El frío de la mañana en Dinamarca tenía esa cualidad cortante que te recordaba que no eras bienvenido. Sin embargo, para la familia Valmorth, el clima era lo de menos. La verdadera incomodidad flotaba en el aire, densa y pesada, en la forma de un santuario sintoísta asombrosamente auténtico que había devorado sus jardines frontales.
Donde antes se erguían gárgolas europeas de piedra gris y rosales negros podados con una precisión casi sádica, ahora se levantaba un inmenso torii de madera de ciprés sin pintar. La madera aún olía a bosque fresco, a savia y a tierra húmeda. Era una bofetada cultural, un testimonio del poder aplastante que el Clan Kurogane ejercía sobre ellos en ese momento.
El contraste era brutal, casi cómico si no fuera tan intimidante. La arquitectura lúgubre y gótica de la Mansión Valmorth acechaba en el fondo como una bestia herida, mientras el minimalismo elegante de Japón dictaba las reglas en primer plano. El camino hacia el altar estaba flanqueado por delicadas linternas de papel de arroz que temblaban con la brisa, y ramas frescas de sakaki que purificaban un ambiente que, francamente, apestaba a hipocresía y traición.
A las 10:30 a.m., la élite europea comenzó a tomar sus lugares. Las sillas plegables de madera clara no combinaban en absoluto con los trajes de tres piezas de Savile Row o los vestidos de alta costura parisina. Murmuraban entre ellos. Las tías abuelas de la rama francesa chasqueaban la lengua, ofendidas por la falta de candelabros de oro y excesos barrocos, pero nadie, absolutamente nadie, se atrevía a alzar la voz.
El motivo de su silencio sepulcral estaba de pie en el perímetro del recinto. Samuráis modernos del Clan Kurogane, con trajes de corte impecable que apenas disimulaban la musculatura tensa, llevaban katanas envainadas en la cintura con la naturalidad de quien lleva un reloj de pulsera. Junto a ellos, observando con ojos que parecían escanear los latidos de cada invitado, estaban los representantes oficiales de la Asociación de Héroes. Emanaban un aura tan pesada que hacía difícil respirar. Su simple presencia era un recordatorio físico: Aurion, el arma máxima de Japón, estaba proyectando su inmensa sombra sobre esta boda.
Ryuusei se ajustó el cuello de la camisa. Su disfraz de "Helmut, el Barón belga" le picaba. El traje era a medida, carísimo, pero lo hacía sentir como un pingüino embutido en papel de regalo. Se removió en su asiento, intentando no encorvarse, pero era difícil. No era un estratega calculador, ni un aristócrata engreído. Solo era un chico que, de no ser por todo este caos, probablemente estaría en pijama comiendo cereal y leyendo un manga.
A las 11:00 a.m. en punto, el silencio cayó sobre los jardines como el filo de una guillotina.
Hiroshi Valmorth apareció primero. Llevaba un montsuki negro, la vestimenta formal masculina japonesa. Intentaba mantener la expresión solemne que el rito exigía, pero Hiroshi era veneno puro; su arrogancia se filtraba en la tensión de su mandíbula y en esa media sonrisa torcida de quien se cree dueño del mundo.
Y entonces, caminando con pasos cortos, tan medidos que parecía flotar sobre la grava, apareció Himari Kurogane.
Ryuusei parpadeó, genuinamente impresionado. Era una visión irreal. Himari llevaba el Shiromuku, el kimono completamente blanco que simbolizaba su muerte para el Clan Kurogane y su renacimiento como una Valmorth. La pesada capucha blanca, el tsunokakushi, le cubría la cabeza para ocultar los "cuernos de celos y ego", o al menos eso le había explicado Aiko durante el viaje. Su rostro estaba empolvado de un blanco inmaculado, roto únicamente por el rojo violento de sus labios.
No hubo fanfarrias estridentes, solo el lamento largo y melancólico de los instrumentos de viento tradicionales —el hichiriki y el sho— que erizaba la piel de los presentes.
John Valmorth estaba en la primera fila. Ryuusei, de pie detrás de él en su papel de guardia personal, notó cómo el puño de John se apretaba sobre su rodilla hasta que los nudillos se pusieron blancos, aunque su rostro mantenía una sonrisa diplomática perfecta
El ritual procedió con una lentitud hipnótica. Ryuusei observaba cómo el sacerdote agitaba el haraegushi, la vara con tiras de papel zigzag, purificando el aire. Luego llegó el San-san-kudo. Tres copas de laca roja. Hiroshi bebió, luego Himari. Tres por tres. Nueve sorbos.
Ryuusei dejó escapar un suspiro silencioso. Era extraño. Estar rodeado de enemigos letales y conspiraciones, y sin embargo, encontrar belleza en el rito. Le recordaba un poco a casa. A una vida normal que se le escapaba entre los dedos. Tragó saliva, sintiendo una repentina opresión en el pecho, y su mirada, sin que pudiera evitarlo, se desvió hacia la izquierda.
