como qué?

Ethan apoyó las manos en el respaldo de mi silla.

—El suicidio de O'Connor fue hace dos semanas.

Asentí.

—Y la noticia explotó en todos los medios —continuó—. Televisión, prensa, redes.

—Sí.

—Si alguna de esas familias sospechó algo… o si siempre lo sospecharon…

—Podrían haber reaccionado.

—Exacto.

Volví a mirar la pantalla.

—Entonces buscas movimientos recientes.

—Sí.

—Viajes. Registros de acceso a hospitales. Compras inusuales.

—Más o menos.

Fruncí el ceño.

—Eso suena a que estás pensando en algo específico.

Ethan no respondió inmediatamente.

Luego dijo:

—Explosivos.

Levanté la vista hacia él.

—¿En serio?

—Sí.

—Eso es un salto enorme.

—Tal vez —admitió—. Pero alguien puso una bomba en ese hospital.

Volví a mirar la lista.

—Y tú crees que podría haber sido una de estas familias.

—No lo descarto.

Se cruzó de brazos.

—Recuerda lo que dijiste en el hospital.

—¿Qué cosa?

—Que tal vez la cuarta persona… la que sangró… era alguien afectado por O'Connor.

Suspiré.

—Dije que era una posibilidad.

—Y sigue siéndolo.

Amplié el panel de registros.

—Entonces buscas si alguno de ellos…

—Tuvo acceso a explosivos —terminó Ethan.

—O a algo que los ayude a hacer… —hice un gesto con la mano— lo que sea que haya pasado ahí.

—Exacto.

Empecé a cruzar bases de datos.

Permisos industriales.

Registros de demolición.

Empresas de construcción.

Compras de químicos.

—Esto va a tardar —dije.

—Tenemos tiempo.

—No tanto.

—Lo suficiente.

Las primeras ventanas empezaron a mostrar resultados.

Nada alarmante.

Direcciones estables.

Trabajos normales.

Vidas tranquilas.

—Si uno de ellos hizo esto —murmuré— lleva décadas esperando.

—O décadas sin saberlo —respondió Ethan.

Eso me hizo detenerme.

—También es cierto.

Desplacé otra ventana.

—Otra cosa.

—¿Qué?

—No necesariamente tuvo que ser el autor de la explosión.

Ethan inclinó la cabeza.

—Explica.

—La cuarta persona —dije—. La que dejó sangre.

Silencio.

—Podría ser uno de ellos.

—¿Entrando después de la explosión?

—O el mismo día.

Abrí el mapa del hospital.

—Recuerda: alguien intentó borrar su propia sangre.

—Sí.

—Eso suena más a alguien que no quería ser encontrado… que a alguien que estaba ejecutando una operación.

Ethan asintió lentamente.

—Alguien buscando respuestas.

—Exacto.

Se inclinó hacia el monitor.

—Entonces busca otra cosa también.

—¿Qué?

—Registros médicos.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—La persona herida —dijo—. Si era uno de ellos… Podría haber necesitado atención.

Abrí otra base de datos.

—Hospitales. Clínicas. Urgencias.

—Y también farmacias —añadió Ethan—. Antibióticos. Suturas. Analgésicos.

Mis dedos siguieron moviéndose.

El sistema empezó a escupir datos.

Muchos datos.

Demasiados.

Suspiré.

—Quince familias.

—Sí.

—Decenas de miembros por familia.

—Lo sé.

—Y estamos buscando a alguien que tal vez ni siquiera dejó un rastro claro.

Ethan se encogió de hombros.

—Así funcionan estas cosas.

Miré otra vez la lista.

Cincuenta nombres.

Quince en la ciudad.

Décadas de mentira.

****

Las pantallas comenzaron a llenarse de ventanas, de nuevo.

Registros médicos.

Clínicas privadas.

Laboratorios genéticos.

Bases de datos de seguros.

Mi café ya estaba frío.

Ni siquiera lo noté.

—Estoy cruzando historiales médicos —dije mientras mis dedos se movían por el teclado—. Clínicas, hospitales, laboratorios independientes…

Detrás de mí escuché a Ethan mover una silla.

