[Eiren]
El castigo terminó con un último chasquido seco de hielo deshaciéndose.
Rhaella retiró las manos con un gemido exagerado, frotándose las palmas mientras mi madre, la duquesa Luneth, la observaba con esa expresión implacable que no admitía réplica.
—Aprendido —dijo Rhaella rápido—. Muy aprendido.
—Más te vale —respondió mi madre—. Y la próxima vez, anuncias tu presencia.
—Sí, madrina…
Rhaella se puso de pie, sacudiéndose el césped de las rodillas. Luego se giró hacia mí. Ya no tenía esa sonrisa descarada de antes; ahora era más… sincera.
—Oye —dijo—. Siento haberte atacado así, de la nada.
Negué con la cabeza, todavía algo mareado por el gasto de mana.
—No fue el peor recibimiento que he tenido —respondí.
Eso le arrancó una risa breve.
—Aun así —añadió—, te debo una espada.
Levantó una ceja.
—Ese hechizo tuyo… la hizo polvo.
—Te daré una —dije sin pensarlo demasiado—. Una buena.
Sus ojos brillaron.
—Trato hecho —sonrió—. Entonces mañana… o pasado mañana, volveré.
Miró a mis padres.
—Dependerá de si mi padre viene conmigo.
Mi padre asintió.
—Será bienvenido.
—Lo imagino —respondió ella—. Después de todo esto… tendrá muchas preguntas.
Rhaella respiró hondo, y por un momento volvió a mirarme. Como si buscara confirmar que realmente estaba ahí.
—Me alegra verte vivo, Neyreth —dijo—. De verdad.
Sentí un nudo extraño en el pecho.
—A mí también —respondí.
Ella se giró entonces hacia el resto.
—Bueno —anunció—. Me retiro antes de que mi madrina decida que el castigo fue insuficiente.
—Considera eso una sabia decisión —dijo Luneth con calma.
Rhaella rió, saludó con la mano y se alejó por el sendero principal, todavía frotándose las manos.
Después de eso, el ambiente empezó a moverse de nuevo.
El marqués Shtile se acercó con Maylen y Cloe a ambos lados. Las dos inclinaron la cabeza con cortesía.
—Duquesa —dijo el marqués—. Nos retiraremos por hoy. Hay asuntos que atender.
—Lo entiendo —respondió mi madre—. Pero…
Miró a Maylen.
—Si no tienes demasiado que hacer, puedes venir cuando gustes. Te vendrá bien entrenar un poco.
Los ojos de Maylen se iluminaron.
—¿De verdad?
—Miya o Mariela pueden ayudarte con la magia de viento —añadió mi madre—. Ambas tienen experiencia.
Miya, que estaba cerca, asintió con una sonrisa tranquila. Mariela hizo lo mismo, más seria.
—Sería un honor —dijo Maylen con entusiasmo contenido.
Cloe sonrió.
—Yo también vendría —añadió—. Aunque solo sea a mirar.
El marqués Shtile inclinó la cabeza con gratitud.
—Lo agradezco mucho, duquesa.
—Esta casa siempre está abierta para aliados sinceros —respondió ella.
Keny y Kyle se acercaron después.
—Nosotros también nos retiramos —dijo Kyle—. Hay informes que revisar.
—Y cosas que reparar —añadió Keny, mirando de reojo el jardín aún marcado por el hielo—. Muchas cosas.
—Tal vez no nos veamos en unos días —continuó Kyle—, pero…
Keny me miró directamente.
—No te mueras otra vez, ¿sí?
Solté una risa baja.
—Haré lo posible.
—Más te vale —sonrió ella.
Se despidieron, y poco a poco el jardín quedó más tranquilo.
Cuando los vi alejarse, sentí el cansancio caerme encima de golpe. No solo físico. Emocional.
Me apoyé un poco en el respaldo del banco, respirando hondo.
