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Chapter 68 - Estandarte negro

En la enfermería, tres jóvenes comenzaron a despertar casi al mismo tiempo.

Harry abrió los ojos primero. A su lado, Ron se incorporó lentamente, llevándose una mano a la cabeza, mientras Hermione parpadeaba desorientada al reconocer el techo del hospital de Hogwarts.

Frente a sus camas se encontraba Albus Dumbledore.

Al verlo, los tres comenzaron a hablar al mismo tiempo.

—¡Profesor!

—¡Tiene que escucharnos!

—¡Sirius es inocente!

Dumbledore levantó una mano con calma.

—Uno por uno, por favor.

Harry tomó aire y comenzó a relatar todo lo ocurrido.

—Sirius arrastró a Ron hasta la Casa de los Gritos. Nosotros lo seguimos... allí apareció el profesor Lupin... y nos contó toda la verdad.

Ron continuó.

—Nos explicó que Sirius no traicionó a mis padres... bueno, a los padres de Harry.

Hermione asintió.

—El verdadero Guardián Secreto que los traicionó fue Peter Pettigrew. Él fingió su muerte todos estos años haciéndose pasar por la rata Scabbers.

Harry dio un paso al frente.

—¡Debe creernos, profesor Dumbledore! Sirius no hizo nada. ¡Es inocente!

Dumbledore escuchó todo sin interrumpirlos.

Cuando terminaron, habló con su habitual serenidad.

—Tranquilos.

Los tres guardaron silencio.

—Debo informarles que el profesor Snape llegó a tiempo y logró poner fin a los acontecimientos de esta noche.

Harry frunció el ceño.

—¡Él no nos salvó! Solo quería capturar a Sirius. Aunque descubrió que Peter era el culpable... ¡Pettigrew escapó!

Dumbledore negó suavemente con la cabeza.

—No, Harry.

Aquella respuesta hizo que los tres lo miraran sorprendidos.

—El profesor Snape encontró y capturó a Peter Pettigrew. En estos momentos se encuentra encerrado bajo vigilancia en la Torre Norte.

Los ojos de Hermione se abrieron de par en par.

—¿¡Peter fue capturado!?

—Así es.

Harry sintió una enorme alegría.

—¡Entonces podrán demostrar que Sirius es inocente!

—Eso espero —respondió Dumbledore—. Sirius Black permanece encerrado en las mazmorras hasta que el Ministerio llegue a Hogwarts. Sin embargo, con Peter bajo custodia, confío en que solo sea cuestión de tiempo demostrar la verdad y conseguir su liberación.

Los tres respiraron aliviados.

Parecía que, después de doce años, por fin la justicia alcanzaría a Sirius.

Pero la expresión de Dumbledore volvió a ensombrecerse.

—Sin embargo... junto con las buenas noticias también hay una muy triste.

La sonrisa de Harry desapareció.

—¿Qué ocurrió?

Dumbledore bajó la mirada unos segundos antes de responder.

—Remus Lupin ha muerto.

El silencio cayó sobre toda la enfermería.

Ninguno de los tres fue capaz de decir una palabra.

Hermione fue la primera en llevarse una mano a la boca.

—N-no...

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

Ron bajó la cabeza, incapaz de creerlo.

Harry permaneció inmóvil, recordando al hombre que le había enseñado el encantamiento Patronus, que siempre había sido paciente con él y que le había hablado de sus padres con una sonrisa.

—Profesor... Lupin... —susurró con la voz quebrada.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

Hermione rompió a llorar abiertamente.

Ron apretó los puños con impotencia.

En otro lugar del castillo, la escena que se desarrollaba era completamente distinta a la tristeza que reinaba en la enfermería.

En una habitación iluminada únicamente por la tenue luz de una lámpara, Severus Snape se encontraba sentado al borde de una cama, leyendo un cuento a Anya.

Minutos antes...

Después de dejar a León en la sala común de Slytherin, Severus regresó rápidamente a su despacho. Atravesó la oficina y abrió la puerta de la habitación contigua.

Anya seguía despierta.

En cuanto lo vio entrar, corrió hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—¡Sabía que no me equivocaba! ¡Papá siempre cumple sus promesas!

Severus la tomó en brazos con naturalidad.

—Siempre cumpliré mis promesas —respondió con voz tranquila—. Pero ya es hora de dormir.