Allí estaba Hitomi.
Incluso disfrazada, incluso intentando pasar desapercibida, para Ryuusei era como si un foco de luz cálida la iluminara solo a ella. Su cabello blanco recogido, su perfil perfecto, la forma en que respiraba de manera pausada. Ryuusei sintió que las orejas le ardían. Concéntrate, idiota, se regañó a sí mismo, obligándose a mirar de nuevo las copas de laca roja. Alguien va a intentar matarte hoy, no es momento de quedarte embobado.
Una vez concluida la ceremonia espiritual, la tensión se rompió y la hipocresía se desbordó en forma de banquete.
El almuerzo fue un accidente automovilístico entre dos culturas culinarias: caviar danés servido en las mismas mesas que sushi de atún aleta azul traído en vuelo privado desde Tsukiji, y fuentes piramidales de champán francés junto a botellas de sake de pureza insuperable.
En la mesa asignada a la "rama belga" —la coartada del equipo—, la gravedad de la misión chocaba de frente contra el aburrimiento crónico y el metabolismo acelerado.
Brad Clayton apoyaba su enorme barbilla en la palma de su mano, mirando con resentimiento las migajas en su plato. Había pulverizado su porción —un delicado corte de cordero del tamaño de un sello postal— en exactamente tres minutos. Su cuerpo pedía a gritos más calorías.
A dos mesas de distancia, un importante ejecutivo de la Asociación de Héroes, gordo y sudoroso, reía a carcajadas mientras ignoraba olímpicamente una fuente entera de jugosas brochetas de carne wagyu.
Sergei Volkhov, sentado frente a Brad, miraba al ejecutivo con una mueca de profundo disgusto. Sus ojos azules, normalmente fríos, reflejaban un resentimiento oscuro y sentimental. —Míralo —murmuró Volkhov, clavando su tenedor de plata en un trozo de rábano con más fuerza de la necesaria—. Estos puros. Nacen sin poderes, sin la carga que nosotros llevamos, pero se sientan en tronos de oro a reírse mientras desperdician comida que alimentaría a una familia en mi vieja Rusia durante una semana. Me enferman.
Brad ni siquiera lo miró. Su atención estaba fija en la carne. Deslizó su enorme mano izquierda por debajo del largo mantel blanco. Sus ojos parpadearon, iluminándose brevemente con un destello marrón. Usando su manipulación elemental, extrajo minerales del propio suelo y moldeó un diminuto topo de piedra sólida, del tamaño de un ratón de campo. El pequeño gólem de tierra comenzó a escarbar sin hacer ruido por debajo de las tarimas de madera, con la misión sagrada de rescatar al menos dos brochetas.
Charles, sentado a la derecha de Brad, notó el levísimo temblor bajo sus zapatos. Sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en un pánico absoluto.
—Brad... pedazo de animal, ¿qué diablos estás haciendo? —susurró Charles, agarrando la muñeca de su compañero por debajo de la mesa. Sus propias manos, por puro estrés, empezaron a emitir un calor seco, amenazando con chamuscar el mantel de lino.
—Tengo hambre, cerilla sueca —masculló Brad, moviendo los dedos índice y medio para guiar a su roedor geológico—. El trajeado ese ni siquiera respeta a la vaca que murió por él. Es un crimen dejarlo ahí.
—¡Estamos rodeados de héroes de élite y samuráis psicópatas! —siseó Charles, empezando a hiperventilar, los colores de su rostro pasando del pálido al rojo—. ¡Si ven una roca robando carne mágica, nos van a ejecutar por espionaje! ¡Van a hacernos sushi!
Sin pensarlo dos veces, Charles levantó la bota y asestó un pisotón seco, sordo y letal bajo la mesa. El sonido de tierra desmoronándose apenas fue audible por encima de la música de cuerda que amenizaba el almuerzo. Brad soltó un quejido ahogado, sintiendo la desconexión con su gólem, mientras Charles se secaba el sudor frío de la frente con una servilleta de encaje, convencido de que acababa de salvarlos de la Tercera Guerra Mundial.
Al otro lado de la mesa, Aiko mantenía una postura digna de una emperatriz. Comía con una delicadeza, masticando sin abrir los labios, siendo el perfecto ejemplo de la compostura. Sin embargo, su estómago rugía internamente con la furia de una tormenta. Ella también necesitaba más combustible.
En su regazo, oculta por los pliegues del pesado mantel, descansaba la maceta de Sylvan. El pequeño ente biológico en forma de bonsái vibraba ligeramente. Sylvan sentía el hambre de Aiko como propia.
Con una sutileza que haría llorar de envidia al mejor asesino de la historia, Sylvan extendió una liana verde, tan delgada y translúcida como un hilo de pescar. La liana reptó por la pata de caoba de la mesa, se deslizó por el borde esquivando las copas de cristal, se enganchó como un arpón en un jugoso rollo de sushi de anguila de la bandeja central, y retrocedió a la velocidad de un latigazo.