Mi madre Luneth fue la primera en acercarse. No dijo nada al principio; simplemente pasó mi brazo por encima de sus hombros con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida. Del otro lado, Liana tomó mi otra mano con cuidado, casi con miedo de apretarme demasiado.
—Despacio —murmuró Liana—. No tienes que demostrar nada ahora.
—No estoy… —intenté decir.
Mis piernas flaquearon apenas un poco. Suficiente para que ambas lo notaran.
—Sí, sí lo estás —dijo Luneth con calma—. Y eso está bien.
Me dejaron apoyarme en ellas mientras caminábamos de regreso a la mansión. El jardín quedó atrás, sumido en sombras y en los últimos restos de humedad donde antes hubo hielo.
Dentro, los pasillos estaban iluminados solo por lámparas bajas. El silencio era distinto aquí: más íntimo.
Liana suspiró.
—No puedo creer todo lo que pasó hoy —dijo—. Primero despiertas… y luego esto.
—No fue mi intención causar problemas —respondí.
—Lo sé —dijo ella enseguida—. Nunca lo es contigo.
Luneth no habló hasta que llegamos a la escalera principal. Ahí se detuvo, obligándome a detenerme también.
—Neyreth —dijo, mirándome con seriedad—. Como madre, ya te diría que descanses y no pienses más en ello esta noche.
Hizo una breve pausa.
—Pero como maga… debo advertirte algo.
Liana guardó silencio de inmediato, aunque se quedó a mi lado.
—Tal vez ya lo sientas —continuó Luneth—. O tal vez lo sepas, incluso sin poder explicarlo.
Fruncí el ceño.
—¿Sentir qué?
—Tu propio cuerpo —respondió ella—. No como antes.
Me vinieron a la mente las astillas de hielo saliendo de mi piel, el frío recorriéndome por dentro.
—Lo de Rhaella… —dije.
—Exacto —asintió—. Usaste tu cuerpo como medio del hechizo.
Liana tragó saliva.
—¿Eso es malo? —preguntó—. Otros magos hacen cosas así, ¿no?
Luneth giró el rostro hacia ella, suavizando un poco la expresión.
—Sí. Muchos lo hacen —admitió—. Canalizan su elemento a través de la piel, los músculos, incluso los huesos.
Volvió a mirarme.
—Pero Neyreth no es un mago ordinario.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Ya me lo explicaste —murmuré.
—Y aun así debo repetirlo —dijo Luneth—. Lo que hiciste fue instintivo… y peligroso.
—Pero funcionó —repliqué—. No sentí dolor.
—Ese es precisamente el problema —respondió ella sin dureza—. No siempre lo sentirás cuando algo vaya mal.
Liana frunció el ceño.
—No entiendo mucho de magia más allá de lo que explicaste y escuché —dijo con honestidad—, pero… ¿qué tiene de distinto?
Luneth respiró hondo.
—Sus nodos —dijo—. Esos… mecanismos que aún no comprendo del todo.
Me miró con una mezcla de fascinación y preocupación.
—Pueden ayudarte a hacer cosas increíbles, Neyreth. Lo que vimos hoy es prueba de ello.
—Entonces… ¿por qué es tan peligroso? —pregunté.
—Porque al usarlos así —explicó—, tu cuerpo deja de ser solo un canal… y se convierte en parte del hechizo.
El silencio se volvió pesado.
—Si algo se desestabiliza —continuó—, no es mana lo que se quema. Eres tú.
Liana apretó mi mano con fuerza.
—Eso no me gusta —dijo en voz baja.
—A mí tampoco —admitió Luneth—. Por eso debes ser cuidadoso.
Reanudamos la caminata, subiendo las escaleras con lentitud.
—Incluso cuando aprendas el método Vyrenthal —añadió Luneth—, tendrás que tener más cuidado que cualquier otro.
—¿No se supone que ese método es más seguro? —pregunté.
—Para magos normales —respondió ella—. Para ti… es una herramienta. Y cualquier herramienta mal usada puede volverse un arma contra su dueño.
Llegamos frente a mi habitación. Luneth abrió la puerta con un gesto.
