El reloj de péndulo en el gran salón principal de la propiedad había marcado la una de la madrugada del 16 de enero, pero el eco de sus campanadas parecía perderse en la inmensidad del silencio invernal. La boda entre Constantine Valmorth y Noelia Von Drachen había concluido horas atrás, dejando tras de sí un rastro de copas de cristal a medio terminar, arreglos florales exóticos que desafiaban el clima gélido de Dinamarca, y el murmullo extenuado de la servidumbre limpiando los vestigios de la opulencia.
Los recién casados ya se habían retirado a su noche de luna de miel. Sin embargo, como todo en la familia Valmorth, la intimidad estaba envuelta en un velo de paranoia y tradición. No se encontraban en la suite principal, sino en un cuarto secreto subterráneo, una cámara de seguridad incrustada en las entrañas de la mansión, cuyo acceso solo era conocido por los miembros de la rama principal y los sirvientes de mayor confianza. Era un recordatorio sombrío de que, incluso en el amor, los herederos de esta estirpe nunca podían bajar la guardia.
Mientras tanto, los invitados de mayor prestigio —líderes de otras facciones, aristócratas del inframundo y parientes lejanos del extenso árbol genealógico Valmorth— habían sido escoltados a pequeñas, pero exquisitamente decoradas habitaciones de descanso. Estaban allí para recargar energías, pues en apenas unas horas, el sol se alzaría sobre Dinamarca y traería consigo la segunda gran ceremonia del día: la boda tradicional japonesa entre Hiroshi Valmorth e Himari Kurogane.
La mansión Valmorth no era un simple edificio; era un monumento arquitectónico a la soberbia y al poder acumulado durante siglos. El propio gobierno danés, en sus registros privados, la clasificaba entre las diez propiedades más grandes y majestuosas de todo el país. Sus muros de piedra oscura parecían absorber la luz de la luna, y sus torreones góticos se alzaban como lanzas amenazando el cielo nublado. Pero la verdadera joya de la propiedad no estaba en su fachada, sino en la parte trasera. Más allá de los jardines perfectamente podados y las estatuas de mármol, se extendía un bosque inmenso y ancestral. Era un pulmón verde, denso y misterioso, que pertenecía exclusivamente a la familia. En lo profundo de esa espesura, oculta entre pinos centenarios y robles que parecían tocar las estrellas, se encontraba una cabaña lujosa.
Llamarla "cabaña" era, en realidad, un eufemismo. Era una estructura de madera de caoba y cristal templado, diseñada con todas las comodidades modernas, calefacción por suelo radiante y un aislamiento perfecto. Y en esa cabaña, lejos de los ojos curiosos de la aristocracia Valmorth, se encontraba refugiado el equipo de Ryuusei.
La decisión de aislarlos allí había sido obra de Constantine. El novio de la primera boda sabía perfectamente que tener a individuos tan volátiles y peligrosos durmiendo bajo el mismo techo que los líderes de las facciones tradicionalistas era una receta para el desastre. John Valmorth, siempre el estratega en las sombras, se había encargado personalmente de escoltarlos, asegurándose de que nadie los viera y de que tuvieran todo lo necesario.
El interior de la cabaña contrastaba fuertemente con la tensión que se respiraba en la mansión principal. En la amplia sala de estar, frente a una chimenea de piedra donde crepitaba un fuego acogedor, Charles, Brad y Aiko estaban sentados en un enorme sofá de cuero, viendo una serie de televisión en una pantalla plana gigantesca.
Brad, tenía los pies subidos en la mesa de centro, comiendo palomitas de maíz con una tranquilidad pasmosa. Aiko, miraba la pantalla con el ceño fruncido, criticando en voz baja las decisiones de los personajes de la serie. Charles, por su parte, se limitaba a reírse de los comentarios de Aiko.
En otro rincón de la cabaña, Sergei Volkhov se estaba dando un baño de agua helada. Volkhov no creía en el descanso cómodo; para él, el frío extremo mantenía los sentidos alerta y el cuerpo preparado para matar. El sonido del agua cayendo resonaba levemente a través de las paredes de madera. En una de las habitaciones de invitados, Eider descansaba profundamente, recuperando energías, mientras que Sylvan patrullaba los alrededores en silencio, fundiéndose con las sombras.
Ezekiel Kross estaba recostado en un sillón individual, con las piernas cruzadas. En ese momento parecía un adolescente común y corriente, completamente absorto en la lectura de un cómic de superhéroes de edición vintage. Pasaba las páginas con cuidado, ajeno al destino del mundo que descansaba sobre sus hombros.
La puerta de la cabaña se abrió con un crujido suave, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que hizo parpadear las llamas de la chimenea. John entró, sacudiéndose unos copos de nieve de los hombros de su abrigo. A su lado, silenciosa e imponente, caminaba Hitomi.
John paseó la mirada por la sala, asimilando la extraña escena doméstica de aquel escuadrón de asesinos y guerreros de élite. Se detuvo frente a Ezekiel, quien ni siquiera levantó la vista de su cómic.
—Ezekiel —llamó John, su voz calmada pero con ese tono de autoridad natural que poseían todos los de su estirpe—. Disculpa la interrupción. ¿De casualidad has visto a Ryuusei? Necesito repasar unos últimos detalles con él antes del amanecer.
