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Chapter 59 - Petunia Dursley

Severus Snape caminaba por los pasillos con el ceño fruncido, aún molesto por haber aceptado ayudar a Lupin, preparando la poción matalobos a petición de Dumbledore.

Pero era necesario, ya que de esta manera podría traer a Anya a Hogwarts, auque no pueda salir afuera, es una suerte que mi oficina y habitación estén conectadas, podrá usar mi oficina para leer o jugar, además Leon podrá ayudarme a cuidarla.

En otro lado del castillo, estaba sucediendo un enfrentamiento, entre Gryffindor y Slytherin.

Los de Gryffindor se burlaban abiertamente.

—Vamos, admítelo —decía uno entre risas—. A tu padre le gusta vestirse de mujer.

Las carcajadas estallaron.

Harry Potter, Ron Weasley, Hermione Granger y Neville Longbottom estaban allí, riendo al recordar la escena del boggart.

Leon no reaccionó de inmediato.

Los miró.

Uno por uno.

—Yo no estaría preocupado —dijo finalmente, con calma—. Mi padre tiene bastante clara su identidad.

Algunos siguieron riendo.

Pero otros comenzaron a callar.

Leon inclinó ligeramente la cabeza.

—En su lugar… yo me preocuparía por ustedes.

El tono cambió.

Las risas se apagaron poco a poco.

—Es bien sabido que en Gryffindor comparten habitación —continuó—. Especialmente los que comparten con Longbottom.

El silencio fue inmediato.

Todas las miradas se dirigieron a Neville.

Más estudiantes comenzaron a acercarse, atraídos por la tensión.

Leon sonrió, apenas.

—Todos saben que un boggart refleja el mayor miedo… y que el hechizo consiste en volverlo algo ridículo, o algo que nos cause una gran alegria.

Nadie discutió eso.

—Así que resulta interesante —añadió— qué con los gustos de Longbottom, me pregunto como los mirara a ustedes que comparte habitación con el, mientras se cambian de ropa frente a el, quien sabe que fantasias tendrá verdad Potter, Weasley, Thomas, Finnigan después de todo ustedes comparten habitación el"

Su mirada recorrió a Potter, Weasley, Thomas, Finnigan.

Que lucían algo incomodos, pero Neville quedo en blanco.

El mensaje quedó claro.

La incomodidad se extendió.

Nadie reía ya.

Algunos incluso dieron un paso atrás.

Leon retrocedió con tranquilidad.

—Vámonos.

Los Slytherin lo siguieron casi de inmediato, en silencio, con una mezcla de admiración y sorpresa.

Mientras se alejaban por el pasillo, nadie volvió a reír.

Y por primera vez, el peso del silencio cayó del lado de Gryffindor.

Los días pasaron y, como suele ocurrir en Hogwarts, el escándalo cambió de dirección.

Los comentarios sobre el boggart del profesor Snape quedaron atrás. Ahora los susurros en los pasillos giraban en torno a Longbottom y a los compañeros que compartían dormitorio con él. Las miradas incómodas habían cambiado de objetivo.

El fin de semana llegó.

Muchos Slytherin pensaban que Snape volvería a marcharse como la vez anterior.

Pero no fue así.

Leon fue llamado a la oficina de su padre. Al entrar, encontró a Severus de pie junto al escritorio, con las manos entrelazadas tras la espalda.

—He llegado a un acuerdo con el director —dijo Snape con tono seco—. Permaneceré en el castillo los fines de semana… durante un tiempo.

No especificó más.

Leon tampoco preguntó.

Su atención estaba en otra cosa.

—¿Entonces…? —preguntó, incapaz de ocultar la expectación.

Snape lo miró un segundo más de lo habitual.

—Sí. Anya vendrá.

La expresión de Leon cambió por completo. La frialdad habitual desapareció, reemplazada por una alegría imposible de disimular.

Snape se dispuso a marcharse para recogerla personalmente cuando la puerta se abrió de golpe.

La puerta del despacho de Severus Snape se abrió de golpe.

—¡Profesor Snape! —jadeó Argus Filch—. ¡El señor Malfoy! ¡Ese monstruo lo atacó!

—Explíquese con claridad, Filch.

—¡El hipogrifo, señor! ¡Le abrió el brazo! ¡Hay sangre por todas partes!

Durante un instante, el rostro de Snape permaneció completamente inmóvil. Pero por dentro, algo se tensó violentamente.

Miró el reloj de pared.

Las cinco y doce.