—¿Algo?

—Demasiado.

—Eso no ayuda.

—Dame un segundo.

Filtré por las quince familias que aún vivían en la ciudad. Después por miembros directos del núcleo familiar.

Padres.

Hermanos.

Hermanas.

Pasaron unos segundos.

Luego los primeros resultados aparecieron.

Fruncí el ceño.

—Hmm.

—¿Hmm bueno o hmm malo? —preguntó Ethan.

—Interesante.

Giré un monitor ligeramente hacia él.

—Mira esto.

Ethan se inclinó sobre mi hombro.

—¿Qué estoy viendo?

—Registros de clínicas.

—¿..?

—Pruebas de ADN.

Silencio.

Ethan soltó un pequeño resoplido.

—Tiene sentido.

—Claro que lo tiene —dije—. Si una familia escucha en las noticias que un médico intercambiaba bebés durante décadas…

—Lo primero que hace es comprobar su propia historia.

—Exacto.

Amplié la lista.

—De las quince familias que seguimos en la ciudad… ocho han acudido a clínicas para hacerse pruebas de ADN.

Ethan se cruzó de brazos.

—La mitad.

—Más de la mitad.

—¿Fechas?

Abrí la columna.

—Después del suicidio de Dr. Samuel O'Connor, Transmitida en las noticias en televisión.

—Sí.

Ethan asintió lentamente.

—La gente quiere saber.

—No los culpo.

Deslicé la pantalla.

—La mayoría de las pruebas son familiares. Padres con hijos. Hermanos entre sí. Comparaciones básicas de parentesco.Intentando confirmar que todo está bien o confirmar que no lo está.

Seguimos mirando la lista.

—¿Resultados? —preguntó Ethan.

Negué con la cabeza.

—No tenemos acceso a los resultados sin orden judicial.

—Claro.

—Solo sabemos que las pruebas se hicieron.

Silencio.

—Eso no nos acerca a la explosión —dijo Ethan finalmente.

—Tal vez sí.

Abrí otra columna.

—Mira las fechas más recientes.

Desplacé los registros.

—La mayoría se hicieron hace una o dos semanas.

—Coincide con la noticia.

—Exacto.

Entonces algo llamó mi atención.

Me incliné hacia la pantalla.

—Espera.

—¿Qué?

Amplié un registro.

—Esta familia.

Ethan se acercó un poco más.

—¿Qué pasa con ellos?

—Están registrados dos veces.

—¿Dos?

—Sí.

Abrí el historial.

—Primera prueba… hace once días.

—Normal.

—Segunda prueba…

Mis ojos bajaron a la fecha.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—Hace menos de una semana.

Ethan se quedó en silencio un segundo.

—¿Misma clínica?

—si

Giré la pantalla completamente hacia él.

—Mira.

Ethan leyó los datos.

—Familia Carter.

El nombre flotó en el aire.

—Primera prueba genética —leí—. Comparación entre padres e hijos.

—Y la segunda —dijo Ethan.

Desplacé el registro.

—Comparación con nueva muestra biológica.

Ethan frunció el ceño.

—¿Nueva muestra?

—Sí.

—¿De quién?

Miré la pantalla.

No había nombre.

Solo una etiqueta.

Muestra externa.

El silencio en la oficina se volvió pesado.

Ethan habló primero.

—¿Hace menos de una semana?

—Sí.

—Eso es después de la explosión del hospital.

Asentí lentamente.

Ethan se enderezó.

—Entonces esta familia…

—No solo sospechó —terminé.

Miré el registro otra vez.

—Decidieron comprobarlo con alguien más.

Ethan apoyó una mano en el escritorio.

—La pregunta es…

Se inclinó un poco hacia la pantalla.

—¿Quién es esa "muestra externa"?

Negué ligeramente.

—El laboratorio no publica esa información en el registro general.

Abrí la ficha completa del centro donde se realizó la prueba.

—Es una clínica privada. Manejan comparaciones genéticas familiares y análisis forenses básicos.

Ethan observó los datos.

—Entonces los resultados están protegidos.

—Sí.

—Y la identidad de la muestra también.