El rollo aterrizó suavemente sobre las rodillas de Aiko. Ella, sin parpadear, sin cambiar en absoluto su plácida sonrisa de cortesía, bajó la mano derecha, tomó el sushi y se lo metió a la boca en un movimiento tan endiabladamente rápido que Volkhov, que estaba literalmente frente a ella, solo vio un borrón y luego a Aiko masticando con una leve sonrisa de satisfacción.
Sylvan agitó sus hojitas felizmente bajo la mesa, y Aiko le regaló una suave caricia en el tallo a modo de agradecimiento.
Ryuusei veía todo esto por el rabillo del ojo y no pudo evitar sonreír, relajando los hombros por primera vez en horas. Eran un desastre. Un ruidoso, caótico y hambriento desastre. Pero eran su desastre.
La fiesta en el exterior alcanzó su punto álgido de falsa alegría. El alcohol comenzó a desatar las lenguas y a derribar las barreras del decoro. Fue entonces cuando Ryuusei la vio moverse.
Hitomi Valmorth se levantó de su mesa. Parecía harta. Tres socios comerciales de la facción de Constantine la habían estado mirando con un hambre que nada tenía que ver con el menú. Caminó cruzando el pasto cuidado, su vestido ondeando suavemente, y pasó justo por detrás de la silla de Ryuusei. No giró la cabeza, no lo miró directamente, pero su codo rozó sutilmente el hombro de él. Un toque ligero, casi imperceptible, antes de desaparecer hacia los pasillos traseros de la mansión.
Ryuusei sintió que el corazón le daba un salto estúpido en el pecho. ¿Fue a propósito? Sí, claro que fue a propósito. Miró a ambos lados. Eider estaba en algún lugar rellenando copas disfrazada de sirvienta, y John estaba ocupado fingiendo interés en la conversación de un noble austriaco.
Con torpeza, Ryuusei se puso de pie, se alisó el traje arrugado y, asegurándose de que nadie prestara atención al guardaespaldas belga, la siguió.
El pasillo lo escupió en un mundo diferente. Hitomi lo había guiado hasta un jardín interior zen. Un patio cuadrado y asfixiantemente tranquilo, compuesto de grava gris rastrillada en círculos perfectos, musgo verde oscuro y un estanque poco profundo donde grandes peces koi de manchas naranjas y negras nadaban en círculos perezosos.
El ruido del banquete y las risas borrachas se sentían a kilómetros de distancia. Aquí solo se escuchaba el murmullo del agua cayendo desde una caña de bambú.
Hitomi estaba de pie frente al estanque. Tenía los brazos cruzados detrás de la espalda, una postura que pretendía ser casual pero que delataba sus nervios. La luz del mediodía que se filtraba por las celosías de madera iluminaba su cabello blanco, dándole un halo casi etéreo. Para Ryuusei, ella no parecía una guerrera capaz de invocar Lanzas Ancestrales; parecía alguien que necesitaba un abrazo. Y eso lo aterraba mucho más que pelear contra Aurion.
Se detuvo a su lado, guardando una distancia prudente de medio metro, frotándose la nuca con torpeza.
—Es un lugar... uh... bonito —logró articular él, sintiendo que su voz sonaba dos tonos más aguda de lo normal.
Hitomi exhaló suavemente, bajando los hombros. Quería retomar lo que habían dejado a medias la madrugada anterior. Quería explorar esa calidez absurda que le llenaba el pecho cuando pensaba en un futuro lejano, un futuro sin guerras, sin el apellido Valmorth, solo con este chico desaliñado y amable a su lado.
—Es hermoso, ¿verdad? —comenzó Hitomi. Bajó el tono de su voz, dándole una cadencia suave, casi aterciopelada, intentando tejer algo de romance en el frío aire danés—. Mira esos peces koi, Ryuusei. Nadan juntos, lado a lado. Dicen que en la antigua cultura oriental, los koi que nadan en parejas representan la lealtad eterna... y la promesa de un futuro próspero juntos.
Hitomi lo miró de reojo a través de sus pestañas, esperando que él captara la metáfora, esperando que tomara su mano, o que al menos la mirara con esa intensidad que le robaba el aliento.
Ryuusei, sin embargo, entrecerró los ojos y se inclinó hacia el estanque, genuinamente fascinado por los peces.
—En realidad... —dijo Ryuusei con total seriedad, usando su tono de "datos curiosos que leí en internet"— nadan juntos para reducir la fricción del agua y conservar energía metabólica. Es pura física de fluidos. Además, mantenerse en formación cerrada confunde el radar visual de los depredadores aéreos, como las garzas. Es un mecanismo de supervivencia brillante para ser un animal sin corteza cerebral desarrollada.
Silencio.
Hitomi parpadeó despacio. Una vez. Dos veces. Sintió que una vena diminuta y molesta amenazaba con palpitar en su frente. Apretó los labios, contando mentalmente hasta tres para no empujarlo al estanque. Es un soldado, se dijo a sí misma. Su cerebro funciona diferente. Tienes que ser más obvia, Hitomi. Más directa.