Ezekiel pasó una página con lentitud antes de levantar la vista. Sus ojos, que escondían un poder capaz de doblegar ejércitos, parpadearon con desinterés.
—Salió hace un buen rato, John —respondió el chico, señalando vagamente con el pulgar hacia la ventana que daba a la espesura del bosque—. Dijo que necesitaba airear la cabeza. Está paseando por los bosques. Probablemente tratando de no congelarse las ideas.
John asintió lentamente, procesando la información. Sabía que la presión sobre Ryuusei era aplastante.
—Entiendo —dijo John, acomodándose los puños de la camisa—. Los veré luego. Descansen mientras puedan. Mañana... o más bien, en unas horas, esta mansión temblará.
Hitomi, que se había mantenido unos pasos atrás, observando la dinámica del equipo, dio un paso al frente. Su presencia en la sala cambió instantáneamente la atmósfera. A pesar de vestir ropa de invierno casual —un abrigo oscuro y una bufanda gruesa que contrastaba con su piel pálida—.
—Buenas noches a todos —dijo Hitomi, con un tono educado pero distante, despidiéndose del grupo—. Es muy tarde, procuren dormir.
Ezekiel cerró su cómic de golpe, marcando la página con el dedo, y la miró directamente. —Buenas noches, princesa del hielo —bromeó Ezekiel con una sonrisa ladeada—. Por cierto, la última vez que vi al jefe, hace unos veinte minutos, dijo que iba en dirección a un lago.
Hitomi arqueó una ceja, intrigada. —¿Un lago?
Ezekiel se encogió de hombros y abrió los brazos, fingiendo exaltación. —Sí, ¡un maldito lago!
¿Cómo rayos tienen ustedes un lago cristalino dentro de un bosque natural que a su vez está dentro de los terrenos de una mansión privada? ¡Es absurdo! ¿Qué clase de presupuesto maneja su familia? ¿Tienen también un volcán activo escondido en el sótano?
Hitomi no pudo evitar que la comisura de sus labios se elevara en una media sonrisa. La insolencia de Ezekiel era refrescante en un mundo donde todos solían inclinar la cabeza ante ella.
—Haces demasiadas preguntas, Ezekiel —respondió Hitomi en tono de broma, cruzándose de brazos—. Realmente no sé cómo Ryuusei te soporta todos los días sin volverse loco.
Ezekiel soltó una carcajada y volvió a abrir su cómic, dándoles la espalda en un gesto de confianza absoluta. Hitomi y John intercambiaron una mirada y salieron de la cabaña, devolviendo la sala al calor del fuego y a la televisión.
Una vez afuera, el frío de Dinamarca los golpeó como un muro de agujas. El aire exhalado por ambos hermanos se convertía en espesas nubes de vapor blanco. Caminaron en silencio durante varios minutos por el sendero de tierra endurecida por la escarcha. Los árboles se alzaban a su alrededor como gigantes silenciosos, testigos mudos de los oscuros secretos que la familia Valmorth había enterrado en esas mismas tierras durante generaciones.
Hitomi caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa. El sonido de sus botas crujiendo sobre la nieve fina era lo único que rompía la quietud de la madrugada. Finalmente, no pudo contener más la duda que le carcomía el pecho.
—John —lo llamó en voz baja, sin dejar de mirar hacia el frente.
—Dime, hermanita.
Hitomi tragó saliva, sintiendo que las palabras le raspaban la garganta. —Si el plan funciona... Si en unas horas Ryuusei logra entrar en ese duelo y matar a Hiroshi... ¿no te vas a sentir mal?
John detuvo sus pasos. El crujido de la nieve cesó. Hitomi también se detuvo, pero no se atrevió a girarse de inmediato. Cuando finalmente lo hizo, encontró a su hermanastro mayor mirando hacia el cielo nublado, donde apenas se asomaba la luz pálida de la luna. John, cuya astucia rivalizaba con su poder bruto, dejó caer por un instante su eterna máscara de confianza cínica. Sus ojos reflejaban una fatiga profunda, el peso de una vida entera planeando traiciones familiares.
—Los caminos más oscuros no se cruzan con dudas, se cruzan con pasos de hierro, Hitomi —respondió John, su voz sonando más ronca de lo normal. Bajó la mirada y la clavó en ella—. No te voy a mentir. Tal vez me duela. Un poco, al menos. He pasado junto a ustedes... junto a ti, a Hiroshi, a Constantine... casi veinte años de mi vida. Hemos compartido la misma mesa, hemos entrenado en los mismos patios, hemos sangrado bajo las mismas reglas opresivas de nuestra madre.
John exhaló un largo suspiro que se dibujó en el aire helado.
—Hiroshi es un sádico, un fanático de la pureza de nuestro linaje y una amenaza para el futuro que queremos construir. Debe morir para que nosotros podamos vivir libres. Lo sé con la cabeza. Pero la sangre es la sangre... y supongo que, en algún momento, cuando la adrenalina baje y el trono esté asegurado, la tristeza me alcanzará. No hoy. No mañana. Pero algún día.
Hitomi sintió un nudo en la garganta. Esa vulnerabilidad era rara en John, y le recordó que, debajo de toda la conspiración y la guerra de poder entre las facciones, seguían siendo una familia rota a punto de devorarse a sí misma.
