Cherreads

Chapter 70 - Capitulo 68

LUCIA

Estaba incómoda.

Otra noche más en la que abrazarlo como antes se volvía una misión imposible. Frijolito ocupaba todo el espacio entre nosotros, como si ya desde ahora reclamara su lugar. Aun así, me aferré a Evan como pude, con el pecho contra su costado y la pierna sobre la suya, buscando ese rincón tibio donde pudiera sentirlo mío sin que el bebé protestara por la presión.

Deslicé mi mano bajo su camisa, encontrando su piel con la facilidad que solo da el hábito. Mis dedos trazaron el mapa de su cuerpo, esas líneas marcadas por el pasado… cicatrices que ya no eran heridas abiertas, pero tampoco historias cerradas. Las conocía de memoria. Algunas curvas eran tan suaves como un suspiro, otras más ásperas que el silencio de ciertos días. Las había besado todas más veces de las que podía contar.

—¿Las extrañas? —pregunté de pronto, con la voz apenas un susurro, mientras acariciaba una cicatriz larga en su abdomen, una que le cruzaba de forma diagonal como si un animal salvaje lo hubiera marcado.

—¿A las cicatrices? —respondió él con tono bajo, mirándome sin moverse.

—No —dije, negando suavemente con la cabeza mientras subía un poco la mano por su pecho—. A ellos. A tu familia de V.I.D.A.

Evan no respondió de inmediato.

Sentí cómo tensaba la mandíbula bajo mi palma. Sus respiraciones se hicieron más profundas, más largas.

—Claro que sí —dijo al fin, sin adornos, sin vacilar—. Por supuesto que los extraño. Cada día. No saber si están bien… si alguno cayó en una misión… si siguen recordándome. Me duele pensar que... todavía me dan por muerto.

Su mano buscó la mía bajo su camisa y la sostuvo, como si se aferrara al presente para no hundirse en lo que fue.

—Pero no puedo hacer nada, Lucía —continuó—. No mientras I.F.L.O. siga activo. Si intento contactarlos, si dejo rastro, si me muevo más de la cuenta… podrían encontrarme. Y si ellos me encuentran, también pueden encontrarte a ti. O a tu familia. O a nuestro hijo.

Tragó saliva, bajando la mirada hacia mi vientre, que se movía levemente como si Frijolito percibiera la tensión.

—Así que sigo muerto para todos —dijo con amargura contenida—. Y mientras siga muerto, no hay sombra siguiéndome. No hay cuchillo sobre mi cuello. No hay amenaza sobre ti.

Lo abracé más fuerte, hasta donde la panza me dejó. Besé su clavícula con suavidad, acariciando una cicatriz que apenas se sentía bajo mis labios.

—Yo los extraño por ti —le dije—. Porque sé que los amabas. Y porque me duele pensar que uno de los hombres más leales que he conocido, tuvo que enterrar a su propia familia… sin una tumba.

Él no dijo nada. Solo me abrazó de vuelta, su mano rozando mi espalda, su nariz hundida en mi cabello. En ese silencio, yo escuché todo lo que no podía poner en palabras: la tristeza, la culpa, la nostalgia… y el miedo.

Un miedo que no venía por él. Sino por nosotros.

Nos quedamos así por un rato largo. Con el peso de la noche sobre la espalda y el amor como único refugio.

Y aunque no lo dijimos, ambos supimos que, en algún rincón del mundo, había personas buscándolo. Y otras… esperando que nunca lo encontraran.

****

Dormí casi veinticuatro horas. O más. Ya ni sé.

Entre baño, comida, masajes de Evan y ese cansancio que se te mete en los huesos cuando estás cargando una pequeña galaxia en el vientre, simplemente... me rendí. No tengo ni idea de cuántas veces me moví de la cama, pero recuerdo claramente a Evan poniéndome una bandeja con fruta cortada y jugo, mientras me decía que parecía un oso en hibernación. Le lancé la almohada. No me importó que tuviera razón.

Hoy por fin me sentía más lúcida. No descansada, porque eso no existe en el octavo mes, pero al menos no quería desmayarme encima del sofá.

Estaba en la sala, con las piernas elevadas y una almohada tras la espalda, mientras Ana, con esa sonrisa tan suya, se inclinaba hacia mi panza y acariciaba el costado con absoluta concentración.

—¿Lo escuchas? —le pregunté, divertida.

—Shhh —me dijo, muy seria—. Estoy en contacto directo con el universo.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Ana puso las dos manos sobre el vientre y frunció el ceño, como si estuviera sintonizando una frecuencia invisible.

