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Chapter 48 - FINAL DE TEMPORADA: Una final teñida de Rojo y Verde

—No tienes que estar aquí.

La voz de Hades salió antes de que Momo terminara de ajustar el primer vendaje, cortando el movimiento de sus manos por un instante breve que no llegó a romper el gesto del todo, pero sí lo suficiente para que la tela quedara mal alineada sobre la piel que intentaba curarse.

Ella no respondió de inmediato. Corrigió el ángulo con cuidado, deshaciendo la vuelta anterior y volviendo a tensarla con una presión más firme.

—Lo sé... —soltó al fin, sin mirarlo del todo—. Pero aun así... quiero estar.

Hades dejó escapar el aire por la nariz, apenas, sin girar la cabeza. El brazo no reaccionó cuando ella volvió a apretar, pero el dolor llegó difuso, abriéndose entre capas para que él lo notara.

—No cambiará nada —añadió, probando los dedos con un movimiento mínimo—. No vas a arreglarlo.

—No estoy intentando arreglarlo.

La respuesta llegó más rápido esta vez, más firme, y por primera vez sus manos se detuvieron por completo, apoyadas sobre su antebrazo como si ese contacto fuera lo único que evitaba que retrocediera.

Hades giró la mirada lo justo para verla de reojo, encontrándose con una tensión contenida que no terminaba de convertirse en enojo ni en otra cosa más clara, y durante un segundo pareció que iba a decir algo más, pero la palabra no salió.

—Entonces no tiene sentido —murmuró, apartando la vista otra vez.

Momo retomó el vendaje.

Esta vez manteniendo la presión, apretando un poco más de lo necesario, obligando a que la piel respondiera, a que el cuerpo no pudiera seguir ignorando del todo lo que tenía encima.

—Para mí, si lo tiene.

El silencio que siguió se llenó con el roce de la tela, con el sonido leve de su respiración todavía irregular, con ese espacio incómodo donde ninguno lograba de decir lo que realmente pensaba.

Hades bajó la mirada hacia su propia mano, viendo cómo los dedos tardaban una fracción de más en obedecer cuando intentaba cerrarlos.

—Te traté como si no importaras, como si fueras... —soltó de pronto, sin levantar la voz, mordiendo su labio al final—. No deberías estar perdiendo el tiempo conmigo.

Momo no se detuvo.

Terminó de asegurar el vendaje y recién entonces levantó la vista, lo suficiente para que él pudiera sentirla aunque no quisiera mirarla de frente.

—No es una pérdida de tiempo —respondió, más bajo—. Y tampoco es algo que tengas que decidir tú.

Hades tensó la mandíbula, como si fuera a insistir, pero el intento se le quedó a medio camino cuando ella ya había tomado los lentes, sosteniéndolos con ambas manos, acomodando una fina banda oscura que colgaba de las patillas, enredada todavía sobre sí misma.

—Quédate quieto.

No fue una orden. Pero tampoco dejó espacio para discutirla.

Él no respondió, no porque quisiera obedecer, sino porque el cuerpo no le dio margen para hacer otra cosa sin que el equilibrio se le fuera un poco más de lo que estaba dispuesto a mostrar, y cuando ella se inclinó para colocárselos, sus dedos rozaron la sien con un cuidado que no encajaba con la tensión acumulada entre ambos, guiando las patillas hasta su sitio antes de deslizar la banda por detrás de su cabeza, ajustándola con un tirón leve que la dejó firme contra la nuca.

Ese contacto duró menos de lo que debía. Pero lo suficiente para que ninguno pudiera ignorarlo.

—El beso de Recovery Girl debería ayudarte a mantenerte en pie —añadió Momo, retirando las manos con lentitud—. No te va a curar, pero... —la frase se le desarmó un poco—. Debería darte algo de margen.

Hades tomó la botella que estaba a su costado sin mirarla, inclinándola apenas mientras el líquido golpeaba el aluminio con un sonido sordo antes de subir.

Por un momento dudó al ver su propio reflejo en la superficie de la lata.

Pero, el recuerdo de Intelli siendo llevada en una camilla... le quitó sus últimas dudas.

El cuerpo reaccionó con un retraso leve, con una sensación que no lograba asentarse del todo pero que al menos no rechazaba lo que entraba, y cuando bajó la lata, el silencio volvió a caer entre ambos, más pesado que antes.

Momo abrió la boca, pero se detuvo, cerrando los dedos sobre sí misma, como si necesitara contener algo.

—Si no puedes... —empezó, pero la frase no llegó a completarse.

Porque Hades ya se estaba poniendo de pie con esfuerzo. Hubo un punto en el que el peso no terminó de distribuirse bien y tuvo que corregirlo con el primer paso, recayendo apenas hacia delante.

—Puedo —respondió, más seco de lo necesario.

Y esta vez no hubo discusión, mientras sus pasos se alejaban cada vez más de ella.

—Hades... —trató de hablar Momo, levantando la mirada, buscándolo.

Pero la puerta se cerró antes de que ella pudiera decir nada más, cortando el resto de la frase y dejándola sola con el eco de algo que no llegó a tomar forma.