—No te digo esto para asustarte —dijo, mirándome a los ojos—. Te lo digo porque sigues vivo. Y quiero que lo sigas estando.
Liana sonrió débilmente.
—Y porque todavía tienes que aprender a caminar sin desmayarte cada cinco pasos.
Solté una pequeña risa cansada.
—Haré mi mejor esfuerzo.
—Eso es todo lo que te pedimos —dijo Luneth—. Por ahora, descansa.
Me ayudaron a sentarme en la cama. Cuando se dispusieron a irse, las vi detenerse un segundo en la puerta.
Dos madres.
Dos miradas distintas.
La misma preocupación.
***
La tarde siguiente llegó con objeciones. Muchas.
Que aún estaba débil.
Que acababa de despertar de un coma.
Que mi mana no estaba estable.
Que no debía forzar nada.
Las escuché todas.
Y aun así, para mí no había alternativa.
—No voy a entrenar —les dije al final—. Voy a meditar.
Eso, curiosamente, fue lo único que logró detener la discusión.
Meditar no sonaba peligroso. No implicaba hechizos, ni nodos, ni hielo, ni fuego. Solo… estar quieto.
Y aun así, algo en mi interior insistía en que debía hacerlo.
No era una corazonada nueva. Era un eco.
Una voz antigua, rota en fragmentos, que no lograba recordar del todo, pero que reconocía como propia.
Si alguna vez dudas… vuelve al silencio.
Eso me lo había dicho él.
El líder de la orden a la que pertenecí.
No veía su rostro con claridad. Solo una figura alta, inmóvil, con una presencia tan pesada como tranquilizadora. Siempre serio. Siempre observando más de lo que hablaba.
No confíes en tu poder cuando estás roto.
Confía en tu centro.
Lo había hecho muchas veces antes.
O… eso sentía.
Ahora lo hacía porque mi cuerpo lo pedía a gritos.
Sivelle fue quien terminó llevándome.
—Si vas a insistir —dijo mientras caminábamos—, al menos hazlo en un lugar adecuado.
Atravesamos un ala de la mansión que no había visto antes. Pasillos más amplios, muros reforzados con runas apagadas, el aire ligeramente más denso.
—Esta es una de las salas de entrenamiento —explicó—. Se usa tanto para práctica física como mágica.
Abrió una gran puerta.
El interior era amplio y circular. El suelo estaba cubierto por un patrón de piedra pulida, con líneas que formaban círculos concéntricos. No había armas, ni focos, ni catalizadores visibles.
Solo espacio.
Silencio.
Respiré hondo.
—Es… perfecta.
Sivelle me miró de reojo.
—No vas a usar magia —dijo, más como advertencia que como pregunta.
—No —respondí—. Ni nodos. Nada.
—Te creo —dijo—. Pero igual me quedaré cerca.
Asentí.
Caminé hasta el centro del círculo y me senté en el suelo, cruzando las piernas con cuidado. Mi cuerpo protestó de inmediato; los músculos aún se sentían pesados, como si no fueran del todo míos.
Demasiado débil.
La idea no me frustró. Me resultó… clara.
Cerré los ojos.
No busqué mana. No lo llamé. No lo empujé.
Solo respiré.
Inhalar.
Exhalar.
Al principio, todo era ruido.
Mi corazón latiendo demasiado rápido. El recuerdo del jardín. El hielo. El fuego. La mirada de Luneth. Las palabras de Liana.
Las dejé pasar.
No las persigas.
No las rechaces.
El silencio empezó a formarse poco a poco, como un lago después de una tormenta.
Y ahí lo sentí.
No mis nodos.
No mi magia.
Yo.
Algo pequeño. Compacto. Presente.
Frágil… pero intacto.
Empieza desde aquí.
No supe si ese pensamiento era mío o un recuerdo.
Pero obedecí.