—Apuesto mi pago del próximo semestre de la universidad a que es niño —sentenció con toda la autoridad de una médium de mercado.

Desde la cocina se escuchó un bufido.

—¡Por favor! —gritó Sofía, entrando con un vaso en la mano—. Tú no tienes ni un centavo para pagar la universidad, Ana. Papá y mamá siguen pagando todo.

Ana se giró hacia ella con una sonrisa burlona.

—Yo también trabajo… a veces —dijo, sacándole la lengua.

—Sí, claro —replicó Sofía, sentándose en el brazo del sillón—. Te pagan por ver TikToks en la tienda de ropa de tu amiga. Eso no cuenta como trabajo.

—¡Sí cuenta! —protestó Ana, girándose hacia mí—. ¡Lucía! ¡Diles que sí cuenta! Me dieron dinero por organizar los maniquíes y por evitar que una señora se robara unos zapatos.

—Eso suena como trabajo honesto —respondí, alzando las cejas para picarlas un poco—. Aunque también suena a que te contrataron por ser bonita y no por tus habilidades.

—¡Gracias! —dijo Ana sin notar la indirecta—. Pero bueno, el punto es que Frijolito ya me dijo que es niño. Lo sentí, fue como... una patadita cómplice. Un "sí tía, soy yo, el heredero".

—¿Y si es niña? —preguntó Sofía, ahora con tono más suave, mientras acariciaba también mi panza desde el otro lado.

Me quedé un segundo en silencio.

—Entonces será la princesa de la casa —dije, con una sonrisa lenta—. Con una madre muy sobreprotectora, un padre demasiado paranoico, tres tías locas y unos abuelos que probablemente la llenen de regalos y responsabilidades en partes iguales.

—Y una tía Ana que igual apostó mal —añadió Sofía con sorna.

Ana hizo una mueca.

—En ese caso... yo dije que apostaba. Nunca dije que estaba segura. No me vayan a cobrar nada, ¿eh?

Nos reímos las tres. Esa risa floja, sin presión. Como si el mundo se hubiera detenido un rato y solo existiera esa sala, esa panza, y los latidos compartidos que empezaban a sentirse más como una familia real.

Me recosté un poco más y miré a mis hermanas.

—¿Ustedes ya lo sienten, no? —pregunté—. Lo cerca que está todo esto.

—Sí —dijo Ana, con los ojos grandes—. Da miedo… pero también emoción.

—Muchísima emoción —agregó Sofía—. Aunque sigo sin saber cómo demonios van a manejar lo del nombre. ¿Ya eligieron uno, por cierto?

—No —respondí, con un suspiro que salió del alma—. Cada que tocamos el tema, Evan dice que quiere que Frijolito elija su propio nombre cuando nazca. Que lo "sentiremos" al verlo.

Ana se echó hacia atrás.

—Uf, qué místico. Me encanta.

—Claro que te encanta —dije con una risita—. Tú crees que puedes escuchar al bebé como si tuvieras wifi mental.

—¡Porque sí puedo!

Sofía me dio un golpecito en la pierna con la suya y se levantó.

—Voy a buscar algo dulce. ¿Ustedes quieren?

—Sí —dijimos las dos al mismo tiempo.

Frijolito pateó justo entonces.

—¿Y a dónde fue Evan hoy? —preguntó Ana, mientras sus dedos jugueteaban con el borde de la manta que cubría mis piernas.

—Fue a hablar con el abogado —respondí sin pensarlo demasiado, mientras acomodaba mi espalda en el sillón—. Ya están en los últimos papeleos para recuperar su identidad. Si todo sale bien, en un par de semanas por fin será oficialmente Evan Callahan otra vez.

Ana asintió en silencio, como si procesara el peso de esas palabras.

—Debe ser raro —dijo—. Estar tanto tiempo "desaparecido" y que ahora todo eso quede atrás. Como si el pasado solo se firmara y ya no contara.

—No es tan simple —dije, y mi voz salió más suave de lo que pensaba—. A veces me da miedo que no cuente lo suficiente.

Sofía apareció con un par de galletas en una mano y un plato con rebanadas de mango en la otra. Se sentó de nuevo a nuestro lado, cruzando las piernas como si estuviera por abrir un expediente delicado.

—¿Y ya han hablado del futuro? —preguntó, masticando sin despegarme la mirada—. No me refiero a Frijolito ni a su nacimiento, sino... de ustedes dos. Más allá del bebé.