—Lo entiendo —susurró Hitomi, sintiendo el peso de sus propias dudas. Necesitaba estar sola para procesar la realidad inminente del amanecer. La muerte rondaba demasiado cerca—. Voy a caminar por acá un rato más, John. Adelántate tú.
John pareció recuperar su postura habitual. Se sacudió la melancolía como quien se quita el polvo del saco y la miró con una sonrisa socarrona, inclinando ligeramente la cabeza. Sus ojos oscuros la escanearon de arriba abajo, captando un matiz diferente en el aura de su hermanastra.
—¿Sabes, Hitomi? —murmuró John, dando un paso hacia atrás para continuar su camino hacia la mansión—. Tienes los ojos de una persona que está un poco enamorada. Es peligroso en nuestro mundo, pero fascinante de ver en ti.
El cuerpo de Hitomi se tensó como la cuerda de un arco. Sintió que la sangre le subía a las mejillas, luchando contra el frío del ambiente.
—Mejor cállate, John —replicó a la defensiva, frunciendo el ceño—. Que me lo diga el mayor mujeriego de Dinamarca, que cambia de pareja como de estrategia, le quita toda credibilidad a tu intento de psicoanálisis.
John soltó una carcajada abierta y despreocupada. Se llevó las manos a las orejas, tapándoselas como un niño pequeño, y empezó a caminar de espaldas.
—¡No te escucho! ¡No te escucho, estoy sordo ante la negación! —gritó teatralmente antes de girarse y perderse entre las sombras del bosque.
Hitomi se quedó sola, meneando la cabeza. A pesar de la tensión, no pudo evitar reírse un poco. La risa se apagó rápidamente, dejando paso a la soledad del bosque. Respiró hondo, llenando sus pulmones del aire puro y cortante, y comenzó a caminar sin un rumbo fijo, guiada únicamente por el sonido lejano de agua en movimiento.
Tras varios minutos de caminata entre los gigantescos árboles, la vegetación comenzó a abrirse, revelando un claro iluminado por la luz de la luna que lograba filtrarse entre las nubes. Allí, escondida como un secreto de cuento de hadas, se encontraba la laguna cristalina que había mencionado Ezekiel. El agua no estaba congelada; de hecho, una suave bruma de vapor emanaba de su superficie, indicando que era una fuente termal natural modificada por la familia para el confort.
Hitomi se acercó lentamente, sus pasos amortiguados por la maleza. A través del vapor, divisó movimiento en el agua. Se detuvo, afinando la vista. Eran cuatro sirvientas de la familia Valmorth, muchachas jóvenes y de una belleza innegable, que habían aprovechado la madrugada y la ausencia de los amos para tomar un baño relajante en las aguas termales.
A diferencia de otros miembros de la familia que trataban al personal como muebles desechables, Hitomi siempre había mantenido una postura diferente. Conocía el peso de ser tratada como una herramienta —algo que ella misma experimentaba por parte de los líderes de la facción tradicional, quienes solo veían en ella un útero de 6ta Generación perfecto para prolongar el linaje—. Por ello, Hitomi jamás despreciaba a las sirvientas.
Con paso tranquilo, se acercó a la orilla rocosa de la laguna.
—Espero que la estén pasando bien —dijo Hitomi en un tono suave, proyectando su voz justo lo suficiente para ser escuchada sobre el murmullo del agua.
Las cuatro chicas dieron un respingo violento. Al reconocer la figura pálida y altiva de Hitomi Valmorth en la orilla, el pánico se apoderó de ellas. A pesar de estar sumergidas hasta el pecho y desnudas, las cuatro intentaron torpemente hacer una reverencia dentro del agua, agachando la cabeza con terror evidente. Romper las reglas de la mansión podía costarles la vida.
—¡S-Señorita Hitomi! —tartamudeó una de ellas, temblando no por el frío, sino por el miedo.
Hitomi suspiró, sintiendo una punzada de lástima por el terror que su apellido inspiraba.
—Por favor, no es necesario que hagan eso. Se van a ahogar si intentan hacer reverencias aquí —dijo con una sonrisa tranquilizadora, sentándose elegantemente sobre una roca cercana—. El agua debe estar deliciosa. Tienen suerte de tener un momento de paz esta noche.
Al ver que no había ira en sus palabras, las sirvientas intercambiaron miradas de alivio y algunas se atrevieron a reír nerviosamente. Una de ellas, una chica de cabello blanco con un poco de negro llamada Sylvia, que llevaba sirviendo a Hitomi un par de años, nadó un poco más cerca de la orilla, abrazándose a sí misma bajo el agua.
—Señorita... gracias por su amabilidad —murmuró Sylvia, dudando por un segundo antes de hablar—. Es solo que... nos hemos sentido un poco incómodas. Hace unos diez minutos que tenemos la extraña sensación de que nos están observando desde los árboles.
Los instintos de Hitomi, se encendieron de inmediato. Su postura se volvió rígida, pero mantuvo la expresión calmada para no asustar más a las chicas.
—Comprendo —dijo con voz firme—. Quédense aquí y mantengan la calma. No se preocupen, yo iré a revisar el perímetro. Nadie las molestará.
Hitomi se puso de pie. Si algún guardia o invitado borracho estaba merodeando, lo destrozaría sin pensarlo. Caminó en silencio, bordeando la laguna y adentrándose un par de metros en la espesura del bosque, en la dirección opuesta a la que ella había llegado. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, escanearon las sombras hasta detectar una anomalía.