***
[Liana]
Hacía girar el cuchillo de cocina entre mis dedos, pasándolo del mango a la hoja con un movimiento que me salía casi solo. No era un truco, era costumbre. Algo que hacía desde siempre cuando cocinaba, cuando pensaba, cuando necesitaba mantener las manos ocupadas para que la cabeza no se me fuera a lugares incómodos.
El golpe seco del cuchillo contra la tabla marcaba el ritmo mientras cortaba verduras.
Tac.
Tac.
Tac.
Era… lo único que podía hacer en este lugar.
Desde que llegué a la capital, hace ya un mes, mi mundo se había reducido a caminar despacio, sentarme derecha y aceptar ayuda que no pedí.
El mismo día que llegamos, ni siquiera nos dejaron tocar el polvo del camino.
—Por favor, acompáñenos —había dicho una sirvienta con una sonrisa imposible de rechazar.
Un baño.
No, el baño.
Una tina enorme, flores flotando en el agua, perfumes caros que me mareaban, al menos una docena de manos alrededor como si fuera de cristal. Yo solo quería quitarme el barro y dormir.
Y eso había sido solo el inicio.
El duque había dado la orden:
Trátenlos como parte de la familia ducal.
Nadie se atrevió a cuestionarlo.
Ni siquiera yo.
Desde entonces, cada intento mío por hacer algo normal terminaba igual.
Tomaba una escoba: alguien me la quitaba con delicadeza.
Quería acomodar mi cama: "No se moleste, señora".
Me inclinaba para arrancar una mala hierba del jardín: "Por favor, aléjese, puede lastimarse".
¿Lastimarme… con una hoja?
Apreté la mandíbula.
Al principio pensé que era cosa de los primeros días. Que se les pasaría.
No se les pasó.
Un mes después, seguía sintiéndome como un mueble caro al que nadie quiere mover por miedo a rayarlo.
Solo había una excepción.
Cocinar.
Literalmente le supliqué a Luneth.
—Si no me dejas hacer algo, voy a explotar —le dije, sin rodeos.
Ella me miró un largo momento. Luego suspiró, derrotada.
—Muy bien —aceptó—. Pero solo la cocina. Y con supervisión.
Acepté sin dudar.
Así que aquí estaba.
Jugando con el cuchillo, cortando, mezclando, probando sabores, fingiendo que esta enorme cocina no era más grande que la casa en la que había vivido casi toda mi vida.
El olor de los alimentos me calmaba un poco.
El sonido. El calor del fuego.
Era real. Tangible.
No como todo lo demás.
Porque fuera de aquí… no podía hacer nada sin que alguien me observara.
No nos tenían encerrados, eso era cierto. Podíamos salir, recorrer la capital, ver mercados, plazas, calles.
Pero siempre con guardias.
Muchos.
Demasiados.
Hombres armados delante, detrás, a los lados.
Miradas atentas, pasos sincronizados.
Personas apartándose al vernos pasar.
La primera vez que salimos así, regresé con dolor de cabeza.
La segunda, con ganas de gritar.
Después de eso, casi no salimos.
Giré el cuchillo una vez más y lo clavé en la tabla, con un golpe un poco más fuerte de lo necesario.
Exhalé lentamente.
—Solo un rato más… —murmuré para mí misma.
Cocinar.
Cortar.
Moverme.
Mientras pudiera hacer eso, mientras mis manos siguieran ocupadas, el estrés no me ganaría.
Al menos… no hoy.
No podía negar que para algunas personas todo aquello era… divertido.
Alenya y Miriel, por ejemplo, lo estaban disfrutando más de lo que yo creí posible.
Apenas una semana después de haber llegado, Luneth había hecho traer a un sastre.
No, varios sastres.
Y diseñadoras.
Y ayudantes.
Y cajas. Muchas cajas.
—Es necesario —había dicho la duquesa con total calma—. No pueden presentarse en la capital sin ropa adecuada.
Yo ya estaba retrocediendo un paso.
—Estoy bien con lo que tengo —respondí de inmediato—. De verdad.
No funcionó.