Me quedé en silencio un momento, tomando una galleta para tener algo que hacer con las manos.

—Claro que lo hemos hecho —respondí con una pequeña sonrisa ladeada—. Hemos hablado del matrimonio, por supuesto.

Ana me miró con los ojos grandes.

—¿Y?

—Y nada —solté con una risa vacía, señalándome la panza con una mano—. Decir que es "muy pronto" sería estúpido, considerando que quedé embarazada muy rápido. Nadie planea algo así. Pero lo hablamos. Lo que pasa es que…

Tragué saliva, como si las palabras fueran más pesadas que la galleta.

—Yo soy su primera relación estable. Real. No un beso robado o algo fugaz en medio de la guerra. No algo que pudiera perder con una bala o que tuviera que ocultar por miedo a que lo usaran en su contra. Esto —me toqué el pecho, el corazón— esto es nuevo para él.

—Pero tú lo amas —dijo Sofía con certeza.

—Con todo. Y él a mí. No hay duda en eso.

—Entonces… —Ana ladeó la cabeza, confundida.

—No se trata de amor —interrumpí—. Se trata de que es un proceso. Una transición. Ocho años no son nada cuando hablamos de lo que él vivió. Casi un año aquí y todavía se siente extraño en la ciudad. A veces mira la calle como si esperara un disparo desde un tejado. A veces duerme con un cuchillo bajo la almohada. Yo lo entiendo… pero no deja de doler.

Ambas me miraban con esa mezcla de empatía y tristeza. La que solo las hermanas conocen.

—Yo quiero casarme con él —confesé, bajando la mirada por un segundo—. Pero también quiero que vivamos. Que tengamos más momentos de "nosotros" antes de dar ese paso. Porque no quiero que sienta que debe hacerlo por el bebé o por mí. Quiero que lo sienta… cuando esté listo.

Sofía se inclinó hacia mí y me abrazó, lo mejor que pudo con mi panza entre nosotras.

—Eres la mejor cosa que le pudo haber pasado a ese chico —susurró.

—Y él también a mí —dije, acariciándome la barriga—. Solo que a veces me gustaría que las cosas hubieran sido más lentas. Más nuestras.

—Pero no cambiarías nada, ¿verdad? —preguntó Ana, con esa mirada de hermana menor que te ve como un faro en medio del mar.

Negué con la cabeza de inmediato.

—Ni un segundo. Solo que… bueno, me habría gustado tener más tiempo para enamorarme de él sin tantas sombras alrededor. Para que él se enamorara de sí mismo un poco más, también. Porque no importa lo que yo le diga, aún lucha con eso. Con lo que fue. Con lo que vivió. Y con lo que aún siente que puede volver a pasar.

Hubo un silencio suave después de eso. No incómodo. Solo… real.

Ana rompió la pausa de forma perfecta:

—Entonces, ¿me vas a dar la casa si pierdo la apuesta del género?

Y soltamos la risa otra vez, como siempre que la vida se pone demasiado pesada y una broma viene a rescatarlo todo.

Sofía se quedó pensativa, como si le estuviera dando vueltas a algo en la cabeza mientras masticaba otro pedazo de mango. Luego, sin más, soltó:

—¿Y si Evan te propusiera matrimonio… aceptarías?

La miré. Le lancé una de esas miradas que sólo se pueden lanzar cuando una hermana dice algo obvio solo por gusto.

—¿No escuchaste lo que acabo de decir? —le respondí con media sonrisa incrédula—. ¡Hace como treinta segundos te dije que quiero casarme con él! ¿Qué no entendiste?

Sofía se encogió de hombros, con una sonrisa traviesa dibujándose en los labios.

—Solo quería saber. Confirmar, tú sabes… por si las dudas. Nunca está de más.

—Eres insoportable —murmuré entre risas, sacudiendo la cabeza.

Ana nos miraba a ambas como quien presencia una batalla absurda, divertida y perfectamente familiar.

—Y te voy a decir algo más —añadí, enderezándome un poco mientras acariciaba mi panza—. Si él no se anima… yo se lo voy a proponer.

Sofía levantó una ceja.

—¿En serio?

—¿Tú crees que me va a detener esta barriga de ocho meses? —dije alzando un poco la voz y dándome unas palmaditas en el vientre—. Me pongo de rodillas con esta montaña si hace falta.

—Seguro terminas rodando —soltó Ana, riéndose.

—Pues rodaré hacia el amor, hermanita —dije dramáticamente, con una mano en el pecho como si estuviera en medio de una obra de teatro—. Pero haré la propuesta como se debe.