Una silueta alta intentaba hacerse pequeña detrás de un roble masivo. El camuflaje era bueno, pero la respiración irregular delataba una evidente agitación nerviosa.
Hitomi se cruzó de brazos, parándose a escasos tres metros del árbol. Su expresión se relajó de golpe, transformando la furia letal en una diversión irónica. —Puedes salir de detrás del árbol, Ryuusei —dijo en voz alta, arrastrando las sílabas con evidente burla.
Un momento de silencio sepulcral siguió a sus palabras. Luego, lentamente, Ryuusei se asomó por un lado del tronco. Llevaba las manos en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa extremadamente incómoda.
—Pervertido —sentenció Hitomi, inclinando la cabeza con una sonrisa acusadora y mordaz.
Ryuusei salió por completo de su escondite, agitando las manos frenéticamente frente a él.
—¡No, no, no es así! ¡Te lo juro, Hitomi! —se defendió, su voz sonando un octavo más aguda de lo normal por el pánico—. Yo estaba aquí primero. Estaba sentado al otro lado del lago, tranquilo, pensando en mis asuntos, intentando relajarme... y de repente escuché voces de mujeres. ¡No sabía que eran sirvientas de tu familia! Cuando me asomé para ver si había peligro... bueno, pues... terminé viendo todo. Y si salía caminando de la nada las iba a asustar a muerte, así que me escondí. ¡Soy inocente!
Hitomi soltó una carcajada cristalina, un sonido que rara vez se permitía en los pasillos de la mansión. Ver al estoico y letal Ryuusei tan alterado por un malentendido digno de una comedia barata era demasiado divertido.
—Una excusa muy elaborada, Ryuusei —dijo ella, acercándose a él a paso lento—. Te creo, pero solo un poco. Aun así, después tendrás un castigo por mirar sin pedir permiso. En esta familia somos muy estrictos con los modales.
Ryuusei suspiró, frotándose la nuca con frustración. —Pero si te acabo de decir que yo no tengo la culpa... Solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Hitomi dejó de sonreír, aunque la calidez no abandonó sus ojos. Lo miró fijamente por un instante, notando la tensión real en los hombros del muchacho, más allá de la anécdota bochornosa del lago. Ryuusei llevaba el peso del inminente combate a muerte en su postura.
—¿Quieres caminar y hablar un rato a solas? —preguntó Hitomi en un tono mucho más suave, casi íntimo.
Ryuusei bajó la mano de su nuca, sorprendido por el cambio de tono, y luego asintió lentamente, agradecido por la ruta de escape. —Sí... me vendría bien. Acepto.
Comenzaron a caminar juntos, alejándose del área de la laguna para darle privacidad a las sirvientas. Se adentraron por un sendero más estrecho, donde los árboles formaban un arco natural sobre sus cabezas. El silencio entre ellos no era incómodo; era un espacio compartido donde ambos estaban procesando la magnitud de la noche.
—¿Sabes? —comenzó Hitomi, rompiendo el hielo mientras rozaba con las yemas de sus dedos la corteza áspera de un abeto—. Estos bosques no son simples adornos. Han estado bajo el control de mi familia desde la Segunda Guerra Mundial.
Ryuusei levantó las cejas, genuinamente sorprendido. Frenó un poco su paso para mirarla.
—¿Desde la Segunda Guerra Mundial? —repitió, incrédulo—. Es un montón de tiempo. No sabía que las raíces de los Valmorth fueran tan profundas en la historia moderna, ni que tuvieran control sobre un territorio natural tan extenso. Ustedes tienen demasiados secretos.
Hitomi soltó una risa seca, desprovista de alegría.
—Los Valmorth están en cada sombra de la historia, Ryuusei. Desde las sombras, mis ancestros han triunfado, manipulado guerras y gobiernos. Somos el hilo oscuro detrás de muchas catástrofes. Cuando la facción de los padres de Torben —mi familia— salió ganando en las disputas internas y reclamaron la corona de líderes, se aseguraron de que este bosque fuera un santuario... y una tumba. Así que sí, tenemos muchos secretos. Y la mayoría de ellos son muy oscuros.
Ryuusei asintió, absorbiendo la información. Estaba empezando a comprender la magnitud de la estructura contra la que estaban a punto de dar un golpe de estado.
Para aligerar el ambiente fúnebre, Hitomi cambió de tema.
—He escuchado en los preparativos de esta tarde que la boda de Hiroshi y Himari en unas horas va a ser con temática tradicional japonesa. Algo sobre honrar las raíces del clan Kurogane.
Ryuusei miró hacia el suelo nevado, pateando una pequeña piedra.
—Tiene sentido. Himari pertenece a la nobleza de ese lado del mundo. Además... yo también soy japonés, supongo.
Hitomi se detuvo y se giró hacia él, examinando sus facciones bajo la luz de la luna con un escrutinio clínico. Ryuusei era alto, con una complexión atlética marcada por batallas brutales, pero sus rasgos faciales no encajaban en un solo molde.
—Con el debido respeto, Ryuusei... no tienes mucha cara de japonés —comentó ella, ladeando la cabeza.
Ryuusei se encogió de hombros con una sonrisa modesta.
