El agua de la laguna termal burbujeaba suavemente, emitiendo una densa cortina de vapor que luchaba contra el aire gélido de Dinamarca. Ryuusei, empapado hasta el cuello tras haber sido lanzado, se pasó una mano por el cabello húmedo y soltó una carcajada que resonó en la quietud del bosque. Desde la orilla rocosa, Hitomi lo observaba desde arriba. La tensión de la inminente guerra civil parecía haberse disuelto en esa pequeña burbuja de vapor. Ella también reía, una risa cristalina y genuina que rara vez se permitía mostrar.
Las miradas de ambos chocaron a través de la niebla cálida. Por un instante, el silencio reemplazó a las risas.
—Tienes unos ojos muy hermosos, Hitomi —dijo Ryuusei de pronto, con esa honestidad contundente y sin filtros que lo caracterizaba. Su voz, aunque suave, cortó el murmullo del agua.
Hitomi ladeó la cabeza, recuperando un atisbo de su habitual seguridad. Se cruzó de brazos, fingiendo altivez, aunque la comisura de sus labios la delataba.
—Ya lo sabía, Ryuusei. Un montón de chicos en los círculos de la alta sociedad ya me lo han dicho en incontables banquetes. Si crees que vas a ganar terreno con halagos tan comunes, te falta mucho camino.
Ryuusei bajó un poco la mirada hacia el agua, frotándose la nuca con timidez. Las gotas resbalaban por su rostro.
—Para mí no son halagos vacíos... —respondió, levantando los ojos hacia ella nuevamente, esta vez con una vulnerabilidad absoluta—. Nunca en toda mi vida, en medio de todas las batallas y el caos, había estado al lado de una chica tan hermosa, ni había podido conversar así con ella. Para mis ojos, no es un halago; es simplemente mi forma de exaltar una belleza que me parece irreal.
El rostro de Hitomi, tan pálido como la nieve que los rodeaba, se tiñó de un rojo intenso que nada tenía que ver con el calor de las aguas termales. Desvió la mirada hacia los pinos, incapaz de sostener el peso de la sinceridad de Ryuusei.
—Eres un buen chico, Ryuusei —murmuró ella, con la voz un poco temblorosa, intentando recuperar el control de sus propias emociones.
Sin embargo, esas palabras activaron una alarma estridente en la cabeza de Ryuusei. «Un buen chico». Su mente viajó a la velocidad del rayo hacia el pasado. Recordó aquel día en Canadá, cuando ella había cruzado el mundo entero rastreándolo, cuando le pidió ayuda y él prometió dársela sin dudar. Desde ese preciso instante en la nieve canadiense, Ryuusei se había enamorado de ella. Pero la vida real no te enseña cómo leer el corazón de una mujer. Él había escuchado a sus compañeros bromear en el pasado: Si una mujer te dice que eres un buen chico, significa que te ve como un hermano menor, como un amigo inofensivo. Estás acabado.
El pánico se apoderó de su pecho. Temía que eso fuera todo. No quería ser solo el soldado que la ayudaría a reclamar el trono; quería pasar el resto de su vida con ella, conocerla más allá de los muros de la mansión Valmorth.
Saliendo de su espiral de inseguridades, Ryuusei fingió que el frío empezaba a calarle los huesos. —Hitomi, ¿me ayudas a salir? Las rocas del fondo resbalan mucho —pidió, extendiendo su brazo derecho hacia ella.
Hitomi asintió sin sospechar nada. Se inclinó sobre la orilla, apoyó firmemente sus botas en la grava y le ofreció su mano pálida y delicada. Ryuusei la envolvió con sus dedos ásperos. Pero en lugar de impulsarse hacia arriba, plantó los pies en el fondo del lago y, con un tirón seco pero medido, jaló a Hitomi hacia él.
—¡Ryuusei, no—!
El grito de Hitomi fue silenciado por el sonido del agua al salpicar. Cayó de rodillas en la parte poco profunda de la laguna, empapando por completo su pesado abrigo de invierno y su bufanda. El agua tibia la cubrió hasta el pecho. Ryuusei soltó una carcajada ruidosa, genuinamente divertido por su propia travesura, al ver a la princesa de hielo transformada en un desastre empapado.
Hitomi emergió, apartándose el cabello blanco de la cara, parpadeando con incredulidad. Por un segundo, su instinto asesino pareció despertar, pero al ver a Ryuusei riendo a carcajadas, no pudo contenerse. Juntó las manos bajo el agua y le lanzó un chorro directo a la cara. Él tosió, riendo aún más fuerte, y ella se unió a las carcajadas. Eran solo dos jóvenes, olvidando por unos minutos que el mundo entero pesaba sobre sus hombros.
Cuando las risas se apagaron lentamente, Ryuusei no soltó la mano de Hitomi. Bajo el agua, entrelazó sus dedos con los de ella y su expresión cambió drásticamente. Los ojos del guerrero reemplazaron a los del muchacho.
—Hitomi —dijo en voz baja, con una seriedad—. Te prometo algo. Mañana, en la arena... la muerte de tu hermano será rápida. Usaré toda mi fuerza desde el primer segundo. Te juro que no dejaré que lo veas sufrir. Terminará antes de que te des cuenta.
Hitomi sintió un nudo en la garganta. Sabía que Ryuusei tendría que extraerle el corazón a Hiroshi para matarlo definitivamente; era una ejecución atroz. Que él estuviera pensando en cómo mitigar el dolor emocional de ella, en medio de un combate a muerte, le estrujó el alma. Apretó la mano de él bajo el agua.
—Gracias, Ryuusei. Gracias por preocuparte por mí, incluso en esto.
El silencio que siguió era pesado, pero reconfortante. Tratando de aligerar la densidad del ambiente, Ryuusei soltó una pregunta que le quemaba en la mente desde hacía tiempo:
—Oye, con todo esto de los nobles y los pretendientes... ¿alguna vez tuviste novio?
Hitomi arqueó una ceja, mirándolo con una expresión traviesa, casi pícara, mientras el agua le resbalaba por la barbilla.
—Jamás. Nunca tuve uno. Ninguno valía la pena, además que mi madre vigilaba mis amistades —respondió con orgullo, y luego le devolvió la jugada, entrecerrando los ojos—. ¿Y tú? No me digas que el gran portador de los Martillos del Caos dejó corazones rotos por ahí.
Ryuusei se echó a reír, negando con la cabeza con evidente resignación. —Sería un milagro absoluto si yo consiguiera una novia. Mírame, Hitomi. Nunca he sido bueno con las chicas, me pongo nervioso, no sé qué decir, y la verdad... no soy muy guapo que digamos. Tengo cicatrices y un rostro demasiado común.