Ryuusei se enderezó, completamente ajeno al peligro de muerte inminente en el que se encontraba, y le sonrió de forma genuina y cálida.
—Pero tienes razón, son muy bonitos —añadió, su voz suavizándose repentinamente—. Se ven en paz. A veces... no sé, a veces me gustaría tener esa tranquilidad. Simplemente nadar por ahí. Sin preocuparme de herencias, de clanes, de bodas falsas o de tener que romperle la cara a alguien mañana. Solo... estar.
Hitomi sintió que el enfado se evaporaba al instante. Lo miró a los ojos, notando cómo bajo esa fachada de guerrero invencible, solo había un muchacho agotado que anhelaba un hogar. Le gustaba tanto esa faceta de él. Su humildad, su gentileza que no pedía nada a cambio. Se sintió ridículamente cómoda, y decidió saltar al vacío.
—Ryuusei... —comenzó, jugando nerviosa con un mechón suelto de su cabello blanco, sintiendo el calor subir a sus mejillas—. Sobre lo que pregunté antes, en el bosque... lo de los hijos.
Ryuusei la miró, repentinamente muy atento, sus ojos abriéndose un poco más.
—Sé que apenas nos estamos conociendo de verdad —continuó ella, dando medio paso hacia él—, y sé que todo esto, mi vestido, tu traje de barón, es una farsa para el público. Pero... cuando hablabas de tener cuatro hijos. ¿Lo decías en serio? ¿Es eso lo que realmente quieres para tu vida?
Ryuusei se rascó la mejilla izquierda, desviando la mirada hacia sus propios zapatos. Estaba ruborizado hasta las orejas.
—Bueno... ah... supongo que sí. Sí, lo decía en serio —tartamudeó un poco, soltando una risa nerviosa—. Yo crecí en un lugar donde no sobraba el dinero, pero sobraba el ruido, ¿sabes? Un espacio con mucho cariño. Así que la idea de una casa grande, llena de gente corriendo de un lado a otro, donde todos se apoyen y cenen juntos... me suena increíble. ¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que cuatro son... demasiados? ¿Gritan mucho?
Hitomi sintió un pequeño "tic" en su ceja izquierda. ¿Gritan mucho? ¿Acaso cree que estoy evaluando montar una guardería?
Hitomi asintió, su rostro endureciéndose al hablar de las capacidades de su hermano.
—No, Ryuusei —dijo ella, soltando un suspiro largo. Acortó la distancia entre ellos. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo irradiara hacia él. El aroma de su perfume, jazmines con un toque cítrico, lo envolvió—. No hablo de la logística de cuidar niños. Hablo de que... tal vez, después de que todo este infierno de los Valmorth termine... alguien tenga que ayudarte a que esa casa no sea solo un edificio ruidoso, sino un hogar. Alguien que tenga la fuerza de voluntad, y la paciencia, para aguantar tu ritmo de vida.
Levantó la mirada, clavando sus ojos profundamente en los de él, con el corazón martilleando contra sus costillas. El mensaje no podía ser más claro a menos que lo escribiera con luces de neón.
Ryuusei la miró, parpadeando rápido. Sus cejas se fruncieron ligeramente mientras su cerebro procesaba las palabras, buscando la lógica.
—Ah... ¡Wow! ¡Tienes toda la razón! —exclamó Ryuusei, golpeando su puño contra la palma de su mano como si acabara de resolver una ecuación cuántica—. ¡Se necesita mucha energía para eso! Seguramente necesite a alguien muy fuerte para ayudarme a cuidarlos a todos. ¡Le pediré consejos a John! Él parece que sería un gran tío gruñón. O a Volkhov, aunque quizá les enseñe a armar bombas de humo.
Hitomi se quedó petrificada. Sus labios se abrieron ligeramente en un gesto de pura incredulidad.
¿John? ¿Volkhov? Quería gritar. Quería invocar una de sus Lanzas Ancestrales y clavársela en el pie para ver si así despertaba. Es el chico más lindo del universo, pero tiene el cerebro emocional de una tostadora, pensó desesperada.
Antes de que Ryuusei pudiera seguir planeando el organigrama familiar con el equipo táctico, se aclaró la garganta, su tono volviéndose repentinamente mortalmente serio. El cambio fue tan drástico que a Hitomi le dio un pequeño latigazo mental.
—Pero, Hitomi... necesito hacerte una pregunta, cambiando de tema radicalmente —dijo él, su postura relajada desvaneciéndose para dar paso a la tensión previa a la batalla—. Tu hermano, Hiroshi. Sé muy bien que es un usuario de la 5ta Generación. Pero necesito saber específicamente qué hace. Y, más importante aún, ¿cuál es su Arma Ancestral? Si voy a bajar a esa arena y pelear a muerte en unas horas, no puedo ir a ciegas.