—Eso es porque mi árbol genealógico es un poco desastroso. Mi abuelo, por parte paterna, era peruano. Mi abuela era alemana. Luego hubo cruces en mi ascendencia, y terminé naciendo en Japón, pero con una genética que no sabe a qué continente pertenece.
Hitomi parpadeó varias veces, intentando procesar la ensalada geográfica que Ryuusei acababa de mencionarle. El contraste con su propia vida era abismal; los Valmorth trazaban su linaje de forma obsesiva, calculando cruces genéticos durante siglos para asegurar la pureza de las generaciones. La idea de una mezcla tan aleatoria e impredecible le resultaba tan fascinante como incomprensible.
—Eso... no tiene ningún sentido biológico para nosotros —admitió Hitomi, un poco mareada—. Si tienes esa herencia tan mezclada, ¿de dónde viene exactamente el apellido Kisaragi?
—Esa es una historia demasiado complicada y difícil de explicar para las dos de la mañana, créeme —respondió Ryuusei, evadiendo sutilmente el tema—. Digamos que el apellido Kisaragi es más un manto que heredé que una línea de sangre pura.
Hitomi no presionó, pero otra duda asaltó su mente, una que había tenido desde que lo conoció.
—Bien, guardaré mis dudas sobre tu apellido. Pero si vienes de un entorno tan lejano y tu herencia es tan variada... ¿cómo es que hablas tan perfectamente el inglés y el danés? Aiko y los demás también se comunican sin barreras. Nunca te he visto dudar con un modismo local.
Ryuusei se llevó una mano a la oreja derecha, apartando un mechón de su cabello. Hitomi dio un paso más cerca, entrecerrando los ojos, y notó por primera vez un diminuto dispositivo metálico incrustado en el canal auditivo, casi invisible a simple vista.
—Tecnología —dijo Ryuusei con naturalidad—. Llevo un aparato traductor neuronal en la oreja. Se conecta directamente a los nervios auditivos e intercepta la frecuencia del habla. Hace que pueda entender cualquier idioma en tiempo real, y de la misma forma, modula mi propia pronunciación para que quien me escuche lo haga en su idioma nativo.
Hitomi se quedó maravillada. Era irónico. Ella poseía el poder destructivo de una 6ta Generación, capaz de generar tormentas y blandir ocho lanzas ancestrales nacidas del apego espiritual; pertenecía a una familia que jugaba a ser dioses con la evolución humana... y sin embargo, algo tan mundano como un traductor neuronal de alta tecnología la dejaba sin palabras. Era un recordatorio de que Ryuusei y ella venían de mundos fundamentalmente distintos.
Hitomi se quedó maravillada. Era irónico. Ella poseía el poder destructivo de una 6ta Generación, capaz de generar tormentas y blandir ocho lanzas ancestrales nacidas del apego espiritual; pertenecía a una familia que jugaba a ser dioses con la evolución humana... y sin embargo, algo tan mundano como un traductor neuronal de alta tecnología la dejaba sin palabras. Era un recordatorio de que Ryuusei y ella venían de mundos fundamentalmente distintos.
El silencio volvió a instalarse entre ellos a medida que reanudaban su caminata, pero esta vez la tensión volvió a colarse. Hitomi notó que la respiración de Ryuusei se volvía más superficial, y que apretaba los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta con tanta fuerza que los nudillos le marcaban la tela.
—Hitomi... —murmuró Ryuusei, deteniéndose en seco. No la miró. Sus ojos estaban clavados en la oscuridad del bosque, como si estuviera viendo fantasmas.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
Ryuusei tragó saliva, y cuando finalmente giró el rostro hacia ella, Hitomi vio en él una vulnerabilidad cruda, casi infantil. El guerrero invencible que empuñaba los dos martillos del caos y las dagas de teletransportación, el hombre que no temía enfrentarse a ejércitos enteros, estaba aterrorizado. Pero no por su vida.
—Tengo miedo, Hitomi —confesó, su voz apenas un susurro rasposo por el frío—. Tengo pánico de lo que va a pasar en unas horas.
Hitomi frunció el ceño, confundida. —No tienes por qué dudar de tu fuerza, Ryuusei. Eres una 5ta Generación. Hiroshi es fuerte, pero tú...
—No es miedo a morir —la interrumpió Ryuusei, sacudiendo la cabeza con vehemencia—. Tengo miedo de matar a tu hermano Hiroshi. Tengo miedo de que, cuando amanezca, cuando tengas que ver su cuerpo destrozado en el suelo de tu propio hogar por mis manos... me mires de manera diferente. Tengo miedo de que, en el fondo de tu corazón, te molestes conmigo y termines odiándome.
Las palabras la golpearon con la fuerza de un golpe físico. La honestidad brutal de Ryuusei desarmó todas las defensas que Hitomi había construido durante años. Él no estaba preocupado por el éxito de la misión, ni por el destino de su equipo; estaba aterrorizado de perder el incipiente lazo que los unía.
Hitomi dio un paso hacia él, levantando las manos instintivamente, aunque no llegó a tocarlo.
—Ryuusei, tienes que tranquilizarte —dijo, intentando mantener la voz estable, apelando a la lógica del soldado—. Todo esto es parte del plan. John y yo lo decidimos. Hiroshi tiene que caer para desestabilizar a la facción de los ancianos. Es táctica pura, no puedes dejar que los sentimientos...