Hitomi dio un paso hacia él dentro del agua, acortando la distancia. Levantó su mano libre y rozó ligeramente la mejilla de Ryuusei con sus nudillos, ignorando el frío y la humedad.
—Eres un idiota si crees eso —le dijo, bajando el tono de voz—. Para mí, eres un chico increíblemente guapo.
Ryuusei sintió que el corazón le daba un salto que casi le rompe las costillas. —Gracias... —logró murmurar.
Pero su mente, su peor enemigo, volvió a traicionarlo. Sentía que Hitomi estaba actuando raro. En su memoria, la última vez que habían tenido un momento de paz —aquella salida a la playa— sentía que habían avanzado kilómetros en su relación. Sin embargo, hoy, con el peso de la boda y la guerra, Ryuusei sentía que todo lo que había construido estaba estancado, que no daba el paso definitivo.
Decidió apostarlo todo. Salió de sus pensamientos, enderezó los hombros y la miró a los ojos.
—Hitomi, después de que termine todo el infierno de mañana... después de la boda de Hiroshi. ¿Podríamos caminar a solas y hablar? Solo tú y yo. Necesito decirte algunas cosas.
Hitomi lo miró, percibiendo la urgencia y el significado implícito en sus palabras. Una sonrisa suave y cálida se dibujó en su rostro.
—Claro que sí. Te esperaré.
Ambos soltaron lentamente sus manos, conscientes de que el amanecer estaba a la vuelta de la esquina y necesitaban descansar, aunque fuera un par de horas, antes del día más sangriento de sus vidas. Salieron del lago, escurriendo el agua de sus ropas. Se despidieron con un leve asentimiento y Ryuusei se dio la vuelta para comenzar a caminar hacia la cabaña.
Pero no dio ni tres pasos. Escuchó el crujido rápido de unas botas sobre la nieve a sus espaldas. Antes de que pudiera girarse, Hitomi corrió hacia él, le agarró el hombro y le plantó un beso rápido, pero firme y cálido, en la mejilla.
Ryuusei se quedó congelado, los ojos abiertos de par en par. Hitomi no dijo una sola palabra; se dio la vuelta y salió corriendo hacia la mansión, desapareciendo entre los árboles mientras su respiración agitada dejaba estelas de vapor en el aire.
Ryuusei se llevó los dedos a la mejilla, sintiendo el calor fantasma de los labios de ella. Miró hacia el cielo nublado de Dinamarca y, en un susurro, agradeció a los cielos por semejante milagro.
Al otro lado de los inmensos terrenos, en una de las suites más lujosas y oscuras de la Mansión Valmorth, la atmósfera era sofocante. La habitación estaba impregnada del olor a sábanas de seda húmedas, incienso y el sudor de una noche de placer que apenas acababa de concluir.
Hiroshi Valmorth estaba recostado contra el cabecero de caoba tallada. Su torso desnudo, marcado por cicatrices de entrenamientos brutales, subía y bajaba con calma. A su lado, Himari Kurogane descansaba la cabeza sobre el pecho del hombre que, en unas horas, sería su esposo ante los ojos del mundo.
Hiroshi extendió su brazo y tomó una copa de vino tinto de la mesa de noche, dándole un sorbo lento antes de hablar. Su voz, grave y cargada de una arrogancia enfermiza, rompió el silencio.
—No existe ninguna familia belga Valmorth, Himari.
Himari se incorporó de golpe, agarrando las sábanas para cubrirse el pecho. Sus ojos oscuros, normalmente inexpresivos por la rígida disciplina samurái, se abrieron de par en par por el terror.
—¿Qué? Hiroshi... si eso es cierto, y tu hermano John trajo a forasteros... ¡eso va contra todas las reglas y de tu familia!
Hiroshi ni siquiera se inmutó. Dejó la copa a un lado, acarició el cabello oscuro de Himari con una mano y soltó una carcajada seca, carente de humor.
—Tranquilízate, Himari. No va a pasar nada malo. Las reglas son para los débiles que necesitan protección. Yo soy la protección. Mañana bajaré a esa arena y aplastaré a ese tal "Helmut", el perro callejero que mi querido hermano John trajo creyendo que era un buen guerrero.
Himari frunció el ceño, el miedo aún latiendo en sus venas. No era estúpida; el entrenamiento Kurogane le había enseñado a leer tácticas.
—Si sabes que son impostores... ¿entonces todo esto es una trampa? ¿Por qué dejarías que te acorralen en tu propio territorio?
La media sonrisa de Hiroshi se transformó en una mueca depredadora. Sus ojos brillaron en la penumbra con una ambición sádica.
—Porque es divertido verlos intentar. El plan de John es tan obvio que me da lástima. Él quiere usar a ese perro para eliminarme a mí en combate. Si yo muero, luego irá por nuestro hermano mayor, Constantine. Y una vez que la rama principal esté muerta, John reclamará el trono de los Valmorth junto a Hitomi. Después de todo, nuestra hermanita es la única 6ta Generación de esta casa. Es el arma nuclear perfecta para legitimar su reinado.
Hiroshi se inclinó hacia adelante, la distorsión de su poder —la "Fricción Cero"— haciendo que el aire alrededor de sus puños temblara levemente por la excitación.
—Pero eso no va a pasar, mi querida Himari. Porque cuando el sol salga y yo esté frente a "Helmut", jugaré con él. Dejaré que sienta esperanza, y luego, le arrancaré el corazón del pecho frente a los ojos de todo el inframundo. Con su sangre aún caliente en mis manos, no me detendré ahí. Iré directamente a las gradas y mataré a John yo mismo por traición a la sangre.
Himari tragó saliva. La sed de sangre de su prometido era abrumadora.
—John es fuerte según escuche por parte de los sirvientes mestizos... ¿estás seguro? No te confíes, por favor.
Hiroshi le levantó el mentón con delicadeza, aunque sus ojos eran témpanos de hielo.
—John es un estratega brillante, sí, pero su fuerza física y su nivel generacional son mediocres comparados con los míos. Será fácil. Como pisar una rata.
Para silenciar las dudas de la chica, Hiroshi se inclinó y le dio un beso profundo y posesivo. Cuando se separó, acarició su mejilla.
—Descansa, Himari. Faltan un par de horas para nuestra boda. Mañana será un día largo, y necesito que te veas perfecta cuando corone tus pies con los cadáveres de mis hermanos.
La mañana del 16 de enero despuntó con un frío implacable, pero la maquinaria de los Valmorth no conocía de clima. En la zona de los jardines colindantes al espeso bosque, el escenario de la boda tomaba forma con una rapidez milagrosa.
El choque estético era tan imponente como perturbador. Contra el fondo de los muros góticos y las gárgolas de piedra negra de la mansión, se había erigido un gigantesco Torii de madera roja de ciprés, marcando la entrada sagrada al altar. Linternas de papel de arroz colgaban de los árboles centenarios, y ramas de sakaki adornaban el camino de grava, purificando un terreno que estaba cimentado en sangre. Era un homenaje visual y político al poder del Clan Kurogane.
