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Chapter 67 - Lupin

Leon avanzó hacia adelante.

Sin embargo, la figura humanoide de hielo apenas dio unos pasos antes de tropezar y caer pesadamente sobre la nieve.

Leon frunció el ceño.

—Es demasiado torpe...

Comprendió el problema al instante. Aquella era la primera vez que controlaba una construcción de ese tamaño. Podía moverla, pero su equilibrio era pésimo.

Necesitaba solucionarlo.

Rápido.

Mientras la figura se incorporaba con dificultad, Leon tuvo una idea.

Desde la espalda del gigante de hielo, enormes cantidades de escarcha comenzaron a reunirse. El hielo creció, se moldeó y terminó formando el cuerpo de un caballo unido a la cintura del guerrero.

En cuestión de segundos, la figura humanoide se transformó en un imponente centauro de hielo.

Sus cuatro patas se apoyaban con firmeza sobre el suelo.

En la mano derecha apareció una larga lanza cristalina.

Leon sonrió.

—Mucho mejor.

Ahora el centauro avanzaba con pasos seguros, sin perder el equilibrio.

El licántropo retrocedió instintivamente mientras enseñaba los colmillos y lanzaba un rugido desafiante.

Leon no le dio tiempo.

El centauro cargó hacia adelante.

La lanza atravesó el aire con una veloz estocada.

El hombre lobo apenas logró apartarse.

Otra estocada.

Y otra.

Gracias al enorme alcance del arma, el licántropo era incapaz de acercarse. Cada vez que intentaba acortar la distancia, la punta de hielo lo obligaba a retroceder.

Leon empezó a recuperar la confianza.

—¡No puedes acercarte ahora!

El licántropo rugió con furia.

De repente dejó de intentar avanzar de frente.

Se agachó.

Esquivó una estocada simplemente inclinando el cuerpo y salió disparado en cuatro patas.

Su velocidad volvió a demostrar por qué los hombres lobo eran depredadores tan temibles.

Corrió entre los árboles, utilizándolos como cobertura.

La larga lanza quedó atrapada unos instantes entre los troncos.

Era la oportunidad que esperaba.

El licántropo rodeó al centauro y apareció por su espalda.

Con un salto enorme abrió las fauces, dispuesto a arrancarle el cuello de un mordisco.

Pero Leon sonrió.

El hielo pulido del centauro reflejaba todo lo que ocurría detrás de él.

Lo había visto venir.

Sin siquiera girarse, el centauro levantó violentamente las dos patas traseras.

¡BOOM!

La poderosa coz impactó de lleno en el abdomen del licántropo.

La bestia salió despedida varios metros y se estrelló contra un árbol, arrancando astillas de la corteza.

El centauro giró lentamente sobre sí mismo.

Avanzó con paso firme.

Cada pisada hacía crujir la tierra congelada.

Levantó la lanza.

La punta quedó apuntando directamente a la cabeza del hombre lobo.

Por primera vez desde que había comenzado la persecución, Leon sintió que tenía la ventaja.

Solo necesitaba un golpe más.

Pero en ese instante...

—¡Cof...!

Leon escupió sangre.

El intenso dolor recorrió todo su cuerpo.

Su respiración se volvió irregular.

La visión empezó a nublarse.

Las grietas aparecieron por todo el centauro de hielo.

Primero fueron pequeñas.

Después se extendieron por el torso, las patas y la lanza.

—No...

Con un estruendo cristalino, toda la construcción se desintegró en miles de fragmentos de hielo.

Leon cayó de rodillas sobre el suelo.

Cada músculo de su cuerpo le dolía.

Su brazo derecho seguía dislocado.

El agotamiento mágico estaba llegando a su límite.

Frente a él, el licántropo permaneció inmóvil unos segundos.

Luego apoyó una garra en el suelo.

Después la otra.

Con evidente esfuerzo volvió a incorporarse.

Su único ojo sano seguía fijo en Leon.

Respiraba con dificultad.

Tenía un ojo atravesado por la varita, varias contusiones y el pelaje cubierto de escarcha.

Pero seguía de pie.

Leon apretó los dientes.

—Maldición...

Escupió otra pequeña cantidad de sangre.