Se quedó ahí un segundo más, las manos todavía a medio cerrar, como si el gesto de detenerlo se hubiera quedado atrapado antes de llegar a existir.

—...buena suerte —dijo al final, en voz baja, demasiado tarde para que él lo escuchara.

El aluminio cedió con un crujido seco entre los dedos de Hades antes de que terminara de vaciar el contenido, el líquido bajando con un golpe áspero por la garganta mientras su cuerpo tardaba una fracción de más en decidir qué hacer con eso, aceptándolo sin entusiasmo, sin margen para elegir qué le servía y qué no.

—Se siente... raro —murmuró la voz en el fondo, sin fuerza pero sin desaparecer—. Pelear con ella... es del futuro y... no quiero que nos rompa.

Hades no respondió de inmediato. Terminó de tragar, bajó la lata apenas y dejó que el aire entrara por la nariz, lento, cargado, mientras el cuerpo procesaba tarde ese impulso artificial.

—Creí que habías dejado de ser un cobarde.

—No es cobardía, es... es—

Hades soltó el aire en una exhalación más larga, terminando de aplastar la lata hasta deformarla por completo, el metal doblándose sobre sí mismo con un sonido hueco que se perdió en cuanto la dejó caer. Cuando cruzó el arco de salida el sol le golpeó de lleno, cayéndole encima sin filtro, calentando la piel que apenas sentía lo que estaba pasando.

—Es una mierda —cerró al final.

Su respuesta fue ahogada por el ruido del estadio que lo envolvió capa por capa, hasta que dejó de poder ignorarlo del todo.

En el centro del campo, Akemi no se había movido desde su encuentro anterior.

—Midoriya, deberías ir a los camerinos antes de la final, necesitas descansar y —empezó Midnight, inclinándose apenas hacia ella, midiendo todavía el estado del campo tras la pelea anterior.

—No —la cortó Akemi sin brusquedad, pero sin espacio para réplica—. No hace falta.

Midnight frunció apenas el ceño.

—Aun así, el protocolo—

—Él está listo.

La forma en que lo dijo hizo que Midnight girara la cabeza hacia la entrada, justo a tiempo para ver la silueta de Hades cruzar el arco, deteniéndose apenas un segundo antes de seguir avanzando hacia el centro, y algo en ese momento —en la forma en que ambos ya se estaban mirando sin haberse acercado todavía— hizo que la insistencia muriera ahí mismo.

—Ustedes son unos —trató de decir, pero el grito del público terminó de silenciarla en su frustración.

Desde el podio, All Might apoyó ambas manos sobre la baranda, inclinándose un poco más de lo habitual, el aire entrando más profundo de lo necesario mientras una sonrisa contenida se le formaba sin que la apartara, los ojos siguiendo cada paso de Akemi con una atención que no ocultaba.

—Qué lejos ha llegado...

El pensamiento no salió en voz alta, pero se sostuvo lo suficiente como para asentarse mientras observaba la postura, la calma, esa forma de estar en el campo que no pedía permiso para ocuparlo.

—Aunque no hubiera visto todas tus peleas... estoy orgulloso de ti.

Midnight dio un paso al frente, retomando su papel después de masajear sus párpados cansados.

—¡Damas y caballeros! —la voz se expandió por el estadio, elevándose sobre el murmullo—. ¡La gran final del festival deportivo está a punto de comenzar!

El ruido creció.

—¡Desde la clase 1-A... Hades!

Una ola de voces respondió, desordenada, pesada.

—¡Y enfrentándolo... Akemi Midoriya, también de la clase 1-A!

El nombre cayó más cargado y denso para el público. Hades se detuvo a unos metros de ella, el cuerpo todavía arrastrando los pasos, pero sosteniéndose igual, con la mirada fija, clavada sin rodeos.

Durante un segundo que se estiró más de lo necesario, ninguno se movió. Y entonces, sin romper el contacto, los látigos negros emergieron, desplegándose alrededor de sus brazos y piernas, ajustándose a los músculos.

Se inclinó apenas hacia adelante, lo suficiente para que solo él pudiera escucharla por encima del ruido.

—Ya era hora... —murmuró, el tono bajando un punto más—... de domesticar a mi pieza favorita.

Las pupilas de Hades se ensancharon y contrajeron en espasmos irregulares que provocaron que agachase la cabeza.

—Tú...

—¡Con los estudiantes listos...! —la voz de Midnight se expandió sobre el estadio, abriéndose paso entre el murmullo todavía desordenado—. ¡La pelea comenzará en tres...!

Los puños de Hades se tensaron de inmediato, temblando por la presión que ejercía sobre sus cansados tendones. Su mandíbula se apretó, haciendo crujir sus molares. Y encarando las facciones complacidas de Akemi, el gritó:

—¡Equipamiento de cadáver!

El grito le salió sin siquiera considerar la cuenta regresiva, adelantando la pierna derecha para sostener el peso mientras levantaba el brazo, la postura abierta, expuesta, pero necesaria para invocar algo que ya asumía como parte de sí. Akemi no respondió a la voz.