Los invitados comenzaron a llegar. La aristocracia japonesa del clan de la novia se movía en silencio, vistiendo formales montsuki y kimonos de seda pura, mezclándose extrañamente con los líderes mafiosos europeos que lucían abrigos de piel y trajes a medida.
En la cabaña de invitados, el equipo de Ryuusei terminaba sus preparativos. A pesar del cansancio, operaban con precisión. Brad y Charles se ajustaban los cuellos de sus pesados sacos oscuros, luciendo como guardaespaldas de élite. Volkhov, siempre con su mirada de hielo, revisaba el nudo de su corbata negra como si estuviera afilando un cuchillo.
Por el lado de las mujeres, la elegancia era el camuflaje perfecto. Aiko Ishikawa, a pesar de tener solo 13 años, llevaba un vestido de invierno de corte alto, color azul marino, que la hacía lucir con una madurez y compostura impropias de su edad. Su rostro no mostraba nervios; era la viva imagen de la letalidad. Eider, manteniéndose fiel a su tapadera y a sus propios caprichos, se negaba a usar otra cosa que no fuera su inmaculado traje de maid francés. Sus zapatos no hacían ruido contra el suelo de madera mientras se colocaba un paso por detrás de Ryuusei, lista para servir —y defender— a su amo.
Ryuusei se ajustó las mangas de su traje. Su identidad como "Helmut" le exigía lucir regio, pero sentía que la tela lo asfixiaba. Respiró hondo. El juego final había comenzado.
El murmullo en los jardines cesó de golpe cuando los instrumentos tradicionales de viento —el hichiriki y el sho— emitieron un lamento agudo y prolongado que erizó la piel de todos los presentes.
Ryuusei estaba de pie cerca de las primeras filas de sillas de madera clara, fingiendo ser parte de la escolta diplomática de la "rama belga". Desde su posición, podía ver cómo los nobles más jóvenes de diversas facciones europeas y asiáticas se acercaban sigilosamente a las sillas reservadas para la rama principal Valmorth. Su objetivo era evidente: Hitomi. La rodeaban como buitres elegantes, intentando conquistarla, halagarla y asegurar una alianza con el útero más poderoso del planeta.
Ryuusei apretó los puños, debatiéndose internamente sobre cómo acercarse a ella sin levantar sospechas ni romper su personaje. No sabía cómo demonios espantar a esa jauría de aristócratas arrogantes.
Sin embargo, no tuvo que hacer nada. Para su sorpresa, una figura de cabello blanco y abrigo impecable se deslizó ágilmente entre la multitud, alejándose de las primeras filas. Sin hacer contacto visual con nadie, Hitomi caminó directamente hacia la fila donde estaba Ryuusei y se sentó con elegancia en la silla vacía justo a su izquierda, rozando su hombro sutilmente.
Ryuusei abrió los ojos sorprendido, inclinándose un poco hacia ella.
—Hitomi... —susurró, asegurándose de que nadie más los escuchara—. ¿Cómo dormiste?
—Muy bien, dadas las circunstancias —respondió ella en voz baja, manteniendo la vista fija en el altar, aunque una pequeña sonrisa asomaba en sus labios.
—¿Por qué huiste hasta acá y te sentaste junto a mí? Las sillas de la realeza están allá adelante.
Hitomi exhaló suavemente, ajustando los pliegues de su falda. —Porque eres la única persona en todo este maldito evento con la que me siento cómoda, Ryuusei. Si me quedaba un minuto más allá adelante, iba a invocar una Lanza y empalar a un duque sueco que no paraba de hablarme de sus viñedos.
Ryuusei parpadeó, asombrado por la crudeza.
—¿De verdad? ¿No tienes abuelos, tíos o primos con los que puedas hablar tranquilamente? Es tu familia, al fin y al cabo.
Hitomi soltó un bufido despectivo.
—Absolutamente todos me caen mal, Ryuusei. Son víboras venenosas. Las únicas personas en esta propiedad que realmente me caen bien y con las que tolero hablar son los sirvientes... y tú.
Ryuusei no pudo evitarlo y dejó escapar una pequeña risa ahogada. Hitomi también rió en voz baja, compartiendo ese secreto privado a plena vista del enemigo.
De pronto, el ritmo de la música cambió, volviéndose más lento y rítmico. Hitomi se inclinó un poco más hacia Ryuusei, rozando su brazo. —No entiendo nada de esto —murmuró ella, fascinada por la decoración y el ambiente—. ¿Cómo funcionan las bodas japonesas tradicionales, Ryuusei?
Ryuusei, recordando sus raíces y la historia que había leído sobre la cultura de su país de origen, adoptó un tono suave para explicarle.
—Es un ritual sintoísta. Se trata de purificación y la unión no solo de dos personas, sino de los espíritus de ambas familias. En unos minutos, el sacerdote agitará una vara de papel para limpiar las malas energías... aunque creo que aquí necesitaría un huracán para limpiar tanta hipocresía. Luego viene el San-san-kudo, el rito de beber sake de tres copas diferentes. Tres sorbos por copa, nueve en total. Es el sello irrompible.
Mientras Ryuusei hablaba, el público contuvo el aliento. Desde el flanco derecho del jardín, Himari Kurogane apareció. Llevaba el Shiromuku, el pesado y sofocante kimono blanco que simbolizaba su muerte para su clan y su renacimiento como una Valmorth. Caminaba con la cabeza gacha, oculta bajo la pesada capucha del tsunokakushi, flanqueada por cuatro imponentes samuráis del Clan Kurogane vestidos con armaduras ceremoniales rojas.
Simultáneamente, desde el flanco izquierdo, Hiroshi Valmorth avanzó hacia el altar vistiendo un montsuki negro. Estaba escoltado por la guardia de élite de los Valmorth, hombres letales cuyos rostros estaban ocultos tras máscaras negras inexpresivas.
Los dos depredadores caminaban hacia el centro del altar, y Ryuusei, sin quitarle los ojos de encima al hombre al que tendría que asesinar en unas horas, procedió a susurrarle al oído a Hitomi cada detalle oscuro y hermoso del ritual que estaba a punto de presenciar.
Bajo la inmensa sombra del Torii de ciprés rojo, el sacerdote sintoísta agitó su vara ceremonial, marcando el final del ritual sagrado. El silencio en los jardines de la mansión Valmorth era absoluto, roto únicamente por el crujir de la escarcha bajo las botas de los guardias. Hiroshi Valmorth, con una sonrisa que destilaba una arrogancia glacial, se inclinó hacia Himari Kurogane. Levantó con lentitud la pesada capucha del tsunokakushi que cubría el rostro de la joven y selló la unión con un beso profundo y posesivo. En ese preciso instante, Himari Kurogane dejaba de existir; ahora era Himari Valmorth.