Anya infló las mejillas.

—Primero el cuento.

Snape soltó un leve suspiro y asintió.

—Está bien.

Tomó el libro del estante y comenzó a leer Blancanieves.

Su voz, normalmente fría durante las clases, adquirió un tono sereno mientras narraba la historia.

Anya escuchaba con atención, aunque poco a poco sus párpados comenzaron a hacerse cada vez más pesados.

Cuando Severus terminó la última página, bajó el libro lentamente.

Miró a la pequeña.

Anya ya dormía profundamente.

Una leve sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.

Con cuidado, acomodó la manta sobre ella para que no pasara frío.

Permaneció unos segundos observándola dormir.

Luego apagó la lámpara.

Al cerrar la puerta de la habitación, la serenidad desapareció por completo de su rostro.

Sus ojos negros volvieron a endurecerse.

Su expresión se transformó en la de un hombre dispuesto a matar.

Sin pronunciar una sola palabra, comenzó a caminar por los oscuros pasillos de Hogwarts en dirección a la Torre Norte.

Varios minutos después llegó a su destino.

Peter Pettigrew permanecía encerrado en una celda mágica, todavía inconsciente.

Snape levantó la varita.

Uno tras otro, lanzó numerosos hechizos alrededor de la prisión.

Encantamientos silenciadores.

Barreras.

Protecciones adicionales.

Cuando terminó, guardó unos segundos de silencio.

Después apuntó directamente a Peter.

—Ennervate.

Pettigrew despertó sobresaltado.

Su cuerpo aún temblaba por el frío que había sufrido.

Al levantar la vista y encontrarse con Severus Snape al otro lado de los barrotes, el terror invadió su rostro.

—S-Severus...

Snape no respondió.

Abrió la celda.

Entró lentamente.

Cerró la puerta detrás de él.

Durante las siguientes horas, de aquella prisión solo salieron gritos desgarradores.

Sin embargo, ninguno logró escapar al exterior.

Los hechizos de aislamiento funcionaban a la perfección.

Nadie en Hogwarts escuchó lo que ocurría dentro de aquella celda.

Nadie acudió a detenerlo.

Horas después...

El silencio volvió a reinar.

Snape observó a un Peter Pettigrew completamente derrumbado.

Levantó una vez más su varita.

—Obliviate.

El hechizo impactó de lleno.

La mirada de Peter perdió el enfoque por un instante.

Sin añadir una sola palabra, Severus se dio la vuelta.

Abandonó la celda y desapareció entre las sombras de los pasillos de Hogwarts, como si nunca hubiera estado allí.

En la oficina del director reinaba un ambiente de tensión.

Además de Albus Dumbledore, se encontraban presentes el ministro de Magia, Cornelius Fudge, y cuatro aurores.

—¡Es la mejor noticia que he escuchado en mucho tiempo, Albus! —exclamó Fudge con una enorme sonrisa—. ¡Tenemos a Sirius Black! ¡Por fin lo atrapamos! Esta vez nos aseguraremos de que no vuelva a escapar.

Dumbledore permaneció en silencio, observándolo con tranquilidad.

—Además —continuó Fudge, caminando de un lado a otro—, debemos llamar al Profeta. Necesitaré que hables con el profesor Snape para que mencione que, gracias a la cooperación entre Hogwarts y el Ministerio, logramos capturar a Black. Será una magnífica publicidad para el Ministerio y para Hogwarts.

—Lamento arruinar tus planes, Cornelius —dijo Dumbledore con calma.

La sonrisa del ministro desapareció.

Una ligera irritación cruzó su rostro. No le agradaba que echaran abajo sus planes, pero conocía lo suficiente a Dumbledore como para saber que no hablaba sin motivo.

—¿Qué ocurre, Albus?

Dumbledore entrelazó las manos sobre el escritorio.

—Sirius Black es inocente.

El despacho quedó en silencio.

—¿Qué has dicho? —preguntó Fudge, incrédulo.

—El verdadero Guardián del Secreto de los Potter fue Peter Pettigrew. Sirius Black jamás los traicionó.

Cornelius negó inmediatamente con la cabeza.

—Eso no puede ser cierto. Todos saben que Black era el Guardián del Secreto. Debes de estar confundido.