—¡Olvida el maldito plan por un minuto! —replicó Ryuusei, elevando el tono, sus ojos brillando con una mezcla de frustración y desesperación—. No te estoy hablando como un líder a un estratega. Te estoy hablando de mí, hacia ti. Piensa como una hermana. De hermano a hermano... lo que voy a cometer en unas horas va a ser horrible. Voy a tener que asesinar brutalmente a un hombre con el que compartes sangre, recuerdos y apellidos. Una parte de tu familia morirá por mi culpa. Eso no se borra con tácticas.
Hitomi retrocedió un paso, como si la intensidad de las palabras de él la quemara. Sintió un nudo en el estómago, una presión en el pecho que amenazaba con asfixiarla. Miró a su alrededor, buscando un ancla en la realidad, y vio una gran roca plana medio cubierta de nieve junto a la raíz de un árbol. Se acercó y se sentó pesadamente sobre ella, dejando caer el peso de su cuerpo y de su linaje.
—Yo... —balbuceó Hitomi, bajando la mirada hacia sus propias manos, que descansaban inertes sobre su regazo. La mujer más fuerte de la familia Valmorth, una diosa de la guerra, de repente parecía pequeña y perdida—. No sé muy bien cómo expresarme. Nunca me han enseñado a lidiar con el duelo antes de que ocurra la muerte. Toda mi vida me han enseñado a ser un arma, un recipiente para heredar poder. No sé cómo abarcar toda esta situación en mi cabeza, Ryuusei.
Ryuusei se acercó lentamente, sus botas crujiendo contra la nieve con extrema cautela, como si se acercara a un animal herido.—¿Quieres que nos sentemos aquí y hablemos de esto con tranquilidad? —preguntó suavemente—. Solo nosotros dos.
Hitomi levantó la vista, encontrando la mirada compasiva de Ryuusei, y asintió lentamente. —Sí. Acepto.
Ryuusei se sentó en la roca junto a ella, dejando un espacio respetuoso entre ambos, pero lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor que emanaba de su cuerpo. El viento aulló levemente entre las ramas, pero en aquel rincón del mundo, parecían estar encapsulados en una burbuja intocable.
Hitomi se llevó las manos a las rodillas, abrazándolas contra su pecho en un gesto de autoprotección. Miró hacia el suelo nevado durante un largo rato, buscando las palabras exactas en el caos de su mente.
—No me voy a molestar contigo, Ryuusei —dijo finalmente, su voz firme pero cargada de una vulnerabilidad que él nunca le había escuchado—. Hiroshi ha tomado sus propias decisiones, decisiones que nos han empujado a esta guerra civil en nuestra propia casa. Si sobrevive, él nos matará a nosotros y a mi facción. Entiendo por qué debe morir, y entiendo que tú seas el verdugo.
No te odiaré por ello. Nunca. —Hizo una pausa, tomando una bocanada de aire helado—. Pero te pido algo. No quiero hablar de este tema en estos momentos. No quiero pensar en su sangre en tus manos ahora mismo. Por favor.
Ryuusei asintió con calma, sintiendo que una roca de cien toneladas le era levantada del pecho. La promesa de Hitomi era todo lo que necesitaba para afrontar el amanecer.
—Lo entiendo. Cambiemos de tema entonces. —Ryuusei se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas—. Hay algo técnico que necesito saber para sobrevivir a tu hermano. Eres una enciclopedia andante sobre las generaciones. Dime... ¿cómo diablos se elimina permanentemente a una 5ta Generación?
Hitomi giró el rostro hacia él, sorprendida por la pregunta.
—¿No lo sabes? Eres un 5ta Generación tú mismo. ¿Cómo no conoces los límites de tu propia fisiología?
Ryuusei soltó una risa amarga y se rascó la mejilla.
—Recuerda que yo no nací con esto. Recibí mis poderes de golpe cuando estuve atrapado en el limbo. No tuve tutores Valmorth que me explicaran la teoría, ni años de estudio en academias de Héroes. Sé que mi regeneración es absurda. En el pasado caí desde el cielo, me rompí absolutamente todos los huesos del cuerpo, y me recuperé al instante, aunque el dolor fue un infierno. Sé que soy casi inmortal. Pero "casi" es la palabra clave. Necesito saber qué es lo que definitivamente me mataría, porque eso es lo que tendré que hacerle a Hiroshi.
La expresión de Hitomi se oscureció. Explicar aquello era adentrarse en la parte más macabra de su biología. Se acomodó en la roca, cruzando las piernas.
—La resistencia de un 4ta Generación ya es formidable. Pero cuando entramos al territorio de la 5ta y la 6ta Generación, el cuerpo humano deja de comportarse según las leyes biológicas normales —explicó Hitomi, adoptando un tono más profesoral, aunque su voz seguía teñida de pesar—. Nuestras células están saturadas de una energía que desafía la entropía. Si le cortas la cabeza a un 5ta Generación, el cuerpo morirá momentáneamente, pero si unes las partes o le das el tiempo y la energía suficientes en condiciones extremas, el cerebro puede repararse a un nivel celular microscópico. Los huesos rotos se unen en milisegundos. La sangre se coagula antes de salir de la herida.
Ryuusei frunció el ceño, procesando el horror de tener que luchar contra alguien con sus mismas capacidades de curación.
—Entonces, ¿cómo lo mato de verdad? Tiene que haber un núcleo.
Hitomi lo miró a los ojos.