Hitomi asintió lentamente, agradeciendo en el fondo el cambio de tema para ocultar su frustración romántica. Su rostro se endureció al pensar en el sádico de su hermano.
—El poder innato de Hiroshi es... repulsivo. Incluso para los estándares retorcidos de nuestra familia —explicó ella, mirando de nuevo al agua ondulante—. Él manipula la densidad molecular de su propia sangre, lo que le permite alterar la cinética de su cuerpo. Lo llamamos "Fricción Cero". Puede eliminar por completo la resistencia del aire o del rozamiento del suelo sobre él.
Ryuusei frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Fricción cero? Eso significa que es rápido. Ridículamente rápido.
—Significa que puede patinar sobre concreto crudo como si fuera hielo recién pulido —completó Hitomi, su voz fría—. Pero lo peor no es su ataque, es su defensa. Si intentas golpearlo, él anula la fricción en el punto exacto del impacto. Tus puños, las patadas, incluso el filo de un arma... simplemente resbalarán sobre su piel, desviando toda tu fuerza cinética hacia los lados. Es físicamente casi imposible conectarle un golpe directo y limpio. Es como intentar golpear humo.
Ryuusei chasqueó la lengua. Su estilo de combate con los Martillos se basaba en la brutalidad del impacto puro, en transferir fuerza de choque. Si Hiroshi podía resbalar esos golpes, el nivel de dificultad se disparaba.
—Entiendo. ¿Y su Arma Ancestral? —preguntó, mirándola fijamente—. Sé cómo funcionan. En la 5ta y 6ta Generación, las armas nacen cuando el portador atesora algo con un valor emocional enfermizo o profundo. ¿Qué es lo que un monstruo como él adora tanto para manifestar un arma?
—El dolor ajeno —respondió Hitomi con asco palpable, cruzando los brazos sobre su pecho—. Su arma es la manifestación de su locura, nacida del recuerdo de la primera vez que torturó a un sirviente que lo traicionó. Él lo llama su "obra maestra". Se llama Banquete de Cuervos.
Hitomi dio un paso atrás, como si el solo nombre contaminara el aire. —Se manifiesta como una guadaña atada a una cadena negra.
Un Kusarigama de acero sombrío. Pero no solo te corta la carne, Ryuusei. Su filo hace algo peor. Cada vez que hace contacto con tu sangre, interrumpe directamente tus sinapsis nerviosas. Te roba los sentidos. Un corte superficial, y pierdes la audición. Dos cortes, y tu visión se vuelve niebla densa. Tres... y ya no sentirás tus propias piernas para huir.
Ryuusei asimiló el nivel de amenaza. Fricción cero para esquivar todo, y un látigo-guadaña que te dejaba ciego, sordo y parapléjico con rozarte. Hiroshi no solo era un oponente de la Singularidad Anacrónica; era una pesadilla táctica.
—Ya veo —murmuró Ryuusei, ajustándose instintivamente los guantes negros que asomaban por las mangas del traje—. Gracias por decírmelo, Hitomi. Tendré que aplastarlo rápido, de un solo golpe, antes de que empiece a desarmar mis sentidos. —Ryuusei sonrió, una sonrisa pequeña, confiada y cálida—. Aunque aún no entiendo muy bien por qué de la nada empezamos a hablar de bebés y niños gritando antes de todo esto.
Hitomi apretó los puños. Estuvo a un milímetro de golpearse la frente contra la barandilla de bambú decorativa. ¡Es de piedra! ¡Mi futuro esposo es de piedra!
Pero antes de que pudiera intentar una aproximación táctica más agresiva —como, digamos, agarrarlo de la corbata y besarlo para ver si su cerebro reaccionaba—, la temperatura del jardín cayó diez grados en un segundo.
Una presencia gélida, cortante como un témpano, se materializó a espaldas de Ryuusei.
—El sabor de la crema del pastel de bodas es un asunto más urgente ahora mismo —dijo una voz monótona y completamente desprovista de emoción.
Eider.
La joven estaba parada como una estatua victoriana viviente entre los arbustos de azaleas. Llevaba su impecable uniforme de maid, con la cofia blanca perfectamente almidonada sobre su cabello. Sus ojos, vacíos e insondables, estaban clavados exactamente en el milímetro de espacio que separaba el brazo de Ryuusei del vestido de Hitomi.
La sirvienta no estaba feliz. El aura de hostilidad que desprendía era tan densa que los pobres peces koi, que segundos antes nadaban en círculos pacíficos, huyeron despavoridos hacia el rincón más oscuro y alejado del estanque.
—¡Santa madre—! —Ryuusei dio un saltito hacia atrás por el susto, llevándose la mano al pecho—. ¡Eider! Por favor, tienes que dejar de aparecer así. No te escuché llegar. ¿No tienes campanillas en los zapatos o algo?