La sala se llenó de telas, colores, cintas y voces emocionadas. Vestidos extendidos como si fueran alas, joyas brillando bajo la luz, telas tan finas que me daba miedo tocarlas.
Me sentí fuera de lugar al instante.
—Pruébese este, señora Liana —dijo una de las diseñadoras, sosteniendo un vestido con bordados de plata y cristales que debían costar más que todo lo que había ganado en años.
Negué con la cabeza.
—No —respondí, quizá demasiado rápido—. Es… demasiado.
Y lo era.
Demasiado brillante.
Demasiado ostentoso.
Demasiado caro.
Para mis ojos, todo aquello parecía exagerado, casi ridículo. Como si la ropa gritara mírame antes incluso de que la persona entrara en la habitación.
No era para mí.
Pero mis hijas…
Alenya reía mientras giraba con un vestido nuevo, mirándose en el espejo con una mezcla de timidez y emoción. Miriel observaba cada detalle, tocando las telas con cuidado, preguntando cosas, fascinada por la atención.
—Mamá, mira —me llamó Alenya—. ¡Tiene bolsillos!
Eso sí me arrancó una sonrisa.
Sivelle y Niva también estaban allí, ayudando, opinando, riendo. Parecían disfrutarlo de verdad, como si ese mundo les perteneciera desde siempre.
Yo, en cambio, me quedé sentada la mayor parte del tiempo, con las manos juntas, esperando que terminara.
En la sala contigua estaban Joren, Roderic, el duque e Isen.
No los veíamos, pero los escuchábamos.
Risas masculinas, comentarios exagerados, algún golpe seco contra la mesa. Podía imaginar perfectamente lo que ocurría: bromas, apuestas absurdas, quizá Isen quejándose de tener que medirse nada.
Curiosamente, eso me resultó más fácil de soportar que todo el brillo a mi alrededor.
Al final, acepté… pero a mi manera.
Vestidos sencillos.
Colores apagados.
Sin adornos, sin cristales, sin bordados innecesarios.
Ropa que no gritara quién era yo, sino que simplemente… me permitiera estar.
Las diseñadoras parecieron un poco decepcionadas, Luneth me miró con una mezcla de comprensión y resignación, pero nadie insistió más.
Cuando todo terminó y las cajas fueron retiradas, me quedé mirando mis manos.
Seguían siendo las mismas.
Tal vez no pertenecía a ese mundo, pero tampoco iba a dejar que me aplastara.
Mientras pudiera elegir, aunque fuera un poco, seguiría siendo yo.
El ritmo del cuchillo se detuvo.
No por un sonido fuerte, sino por algo… distinto.
Pasos.
No.
No eran pasos humanos.
Eran más pesados, más amplios, con un peso que hacía vibrar apenas el suelo de piedra. Me giré despacio, aún con el cuchillo en la mano, y lo vi.
El lobo.
O mejor dicho… el dragón.
Aún me costaba pensarlo así, incluso después de que ayer nos enteráramos de la verdad. Que esa criatura que había dormido cerca de Eiren, que había jugado con los niños, que había protegido el jardín, no era simplemente un animal mágico.
Era un dragón antiguo.
En forma de lobo.
Su pelaje plateado reflejaba la luz de la cocina como si estuviera hecho de metal pulido. Era enorme, del tamaño de un caballo… no, más grande aún. Sus patas apoyadas con una naturalidad inquietante, como si el mundo estuviera diseñado para soportar su peso.
Se sentó frente a mí.
Se sentó.
La cola se agitó lentamente contra el suelo, golpeando con un thump suave y rítmico. Inclinó la cabeza hacia un lado, observándome con ojos atentos, demasiado inteligentes para ser los de un animal común.
Luego… su mirada bajó.
Directa.
A la barra.
Al pollo.
Seguí su vista y suspiré.
—No —dije de inmediato, sin dureza, pero firme—. Eso no.
El dragón-lobo volvió a mirarme, como si no hubiera entendido… o como si estuviera evaluando mis posibilidades de ceder.