Desde la primera fila de asientos, Hitomi observaba la escena. A pesar del terror que su hermano Hiroshi inspiraba y de la inminente guerra de sangre que se desataría en unas horas, una extraña calidez le oprimió el pecho. Ver a sus hermanos mayores cumpliendo con los ciclos de la vida —primero Constantine, el heredero y líder, y ahora Hiroshi— removió algo profundo en su interior.
Era el peso de la familia, el anhelo silenciado de que, debajo de toda esa monstruosidad genética, pudieran ser simplemente personas. Sus ojos rojos se cristalizaron y unas pequeñas lágrimas se abrieron paso por sus pálidas mejillas.
Ryuusei, que se encontraba de pie a unos pasos de ella manteniendo su fachada de escolta, notó el sutil quiebre en su estoica postura. Se inclinó ligeramente hacia ella, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharlo.
—Hitomi... ¿estás bien?
Hitomi parpadeó rápidamente, llevándose un dedo al borde del ojo para limpiar la humedad antes de que cualquier aristócrata la notara. Se irguió en su asiento, recuperando su máscara de hielo.
—No es nada —respondió con voz firme, aunque un ligero temblor la delataba—. Solo se me ha metido algo en el ojo con el viento. Eso es todo.
Ryuusei asintió lentamente, leyendo perfectamente a través de la mentira. Comprendió que ella no quería mostrar debilidad en público, así que no hizo más preguntas, limitándose a quedarse a su lado como una sombra protectora.
Una sirvienta de alto rango, vestida con un uniforme negro impecable, se situó en el centro del pasillo de grava y, con una reverencia perfecta, alzó la voz para dirigirse a los líderes del inframundo y a la aristocracia europea y japonesa.
—Damas y caballeros, la ceremonia ha concluido. Por favor, sigan a la guardia hacia el gran salón principal de la mansión. El banquete en honor a los recién casados está servido.
Los invitados comenzaron a levantarse, formando una marea de abrigos de piel, kimonos de seda y joyas invaluables que se dirigía hacia las inmensas puertas de roble de la mansión. Hitomi se puso de pie y, en un gesto instintivo que ignoraba todo protocolo, tomó a Ryuusei por la manga del saco.
—Ven, vamos adentro. La comida de los banquetes suele ser insípida, pero muero de hambre —dijo, intentando arrastrarlo con ella hacia la multitud.
Sin embargo, Ryuusei plantó los pies en el suelo, frenándola suavemente. Su expresión se volvió tensa.
—No puedo ir, Hitomi.
Ella se giró, frunciendo el ceño. —¿De qué hablas? Eres un invitado, bajo el disfraz de la rama belga, tienes que almorzar.
—Esta mañana, tu hermano Constantine interceptó a mi equipo —explicó Ryuusei, bajando la voz al nivel de un susurro conspirativo—. Nos informó que, por decisión explícita de Hiroshi, la "rama baja de Bélgica" tiene estrictamente prohibido el paso al gran salón durante el banquete.
Somos indignos de sentarnos en la misma mesa que los Kurogane y la rama principal. No podemos entrar.
La decepción cruzó el rostro de Hitomi, seguida rápidamente por un destello de ira hacia la soberbia de sus hermanos. Suspiró profundamente, aceptando la realidad con tristeza. La guerra fría entre facciones no daba tregua ni siquiera en las bodas.
—Es ridículo —murmuró ella—. Pero está bien. Quédate aquí en los jardines exteriores. Le diré a una de mis sirvientas de confianza que les lleve comida a escondidas a la cabaña o a donde estén. No voy a permitir que pasen hambre antes del coliseo.
Ryuusei le sonrió, sintiendo que esa pequeña muestra de rebeldía de Hitomi valía más que cualquier banquete. —Te lo agradezco.
Mientras Hitomi se daba la vuelta para seguir a la multitud hacia el salón, los ojos de Ryuusei escanearon el perímetro, buscando a los miembros de su equipo. A unos veinte metros de distancia, cerca de los arbustos decorativos, vio a Eider. Mantenía su tapadera a la perfección, vistiendo su pulcro traje de maid francés, con la mirada serena y las manos entrelazadas frente a ella.
Pero algo andaba mal. Un hombre mayor, con el rostro enrojecido por el alcohol de la recepción previa y vestido con un traje europeo excesivamente caro, se le había acercado. El hombre le hablaba al oído mientras deslizaba una de sus manos por la cintura de Eider, bajando descaradamente hacia sus muslos.
La sangre de Ryuusei hirvió. Sus músculos se tensaron, preparándose para salir disparado e intervenir.
Pero no hizo falta.
Con una velocidad que el ojo humano apenas pudo registrar, Eider giró sobre sus talones. Su rostro no mostró ni una pizca de emoción, pero su cuerpo fue un látigo letal. Con su rodilla derecha, asestó un golpe brutal y preciso directamente en los genitales del hombre. El noble soltó un quejido ahogado, sus ojos desorbitados, y cayó de rodillas, incapaz de respirar.
En el mismo segundo en que el hombre caía, Eider deslizó su mano por debajo del pliegue de su falda, sacó un cuchillo de combate que llevaba oculto en sus pantis y, con un movimiento fluido, colocó el filo helado a un milímetro de la yugular del hombre arrodillado.
—Si vuelves a poner una de tus sucias manos sobre mí —susurró Eider, su voz sonando como el siseo de una víbora—, te juro que te abriré la garganta antes de que tu cerebro procese que estás muerto. ¿Fui clara?
Ryuusei se detuvo en seco, genuinamente asombrado. Sabía que Eider era peligrosa, pero ver su defensa personal ejecutada con tanta frialdad, sin usar sus poderes y manteniendo la elegancia de su disfraz, era aterradoramente fascinante.
El hombre asintió frenéticamente, llorando del dolor. Eider, satisfecha, apartó el cuchillo y comenzó a guardarlo de nuevo en su muslo, recuperando su postura tranquila. Sin embargo, el instinto de Eider estalló. No sintió una amenaza física tradicional, ni el calor de un ataque inminente. Sintió una atracción. Una fuerza invisible, densa y colosal que deformó el espacio a su alrededor. No era un tirón sentimental, era la fuerza de la física misma doblegándose.
Antes de que pudiera reaccionar, sus pies abandonaron el suelo. Salió volando hacia atrás con una violencia extrema, arrastrada por un campo de gravedad artificial. Su cuerpo atravesó el aire durante quince metros hasta que su cuello chocó contra una mano gigantesca que la atrapó en el aire.