—Mi trabajo es ser invisible y eficiente, señor —respondió Eider, haciendo una reverencia levísima, sin apartar la mirada de Hitomi—. Y tu trabajo es prepararte para el combate de esta noche. No deberías permitir que esta mujer te distraiga de los parámetros de la misión con charlas inútiles sobre... "hogares" y "niños".
Eider lanzó la palabra "mujer" como si estuviera escupiendo veneno.
Hitomi se irguió de inmediato, toda su postura relajada evaporándose. Elevó la barbilla, recuperando en un parpadeo su aplomo aristocrático y el orgullo fiero de los Valmorth.
—No es una distracción —replicó Hitomi, su voz goteando condescendencia—. Es una conversación privada de estrategia emocional entre el líder de mi guardia y yo. ¿Acaso no tienes algún piso de mármol que encerar, sirvienta?
El ambiente en el jardín zen se volvió eléctrico. Si el aire fuera inflamable, una chispa los habría volado a todos por los aires.
Ryuusei miró a Hitomi. Luego miró a Eider. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda. En su mente inocente, no veía a dos mujeres marcando territorio sobre él; veía a dos integrantes vitales de su equipo a punto de iniciar una guerra civil que arruinaría la misión. Él odiaba las peleas internas. Quería que todos se llevaran bien. Quería que fueran... una familia.
—¡Oigan, oigan, oigan! —intervino Ryuusei, poniéndose justo en medio de las dos, extendiendo las manos como un árbitro en un ring de boxeo—. No hay necesidad de ponerse a la defensiva.
Se giró hacia Hitomi, sonriéndole conciliadoramente. —Hitomi, Eider a pesar de que hace poco la conozco, es una persona de confianza . Es una mujer de total palabra. Me ha salvado el pellejo más de una vez.
Luego se giró hacia Eider, frunciendo un poco el ceño en señal de reprimenda suave.
—Y Eider, por favor, sé amable. Hitomi es nuestra aliada más importante en este momento. De hecho, sin su ayuda y su información, mañana podríamos estar muertos. Ella es de los nuestros ahora.
Y entonces, en un arranque catastrófico de optimismo puro y ceguera emocional absoluta, Ryuusei hizo lo impensable.
Extendió su mano derecha y tomó con firmeza la mano de Hitomi. Luego, sin detenerse a pensar en las consecuencias cósmicas, extendió la mano izquierda y entrelazó sus dedos con los de Eider.
Ambas mujeres dejaron de respirar.
—Vamos, chicas —dijo Ryuusei, apretando ambas manos con calidez, su rostro iluminado por una sonrisa que rivalizaba con el sol de verano—. Somos un equipo. Somos compañeros. Deberíamos aprovechar este raro momento de paz para ser amigos de verdad. Eider, deja esa cara de que quieres asesinar a alguien y disfruta de la comida ridículamente cara de la boda. Hitomi, relájate, no seas tan dura con ella. ¡Hagamos las paces! ¡Seamos amigos!
Hitomi se quedó absolutamente congelada, como si le hubiera caído un rayo. El contacto de la mano áspera de Ryuusei envolviendo la suya era cálido, firme y la hacía sentir un ejército de mariposas furiosas en el estómago. Pero girar la vista y ver que su otra mano sostenía a la sirvienta inexpresiva... le provocaba unas ganas irracionales de invocar sus ocho Lanzas Ancestrales e incendiar el maldito jardín botánico hasta los cimientos.
Por el otro lado, Eider bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Sus ojos se abrieron levemente. Contempló los dedos de Ryuusei sobre los suyos con una devoción reverencial, como si estuviera tocando un artefacto divino. Luego, con una lentitud calculada, levantó el rostro y le dirigió a Hitomi una mirada de triunfo absoluto. Una mirada que decía: He ganado.
—Si él lo solicita de forma tan directa... aceptaré tolerar tu presencia —soltó Eider, su voz igual de plana pero con un sutil matiz de arrogancia. Y, para rematar, ignorando por completo el concepto básico de "espacio personal", Eider dio un paso adelante, apretó la mano de Ryuusei y se pegó físicamente a su brazo izquierdo, como una lapa de hielo marcando territorio.
—¿Tolórarme? ¿Tolerar mi presencia? —siseó Hitomi, perdiendo los estribos, sus propios ojos amenazando con brillar con la energía—. ¡Estás en mi casa, intrusa! ¡Tú eres la que está sobrando en esta conversación!
Ryuusei, completamente ciego a la guerra de celos nucleares que se estaba librando a un centímetro de su nariz, y genuinamente convencido de que su plan de "dinámica de grupos" estaba siendo un éxito rotundo, sonrió aún más amplio.
—¡Eso es! ¡Así se habla! —celebró, tirando suavemente de ambas mujeres hacia el pasillo—. Vayamos al salón a buscar algo de comer las dos. Yo invito. Bueno... invito con la tarjeta negra de John, claro. Escuché que Charles dejó algo de pastel.