Asentí mientras revisaba los metadatos del registro.

—Solo podemos ver que la prueba fue solicitada por la familia y que incluyó una muestra adicional.

—¿Fecha exacta?

Amplié la línea.

—Hace seis días.

Ethan se quedó mirando la pantalla un momento más.

—Eso es después de la explosión del hospital.

—Sí.

Cerré la ventana y abrí la ficha administrativa del laboratorio.

—Si queremos saber quién fue esa persona, necesitamos acceso al expediente completo.

Ethan asintió.

—Entonces pedimos una orden.

—Sí.

—Para revisar los registros del laboratorio.

—Y los resultados de la prueba —añadí.

Ethan tomó una libreta del escritorio cercano.

—Necesitamos saber si la comparación dio positiva o negativa.

—Dependiendo del resultado cambia todo.

—Exacto.

Se apoyó en el respaldo de mi silla.

—Si el resultado fue negativo, probablemente solo fue una familia tratando de confirmar algo y no tiene relación con la explosión.

—Y si fue positivo…

—Entonces hay una persona que coincide genéticamente con esa familia.

Abrí otra ventana con el registro civil.

—Y eso significaría que uno de los bebés que O'Connor declaró muerto en realidad sobrevivió.

Ethan cerró la libreta.

—En ese caso tendremos que hablar con ellos.

—Sí.

—Pero primero necesitamos confirmar los resultados.

Guardé el número de expediente del laboratorio en el archivo de la investigación.

—La orden también debería incluir acceso a las muestras originales.

Ethan levantó la vista.

—¿Por qué?

—Para verificar la cadena de custodia.

—Tiene sentido.

—Si vamos a usar esa información en una investigación formal, tenemos que asegurarnos de que las muestras no hayan sido alteradas.

Ethan asintió.

—Entonces pedimos acceso a:

—Resultados. Identidad de la muestra externa y las muestras biológicas archivadas.

Terminé de anotar el laboratorio en el expediente del caso.

—Dependiendo de lo que encontremos —continuó Ethan— decidiremos el siguiente paso.

—Hablar con la familia.

—O dejarlos en paz.

Cerré la ventana del registro y volví a mirar la lista de las quince familias.

—Mientras tanto sigo revisando las otras.

Ethan tomó una de las carpetas físicas de la pila detrás de mí.

—Bien.

Se apoyó en el escritorio mientras abría el archivo.

—Si la explosión tiene alguna relación con esto, tarde o temprano va a aparecer en algún lado.

Volví a la base de datos y continué cruzando registros.

****

Alice.

El autobús se detuvo con un leve sacudón.

El motor quedó encendido unos segundos más antes de apagarse por completo. Afuera se escuchaban otros autobuses llegando, puertas abriéndose, voces de estudiantes que ya habían bajado.

Me levanté del asiento y giré hacia la parte trasera del autobús.

Treinta y tantos estudiantes mirándome.

Algunos emocionados.

Otros distraídos.

Un par claramente medio dormidos.

Y tres… que ya estaban intentando levantarse antes de tiempo.

—Ni se les ocurra —dije.

Se quedaron congelados.

El profesor que venía conmigo en el autobús, el profesor Ramírez, también se levantó y levantó la voz hacia el fondo.

—Muy bien, atención todos.

Un murmullo recorrió los asientos.

Aplaudí una vez, fuerte.

—¡Oigan!

Las conversaciones bajaron.

—Hemos llegado —dije.

Inmediatamente varios estudiantes se asomaron por las ventanas tratando de ver el edificio del centro de exposiciones.

—Pero —continué— vamos a bajar por grupos.

Señalé hacia el frente.

—Primero bajará 1-A conmigo.

Algunos estudiantes del lado izquierdo levantaron las manos con entusiasmo.

—Y después —añadió Ramírez— bajará 1-B conmigo.

Un chico del fondo levantó la mano.

—Profe, ¿ya podemos...?

—No —respondimos Ramírez y yo al mismo tiempo.

El autobús estalló en risas.

Negué con la cabeza.

—Escuchen primero.

Señalé hacia la ventana.