—Tan cerca...

Observó al monstruo sin apartar la mirada.

—Tan cerca...

Ambos permanecieron inmóviles durante unos segundos.

Los dos estaban exhaustos.

Los dos heridos.

Y los dos sabían que el siguiente intercambio decidiría quién sobreviviría aquella noche.

Minutos antes, en otra parte del bosque, Snape protegía a Harry, Ron y Hermione.

Por desgracia para él, también tenía que proteger a Black, ya que permanecía cerca de ellos. Sin embargo, no olvidó inmovilizarlo: lo ató con varias sogas encantadas y lanzó varios hechizos que le impedirían transformarse en su forma animaga.

Después levantó la varita y disparó varias chispas rojas al cielo, esperando que Dumbledore, McGonagall o cualquier otro profesor las viera y comprendiera que estaba pidiendo ayuda.

Su mente era un caos.

Por un lado, debía proteger al hijo de Lily.

Por el otro...

Tenía que salvar a Leon.

Su mirada iba constantemente del castillo al bosque.

Esperaba ver aparecer a alguien.

Tal vez Dumbledore.

Tal vez McGonagall.

Incluso Hagrid serviría.

Pero los minutos seguían pasando.

Snape comenzó a desesperarse.

«¿Dónde estás, Dumbledore?», pensó con rabia. «Te envié mi Patronus. ¡Date prisa!»

Apretó la varita con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Snape seguía alternando la mirada entre Harry, inconsciente en el suelo, y la oscuridad del bosque donde Leon había desaparecido.

El tiempo parecía avanzar con una lentitud insoportable.

Entonces volvió a mirar a Harry.

Recordó la promesa que le había hecho a Dumbledore años atrás.

Proteger al hijo de Lily.

Era una promesa que había cumplido incluso cuando aquello significaba arriesgar su propia vida.

Pero ahora...

Su propio hijo estaba en peligro.

A Leon también le había hecho una promesa.

Frente a la tumba de su madre, había jurado protegerlo.

Sus dientes rechinaron.

Por primera vez en muchos años, Severus Snape no sabía cuál de las dos promesas debía cumplir.

Con un movimiento brusco volvió a levantar la varita.

—¡Periculum!

Tres nuevas chispas rojas ascendieron al cielo.

No satisfecho, lanzó otro hechizo.

—¡Bombarda!

La explosión resonó sobre las copas de los árboles como un trueno artificial, esperando que el estruendo llamara la atención de cualquiera que estuviera cerca.

Respiró agitadamente.

Cada segundo que pasaba aumentaba la posibilidad de que Leon ya estuviera...

No terminó el pensamiento.

Se negó a hacerlo.

Entonces, entre los árboles, distinguió una figura gigantesca corriendo a toda velocidad.

—¡Profesor Snape! —rugió Hagrid mientras sujetaba su enorme ballesta.

El alivio apenas duró un instante.

Mucho más atrás aparecieron Dumbledore y la profesora McGonagall, avanzando tan rápido como les permitía el terreno.

Snape no esperó a que llegaran.

En el mismo instante en que vio que Harry y los demás ya no quedarían desprotegidos, echó a correr hacia el bosque.

Solo tenía un pensamiento.

Encontrar a Leon antes de que fuera demasiado tarde.

Snape corría por el bosque sin detenerse.

Apartaba ramas con el brazo libre, esquivaba troncos y cambiaba constantemente de dirección, buscando cualquier señal de Leon.

Nada.

Solo árboles.

Oscuridad.

Y el viento silbando entre las copas.

Su respiración se volvió cada vez más agitada, pero no disminuyó el ritmo. Seguía corriendo, ignorando el cansancio que empezaba a pesar sobre sus piernas.

—¡Leon! —gritó.

Ninguna respuesta.

Continuó avanzando hasta que, al tropezar con una raíz que sobresalía del suelo, estuvo a punto de caer. Alcanzó a apoyarse contra el tronco de un árbol para recuperar el equilibrio.

Por primera vez desde que había entrado en el bosque, se detuvo.

El miedo comenzó a abrirse paso en su mente.

¿Qué pasaría si había llegado demasiado tarde?

¿Qué pasaría si volvía a perder a alguien que había prometido proteger?