—El núcleo energético de nuestra regeneración no está en el cerebro, Ryuusei. Está en el corazón. Es la bomba que distribuye la singularidad anacrónica a través del torrente sanguíneo. Para eliminar de forma permanente y absoluta a un usuario de 5ta o 6ta Generación... necesitas abrir su caja torácica, meter la mano, sacarle el corazón del pecho y aplastarlo hasta que no quede nada. Si el órgano es destruido fuera del cuerpo, la conexión se corta, y la degeneración es inmediata.
Ryuusei sintió que un escalofrío le recorría la espalda, y no tenía nada que ver con el clima de Dinamarca. La información era tan macabra, tan bestial, que le revolvió el estómago. Imaginar tener que hundir sus manos en el pecho de otro ser humano, romper el esternón y arrancar un corazón latiente era un nivel de carnicería para el que, a pesar de sus batallas, no estaba preparado psicológicamente. Era la primera vez que escuchaba algo tan grotesco sobre su propia especie.
—Eso es... brutal —murmuró Ryuusei, mirando sus propias manos, imaginándolas cubiertas de la sangre del hermano de la mujer que estaba sentada a su lado.
—Te lo dije. Somos monstruos bajo piel humana —respondió Hitomi con amargura.
Ryuusei cerró los puños, espantando los pensamientos intrusivos. Tenía que enfocarse en la estrategia táctica. —De acuerdo. Sacarle el corazón. Entendido. Ahora... ¿qué poder tiene Hiroshi? Charles y John me dieron resúmenes difusos, pero necesito los detalles precisos.
Hitomi asintió, su mente analítica tomando el control. —Hiroshi es peligroso porque su poder es engañoso. No es tan vistoso como crear tormentas o manejar elementos como la pirotecnia de tu amigo Charles. El poder base de Hiroshi es el control absoluto sobre la Fricción.
—¿Fricción? —Ryuusei enarcó una ceja.
—Puede aumentar o anular la fricción de cualquier superficie que toque, e incluso en un radio a su alrededor —explicó Hitomi—. Puede hacer que el suelo bajo tus pies se vuelva tan resbaladizo que sea imposible dar un paso sin caer, dejándote indefenso. O peor, puede aumentar la fricción del aire alrededor de tu cuerpo hasta el punto en que cada movimiento que hagas te queme vivo. Puede frenar balas en seco simplemente aumentando la fricción del aire frente a ellas, o deslizarse sobre el terreno a velocidades que rivalizan con los velocistas capaces de parar el tiempo.
Ryuusei apretó los labios. Era un poder versátil y letal en combate cuerpo a cuerpo.
—Eso es malo. Pero puedo lidiar con eso usando las dagas de teletransportación para no tocar el suelo. ¿Hay algo más?
Hitomi dudó por un milisegundo antes de asentir.
—Lo hay. Como sabes, en la 5ta y 6ta Generación nacen las Armas Celestiales o Ancestrales, creadas a partir de un objeto que el portador considera extremadamente valioso. Tú tienes tus martillos del caos, yo tengo mis ocho lanzas ancestrales...
—¿Qué tiene Hiroshi? —la urgió Ryuusei.
—Hiroshi posee un arma ancestral, una especie de guantelete o garra, que no te mata directamente, sino que te deshace —dijo Hitomi, su voz bajando a un susurro oscuro—. Cada vez que su arma logra conectarse contigo, no inflige daño físico inmediato. En su lugar, te roba un sentido. Primero la vista, luego el oído, el tacto, el olfato... Si te alcanza lo suficiente, te dejará en una oscuridad total, ciego, sordo y entumecido. Un muñeco de carne a su merced.
El silencio que siguió a la explicación fue sepulcral. Ryuusei asimiló el nivel de peligro al que se enfrentaría al amanecer. Si fallaba, no solo moriría; moriría en la oscuridad más absoluta, completamente aislado del mundo, mientras su enemigo desgarraba su corazón.
Hitomi observó la mandíbula apretada de Ryuusei y la tensión en su cuello. De repente, sintió que el peso de la conversación los estaba aplastando a ambos. Estaban sentados en un bosque hermoso, bajo la luna, y todo de lo que hablaban era de corazones arrancados, armas que roban los sentidos y guerra fraticida.
Ella se puso de pie abruptamente, sacudiéndose unas hojas invisibles del abrigo. —Bueno. Es demasiada charla macabra por hoy —decretó Hitomi, adoptando un tono falsamente autoritario—. Además, hay un asunto pendiente.
Ryuusei parpadeó, sacado de su ensoñación táctica. —¿Asunto pendiente? —preguntó, confundido. Pensó que ya habían abordado todo lo relacionado al duelo.
Hitomi lo miró desde arriba, con una chispa de travesura letal brillando en sus pupilas. —Te dije que tendrías un castigo por espiar donde no debías, Ryuusei. En la familia Valmorth cumplimos nuestras promesas.
Ryuusei abrió los ojos de par en par. Realmente había pensado que ella se había olvidado de la anécdota del lago entre tantas revelaciones oscuras. —¡Oye, Hitomi, espera! ¡Estábamos teniendo un momento profundo y emotivo! ¡No puedes...!
Hitomi no le prestó atención. Llevó las manos a los lados de su boca, formando un embudo, y gritó hacia la dirección de la laguna —¡Chicas! ¡A por él!