—Abajo deben esperar a que todos los demás autobuses bajen a sus estudiantes.

—Eso significa —añadió Ramírez— que nadie se va corriendo a ver experimentos todavía.

Un chico murmuró algo como qué aburrido.

Lo miré.

—Te escuché.

Las risas volvieron.

Crucé los brazos.

—Otra cosa importante.

Saqué mi identificación y la levanté un poco.

—Todos tienen su identificación, ¿verdad?

Varias manos fueron automáticamente al cuello.

Un par de estudiantes empezaron a buscar en sus mochilas con cara de pánico.

—Más vale que la tengan —dije— porque los asistentes de la feria necesitan saber de qué secundaria provienen.

Ramírez asintió.

—Si alguien pierde su identificación, no podrá entrar a las áreas de exhibición.

—Y eso significa que se quedará pegado a nosotros todo el día —añadí.

Un chico del fondo levantó la mano.

—Profe, creo que la mía...

—No quiero saberlo —respondí—. Encuéntrala.

Las mochilas empezaron a abrirse.

—Además —continué— los profesores estaremos observándolos todo el tiempo.

Ramírez hizo un gesto exagerado mirando a todo el autobús.

—Siempre.

—En cada momento —añadí.

—Incluso cuando crean que no.

Un par de estudiantes se encogieron en sus asientos.

—Y una última cosa —dije.

El autobús quedó más silencioso.

Señalé hacia el edificio de la feria que se veía por la ventana.

—No toquen nada.

—Nada —repitió Ramírez.

—Los proyectos que verán hoy han sido creados con mucho esfuerzo por estudiantes de otras escuelas.

—Meses de trabajo —añadió él.

—Así que tengan cuidado.

Se hizo un pequeño silencio.

Luego añadí:

—Si llegan a descomponer algo…

Los miré uno por uno.

—Serán castigados.

Ramírez sonrió ligeramente.

—¿Con cuánto?

Lo miré.

—Con el triple de tarea.

Hubo un coro inmediato de protestas.

—¡Profe!

—¡Eso es injusto!

—¡Ni siquiera lo tocaríamos!

Levanté una mano.

—Entonces no habrá problema.

Silencio.

Abrí la puerta del autobús.

El aire fresco entró de golpe.

—Bien —dije—. Grupo 1-A conmigo.

Los estudiantes comenzaron a bajar en fila, algunos más ordenados que otros.

Como siempre.

Me quedé al pie del autobús observando cómo el grupo de 1-A descendía los escalones, asegurándome de que ninguno decidiera saltarse la mitad de las reglas en los primeros treinta segundos de la excursión.

—Profe Alice —escuché.

Giré la cabeza.

Lily venía bajando los últimos escalones con su mochila colgando de un solo hombro.

—¿Sí?

Se acercó un poco más y bajó la voz, como si fuera un secreto importante.

—Mis papás van a llegar más tarde.

—¿Ah sí?

Asintió con entusiasmo.

—Mi papá quiere venir a ver el proyecto de Luke.

Sentí una pequeña sonrisa aparecer en mi rostro.

—Eso es bueno.

—Y mi mamá vendrá con él —añadió rápidamente.

—Entonces Luke tendrá apoyo completo hoy.

Lily parecía orgullosa de eso.

—Sí.

Antes de que pudiera decir algo más, otra voz se metió en la conversación.

—¡Mi mamá también vendrá!

Era Abi, levantando la mano como si estuviera en clase.

—¿Sí?

—Mi hermana mayor está presentando su proyecto aquí —dijo con emoción—. Ella está en preparatoria.

—Eso es impresionante —respondí.

—Dice que hizo algo con energía solar y agua… y no entendí mucho pero parece complicado.

Un par de estudiantes cerca comenzaron a escuchar.

—Mi primo también está aquí —dijo otro.

—Mi papá dijo que vendría después del trabajo.

—Mi hermana vino el año pasado.

—Mi tío es ingeniero...

Las voces comenzaron a mezclarse.

Demasiadas al mismo tiempo.

Levanté la mano.

—Silencio.

No fue un grito, pero funcionó.

Las conversaciones se apagaron poco a poco.