Apretó los dientes con fuerza.

No.

Se negó a aceptar aquella posibilidad.

Mientras recuperaba el aliento, su mirada permaneció fija en el suelo.

Entonces lo vio.

Pequeños granizos.

Fragmentos de hielo dispersos entre las hojas secas.

Snape se agachó y tomó uno entre los dedos.

Aún estaba frío.

Su mirada siguió el rastro.

Había más.

Otro.

Y otro.

Como un sendero improvisado.

Lo comprendió al instante.

—Leon...

Aquello no era un fenómeno natural.

Era el rastro que habían dejado los hechizos de hielo de su hijo.

Sin perder un segundo, volvió a correr siguiendo el camino helado.

Cada vez encontraba más señales.

Árboles cubiertos de escarcha.

Marcas de impactos.

Pedazos de hielo esparcidos por todas partes.

Hasta que llegó a un pequeño claro.

Y el corazón se le detuvo.

Leon estaba de rodillas sobre el suelo, completamente exhausto.

Su brazo derecho colgaba sin fuerza.

Frente a él, el licántropo avanzaba lentamente, cubierto de sangre, con un ojo destruido y jadeando, pero aún dispuesto a matar.

Snape reaccionó sin la menor vacilación.

Levantó la varita.

—¡Sectumsempra!

El rayo plateado pasó apenas unos centímetros por encima de la cabeza de Leon.

Un instante después, impactó de lleno contra el hombre lobo.

El licántropo cayó pesadamente al suelo.

Profundos cortes aparecieron por todo su cuerpo, como si cuchillas invisibles lo hubieran atravesado desde todos los ángulos.

La sangre comenzó a brotar en grandes cantidades.

Leon observó la escena con asombro.

Nunca había visto un hechizo como aquel.

Aun así, el licántropo rugió de dolor y, haciendo un esfuerzo monstruoso, volvió a incorporarse.

Snape no le dio ninguna oportunidad.

—¡Rotura!

El hechizo salió disparado y, a mitad de camino, se dividió en dos rayos.

Cada uno impactó en una de las patas traseras del licántropo.

¡CRACK!

El sonido de los huesos rompiéndose resonó por todo el claro.

Las patas quedaron completamente destrozadas.

El hombre lobo cayó de nuevo al suelo, incapaz de sostener su propio peso.

Intentó arrastrarse.

Intentó levantarse.

Pero sus movimientos fueron debilitándose poco a poco.

La sangre se extendía bajo su cuerpo formando un enorme charco oscuro.

Un último gruñido escapó de su garganta.

Después...

Silencio.

Remus Lupin había muerto.

Snape permaneció inmóvil unos segundos observando el cadáver.

Años atrás había creado Sectumsempra pensando precisamente en un enemigo como aquel, después de la cruel broma de Sirius Black que casi le costó la vida.

Había imaginado muchas veces cómo sería enfrentarse nuevamente a un licántropo.

Sin embargo, ahora no sintió satisfacción.

Ni alivio.

Ni deseo de venganza.

Solo indiferencia.

Remus Lupin había dejado de importarle en el mismo instante en que Leon estuvo en peligro.

Guardó la varita y corrió inmediatamente hacia su hijo.

Se arrodilló frente a él y comenzó a examinarlo con rapidez, buscando heridas que pudieran poner en peligro su vida. Su expresión seguía siendo tan severa como siempre, pero sus manos, por primera vez en mucho tiempo, temblaban ligeramente.

Al comprobar que Leon no tenía ninguna herida abierta ni una sola mordedura, Severus dejó escapar un suspiro de alivio que ni siquiera había notado que estaba conteniendo.

Entonces su mirada descendió hasta el brazo derecho del muchacho.

Estaba doblado en un ángulo antinatural.

Lo comprendió al instante.

—Está dislocado.

Sin perder tiempo, sacó su varita.

—¡Brackium Emendo!

Una luz envolvió el brazo de Leon.

Los huesos y articulaciones volvieron rápidamente a su posición correcta. El dolor desapareció casi por completo.

Leon abrió y cerró la mano con asombro.

—Gracias... papá.

Apenas pronunció la palabra, se quedó inmóvil.