Constantine Valmorth, el primogénito, el líder de la casa y usuario de 5ta Generación, sostenía a Eider por el cuello, elevándola del suelo. Su traje de novio estaba impecable, pero sus ojos inyectados en ira demostraban que había presenciado la humillación de su invitado.
Eider empezó a asfixiarse. Sus piernas pateaban el aire. Ryuusei vio tal escena que su primer instinto de asesino fue llevar la mano a sus dagas de teletransportación para rebanarle el brazo a Constantine y escapar con Eider en un parpadeo. Pero un pensamiento gélido lo frenó: «Mis verdaderos poderes no están activos al cien por ciento. Necesito mi máscara del Yin y Yang. Si me la pongo aquí, frente a todos, la Asociación de Héroes y cada líder del inframundo sabrá quién soy. Me llevarán preso. Y lo peor... arruinaré el plan de Hitomi y John».
Ryuusei apretó los dientes, tomando la decisión más dolorosa de su vida: guardó las manos y dejó que la ahorcaran para no comprometer la misión.
Al ver la escena, a Ryuusei le vino la culpa, dejar a una persona por la cual había sido muy dificil acercase a ella y poder llamarla amiga. no lo pensó otra vez y rompió su formación y corrió a toda velocidad hacia el patriarca.
—¡Constantine, suéltela! —gritó Ryuusei, frenando a un par de metros del líder Valmorth, intentando mantener un tono de falsa sumisión—. ¡Por favor, déjela! Ese hombre la estaba tocando de forma mañosa sin su consentimiento. Ella solo se defendió por instinto.
Constantine apretó un poco más el agarre. Eider soltó un pequeño gemido ahogado, su rostro empezando a tornarse de un tono violáceo.
—¿Se defendió? —La voz de Constantine era un trueno grave que hizo eco en el jardín—. El hombre al que tu "sirvienta" acaba de golpear y amenazar con un cuchillo es el mismísimo Ministro de Salud de Dinamarca. Uno de nuestros aliados políticos más valiosos en Europa.
Ryuusei tragó saliva, dándose cuenta de la magnitud del problema diplomático, pero su lealtad hacia su equipo era inquebrantable.
—Le pido mil disculpas en nombre de mi casa. Asumo toda la responsabilidad. Le juro que no volverá a pasar, pero por favor, suelte a la chica ahora mismo, o la va a terminar matando.
Constantine giró el cuello, haciendo crujir sus vértebras, y clavó sus ojos rojos en Ryuusei.
—Acepto tus disculpas. Pero no voy a soltar a esta basura insolente. ¿Y tú quién te crees que eres para darme órdenes en mi propia casa, frente a mis invitados?
—Soy Helmut Valmorth —respondió Ryuusei, irguiendo la espalda y usando el nombre de su tapadera con firmeza—. Soy de la rama de Bélgica. Somos familiares, Constantine. Somos sangre.
Constantine soltó una carcajada amarga y llena de desprecio.
—Me importa un carajo de dónde vienes o si compartimos una gota de sangre lejana. Las ramas bajas no son más que perros a los que les permitimos usar nuestro apellido. No voy a soltarla. Se ahogará aquí mismo como castigo.
Eider estaba perdiendo el conocimiento; sus manos pálidas dejaron de forcejear contra el brazo de Constantine, cayendo inertes a sus costados. La mente de Ryuusei trabajaba a mil por hora. «Si invoco mis martillos, si uso mi poder de 5ta Generación ahora mismo y le arranco la cabeza, salvo a Eider... pero Hiroshi se dará cuenta de todo, John será ejecutado por traición y Hitomi morirá. Será un escándalo internacional.»
Estaba a un segundo de sacrificar la misión por la vida de su compañera, cuando una voz cortó el aire como el hielo.
—¡Constantine, bájala inmediatamente!
Hitomi Valmorth apareció a paso apresurado, su aura blanca de 6ta Generación filtrándose ligeramente por los poros de su piel, generando una bajada de temperatura repentina en todo el jardín. Sus ojos rojos brillaban con una furia inusual.
Constantine miró a su hermana menor. Por un segundo, evaluó la situación. A pesar de que él era el líder, sabía que el poder bruto de una 6ta Generación era inestable y destructivo. Chasqueó la lengua con fastidio.
—Bien. Solo porque tú lo pides, hermanita.
Constantine abrió la mano, soltando a Eider de forma brusca y despectiva, dejándola caer como un saco de huesos. Ryuusei se lanzó al suelo, deslizando sus rodillas sobre la escarcha, y logró atrapar a Eider justo a tiempo para evitar que su cabeza se estrellara contra el pavimento de piedra.
Constantine se ajustó los puños de su saco de novio y se dirigió a Ryuusei, que sostenía a Eider inconsciente en sus brazos.
—Que sea la última vez que una situación como esta ocurre bajo mi techo, Helmut.
—No volverá a pasar —respondió Ryuusei entre dientes, con la mirada fija en el suelo.
Constantine sonrió, pero era una sonrisa carente de empatía.
—Me alegra que lo entiendas. Ahora... como dicta la ley de los Valmorth, los miembros de la rama baja deben arrodillarse para pedir clemencia ante el líder del clan cuando cometen una ofensa de este grado. Arrodíllate ante mí y pide perdón por la insolencia de tu sirvienta.
El silencio cayó sobre el jardín. Algunos invitados rezagados se detuvieron a observar el castigo humillante.
Hitomi dio un paso al frente, poniéndose entre su hermano y Ryuusei.
—Constantine, detén esto. No es necesario llegar a este punto. Ya la soltaste, el incidente terminó. Déjalo ir.
Constantine fulminó a Hitomi con la mirada.
—¡Cállate, Hitomi! —rugió, su voz cargada de la misma autoridad opresiva que había usado su padre, Torben Valmorth—. Serás una 6ta Generación, el trofeo más grande de nuestra casa, pero no eres más que una niña asustada. No tienes ni un gramo de experiencia en combate real, no has liderado nada en tu vida, y no vas a venir a darme lecciones de cómo mantener la disciplina. No quiero armar un caos en la boda de nuestro hermano, así que mantente al margen.
Las palabras fueron como un látigo. Hitomi apretó los puños, pero antes de que pudiera replicar, Ryuusei dejó a Eider con cuidado sobre la hierba y se puso de pie. La sumisión había desaparecido de sus ojos.
—Oye, Constantine... —dijo Ryuusei, su voz grave, despojada de cualquier tono de respeto—. Esa no es la maldita forma de hablarle a una mujer. Y muchísimo menos a tu propia hermana.
El rostro de Constantine se desfiguró por la ira. En una fracción de segundo, la gravedad alrededor de su puño derecho se multiplicó por cien. Sin previo aviso, acortó la distancia y lanzó un golpe directo, cargado con el peso de una tonelada métrica, directo a la barriga de Ryuusei.