Eider se dejó arrastrar sin soltar el brazo de Ryuusei, permitiéndose una levísima e imperceptible sonrisa de victoria. Al otro lado, Hitomi caminaba con pasos pesados, apretando la mano de Ryuusei por puro despecho, echando humo invisible por las orejas y preguntándose, por el amor a todos los Kami, cómo el portador de los Martillos del Caos podía ser tan increíblemente estúpido.
El tiempo se escurrió como arena entre los dedos.
La luz del sol pálido de Dinamarca desapareció, engullida por un atardecer gris, y con ella, se esfumó la frágil ilusión de civilidad y etiqueta. A medida que avanzaba la madrugada, la ostentosa fiesta en los jardines y los salones superiores fue muriendo lentamente. Pero no porque los aristócratas y ejecutivos estuvieran cansados o ebrios; era porque la verdadera atracción de la velada, la razón por la que habían viajado desde todos los rincones del globo, estaba por comenzar.
Era un coliseo subterráneo colosal, excavado directamente en la roca viva con maquinaria de precisión y magia elemental oscura. El aire allí abajo era distinto; olía a humedad, a piedra pulverizada, a ozono y al inconfundible y metálico hedor del miedo y la sangre antigua. Las gradas estaban construidas de un mármol negro veteado, elevándose en círculos concéntricos vertiginosos alrededor de un cuadrilátero de combate. El centro de la arena era un círculo de cincuenta metros de diámetro, pavimentado con piedra rúnica gris, diseñada específicamente para absorber impactos que destruirían ciudades enteras.
A las 3:00 a.m. en punto, el coliseo estaba abarrotado.
Miles de espectadores habían descendido por los elevadores privados. Era un mar de sombras y rostros crueles. Allí estaban los magnates del tráfico internacional de armas exóticas, los líderes de facciones criminales secundarias que rendían pleitesía a los Valmorth, los héroes profesionales de alto rango de la Asociación —aquellos cuyos contratos incluían mirar hacia otro lado—, y decenas de samuráis del Clan Kurogane, serios e inmóviles como gárgolas.
El ruido era un monstruo físico. El murmullo colectivo, las apuestas gritadas en cinco idiomas diferentes, el roce de las sedas caras y el tintineo del oro saturaban el espacio. Era una atmósfera tóxica, cargada de una adrenalina enferma. Todos estaban allí para ver caer a un dios.
En el palco de honor, suspendido varios metros por encima de la arena, estaba la realeza de la podredumbre.
Constantine Valmorth reposaba en una silla que más bien parecía un trono tallado en obsidiana. Lady Noelia estaba sentada elegantemente a su derecha, su rostro oculto tras un abanico de plumas negras. Constantine jugaba aburrido con un anillo de oro en su dedo, su rostro convertido en una máscara de indiferencia fingida. Pero sus ojos... sus ojos brillaban con la urgencia rabiosa y sádica de ver la sangre de su competencia manchar el suelo.
A su izquierda, la recién casada Himari Kurogane estaba sentada rígidamente. Aún llevaba el pesado kimono blanco. Sus manos, ocultas bajo las largas mangas, apretaban un abanico de madera con tanta fuerza que sus nudillos crujían de ansiedad.
En un extremo del cuadrilátero, al nivel del suelo, las monstruosas dobles puertas de hierro forjado chirriaron con un gemido agudo que cortó el ruido del público.
Las puertas se abrieron de par en par.
Hiroshi Valmorth entró al ruedo, y la grada estalló en vítores salvajes.
Caminaba como un príncipe loco. La arrogancia irradiaba de sus poros de manera casi visible. Se había arrancado la camisa negra de su montsuki de bodas, dejando su torso pálido y fibrado al descubierto. Su musculatura estaba tensa, perlada de sudor y surcada por viejas cicatrices blancas, testamentos de entrenamientos brutales.
No llevaba armas en las manos, ni armadura en el cuerpo. Solo llevaba unos pantalones holgados de combate y pies descalzos. Pero no las necesitaba. El aire a su alrededor parecía curvarse y distorsionarse, rielando como el asfalto bajo el sol del desierto. Era el aura física de su "Fricción Cero".
Hiroshi se detuvo en el centro exacto de las runas, levantó ambos brazos hacia la multitud y dejó escapar un rugido animal que fue contestado con una ovación ensordecedora por parte de los nobles y los sicarios.
Fueron solo cuarenta segundos de gloria.
Porque en el extremo opuesto, las pesadas puertas del Retador comenzaron a abrirse. El chirrido del metal oxidado fue lento. Pesado.
A medida que el hueco negro del túnel se ensanchaba, el silencio comenzó a barrer la mitad del coliseo como una ola de frío. Las risas se apagaron. Los gritos de apuesta murieron en las gargantas de los ejecutivos.
Ryuusei Kisaragi emergió de las sombras, cruzando el umbral hacia la luz dura de los focos.
Ya no quedaba ningún rastro del amable, tímido y despistado chico que hablaba de peces koi en el jardín. El disfraz de "Helmut" había muerto.