Ryuusei intentó levantarse de la roca para correr, pero sus reflejos, entumecidos por el frío y la profunda charla, no fueron lo suficientemente rápidos. De entre los matorrales salieron disparadas las cuatro sirvientas, lideradas por Sylvia. A pesar de ser jóvenes, tenían entrenamiento básico de combate Valmorth.
Antes de que Ryuusei pudiera siquiera invocar sus dagas de teletransportación, cuatro pares de manos se aferraron a sus extremidades. Dos chicas lo agarraron firmemente por los brazos y las otras dos por las piernas.
—¡Eh, eh, no es justo! ¡Soy el comandante enemigo! —gritó Ryuusei, debatiéndose entre la sorpresa y la risa, sin usar su fuerza real para no lastimarlas.
Las muchachas, contagiadas por la orden de Hitomi y sabiendo que la heredera les cubría la espalda, estallaron en risas nerviosas que rápidamente se convirtieron en carcajadas abiertas. Levantaron a Ryuusei en vilo, ignorando sus protestas fingidas, y lo transportaron casi volando los escasos metros que los separaban de la orilla.
Hitomi caminaba detrás de ellos, riendo abiertamente, una risa pura y sin restricciones que desarmó por completo el aire lúgubre que minutos antes asfixiaba el bosque. Al llegar al borde rocoso, las cuatro chicas se balancearon al unísono. —¡Uno... dos... y tres! —canturrearon juntas.
Con un impulso coordinado, lanzaron al temible portador de los martillos del caos por los aires. Ryuusei trazó una parábola perfecta antes de estrellarse contra el agua con un estruendoso
¡splash!.
El agua termal salpicó en todas direcciones, mojando las botas de Hitomi. Cuando Ryuusei emergió a la superficie, tosiendo, apartándose el cabello empapado de la cara y escupiendo un chorro de agua, el bosque entero resonó con las risas. Las sirvientas se abrazaban los estómagos, dobladas por las carcajadas, aliviando meses de tensión y miedo bajo el régimen opresivo de la mansión.
Ryuusei se quedó flotando en la laguna, con la ropa pesada y empapada arrastrándolo hacia abajo. Se pasó una mano por el rostro, intentando componer una expresión de indignación, pero fracasó miserablemente. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro. Mientras pataleaba para mantenerse a flote, se dijo a sí mismo, mentalmente, que se lo merecía. Se merecía el baño forzado por haber sido tan descuidado como para espiar a escondidas a un grupo de mujeres bañándose, aunque fuera un accidente.
Sin embargo, en ese preciso instante de caos alegre y risas descontroladas, Ryuusei levantó la vista hacia la orilla.
Allí estaba Hitomi. Estaba de pie junto a las rocas, con el viento frío revolviendo su cabello blanco. Estaba riendo. No era una sonrisa política, ni una mueca sarcástica, ni una demostración de superioridad. Era una sonrisa radiante, pura, que le arrugaba las esquinas de los ojos y transformaba por completo sus facciones gélidas en algo dolorosamente humano y cálido.
El tiempo, para Ryuusei, pareció detenerse, pero su corazón, ese mismo órgano del que habían estado hablando minutos antes, dio un vuelco violento en su pecho. Toda la ansiedad por el duelo de la mañana, todo el terror de perderla, pareció evaporarse con el vapor del agua termal.
Ryuusei se apoyó en una de las rocas húmedas de la orilla, medio cuerpo aún sumergido en el agua. La miró fijamente, con una intensidad que borró todo rastro de broma de su rostro, y las palabras escaparon de sus labios sin que su cerebro pudiera filtrarlas.
—Qué hermosa sonrisa tienes, Hitomi —murmuró.
Su voz no fue fuerte, pero en el repentino silencio que se formó, cargó con el peso de una verdad absoluta. No había cálculo en su afirmación, ni un intento de seducción de manual. Era una admiración desnuda y vulnerable.
La risa de Hitomi se cortó. Sus ojos se abrieron ligeramente, y por una fracción de segundo, la máscara Valmorth intentó volver a su lugar, pero fracasó. Un leve rubor, genuino y suave, tiñó sus mejillas pálidas. No miró hacia otro lado, ni intentó justificarse con el frío. Simplemente sostuvo la mirada de Ryuusei, sintiendo cómo una corriente eléctrica le recorría la espina dorsal, un calor que no provenía del agua termal. Ambos se encontraron en ese cruce de miradas, reconociendo el abismo de intimidad que acababa de abrirse entre ellos; eran dos monstruos destinados a la guerra, que de repente encontraban paz el uno en el otro.
Las sirvientas, que hasta ese momento habían estado riendo a carcajadas, notaron el repentino cambio en la atmósfera. Como si una orden silenciosa hubiera sido emitida, Sylvia tiró suavemente del brazo de su compañera. Intercambiaron miraditas cómplices, tapándose las bocas para soltar unas risitas muy bajas, y comenzaron a retroceder lentamente hacia los matorrales.
Con pasos sigilosos, las cuatro chicas se desvanecieron en la oscuridad del bosque, regresando a la mansión, dejándolos completamente solos.
El agua de la laguna continuó murmurando contra las rocas. Ryuusei seguía en el agua, sosteniendo su mirada, y Hitomi, desde la orilla, ya no sintió la necesidad de huir de aquel sentimiento.