—Sé que todos están emocionados —dije.

Varios asentían con sonrisas.

—Pero necesitamos paciencia.

Señalé hacia el enorme edificio frente a nosotros.

—Todo a su tiempo.

Un par de estudiantes suspiraron resignados.

—Primero nos organizamos —continué—, luego entramos, luego recorremos las exhibiciones.

—Y después —añadió alguien— veremos los proyectos.

—Exacto.

Detrás de nuestro autobús, otros vehículos escolares estaban llegando.

Puertas que se abrían.

Estudiantes bajando.

Profesores tratando de organizar grupos igual de emocionados que el mío.

Un río de adolescentes con identificaciones colgando del cuello empezó a formarse frente al edificio.

Miré hacia arriba.

En lo alto de las escaleras de la entrada principal, una figura familiar estaba de pie con los brazos cruzados.

Directora Hawthorne.

Nos observaba como si estuviera contando cabezas.

Cuando vio que varios de los profesores ya estábamos abajo con los grupos organizados, bajó algunos escalones.

—Profesores —dijo en voz lo suficientemente alta para que varios la escucháramos—. Llegaron antes de lo que esperaba.

El profesor Ramírez soltó una pequeña risa.

—El tráfico nos ayudó hoy.

—Eso parece —respondió ella.

Miró el flujo constante de estudiantes que seguían bajando de los autobuses.

—Eso nos da tiempo para organizarnos antes de que empiece el recorrido oficial.

Volvió a mirarnos.

—Cuando todos los grupos estén completos, entraremos juntos.

Detrás de mí, los estudiantes murmuraban con expectativa.

****

Grace.

El auto avanzaba lentamente por la avenida, entre el tráfico de media mañana.

A los lados de la calle había carteles, cafeterías abiertas, estudiantes caminando con mochilas y padres dejando a sus hijos en distintas escuelas. Todo parecía normal. Un día cualquiera.

Pero dentro del auto… no lo sentía así.

—Se supone que esto es para motivarlos —dije, mirando por la ventana—. Que los alumnos de secundaria vean proyectos de preparatoria… y se interesen por lo que podrían estudiar después.

Michael no respondió de inmediato.

Seguía conduciendo, ambas manos en el volante, la mirada fija en la calle.

—Es una forma elegante de hacer publicidad —añadí—. Pero con calificaciones en vez de dinero.

Eso consiguió una pequeña exhalación de su parte. No llegó a ser una risa.

—Algo así —murmuró.

Miré hacia adelante.

La preparatoria donde Luke presentaría su proyecto no estaba muy lejos ya. Podía ver a lo lejos el edificio, y algunos autobuses escolares estacionados frente a la entrada.

—Luke debe estar nervioso —dije.

—Probablemente.

Su voz era calmada, pero distante.

Lo observé de reojo.

Michael se veía serio.

Más serio de lo normal.

Desde el domingo.

—¿Qué tienes? —pregunté finalmente.

Él no apartó los ojos de la carretera.

—Nada.

—Michael.

Suspiró.

—De verdad, Grace. Nada.

Guardé silencio un momento.

—No te ves como alguien que no tiene nada.

El auto se detuvo en un semáforo.

Michael tamborileó los dedos una vez contra el volante, casi sin darse cuenta.

Luego habló.

—Solo estoy pensando.

—¿En qué?

La luz cambió a verde. El auto volvió a avanzar.

—En todo lo que ha pasado estos días —respondió.

Asentí lentamente.

—Lo de O'Connor en las noticias… —continuó—. Las historias de los hospitales… los bebés…

Su voz se apagó un segundo.

—La prueba.

No necesitaba decir más.

—Y Alice —añadí en voz baja.

Michael no respondió.

El silencio dentro del auto se hizo pesado otra vez.

—Michael… —dije finalmente.

Él suspiró otra vez.

—Grace, lo que dijimos el otro día sigue siendo cierto.

—¿Qué cosa?

—Que no podemos empezar a imaginar cosas.

Tragué saliva.

—No estoy imaginando.

—Sí lo estás.

Lo miré.

—¿Tú no?

Michael apretó un poco el volante.