Ryuusei llevaba su traje de batalla completo. Era una armadura liviana de color negro mate, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, reforzada con placas poliméricas de carbono en el pecho, los hombros y las espinillas. Su cabello, aún teñido de blanco por la misión, caía desordenado y rebelde sobre su frente, sombreando sus ojos falsamente rojos por los lentes de contacto.
Caminaba distinto. No había prisa, no había arrogancia. Caminaba con la cadencia pesada, inevitable y rítmica de un verdugo acercándose al patíbulo. Cada paso que daba sobre la piedra rúnica parecía tener un peso insoportable; no desperdiciaba ni un miligramo de energía, no hacía ningún movimiento superfluo. Su respiración era lenta, controlada.
Justo detrás de él, manteniéndose en la penumbra del túnel de entrada, asomaban las figuras de su equipo.
John Valmorth, con el ceño fruncido y magia pura chisporroteando en las yemas de sus dedos. Hitomi, con los brazos cruzados, sus ojos rojos fijos en la espalda de Ryuusei con una mezcla de preocupación y fe ciega. Eider, imperturbable como el hielo. Charles, Brad, Ezekiel, Volkhov y Aiko. Eran pocos, increíblemente pocos en comparación con el ejército que los rodeaba en las gradas. Pero cada uno de ellos estaba en tensión máxima, con los músculos listos para desatar el fin del mundo si a alguien se le ocurría hacer trampa.
John dio un solo paso al frente, asomándose al borde de la luz de la arena. Inspiró profundo, reuniendo su energía. Cuando habló, su voz no solo sonó fuerte, sino que fue potenciada por su propia magia, creando una onda expansiva acústica que golpeó físicamente las paredes del coliseo y silenció por completo a los miles de espectadores.
—¡Las antiguas reglas de sucesión han sido pactadas y selladas con sangre! —rugió John, elevando la barbilla, clavando una mirada asesina directamente en el palco de Constantine—. ¡Este es un duelo sagrado por el derecho de la Sangre! ¡La victoria será declarada únicamente por rendición incondicional... o por muerte absoluta! ¡Yo, John Valmorth, heredero exiliado, presento ante el abismo a mi campeón! ¡Helmut Valmorth!
En el centro del ring, Hiroshi bajó los brazos. Una carcajada aguda, maníaca y rota escapó de sus labios. El sonido rebotó en la piedra como cristales rotos. Se llevó las manos al cuello, haciéndolo crujir a la izquierda y a la derecha con un chasquido enfermizo.
—¡Excelente! —gritó Hiroshi, abriendo los brazos en cruz, convocando todo su poder.
El espacio a su alrededor pareció romperse. Una densa e hirviente niebla de color negro azabache comenzó a exudar de sus palmas desnudas. La niebla se solidificó en fracciones de segundo, formando el frío y pesado acero de unas cadenas grotescas, terminadas en guadañas gemelas que reflejaban la luz con un brillo violeta oscuro. El Banquete de Cuervos había sido convocado al mundo terrenal.
Hiroshi hizo girar la cadena de la guadaña derecha, cortando el aire con un silbido agudo que lastimaba los oídos de las primeras filas.
—¡Prepárate para perder tus sentidos uno por uno, perro belga de mierda! —escupió Hiroshi, su rostro contorsionado por una sonrisa sádica, sus ojos inyectados en sangre y locura pura—. ¡Te voy a dejar sordo, te voy a dejar ciego, y cuando llores suplicando clemencia... te sacaré el corazón latiendo frente a mi patético hermano!
Ryuusei se detuvo a veinte metros de distancia.
No respondió con provocaciones. No soltó ningún discurso arrogante. No había miedo en su postura, ni odio en su mirada. Solo había la calma abismal y aterradora de un soldado de la 5ta Generación que había aceptado que hoy, alguien no saldría caminando de allí.
Ryuusei separó las piernas para afianzar su postura. Extendió ambos brazos hacia los costados, con las palmas abiertas hacia el suelo.
El aire dentro de la arena de repente se volvió insoportablemente denso. Era como si la gravedad misma se estuviera quejando. El espacio físico alrededor de las manos de Ryuusei vibró con tanta violencia que la imagen se distorsionó por completo.
Con un destello cegador de luz carmesí y negra, el peso de la Singularidad Anacrónica cayó sobre la realidad.
Sus dos Martillos se materializaron de golpe en sus manos enguantadas. El peso colosal y antinatural de las Armas Ancestrales fue tal que, en el instante en que Ryuusei cerró los puños alrededor de los mangos, las invencibles losas de piedra rúnica bajo sus botas se resquebrajaron con un estruendo sordo y profundo, enviando una nube de polvo grisáceo a su alrededor.
Ryuusei levantó lentamente la cabeza. Sus ojos falsamente rojos se clavaron en Hiroshi. Debajo de toda esa calma, el poder absoluto e incontrolable del Caos estaba listo para ser liberado.
—Inténtalo.