—Solo hay un pequeño problema —añadí, entre risas—: no tengo idea de la medida de su dedo. ¡Ese chico tiene manos enormes! Voy a tener que adivinar… o robárselo mientras duerme para medírselo con hilo dental o algo.

—O mejor aún —intervino Sofía con una sonrisa ladina—, me dejas a mí tomarle la medida. Yo veo cómo, tú no te preocupes.

Le lancé una almohada que tenía a mano y las tres reímos como niñas.

Frijolito dio una pequeña patadita justo entonces, como si también estuviera participando en la conversación.

—¿Viste eso? —dije acariciando el punto exacto de la panza—. Ya está de acuerdo. Frijolito aprueba el matrimonio.

—¡Entonces no hay nada más que hablar! —exclamó Ana entre aplausos fingidos—. ¡Cásense ya!

Y por un momento, todo fue risa, luz y calor en esa sala. Entre hermanas. Entre promesas futuras y sueños que, aunque aún no se concretan, ya se sienten reales.

Muy reales.

****

EVAN

Tenía tres anillos frente a mí. Los tres, sobre un tapete de terciopelo gris, bajo una luz cálida que parecía hacerlos brillar como si quisieran decirme: elige bien, muchacho.

Y yo los miraba como si fueran piezas de un rompecabezas que no me atrevía a mover.

No era que no supiera cuál quería. Era que los tres me hablaban de ella. Cada uno, con su estilo, con su forma, con su brillo... tenía algo que me hacía pensar en Lucía. Y, maldita sea, no creí que elegir un anillo pudiera ser tan condenadamente difícil.

A mi lado, Paula estaba metida en su propio mundo, probándose aretes, collares, diademas y quién sabe qué tantas cosas más. Parecía en una pasarela silenciosa, admirándose en cada espejo que encontraba. No me molestaba. De hecho, me hacía sentir menos ridículo al estar yo ahí, sudando por un pedazo de metal.

—Este tiene más carácter —dijo de pronto Isabel, mi suegra, señalando uno de los anillos con un gesto sutil—. Más limpio. Más... Lucía.

Tenía el celular en la mano, en videollamada con mi mamá. Desde Chicago, su rostro aparecía en la pequeña pantalla, con una sonrisa calmada y los ojos llenos de emoción. Había insistido en estar presente, aunque sea así. Y, sinceramente, me sentía mejor con eso.

—Yo también pienso lo mismo —dijo mi mamá, con esa voz tan suya, tan cargada de ternura—. Ese del centro. Es sencillo, pero elegante. Como Lucía. Tiene un diseño fuerte... pero con una delicadeza que no se ve a simple vista. ¿Lo ves, Evan?

Asentí despacio. Lo estaba viendo.

Y lo estaba sintiendo.

Ese anillo… sí. Ese. Tenía algo que me hacía pensar en cómo Lucía fruncía la nariz cuando se reía, en cómo me miraba cuando creía que dormía, en cómo se abrazaba a mí por las noches aunque la panza no la dejara estar cómoda. En su fuerza. En todo lo que ha hecho por mí. En todo lo que es.

—Sí —dije al fin, sin apartar la vista—. Es ese.

—¡Ay, mi niño! —dijo mamá desde el teléfono, llevándose una mano al pecho.

—Ya era hora —añadió Paula en voz alta, colocándose unos aretes dorados con forma de estrella—. Pensé que iban a pasar otros ocho meses. Como Lucía se entere que tardaste tanto en escoger, te va a pegar con una chancla en forma de alianza.

—No lo dudo —sonreí.

Isabel soltó una pequeña risa. A pesar de todo, a pesar de lo poco convencional que ha sido todo desde que llegué a sus vidas, esa mujer me ha tratado como a un hijo. Y hoy… estar aquí con ella, eligiendo un anillo para su hija… era surreal.

—¿Vas a llevártelo hoy? —preguntó Isabel, sin presión, solo curiosa.

—Sí. Quiero tenerlo conmigo.

—¿Y ya sabes cómo se lo vas a dar? —intervino mi mamá desde la videollamada—. ¿Cómo vas a pedirle que…?

Me quedé en silencio un segundo. Luego asentí.

—Aún no sé exactamente cómo… —admití, con una sonrisa nerviosa—. Pero sé que va a ser pronto. Muy pronto. Porque no quiero dejar pasar más tiempo. Porque ella… porque Lucía se lo merece.

Las dos mujeres suspiraron casi al mismo tiempo, como si yo acabara de decir algo que les acarició el corazón.