El impacto sonó como un cañonazo.
Ryuusei sintió que sus órganos internos chocaban contra su columna vertebral. Sus pies se despegaron del suelo, el aire abandonó sus pulmones de golpe, y cayó pesadamente sobre sus rodillas, escupiendo un hilo de saliva y sangre. El dolor era atroz. Un humano normal habría muerto partido por la mitad, pero su resistencia de 5ta Generación absorbió el daño letal, aunque el sufrimiento físico era innegable. Casi se desmaya por el colapso nervioso.
Hitomi ahogó un grito, llevándose las manos a la boca.
Constantine lo miró desde arriba, imponente.
—Arrodíllate como es debido. Y pide disculpas.
Ryuusei, temblando por el shock del golpe, levantó la cabeza lentamente. Una sonrisa desafiante y ensangrentada se dibujó en su rostro.
—Yo... no me arrodillo... ante nadie. Ni ante reyes, ni ante dioses... y mucho menos ante un idiota.
Constantine cerró los ojos por un segundo, asintiendo lentamente.
—Tienes agallas, perro belga. Lo admito. Pero tu falta de respeto acaba de cruzar la línea. Por atreverte a desafiar al líder de los Valmorth frente a mis invitados, te llevarás un castigo ejemplar para que todo el inframundo vea qué le pasa a quienes olvidan su lugar.
Levantó la mano y chasqueó los dedos.
—Es hora de que reciba el castigo de Hellvil.
Cuatro sirvientes gigantescos, pertenecientes a la guardia pretoriana de la familia, aparecieron de las sombras. Agarraron a Ryuusei por los brazos. Él no opuso resistencia; usar sus poderes ahora arruinaría el plan maestro y pondría en riesgo la vida de Hitomi. Dejó que lo arrastraran.
En medio del jardín, lo empujaron contra un grueso pilar de madera que formaba parte de la estructura decorativa. De un tirón brutal, le rasgaron la camisa y el saco, dejándolo con el torso completamente desnudo a merced del viento helado de enero. Las cicatrices de sus antiguas batallas quedaron expuestas, causando un murmullo entre los nobles.
Lo amarraron con cadenas de acero al pilar, inmovilizándole los brazos y las piernas. Hitomi dio un paso al frente, desesperada.
—¡Constantine, detente! ¡No es necesario llegar a tales extremos, esto es una locura, es el día de Hiroshi!
Constantine se giró hacia ella con una mirada psicópata. —Si dices una sola palabra más, Hitomi, te juro que le irá mucho peor. Lo desollaré vivo.
Hitomi se congeló. Sabía que su hermano no estaba fanfarroneando. Si intervenía, Ryuusei sufriría más.
Uno de los sirvientes se acercó a Ryuusei. Le colocaron una pesada venda de cuero sobre los ojos, sumiéndolo en la oscuridad absoluta. Inmediatamente después, le ajustaron una mascarilla de asfixia que cubría su nariz y boca. Era un dispositivo de tortura antiguo: restringía la entrada de oxígeno al mínimo indispensable para mantener a la víctima consciente, y bloqueaba por completo cualquier intento de gritar. El pánico primario de la asfixia inundó la mente de Ryuusei.
A Constantine le entregaron una vara de metal negro, pesada y ornamentada. Activó un mecanismo en la empuñadura, y la vara comenzó a zumbar, calentándose rápidamente hasta que la punta de hierro brilló con un rojo incandescente. Era un arma diseñada específicamente para causar el mayor dolor térmico posible.
—Tres minutos —sentenció Constantine, posicionándose detrás de Ryuusei.
El primer golpe cayó sobre la espalda desnuda de Ryuusei con la fuerza de un verdugo.
El sonido de la carne quemándose chisporroteó en el aire helado. Ryuusei arqueó la espalda violentamente. El dolor fue indescriptible. Sus células intentaban regenerar la quemadura de tercer grado al instante, pero el calor residual seguía fundiendo los tejidos nuevos, creando un bucle infinito de destrucción y sanación que multiplicaba el sufrimiento por mil.
Intentó gritar, pero la mascarilla ahogó su voz, convirtiendo su agonía en un gemido sordo y patético.
El segundo golpe cruzó su hombro derecho. El tercero, sus costillas. Durante tres eternos minutos, el jardín se llenó del sonido rítmico del metal candente golpeando la piel humana, el olor a carne quemada, y la respiración pesada de Constantine. Hitomi observaba, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas, clavándose las uñas en las palmas de las manos hasta sangrar, obligándose a no intervenir para no empeorar su destino.
Ryuusei soportó cada golpe. Su cuerpo temblaba espasmódicamente. El castigo de Hellvil no era solo físico; la falta de oxígeno le causaba alucinaciones, la ceguera lo desorientaba. Pero su voluntad era de titanio. No le daría a Constantine el placer de verlo desmayarse.
Cuando el reloj marcó exactamente los tres minutos, Constantine soltó la vara humeante en la nieve, donde siseó al contacto con el hielo.
—Suéltenlo.
Los sirvientes le quitaron la máscara y la venda, y soltaron las cadenas. Ryuusei cayó al suelo, respirando agitadamente, con la espalda convertida en un lienzo de quemaduras humeantes que ya comenzaban a cicatrizar a un ritmo inhumano, dejando gruesas marcas rojizas. Constantine se dio la vuelta y caminó hacia la mansión, seguido por los invitados, dejando a la "basura" atrás.
En el momento en que Constantine desapareció por las puertas, Hitomi corrió hacia Ryuusei. Se tiró al suelo, sin importarle manchar su abrigo de seda con la sangre y la nieve derretida. Lo tomó por los hombros con una delicadeza extrema.
—Ryuusei... Ryuusei, mírame —sollozó ella, pasándole un brazo por debajo del cuello para levantarlo—. Tenemos que sacarte de aquí. Vas a estar bien. Eres fuerte, lo sé.
Con la ayuda de uno de los guardias personales de John, que había observado todo en silencio, Hitomi levantó a Ryuusei y, evadiendo los salones principales, lo llevó por los pasadizos secretos del servicio hasta la sala médica privada de la mansión.
El olor a antiséptico y lavanda lo sacó lentamente de la inconsciencia. Ryuusei parpadeó, sintiendo la luz artificial de la sala médica sobre su rostro. Lo primero que notó fue que su cuerpo ya no dolía.
Su regeneración había hecho su trabajo: las horribles quemaduras de su espalda se habían desvanecido, dejando su piel intacta, aunque su cuerpo se sentía drenado de energía por el esfuerzo celular. Estaba recostado boca abajo en una camilla mullida, cubierto por una sábana limpia.
Giró la cabeza hacia la derecha. Allí, sentada en una silla incómoda junto a la camilla, estaba Hitomi.