—Estoy intentando no hacerlo.

Eso me dolió más de lo que esperaba.

—¿Ni siquiera lo piensas?

—Claro que lo pienso —respondió, un poco más rápido—. Pero pensar y actuar son cosas distintas.

Miré hacia la ventana otra vez.

El edificio de la preparatoria ya estaba a solo una cuadra.

—Si esa gasa no era de ella… —dije lentamente— entonces la prueba nunca fue real.

—Lo sé.

—Y si nunca fue real…

Michael cerró los ojos un segundo mientras conducía, como si esa frase le pesara.

—Grace.

—Entonces no sabemos nada.

El auto giró hacia el estacionamiento de visitantes.

Había varios padres llegando también.

Michael estacionó el auto y apagó el motor.

El silencio llenó el interior.

Por un momento ninguno de los dos se movió.

—Vamos a ver el proyecto de Luke —dijo finalmente Michael.

Su voz era tranquila. Firme.

Pero antes de abrir la puerta, añadí en voz baja:

—Michael…

Él no me miró.

—Si Alice no es Beatriz… quiero saberlo.

Tragué saliva.

—Pero si lo es…

El aire pareció quedarse quieto entre nosotros.

—También quiero saberlo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Y cómo lo vamos a hacer? —pregunté.

Michael apoyó los brazos sobre el volante, pensando.

—No lo sé.

Eso no me tranquilizó en lo más mínimo.

—¿No lo sabes?

—No.

Giró un poco la cabeza hacia mí.

—Pero lo vamos a averiguar.

Solté una pequeña exhalación.

—Eso no suena muy planificado.

—Porque no lo está —respondió con honestidad.

Se pasó una mano por el cabello.

—Lo único que sabemos con certeza es que la prueba de ADN no sirve.

Asentí.

Eso ya estaba claro.

—Entonces habría que hacer otra —dije.

Michael no respondió de inmediato.

Miró hacia el parabrisas.

—Sí… pero no podemos hacerlo así como así.

—¿Por qué no?

Me miró otra vez.

—Grace… eso implicaría pedirle una muestra a Alice.

Parpadeé.

Claro.

—Y si preguntamos directamente… —continuó— ella va a querer saber por qué.

Eso también era verdad.

Bajé la mirada a mis manos.

—Podríamos decir que es por otra cosa…

Michael negó suavemente.

—Alice no es tonta.

Eso también era verdad.

Un silencio corto volvió a instalarse.

Entonces Michael añadió algo más.

—Y hay otra cosa.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

Su expresión se volvió más seria.

—Esto no se lo podemos decir a nuestros padres.

Fruncí el ceño.

—¿A ninguno?

—A ninguno.

—¿Ni siquiera para pedir ayuda?

Michael negó con firmeza.

—Especialmente a ellos no.

Lo miré confundida.

—¿Por qué?

Michael soltó una pequeña exhalación.

—Porque ya sabemos cómo reaccionan.

Y entonces lo entendí.

—Mi mamá… —murmuré.

Michael asintió.

—Exactamente.

Mi estómago se tensó.

Recordaba perfectamente la última vez.

—No podemos arriesgarnos a que haga otra estupidez como aquella —dijo Michael con calma, pero con firmeza.

Apreté los labios.

—Tienes razón… —murmuré.

Michael continuó.

—Si le decimos algo ahora… y resulta que estamos equivocados…

No terminó la frase.

Pero no hacía falta.

Otra vez.

Respiré profundo.

—Entonces esto queda entre nosotros —dije.

Michael asintió.

—Entre nosotros.

Levanté la vista hacia el edificio de la preparatoria.

Había muchos estudiantes entrando.

Autobuses escolares.

Profesores.

Padres.

Un día normal.

Una feria de ciencias.

Y aun así…

Sentía que algo enorme estaba moviéndose bajo la superficie de todo.

—Primero vamos a ver el proyecto de Luke —dijo Michael, abriendo la puerta del auto.

Asentí.

Pero antes de bajar, una última idea cruzó mi mente.

—Michael.

Él se detuvo.

—¿Sí?

Lo miré.