Anya lo estaría esperando frente a la academia Smeltings.

Sola.

Otra vez.

El pensamiento le produjo una punzada incómoda. Había prometido llegar puntual esta vez. Después de semanas enteras cancelando visitas, reuniones y salidas por asuntos de Hogwarts, finalmente le había dado su palabra.

Y Snape rara vez rompía una promesa.

—Padre.

La voz de Leon lo sacó de sus pensamientos.

El muchacho permanecía apoyado junto a la puerta, todavía con el uniforme de Slytherin impecablemente ordenado.

—Yo iré por ella.

Snape alzó la mirada.

Leon continuó:

—Draco es importante para la Casa. Y usted necesita estar ahí como jefe de Casa.

El silencio se volvió pesado.

Había demasiadas cosas escondidas en esa frase:

responsabilidad,

resentimiento,

costumbre.

Snape abrió un cajón del escritorio y tomó un pergamino.

La pluma negra se movió rápidamente.

Señor director de Smeltings:

Mi hijo, Leon Snape, recogerá hoy a mi hija Anya en mi lugar.

Cualquier inconveniente deberá dirigirse directamente a mí.

Snape.

Doblando la nota, se lo entregó.

Sus dedos se rozaron apenas un segundo.

—No permitas que espere afuera —dijo Snape en voz baja.

Leon asintió.

Y por primera vez en mucho tiempo, Snape sintió que acababa de confiarle algo realmente importante a alguien.

Leon sin esperar mas tomo los polvos flu y entro a la chimenea y grito Spinner's End.

La red de polvos flu ardió en verde esmeralda alrededor de Leon.

Por un instante, todo giró:

chimeneas,

sombras,

voces lejanas,

ceniza.

Salió tambaleándose sobre la alfombra raída de la vieja casa de Severus Snape. Apenas tuvo tiempo de limpiarse el hollín del uniforme cuando un pequeño elfo doméstico apareció con un chasquido.

—¡Joven amo Leon! ¡Loky lo limpiara!

Leon asintió rápidamente.

—Necesitamos ir a Smeltings, puedes aparecerte verdad.

—¡Loky lo hara!

El elfo tomo la mano de Leon y desaparecieron.

No quería que Anya creyera que también la habían olvidado.

Otra vez.

Cuando finalmente llegaron a la academia Smeltings, el contraste fue inmediato.

Los estudiantes salían en grupos ordenados, vistiendo los tradicionales frac marrones y sombreros de paja de la escuela. Padres elegantes esperaban junto a coches brillantes mientras conversaban en voz baja.

Y entonces apareció Leon.

La túnica negra de Hogwarts destacaba como una mancha oscura entre los uniformes muggles.

Varias personas dejaron de hablar.

Algunos alumnos lo miraron con abierta curiosidad.

Otros dieron un paso atrás sin entender por qué aquel muchacho les resultaba tan inquietante.

Leon caminó hasta la entrada principal ignorando las miradas. Frente al portero, sacó el pergamino firmado por Snape.

—Vengo a recoger a mi hermana, Anya Snape.

El hombre leyó la nota con evidente confusión.

—Eh... sí... claro...

Sus ojos volvían constantemente al uniforme.

Detrás de la multitud, alguien observaba inmóvil.

Petunia Dursley sintió que la sangre se le congelaba.

Negro.

Verde.

Plateado.

Ese uniforme.

Ese maldito uniforme.

Durante años había intentado enterrar esos recuerdos:

las cartas,

la magia,

Lily,

Hogwarts.

Pero verlo ahí, frente a ella, hizo que el viejo odio despertara más fuerte que el miedo.

Apretó el brazo de Dudley con fuerza.

Leon no notó nada.

En ese momento, Anya apareció bajando las escaleras de la entrada con una enorme sonrisa.

—¡Leon!

Corrió hacia él y lo abrazó sin preocuparse por las miradas alrededor.

—¡Papá sí te dejó venir!

—Claro que sí —respondió él, acomodándole el abrigo—. Y dijo que puedes pasar el fin de semana en Hogwarts.

Los ojos de Anya brillaron.

—¿En serio?

—Aunque el lunes tendrás que volver a los dormitorios.

—No me importa —dijo feliz—. Quiero ver el lago otra vez. Y al calamar gigante. Y las armaduras. Y—

—Y probablemente molestar fantasmas —añadió Leon con una pequeña sonrisa.

Anya soltó una risa.

Pero entonces una voz cortó el momento.

—¿Qué haces aquí, monstruo?

