Cherreads

Chapter 5 - La Bestia

Capítulo 5 – La Bestia

Era la primera vez en semanas que todos se reían de verdad.

Mateo había tenido la idea. —Vamos a un karaoke —dijo con una sonrisa que no pedía permiso—. Para despejarnos. Mala idea, pensó Iván. Pero no dijo nada.

Terry no quería ir. Nunca quería ir a ningún lado. Pero tampoco dijo que no. Nunca decía que no.

Y así terminaron los seis en una sala de karaoke barata, con luces de colores que parpadeaban sin ritmo, olor a alcohol sintético y canciones que nadie había pedido sonando de fondo.

---

Al principio fue raro.

Eliza observaba todo como si estuviera haciendo trabajo de campo. Paulina, sentada con una elegancia que no combinaba con el sofá roto, miraba las micrófonos con desprecio apenas disimulado. Lin Mei, en cambio, no dejaba de hablarle a Terry.

—¿Cantas algo? —le preguntó, inclinándose un poco más de lo necesario.

—No… yo… mejor no.

—Vamos, no seas tímido.

Sus ojos decían una cosa. Su voz, otra. Los celos se le notaban en cada gesto, en cada risa forzada cuando Eliza o Paulina decían algo. Intentaba convencerse de que todo estaba bien, de que ella todavía tenía un lugar cerca de él. Pero Terry apenas la miraba. Estaba distraído, perdido en sus propios pensamientos.

Mateo e Iván, en cambio, sí la miraban. Y a las otras dos también. Pero no decían nada. Solo reían, brindaban con vasos de plástico y cantaban canciones horribles fuera de tono.

—¡Esta es mi canción! —gritó Mateo, agarrando el micrófono como si fuera un trofeo.

—Por favor, no —suplicó Iván, riendo.

Y por un rato, funcionó. La tensión se disolvió. Las miradas ya no eran de desafío, sino de curiosidad. Lin Mei se rió con ganas cuando Mateo desafinó una nota alta. Paulina soltó una sonrisa genuina, la primera en todo el día. Eliza relajó los hombros.

Incluso Terry esbozó una sonrisa pequeña, casi invisible.

Estaban pasándolo bien.

De verdad.

Sin sospechar nada.

---

Fue entonces cuando la puerta explotó.

No se abrió.

Explotó.

Una patada seca, violenta, la arrancó de sus bisagras. El marco crujió. La luz del pasillo entró como un cuchillo.

Y detrás…

Sebastián.

Pero no el Sebastián que conocían.

Este estaba borracho. No ligeramente. Borracho de ese modo que nubla los ojos y afloja los puños, pero también los rencores. Su camisa manchada, los ojos inyectados en sangre, el pelo revuelto.

Detrás de él, no dos ni tres.

Doce.

Doce hombres. Grandes. No eran los matones que había contratado antes. Estos eran distintos. Más duros. Más callados. Sus caras no decían nada, y eso daba más miedo.

El humo del alcohol flotaba con ellos.

El karaoke dejó de sonar.

La música seguía, pero nadie la escuchaba.

---

—Miren nada más —dijo Sebastián, con la voz arrastrada pero el odio filoso—. El rey y su harén.

Rió. Los hombres detrás de él no. Solo esperaban.

—Ustedes —señaló a Eliza, Paulina y Lin Mei— se van a venir con unos hombres de verdad.

Dio un paso. Los doce avanzaron detrás de él, como una marea gris.

---

Mateo se levantó primero.

—¿Qué carajo…?

No terminó. Un puñetazo directo a la mandíbula lo mandó de vuelta al asiento, y del asiento al suelo. Cayó pesado, sin un solo quejido. Inconsciente.

Iván reaccionó un segundo después. Se lanzó contra el más cercano, pero una patada en el estómigo lo dobló en dos. El aire escapó de sus pulmones con un silbido. Cayó de rodillas, luego de lado. También desmayado.

Las chicas forcejearon.

Paulina le clavó las uñas a uno que intentó agarrarla del brazo. El hombre gruñó, pero no soltó. Al contrario, la levantó del suelo como si pesara nada. —Suéltame, cerdo —escupió ella. Él respondió apretando más.

Lin Mei intentó golpear a otro. Le dio en el hombro, apenas. El hombre ni se inmutó. La miró con una calma aterradora. Y entonces… le dio una cachetada.

El impacto fue seco. Brutal. La cabeza de Lin Mei giró y su cuerpo chocó contra la pared. Cayó al suelo, desmayada al instante. Un hilo de sangre le bajó por la comisura de los labios.

—¡LIN MEI! —gritó Terry.

Pero ya era tarde.

---

Dos hombres sujetaban a Paulina. Dos a Eliza. Una más había caído sobre el cuerpo inconsciente de Lin Mei, lista para levantarla.

Eliza no gritó. No forcejeó. Solo miró. Sus ojos se clavaron en Sebastián como si ya lo estuviera condenando. Pero eso no detuvo a los hombres.

—Déjalas —dijo Terry.

Su voz sonó distinta.

Más grave.

Más… hueca.

—¿Qué? —Sebastián se giró hacia él, divertido—. ¿El perro quiere ladrar?

—Déjalas —repitió Terry.

—O si no, ¿qué?

---

Cinco hombres se separaron del grupo y rodearon a Terry.