—No estoy confundido —respondió Dumbledore con serenidad—. Peter Pettigrew está bajo custodia en este mismo castillo. Cuando sea interrogado, descubrirán la verdad.

Fudge frunció el ceño.

Su mente comenzó a trabajar a toda velocidad.

Si aquello era cierto, significaba que el Ministerio había cometido uno de los mayores errores judiciales de su historia.

Absolver a Sirius Black supondría admitir públicamente aquel fracaso.

Los cuatro aurores permanecían en silencio. Todos conocían la afición de Cornelius por aparecer bien ante la opinión pública.

Dumbledore advirtió la indecisión del ministro.

—El juicio de Sirius Black tuvo lugar hace más de doce años —dijo con calma—. Si no recuerdo mal, la ministra en aquella época era...

Los ojos de Fudge se iluminaron.

Millicent Bagnold.

La responsabilidad recaería sobre la administración anterior.

Su expresión cambió por completo.

"No sería el ministro que condenó a un inocente...", pensó.

"Sería el ministro que descubrió la verdad y corrigió una injusticia histórica."

Una amplia sonrisa volvió a aparecer en su rostro.

—Tienes razón, Albus —dijo con decisión—. Convocaremos un nuevo juicio. Utilizaremos Veritaserum... o, mejor aún, extraeremos sus recuerdos para confirmar toda la historia.

Se giró inmediatamente hacia sus hombres.

—¡Kingsley!

—¿Sí, ministro?

—Trae a Amelia Bones y a Bartemius Crouch. También quiero más aurores custodiando el castillo. Nadie entrará ni saldrá sin mi autorización.

Kingsley asintió sin perder un segundo.

—Sí, ministro.

Con un fuerte chasquido, desapareció para cumplir la orden.

Mientras tanto, Dumbledore observó a Cornelius en silencio.

Sabía perfectamente que el ministro no había cambiado de opinión por justicia.

Simplemente había encontrado la manera de convertir aquella crisis en el mayor triunfo político de su carrera.

Al día siguiente, el castillo amaneció bajo una vigilancia inusual.

Numerosos aurores patrullaban los pasillos de Hogwarts, especialmente los alrededores de la Torre Norte y las mazmorras. Su presencia no pasó desapercibida para ningún estudiante.

Los rumores comenzaron a extenderse desde primera hora de la mañana.

—Dicen que están protegiendo el castillo.

—No, creo que están custodiando a un prisionero.

—¿Será que Sirius Black sigue aquí?

—Escuché que atraparon a alguien más.

Las teorías crecían con cada conversación.

Muchos alumnos, movidos por la curiosidad, intentaron acercarse a las zonas restringidas, pero fueron detenidos inmediatamente por los aurores.

—Lo siento. Acceso restringido.

Nadie consiguió averiguar qué estaba ocurriendo realmente.

Entonces en todos los tableros de las salas comunes apareció un comunicado donde se pedían que fueran al gran comedor a las 11:00 am, tambien pidieron a los prefectos que informaran a sus compañeros.

Asi los estudiantes comenzaron a entrar al Gran Comedor conforme se acercaba la hora.

Sin embargo, al levantar la vista, todos quedaron desconcertados.

Las banderolas que normalmente anunciaban a la casa líder en la Copa de las Casas habían desaparecido.

En su lugar, enormes estandartes negros colgaban del techo.

Era un luto oficial.

Las conversaciones cesaron poco a poco.

Los alumnos ocuparon sus asientos en silencio.

En la mesa de profesores reinaba un ambiente sombrío.

La profesora McGonagall tenía los ojos enrojecidos.

Hagrid lloraba abiertamente sin intentar ocultarlo.

Incluso los demás profesores mantenían la cabeza baja.

Cuando todos estuvieron presentes, Albus Dumbledore se levantó lentamente.

El anciano director recorrió el Gran Comedor con la mirada antes de comenzar a hablar.

—Con profundo pesar debo comunicarles que Hogwarts ha perdido a un gran maestro... y yo he perdido a un querido amigo.

Todo el comedor quedó en absoluto silencio.

—Me entristece informarles que el profesor Remus Lupin falleció anoche.

Un murmullo recorrió las cuatro mesas.

Muchos estudiantes abrieron los ojos con incredulidad.

Otros simplemente bajaron la cabeza.

En la mesa de Slytherin, León permaneció inmóvil.