El ambiente se tensó de inmediato.

Petunia avanzó unos pasos, rígida, pálida y furiosa.

—Los de tu clase no deberían mezclarse con gente normal.

Leon parpadeó confundido.

La observó de arriba abajo.

No entendía por qué aquella mujer parecía aterrada al verlo.

Ni cómo reconocía el uniforme.

Anya, en cambio, abrió mucho los ojos.

—¡Ah, ya recuerdo! —exclamó—. ¡Es la mujer con cuello de caballo!

Hubo un silencio mortal.

Dudley soltó un ruido ahogado.

Petunia quedó completamente petrificada.

Y Leon…

Leon estalló en carcajadas.

Risas reales.

Fuertes.

Imposibles de contener.

Incluso algunos estudiantes cerca de la entrada tuvieron que girarse para ocultar sonrisas.

Petunia se puso roja de indignación.

—¡¿Cómo te atreves?!

Leon intentó recuperar el aliento mientras se limpiaba una lágrima provocada por la risa.

—Perdone… —dijo todavía riendo— …pero ahora no voy a poder dejar de verlo.

Petunia temblaba de rabia.

—¡Qué falta de respeto! —espetó, apuntando a Leon con un dedo huesudo—. ¡Claro que eres igual que todos los de tu clase! Maleducados, arrogantes… anormales.

La sonrisa de Leon desapareció poco a poco.

No porque las palabras le afectaran demasiado; en Hogwarts había escuchado insultos peores.

Pero Anya seguía ahí.

Y aquella mujer acababa de llamarlo monstruo frente a ella.

 

Antes de que pudiera responder, Anya dio un paso adelante.

—¡No puede insultar a mi hermano!

La voz de la niña resonó con más fuerza de la que cualquiera esperaba.

Petunia se quedó inmóvil.

Anya rara vez levantaba la voz. Pero ahora abrazaba el brazo de Leon con expresión desafiante.

—Leon no le hizo nada —continuó—. Y usted empezó primero.

Los ojos de Petunia pasaron lentamente de Anya a Leon.

Luego otra vez a Anya.

Algo empezó a encajar en su cabeza.

Hermano.

No "amigo".

No "primo".

Hermano.

Petunia sintió un escalofrío.

—Tú… —murmuró mirando a Leon—. ¿Eres hijo de Severus Snape?

Leon frunció ligeramente el ceño.

—Sí.

La expresión de Petunia cambió por completo.

Durante años había recordado con una satisfacción amarga que aquel muchacho extraño, silencioso y pobre de Cokeworth había terminado criando a una hija no mágica.

Una ironía deliciosa para alguien como él.

Oh, cuánto se había burlado internamente de eso.

El gran mago de Hogwarts…

con una hija incapaz de hacer magia.

Pero ahora descubría que Snape sí tenía un heredero mágico.

Un hijo vestido con las túnicas de Hogwarts.

Un muchacho que claramente pertenecía a ese mundo que ella tanto odiaba.

Y, de pronto, se sintió engañada.

Humillada.

Como si el destino se hubiera burlado de ella otra vez.

Petunia apretó los labios hasta volverlos una línea blanca.

—Claro… —dijo con frialdad—. Por supuesto.

Tomó a Dudley del brazo con brusquedad.

—Nos vamos.

—Pero mamá—

—Ahora.

Sin mirar atrás, Petunia se alejó rápidamente entre la multitud, casi arrastrando a Dudley con ella.

Anya observó cómo desaparecía.

—Sigue teniendo cuello de caballo —susurró.

Leon soltó otra carcajada.

—Anya…

—¿Qué? ¡Es verdad!

En Hogwarts, el ambiente en la enfermería estaba cargado.

Draco Malfoy yacía en una cama, pálido pero consciente, mientras Madam Pomfrey trabajaba con precisión firme sobre la herida.

Severus Snape permanecía de pie junto a la cama, el rostro sombrío.

—La herida sanará —informó Pomfrey con sequedad—. Pero el joven tuvo la imprudencia de insultar a la criatura.

Snape no respondió.

Sus ojos oscuros se clavaron en Draco.

—¿Provocaste al hipogrifo?

Draco evitó su mirada un segundo.

—Solo dije que era… ridículo.

Silencio.

Snape cerró los ojos brevemente.

—Los hipogrifos exigen respeto. Algo que, al parecer, aún no has aprendido.

No hubo grito. No hubo amenaza.

Y eso resultó peor.

Draco tragó saliva.

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