—Si hacemos otra prueba… y resulta que Alice sí es Beatriz…

Mi voz se volvió apenas un susurro.

—¿Qué vamos a hacer entonces?

Michael se quedó en silencio unos segundos.

Pensando.

Finalmente respondió.

—Primero… tendremos que decidir si ella quiere saberlo.

La puerta del auto se cerró con un sonido seco.

El aire de afuera era más fresco de lo que esperaba. O tal vez era solo la diferencia después de todo lo que habíamos dicho dentro.

Caminamos hacia la entrada.

Había familias por todas partes. Padres hablando entre ellos, algunos con café en la mano, otros revisando programas impresos, intentando encontrar los nombres de sus hijos entre tantas presentaciones.

—Debe ser por aquí —dije, mirando un cartel grande cerca de la entrada.

Michael apenas asintió.

Su atención no estaba en los carteles.

Ni en la gente.

Ni siquiera en el edificio.

Estaba… en otro lado.

Lo conocía lo suficiente para saberlo.

Entramos.

El ruido cambió de inmediato.

Voces amplificadas por el eco del lugar, pasos, indicaciones, risas, anuncios ocasionales por altavoces. Un murmullo constante que lo llenaba todo.

—Bienvenidos a la Feria de Ciencias y Exposición Académica —decía una voz a lo lejos—. Les recordamos seguir las indicaciones del personal…

—Luke dijo que su sección era en el ala norte —murmuré, mirando alrededor.

Michael sacó su celular y revisó algo rápidamente.

—Sí. Segundo nivel.

Asentí.

Subimos las escaleras junto con otras personas.

Y entonces…

Lo vi.

No a Luke.

A ella.

Alice.

Estaba unos metros más adelante, rodeada de estudiantes. Su postura recta, su mirada atenta, moviéndose entre ellos con esa mezcla de control y calma que ya reconocía.

No parecía fuera de lugar.

No parecía incómoda.

Parecía… exactamente donde debía estar.

Mi paso se ralentizó sin darme cuenta.

Michael también la vio.

Lo sentí.

No dijo nada, pero su cuerpo se tensó apenas.

—Es ella… —murmuré.

—Sí.

Seguía siendo increíble.

Incluso sabiendo todo.

Incluso después de todo.

Seguía siendo imposible no verlo.

Ese parecido.

No era solo físico.

Era… algo más.

Alice se inclinó un poco hacia una estudiante, escuchando lo que decía, luego respondió con algo que hizo que el grupo se riera.

Natural.

Fluida.

Cercana.

Mi pecho se apretó.

—Grace —dijo Michael en voz baja.

No aparté la mirada.

—Lo sé.

Pero no lo sabía.

No del todo.

Porque lo que estaba viendo…

No era solo a la maestra de Lily.

No era solo a una joven amable rodeada de estudiantes.

Era...

—Mamá.

Parpadeé.

Giré la cabeza.

Lily corría hacia nosotros, con su identificación rebotando contra su pecho.

—¡Llegaron!

Sonreí automáticamente, agachándome un poco para recibirla.

—Claro que llegamos —dije—. No nos íbamos a perder esto.

Michael también sonrió un poco, apoyando una mano en el hombro de Lily.

—¿Dónde está tu hermano?

—¡Por allá! —señaló con entusiasmo—. Ya está con su proyecto.

Me enderecé.

—Entonces vamos.

Pero antes de avanzar, Lily volvió a hablar.

—Ah, y también está la miss Alice.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—Sí —respondí, intentando sonar normal—. Ya la vimos.

Lily sonrió.

—Les dije que vendrían.

—¿Les dijiste?

—Sí —asintió—. A ella.

Sentí algo moverse dentro de mí.

—¿A Alice?

—Ajá.

Michael y yo intercambiamos una mirada breve.

Pequeña.

Pero cargada.

—Bueno —dijo él finalmente—. Primero vamos con Luke.

Lily no protestó.

—¡Sí!

Nos tomó de la mano y empezó a guiarnos entre la gente.

Pero mientras avanzábamos…

No pude evitar mirar atrás.

Solo un segundo.

Alice seguía ahí.

Entre los estudiantes.

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