Y sí, puede que me tiemble un poco el pulso mientras guardan el anillo en una pequeña caja de terciopelo azul. Puede que no tenga todas las respuestas. Ni siquiera sé si puedo tener un apellido legal aún.

Pero de algo estoy seguro.

Voy a pedirle que se quede conmigo.

Que siga eligiéndome.

Que me permita seguir eligiéndola a ella.

Todos los días.

Incluso si tengo que ponerme de rodillas con mi cicatriz en la pierna temblando.

Porque ella vale eso.

Y mucho más.

La joyera ya había empezado a preparar el estuche, con ese cuidado preciso que tienen las personas que saben que están tocando algo importante. Yo tenía el corazón latiendo tan fuerte que casi podía escucharlo más que la música suave del local.

Pero justo cuando iba a sacar la billetera, me detuve.

—¿Se le puede hacer un grabado? —pregunté, alzando la voz apenas.

La mujer, una señora de cabello platinado con mirada amable y una paciencia infinita, alzó los ojos y asintió con una sonrisa.

—Por supuesto, joven. ¿Qué desea que diga?

Me quedé un momento en silencio, y luego pedí una hoja y una pluma. Paula se giró al escuchar eso y me miró con una ceja levantada.

—¿Ahora te pusiste romántico y misterioso?

—Shh —fue todo lo que dije, sonriendo apenas.

Isabel y mi mamá también se quedaron en silencio, como si entendieran que ese pequeño gesto significaba mucho más de lo que aparentaba.

Tomé el bolígrafo, incliné la cabeza y empecé a escribir. Las palabras salieron sin que tuviera que pensarlas demasiado. Habían estado ahí todo el tiempo. En mi pecho. En mis cicatrices. En cada paso que di desde que ella me sacó de ese mundo al que nunca debí pertenecer.

Terminé de escribir y doblé la hoja con cuidado antes de entregársela a la joyera. Ella la leyó en silencio, y aunque no dijo nada, me lanzó una mirada distinta.

Una mezcla entre respeto y ternura. De esas que solo alguien que ha visto muchos amores —y muchas despedidas— puede entender.

—Será un honor —me dijo con voz suave.

Asentí y di el último vistazo al anillo antes de que se lo llevara al taller para grabarlo. Paula me empujó ligeramente con el codo.

—Oye… eso que escribiste… ¿Lucía lo sabrá?

—Algún día —le respondí—. Pero no hoy.

Mi mamá sonreía desde la pantalla, sus ojos húmedos. Isabel cruzó los brazos, con una expresión que solo una madre puede hacer: mezcla de orgullo, protección y algo que parecía decir bienvenido a la familia de verdad.

Mientras la joyera desaparecía con el anillo para grabarlo, mi teléfono vibró suavemente en la mano. La videollamada seguía activa y en la pantalla apareció el rostro cálido y expectante de mi madre.

—¿Quieres que yo y los demás vayamos para la propuesta? —preguntó, con esa mezcla de entusiasmo y cariño que siempre tenía.

Respiré hondo y asentí, aunque ella no pudiera verme.

—Me encantaría que tú, papá y mis hermanos estuvieran ahí conmigo en un momento así —le dije con sinceridad—. Después de ocho años separados, de tanto tiempo perdido... quiero que compartamos esto.

Mi mamá sonrió con esa ternura que sólo una madre puede tener.

—¿Y ya sabes cuándo será el momento?

—La verdad... aún no —respondí, sintiendo cómo ese peso, el que ya no era miedo, se hacía más real—. No sé si esperaré al nacimiento de Frijolito o será antes. Todavía faltan semanas para eso y quiero que sea especial.

Pausé un momento, pensando en todo lo que había estado dándole vueltas a ese momento durante meses.

—He estado pensando en esto por mucho tiempo, en realidad —confesé—. Solo que estaba ocupado con todo lo demás, con adaptarme, con los trámites, con la vida. Pero ahora me animé a comprar el anillo.

Vi cómo en la pantalla su expresión cambiaba, como si de repente el futuro se hiciera más tangible, más cercano.

—Eso es maravilloso, hijo —me dijo—. Te mereces toda la felicidad del mundo.

Sentí que una calma dulce me envolvía, como si finalmente pudiera respirar profundo después de años de correr. Y mientras la joyera regresaba con el anillo, el peso de la decisión se hundía suavemente en mi pecho. No era miedo. Era el tipo de peso que uno quiere cargar. El que te cambia. El que te marca para siempre.

El que te ata… con amor.

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