La visión lo dejó sin aliento. La hermosa chica de cabello blanco se había quedado dormida, con la cabeza apoyada en el borde del colchón. Pero lo que hizo que el corazón de Ryuusei latiera con fuerza fue darse cuenta de que ella sostenía su mano derecha entre las suyas, entrelazando sus dedos con fuerza incluso en sueños, como si temiera que él desapareciera.
Ryuusei sonrió débilmente. Con la mano libre, acarició suavemente el cabello de ella.
—Hitomi... despierta.
La chica dio un respingo, abriendo sus grandes ojos rojos, desorientada por un segundo. Al darse cuenta de que Ryuusei estaba despierto y viéndola, se ruborizó violentamente y sacó sus manos de las de él a la velocidad del rayo, acomodándose en la silla, intentando recuperar su dignidad.
—Estás despierto —dijo, aclarándose la garganta, aunque el alivio inundó su rostro—. Me alegra tanto que estés bien, Ryuusei. Tu capacidad de curación es monstruosa, no queda ni una sola marca en tu espalda.
Ryuusei se incorporó, sentándose en el borde de la camilla y cubriéndose el torso con la sábana.
—Gracias por traerme a la sala médica y... por cuidarme. ¿Cómo está Eider? ¿Despertó?
Hitomi asintió rápidamente, tranquilizándolo.
—Está bien. Despertó hace un rato. John se encargó de llevarla a la cabaña con el resto de tu equipo. Sus signos vitales están perfectos, la gravedad de Constantine solo la asfixió temporalmente. Se recuperará por completo.
Ryuusei soltó un suspiro de alivio genuino. —Menos mal. Odiaría que algo le pasara por mi culpa.
Hitomi se puso de pie, su mirada volviéndose un poco más tímida. —Ryuusei... ¿crees que puedes caminar?
Él flexionó los hombros, sintiendo cómo los músculos respondían a la perfección.
—Sí, estoy al cien por ciento. Ya estoy bien. ¿Por qué lo preguntas?
Hitomi lo miró a los ojos, con una mezcla de aventura y melancolía.
—El banquete va a durar un par de horas más. Nadie estará en las alas superiores de la casa. ¿Quieres caminar un rato conmigo? Te puedo mostrar un poco de la mansión de manera escondida.
Ryuusei no lo dudó ni un microsegundo. Aceptó de inmediato. No le importaba la mansión, los lujos o los pasillos; era la oportunidad perfecta para aprovechar, estar cerca de ella y admirar su belleza en soledad, lejos de la política y la guerra. Se puso una camisa limpia que Hitomi había conseguido y ambos salieron al pasillo.
Caminaron en silencio por las inmensas galerías de la segunda planta. El suelo de roble crujía suavemente bajo sus pasos. La mansión Valmorth, desde adentro, no parecía una casa; parecía un museo dedicado al egocentrismo humano. Las paredes estaban forradas de tapices oscuros y, cada dos metros, se alzaban imponentes retratos pintados al óleo de los antepasados de la familia.
Ryuusei se detuvo a observar los recuadros. Todos los hombres y mujeres en esas pinturas compartían rasgos perturbadoramente similares: rostros pálidos, casi cadavéricos, expresiones severas, cabello de un blanco inmaculado y ojos de un rojo profundo que parecían seguirte con la mirada. Las vestimentas iban desde armaduras medievales hasta trajes victorianos.
—Tengo que decirlo... —murmuró Ryuusei, rompiendo el silencio, cruzándose de brazos—. Todos tus familiares parecen vampiros en estas pinturas. Son muy intimidantes. Siento que en cualquier momento uno va a salir del cuadro a morderme el cuello.
Hitomi soltó una carcajada sincera, el sonido rebotando en los altos techos de la galería.
—La verdad es que sí, lo parecen —admitió, señalando el retrato de un duque del siglo XVIII—. Pero te aseguro que no chupamos sangre. Aunque, considerando las cosas que hacen Constantine e Hiroshi, tal vez el vampirismo sería un defecto menos horrible.
Ryuusei también se rió. Caminó unos pasos más, observando la interminable línea de rostros blancos.
—¿Y dónde empezó todo esto? —preguntó genuinamente curioso—. Quiero decir, alguien tuvo que ser el origen. ¿Quién fue el primer Valmorth de la historia?
Hitomi se detuvo y señaló hacia el fondo de la galería, donde un retrato, el más grande y antiguo de todos, ocupaba toda la pared principal. Estaba enmarcado en oro macizo.
—Fue él. Michael Valmorth —dijo ella en tono solemne—. Él y su hermana, Misuri Valmorth. De ellos dos, hace muchos siglos, nacieron todos y cada uno de los miembros de nuestra estirpe. Fueron los arquitectos del poder en las sombras.
Ryuusei frunció el ceño, procesando la información. Se giró hacia Hitomi, un poco confundido.
—Espera un momento... ¿su hermana? ¿Michael Valmorth y Misuri Valmorth se casaron entre ellos? ¿Entre hermanos?
Hitomi se encogió de hombros con total tranquilidad, como si estuviera explicando una simple receta de cocina.
—Sí, exactamente. De ahí viene la tradición del incesto en la familia Valmorth, especialmente en la rama principal.
Ryuusei abrió mucho los ojos, sorprendido por la naturalidad con la que ella hablaba de una aberración genética.
—Pero... ¿cómo es posible? Biológicamente, eso es una receta para el desastre. Los cruces genéticos cerrados generan malformaciones, enfermedades, debilidad mental...
—Para los humanos normales, sí —lo interrumpió Hitomi, acercándose al gran retrato—. Pero nosotros no operamos bajo esas reglas. El poder latente en nuestra sangre reescribe nuestra genética. Debido a la inmensa cantidad de energía de las generaciones, a nosotros no nos afecta el deterioro genético. Los hijos de las uniones incestuosas en la rama principal nunca salen defectuosos; de hecho, asegura que el poder se mantenga puro y brutal. Es una de las razones por las que la facción de los padres de Torben y su esposa Laila Valmorth —mis padres— lograron triunfar desde las sombras y ganar las discusiones entre las facciones, asegurando la corona de líder. Ellos siguieron el "Canon de los Cuatro", las reglas absolutas de nuestra pureza.
Ryuusei miró el recuadro gigante. Michael Valmorth tenía una presencia aterradora; sus ojos rojos parecían estar vivos. A su lado, su hermana y esposa, Misuri Valmorth, irradiaba una elegancia gélida y una belleza sobrenatural. Ryuusei se dio cuenta de que la belleza despampanante de las mujeres Valmorth, la misma que poseía Hitomi, había sido cultivada meticulosamente desde hacía siglos.
Hitomi lo tomó del brazo y lo guio hacia la pared opuesta.
—Esa es la historia antigua. Pero ven, mira esto. Esto es el presente.