El primero le lanzó un golpe al rostro. Terry lo esquivó. El segundo le dio en las costillas. Terry ni se movió. El tercero le dio una patada en el estómago que lo dobló. Cayó al suelo. Y entonces los cinco empezaron a patearlo. Una, dos, cinco, diez veces.

Las chicas gritaron. Forcejearon más fuerte, pero las tenían bien sujetas.

—¡Déjenlo! —gritó Paulina.

—¡TERRY! —Eliza, por primera vez, perdió la calma.

Pero los hombres no pararon.

Y entonces…

Algo cambió.

---

No fue gradual.

No fue suave.

Fue una explosión de dolor.

Terry, desde el suelo, soltó un grito. Pero no era un grito humano. Era un aullido. Profundo. Atravesó las paredes, el vidrio, los oídos de todos. Los hombres se llevaron las manos a la cabeza. Algunos se agacharon del dolor punzante que les perforó los tímpanos.

—¡¿Qué mierda…?! —gritó uno.

Y luego…

Los huesos.

Se escucharon.

Crujidos.

Estiramientos.

Acomodándose donde no debían.

La piel de Terry comenzó a rasgarse. No por fuera. Por dentro. Como si algo estuviera empujando desde lo más profundo. Sus piernas se alargaron, se reconfiguraron. Pelo negro y brillante empezó a brotar como maleza. Sus brazos se estiraron, las manos se torcieron, los dedos se fundieron en garras.

—¡NO! —gritó Terry, pero su voz ya no era suya.

El dolor era increíble.

Insoportable.

Cada segundo era una eternidad de fuego.

Su mandíbula se desencajó. El hocico creció. Dientes enormes, filosos, asomaron entre la sangre. Orejas puntiagudas se alzaron. Y sus ojos… sus ojos se volvieron de un morado imposible. Demoníaco. Brillante.

La ropa explotó en jirones.

Y cuando terminó…

No quedaba Terry.

Quedaba una bestia.

---

Era gigantesca.

Negra.

Pero no un negro cualquiera. Era un negro que brillaba, como un diamante oscuro bajo la luz rota del karaoke. Su pelaje parecía líquido. Sus ojos morados iluminaban la habitación. Sus garras, largas como cuchillos, tocaban el suelo.

Los hombres retrocedieron.

Todos.

Incluso los que sujetaban a las chicas las soltaron sin pensarlo.

—¿Qué… qué es eso? —susurró uno.

La bestia no respondió.

Solo miró.

Y luego… atacó.

---

No fue una pelea.

Fue una masacre.

El primero voló por el aire, el pecho abierto en cuatro surcos rojos. El segundo intentó correr, pero una garra lo alcanzó en la espalda y cayó de bruces. El tercero, el cuarto, el quinto… todos cayeron. Mordiscos que arrancaban trozos de carne. Zarpazos que rompían huesos. Patadas que mandaban cuerpos contra las paredes.

La bestia se movía demasiado rápido. No había tiempo de reaccionar. Solo de morir.

En menos de un minuto, seis hombres yacían en el suelo. Algunos muertos. Otros gimiendo, agarrando sus heridas. El resto huyó como pudo, arrastrándose, tropezándose entre sí.

Sebastián se quedó solo.

De pie.

Temblando.

La bestia se giró hacia él. Sus ojos morados lo perforaron.

Sebastián quiso hablar. No pudo. La bestia levantó una garra…

Pero no cayó.

Algo pasó. Un temblor recorrió el cuerpo enorme. Las piernas de la bestia flaquearon. Cayó de rodillas con un golpe que hizo vibrar el suelo. Y empezó a encogerse. El pelo se reabsorbió. Las garras se retrajeron. El hocico se deshizo.

El aullido de dolor volvió, pero esta vez era humano otra vez.

Y quedó Terry.

Desnudo.

Cubierto de sangre.

La suya y la de otros.

Magullado.

Exhausto.

Cayó al suelo boca abajo. Inconsciente.

---

El silencio duró cinco segundos.

Luego Eliza reaccionó. —¡Levantenlo! —gritó, corriendo hacia él.

Paulina ya estaba ahí, quitándole los restos de tela pegada a la piel.

Lin Mei, aturdida pero consciente, se incorporó contra la pared. Tenía la mejilla hinchada. Sangre en la boca. Pero sus ojos no miraban a nadie más que a Terry.

—Está vivo —dijo Paulina, con los dedos en el cuello de él—. Solo desmayado.

Mateo e Iván comenzaron a moverse. Se levantaron con dificultad, sosteniéndose el uno al otro. —¿Qué… qué pasó? —preguntó Mateo, pero cuando vio el cuerpo de Terry y el desastre a su alrededor, dejó de preguntar.

—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo Eliza—. Ahora.

Paulina sacó su teléfono. Marcó un número. —Soy Paulina Volkov. Trae la limusina. Ya. A la entrada del karaoke.

Tres minutos después, un vehículo negro, largo, brillante, apareció frente al local. Entre todos cargaron a Terry. A Lin Mei la ayudaron a caminar. Los cuerpos de los hombres heridos quedaron atrás, entre vidrios rotos y sangre seca.

Nadie llamó a la policía.

Nadie dijo nada.

Mientras la limusina arrancaba, Lin Mei miró por la ventana. Vio la fachada barata del karaoke alejarse. Y pensó en los ojos morados de la bestia.

No sintió miedo.

Sintió algo peor.

Certeza.

Porque ahora sabía lo que Terry era.

Y lo que todos iban a tener que aprender a temer.

More Chapters