"Así que... era él."

Las piezas terminaron de encajar.

El licántropo con el que había luchado durante la noche no era un hombre lobo cualquiera.

Era el profesor Lupin.

Su sorpresa apenas duró unos segundos.

Fue sustituida por una profunda sensación de escrutinio.

"¿Cómo permitió Dumbledore que un hombre lobo viviera dentro del castillo durante todo un año?", pensó.

"¿Qué ocurrió con las revisiones de la Junta Escolar? ¿Nadie investigó los riesgos? ¿Y si hubiera atacado a un estudiante antes? ¿Cuáles eran las contramedidas?"

Por primera vez desde que había llegado a Hogwarts, León cuestionó seriamente una decisión del director.

No dudaba de que Lupin hubiera sido un buen profesor.

Pero sí dudaba del juicio de quien había permitido que un licántropo conviviera con cientos de alumnos.

Mientras tanto, Dumbledore continuó con su discurso.

Habló de Remus Lupin como estudiante.

Recordó que había sido prefecto de Gryffindor.

Mencionó su extraordinaria inteligencia, su bondad y la dedicación con la que enseñó Defensa Contra las Artes Oscuras durante aquel año.

Finalmente, concluyó con la versión oficial de su fallecimiento.

—El profesor Lupin perdió la vida a causa de una enfermedad que padecía desde hacía muchos años.

Muchos alumnos agacharon la cabeza en señal de respeto.

Solo unos pocos profesores conocían la verdad de lo ocurrido aquella noche en los terrenos del castillo.

Cuando Dumbledore terminó su discurso, guardó unos segundos de silencio antes de hacer un leve gesto con la cabeza.

—Pueden retirarse.

Los estudiantes comenzaron a abandonar el Gran Comedor en un ambiente muy distinto al habitual.

La mayoría salía en silencio.

Muchos alumnos de Gryffindor, Hufflepuff e incluso Ravenclaw tenían el rostro apagado. Algunos recordaban con cariño las clases del profesor Lupin y lamentaban profundamente su muerte.

En cambio, la mayoría de los estudiantes de Slytherin apenas mostró reacción. Algunos simplemente continuaron hablando entre ellos como si fuera un día cualquiera.

Apenas cruzaron las puertas del Gran Comedor, los rumores comenzaron a multiplicarse.

—Dicen que murió por una enfermedad.

—Ahora que lo pienso... siempre estaba enfermo a finales de mes.

—Es verdad. Desaparecía uno o dos días y luego regresaba como si nada.

—Tal vez era una enfermedad crónica y esta vez ya no logró recuperarse.

—Qué pena... era uno de los mejores profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Las conversaciones se extendían por todos los corredores del castillo.

Harry, Ron y Hermione apenas prestaban atención a los comentarios.

Los tres caminaron con rapidez hacia las mazmorras, donde sabían que Sirius Black permanecía bajo custodia.

Sin embargo, antes de llegar a la celda, dos aurores les bloquearon el paso.

—Alto.

Harry dio un paso al frente.

—Quiero ver a Sirius Black.

El auror negó con la cabeza.

—Está prohibido. Nadie puede acercarse al prisionero por orden expresa del ministro.

—¡Pero Sirius es inocente! —protestó Hermione.

—Son las órdenes del ministro.

—¡Es el padrino de Harry! —añadió Ron con indignación.

El auror permaneció completamente impasible.

—Son las órdenes del ministro.

Los tres amigos intercambiaron una mirada.

Hermione fue la primera en reaccionar.

—Vamos con el profesor Dumbledore.

Harry y Ron asintieron sin perder un segundo.

Los tres echaron a correr por los pasillos en busca del director.

Por otro lado, León se despidió de Astoria antes de que ambos tomaran caminos distintos.

Después caminó directamente hacia la mesa de profesores.

Severus Snape, que ya se había levantado para marcharse, observó la expresión ansiosa de su hijo.

No necesitó preguntar.

Sabía exactamente qué quería hablar.

—Sígueme a mi oficina —dijo con calma—. Allí conversaremos.

León asintió de inmediato.

—Claro... papá.

Durante un instante, una expresión casi imperceptible cruzó el rostro de Snape.

Todavía no terminaba de acostumbrarse a que León lo llamara de aquella forma.

Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia las mazmorras.

León lo siguió en silencio.

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