Frente a ellos, tallado directamente sobre la pared de piedra negra en letras de oro, se extendía un árbol genealógico enorme y complejo. Ramas intrincadas conectaban cientos de nombres. Ryuusei buscó con la mirada los nombres más recientes: Torben Valmorth y su hermano Valerius Valmorth.
Luego bajó a la línea de Torben y Laila, y ahí vio los nombres de los hijos: Constantine, Hiroshi, John, y finalmente... Hitomi.
—Es un árbol genealógico muy difícil de entender —murmuró Ryuusei, sintiéndose abrumado por las líneas y los enlaces matrimoniales—. ¿Dónde estás tú exactamente?
Hitomi señaló la esquina inferior derecha del mural de piedra. —Justo ahí.
Ryuusei entrecerró los ojos. Notó de inmediato que el nombre de Hitomi no estaba tallado en oro simple como los demás; estaba incrustado con pequeños diamantes y rodeado por un tallado en forma de corona. Su nombre estaba excesivamente decorado en comparación con el de sus hermanos mayores, Constantine e Hiroshi, a pesar de que ellos eran los herederos políticos.
—¿Por qué tu nombre está tan decorado? —preguntó Ryuusei—. ¿Es por tu rango de generación?
Hitomi asintió lentamente, su voz teñida de una pesadez milenaria.
—Sí. A lo largo de toda nuestra historia registrada, solo han existido seis personas antes de mí que han despertado el poder absoluto de la 6ta Generación. Yo soy la séptima en toda la existencia del linaje. Nací con ello.
Ryuusei la miró, asombrado por la exclusividad de su poder. Recordó que alcanzar ese nivel significaba acceder a la "Cima Desconocida del Poder".
—¿Solo siete en cientos de años? Es increíblemente raro.
—Lo es —confirmó ella—. Pero hay una peculiaridad aún mayor en ese registro, Ryuusei. De esos siete individuos con el poder de 6ta Generación... a lo largo de la historia, solo uno de ellos fue hombre. Las otras seis, incluyéndome a mí, fuimos mujeres. Las mujeres Valmorth siempre nacen siendo más fuertes que los hombres. Poseemos una afinidad natural con el caos y la energía que los hombres de esta familia, limitados generalmente a la 5ta Generación o inferior, jamás podrán alcanzar.
Ryuusei procesó la información, y de repente, las piezas del rompecabezas político del clan encajaron en su mente.
—Por eso te controlan —susurró—. Por eso tus hermanos te tratan como a un objeto, como a un útero sagrado. Te tienen envidia, pero también terror. Saben que tú sola podrías destruir sus imperios si quisieras.
Hitomi bajó la mirada, validando las palabras de Ryuusei. —Así es. Soy su arma más destructiva, y también su mayor seguro de vida si logro tener descendencia pura.
Ryuusei, intentando desviar el tema hacia algo menos opresivo, miró las otras ramas del árbol. —Oye, pero si son tan poderosos y necesitan herederos... me imagino que tu abuela habrá tenido un montón de hijos para asegurar la línea de sangre, ¿no?
Hitomi negó con la cabeza, esbozando una sonrisa triste. —No. La biología Valmorth tiene un límite estricto establecido en el Canon de los Cuatro. Las mujeres de la rama principal solo pueden tener exactamente cuatro hijos a lo largo de su vida. Ni uno más, ni uno menos.
Ryuusei arqueó una ceja. —¿Cuatro exactos? ¿Y pueden ser todos hombres o todas mujeres?
—No, la genética no lo permite —explicó ella, señalando los registros de su madre, Laila—. Pueden ser tres hombres y una mujer —como fue el caso de mi madre con Constantine, Hiroshi, John y yo—, o pueden ser tres mujeres y un hombre, o dos y dos, así sucesivamente. Pero jamás, bajo ninguna circunstancia biológica, pueden salir los cuatro hijos del mismo género. Es el equilibrio natural que nuestros cuerpos imponen para evitar que la energía de una generación arrase con el útero.
Ryuusei se quedó en silencio, maravillado por la complejidad anatómica y maldita de la mujer que tenía frente a él. La miró de perfil. La luz pálida de la luna, filtrándose por los grandes ventanales de la galería, iluminaba su piel, haciéndola parecer un ser de otro mundo, una diosa atrapada en una jaula de oro y sangre.
El ambiente entre ellos cambió repentinamente. El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad que no provenía de las habilidades de 6ta Generación de ella, sino de algo mucho más primitivo y humano.
Ryuusei dio un paso hacia ella, olvidando por completo los retratos, el árbol genealógico y la guerra. Se paró frente a ella, mirándola a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento. Hitomi sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo.
Sin decir una palabra, Hitomi comenzó a acortar la distancia. Se acercó poco a poco. Sus ojos rojos, usualmente fríos y calculadores, ahora estaban llenos de una calidez vulnerable, casi suplicante. Levantó el rostro hacia el de él, su respiración entrecortada rozando los labios de Ryuusei.
Ryuusei, con el corazón galopando, bajó la voz a un susurro apenas audible, temiendo romper el encanto. —Hitomi... ¿qué estás haciendo?
Ella se detuvo a escasos centímetros de su boca, mirándolo con una sinceridad aplastante.
—Tampoco lo sé —susurró, con la voz temblando ligeramente—. Pero... siento que es el momento indicado.
Ryuusei cerró los ojos, inclinándose para atrapar sus labios y sellar finalmente todo lo que habían estado construyendo.
Pero el destino es un guionista cruel.
Justo en el milisegundo en que sus labios estaban a punto de rozarse, un sonido metálico y pesado retumbó en la galería. Las inmensas puertas dobles al final del pasillo se abrieron de golpe, acompañadas por el estruendo de voces, carcajadas graves y el sonido de copas de cristal. Un grupo de cuatro líderes de la facción tradicionalista, visiblemente ebrios por el banquete, habían decidido subir a explorar la galería.
Ryuusei y Hitomi se alejaron el uno del otro de forma brusca, como si fueran dos imanes con el mismo polo repelidos por una fuerza invisible.
El pánico se apoderó de Hitomi. Si los veían a ambos, a la 6ta Generación y al supuesto "perro belga", juntos en la oscuridad del segundo piso, las sospechas de traición se levantarían antes de que el sol cayera.
Sin pensarlo, Hitomi agarró la mano de Ryuusei con fuerza, sus dedos apretando los suyos.
—¡Corre! —siseó.
Ambos se fundieron con las sombras del pasillo, huyendo apresuradamente por una puerta lateral hacia las profundidades del ala oeste de la mansión, dejando atrás el beso interrumpido, pero llevándose consigo la certeza de que, antes de que llegara el amanecer, sus vidas estarían unidas por algo mucho más fuerte que la sangre Valmorth.