Se había avergonzado.

Toda la vida se había dirigido a Severus como padre, con el respeto y la distancia que siempre habían marcado su relación.

Pero después de haber estado tan cerca de morir...

Después de que Severus apareciera para salvarlo...

De que revisara desesperadamente sus heridas...

Y de que lo curara sin perder un segundo...

Aquella palabra simplemente había salido de forma natural.

Snape también permaneció unos segundos en silencio.

No esperaba escuchar aquello.

Siempre había sido padre.

Nunca...

Papá.

Durante un instante no supo qué responder.

Finalmente, dio media vuelta.

—Vamos.

Nada más.

Pero Leon entendió el significado de aquella respuesta.

Su padre no lo había corregido.

No le había dicho que dejara de llamarlo así.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Con esfuerzo intentó ponerse de pie.

Las piernas le temblaban por el agotamiento.

Snape lo observó durante un segundo.

Sin decir una palabra, se agachó y le dio la espalda.

—Sube.

Leon dudó apenas un instante antes de obedecer.

Severus lo cargó sobre su espalda y volvió a emprender el camino hacia el castillo.

Leon apoyó la cabeza unos segundos contra el hombro de su padre.

Una sensación cálida recorrió su pecho.

"Se siente genial que papá me cargue...", pensó.

"Ahora entiendo por qué a Anya le gusta tanto."

Snape alcanzó a escuchar el murmullo.

Quiso responder con alguna observación seca.

Quiso decirle que ya era demasiado mayor para aquello.

Pero la palabra papá seguía resonando en su cabeza.

Al final decidió guardar silencio.

Mientras avanzaban entre los árboles, un pensamiento inesperado cruzó por la mente de Severus.

"¿Cómo habría sido... que mi propio padre me hubiera cargado alguna vez?"

La idea apareció y desapareció casi al instante.

No tenía respuesta.

Continuaron caminando en silencio.

A ambos lados del sendero podían verse las huellas de la batalla.

Granizo cubriendo el suelo.

Arbustos completamente congelados.

Un conejo inmóvil, atrapado dentro de una fina capa de hielo.

Incluso un cuervo permanecía congelado sobre una rama.

Leon observó el paisaje.

Comprendió que todo aquello había sido provocado por Polvo de Diamante.

Y también entendió algo importante.

"Fue este hechizo el que permitió que papá encontrara el camino."

Sin embargo, enseguida comenzaron las críticas en su propia mente.

"En espacios abiertos pierde demasiado alcance."

"Consume mucha magia."

"Y tarda demasiado en cubrir una zona grande."

"Necesito mejorarlo."

Siguieron avanzando hasta que algo llamó la atención de Leon.

Entre la escarcha había una pequeña rata completamente congelada.

Snape apenas le dedicó una mirada.

Iba a seguir caminando cuando Leon habló.

—Papá... espera.

Severus se detuvo.

—¿Qué ocurre?

—Todavía está viva.

Snape arqueó una ceja.

Leon descendió de su espalda y se agachó lentamente junto al pequeño bloque de hielo.

Apoyó la mano izquierda sobre él.

El hielo comenzó a derretirse con cuidado.

—Sí que tiene suerte... o es increíblemente resistente.

Poco a poco el cuerpo del animal recuperó el movimiento.

Leon lo examinó con curiosidad.

—Qué raro...

Acercó un poco más la mano.

—Le falta un dedo en una de las patas.

Las palabras hicieron que los ojos de Snape se abrieran de golpe.

Su respiración se detuvo por un instante.

Las voces de aquella noche regresaron a su memoria.

"Peter está vivo."

"Es una rata."

"Scabbers."

"Le falta un dedo."

Su expresión cambió por completo.

Sacó la varita con un movimiento fulminante.

—¡Finite Incantatem!

La magia envolvió a la rata.

El pequeño cuerpo comenzó a crecer.

Las patas se transformaron en brazos y piernas.

El pelaje desapareció.

Un instante después, un hombre gordo, de cabello ralo y aspecto miserable yacía tendido sobre la nieve.

Peter Pettigrew.

Estaba inconsciente.

Y temblaba violentamente por el frío.

 

 

 

 

 

 

 

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