—No puedes —continué, señalando el pollo—. Es para todos. Y además, ya te dieron de comer hace rato.
Silencio.
Luego, el pecho de la criatura se infló apenas y soltó un bufido grave, vibrante, que resonó en la cocina como un pequeño trueno contenido.
Bufh.
No fue un rugido.
Fue… indignación.
Lo miré fijamente, cruzándome de brazos sin soltar el cuchillo.
—No me mires así —le advertí—. No funciona conmigo.
La cola dejó de moverse por un segundo.
El dragón-lobo ladeó un poco más la cabeza, como si estuviera reconsiderando la estrategia. Luego volvió a mirar el pollo. Y después a mí.
Soltó otro bufido, esta vez más suave, casi ofendido.
—Ni lo intentes —añadí—. No voy a caer en eso.
Por alguna razón, tuve la clara sensación de que me estaba juzgando.
Y peor aún…
De que estaba planeando algo.
El dragón-lobo se tensó de golpe.
La cabeza se giró hacia la ventana con una rapidez antinatural, las orejas erguidas, el cuerpo incorporándose en un solo movimiento fluido. Un gruñido bajo y profundo salió de su garganta, no amenazante… sino alerta.
Se me heló el estómago.
—¿Eh…? —murmuré, instintivamente bajando el cuchillo.
Solo lo había visto ponerse así cuando algo lo perturbaba de verdad.
—Tranquilo… —intenté decirle, dando un paso hacia él—. ¿Qué pasa?
No me miró.
Dio media vuelta, caminó un par de pasos, volvió a gruñir y entonces lo escuché yo también.
Pasos.
No dentro de la mansión.
Afuera.
El sonido claro de cascos, varios, acompasados… y luego el crujido inconfundible de un carruaje deteniéndose.
Me quedé quieta un segundo.
—Alguien llegó… —susurré.
Deslicé la cacerola fuera del fuego con cuidado, apagando la llama. Me limpié las manos en el delantal sin pensarlo demasiado y me dirigí a la salida de la cocina. El dragón-lobo se movió conmigo, caminando a mi lado como una sombra enorme y plateada.
—No hagas nada —le pedí en voz baja—. Solo vamos a ver qué pasa.
No respondió, pero tampoco se adelantó.
Mientras avanzábamos por los pasillos, lo vi.
Un mayordomo joven, impecable, caminando con prisa contenida.
—Disculpa —lo llamé—. ¿Quién ha llegado?
Se detuvo de inmediato al verme, haciendo una reverencia breve, aunque su mirada se fue inevitablemente hacia la criatura a mi lado.
—Ha llegado el duque Notch, señora —respondió—. Ya lo están recibiendo en la entrada principal.
Asentí.
—Gracias.
El mayordomo se retiró casi de inmediato, como si no quisiera quedarse más tiempo del necesario junto al dragón.
Seguimos caminando.
Los pasillos parecían más largos de lo normal, y el eco lejano de voces confirmaba que había movimiento en la mansión. Cuando llegamos a una de las salas laterales, encontré a varios reunidos.
—Ah —dijo Roderic al verme—. Aquí estás.
Joren estaba apoyado en una columna, Alenya sentada en uno de los sillones con Miriel a su lado. Todos parecían… esperando.
—La duquesa pidió que permaneciéramos aquí —explicó Joren—. Dijo que mandaría a alguien por ti a la cocina.
Parpadeé.
—Yo… iba a quedarme allá —admití—, pero el lobo se alteró. Y luego escuché los caballos.
Alenya miró a la criatura con curiosidad.
—Entonces él también lo sintió.
El dragón-lobo se sentó cerca de la puerta, atento, vigilante, como si esa no fuera una sala de espera, sino una línea de defensa.
Miriel sonrió apenas.
—Parece que tenemos más guardianes de los que pensábamos.
Yo tragué saliva, cruzando las manos frente a mí.
—Así que… es el duque Notch.
Nadie lo negó.