Respondió al movimiento.

No avanzó todavía, pero la tensión empezó a acumularse en sus piernas, cargando pequeñas cantidades del One For All, mientras sus ojos se fijaban en la pierna expuesta de Hades.

—¡Dos...! —continuó Midnight, mirando de reojo a Hades con cierto enojo.

Entonces, las chispas nacieron de los músculos abultados que estaban siendo comprimidos por los látigos, recorriendo músculos y articulaciones en una capa fina que buscaba sobreponerse con poder bruto. El aire alrededor vibró apenas a su alrededor, mientras adelantaba su torso.

—Uno... —la voz cayó más pesada esta vez, viendo a Akemi de reojo.

Hades no bajó el brazo mientras el orbe azabache emergía desde él.

Era pequeño al inicio, concentrándose en el centro de su palma, reuniéndose como si todo lo demás se retirara para dejarle espacio. Por un segundo, el orbe se volvió estable.

Pero...

El orbe tembló.

Hades lo sintió antes de entenderlo, una irregularidad mínima en algo que debería ser automático, pero no tuvo tiempo de procesarlo porque ya estaba empujando para hacerlo descender sobre su mano.

—¡Peleen!

La esfera se deshizo en el mismo instante en que la orden cayó.

La forma perdió coherencia, fragmentándose antes de completarse, desvaneciéndose en algo que no alcanzó a existir del todo, y ese vacío —ese espacio donde debería haber estado— le cortó el flujo al cuerpo un segundo demasiado largo.

—... ¿qué?

Su desconcierto se perdió tal como nació cuando Akemi se desplazó lo suficiente para borrar la distancia en una sola entrada, transfiriendo el peso con la punta del pie en un giro hacia atrás, y cuando la pierna salió, lo hizo directa al punto que había leído desde el inicio.

El impacto entró en el costado externo del muslo derecho con un sonido seco que empujó hacia adentro antes de que el cuerpo pudiera responder. La reacción llegó tarde, una fracción después de que el daño ya había alterado su balance, provocando que su rodilla cediera apenas.

—...no... —alcanzó a soltar, más por reflejo que por intención—... no jodas—

Intentó retroceder, volviendo a levantar el brazo sin que él mismo decidiera hacerlo, repitiendo la orden desde la terquedad.

—¡Equipamiento de cadáver!

El orbe volvió a formarse sobre su palma abierta, tratando de cerrarse sin lograrlo, y cuando buscó contacto con su piel, se desintegró otra vez.

Sus ojos se abrieron de par en par, su mente tratando de procesar lo que había pasado, pero Akemi no había detenido el flujo desde el primer golpe; el pie que había conectado regresó al suelo lo suficiente para servir de pivote mientras su torso bajaba en una finta que repetía la entrada anterior, obligando a que el cuerpo de Hades intentara cerrarse hacia ese punto, y en ese mismo movimiento la trayectoria cambió.

La pierna subió en curva, rodeando el eje que ella misma había fijado. Cuando el talón alcanzó la altura de su cabeza, el margen de esquiva era inexistente.

El golpe entró seco desde el lateral de su cabeza, arrastrando su rostro por el impacto. Los tímpanos le zumbaron, sus pupilas se dilataron y las gafas casi salen volando.

Akemi aterrizó sin ruido, con las manos aún en los bolsillos.

—Vaya... ¿que pasa, Hades-kun? —murmuró, inclinándose apenas hacia adelante, lo suficiente para que él la escuchara por encima del ruido que recién empezaba a reaccionar—. ¿Problemas en el paraíso?

—¡Cállate!

El grito le salió antes de que pudiera decidir si quería gritarlo, áspero y sin forma, y el paso hacia atrás que lo acompañó lo traicionó de inmediato cuando el peso cayó sobre la pierna derecha y la rodilla respondió con una punzada que subió en línea recta hasta la cadera, doblándolo apenas hacia adelante, lo suficiente para que el centro de gravedad se le fuera un momento.

—Pfff —rió Akemi, encogiéndose por instinto—, oh mi Hades...

La risa fue breve, del tipo de sonido que no necesita durar mucho para quedarse, y Hades la escuchó asentarse entre sus costillas.

La mandíbula se le cerró sola, los molares apretándose hasta que el músculo de la sien le pulsó.

—Necesito... —murmuró Hades, abriendo la palma derecha—, un arma.

El orbe azabache se manifestó, condensándose en el centro de la palma con una velocidad que no había tenido en los intentos anteriores, solidificándose en una empuñadura de hueso.

Apretó la empuñadura, sintiendo tal alivio que levantó la cabeza con una sonrisa cansada y torcida surcando sus labios. Su respiración se reguló y apretó los músculos para ponerse de pie.

Pero... su vista fue invadida por la planta del pie de Akemi que estaba a centímetros de su cara.

El tiempo empezó a estirarse apenas lo suficiente para que él viera el ángulo, la velocidad, el punto exacto donde iba a entrar, y lo que su mente hizo en ese fragmento no fue pensar en cómo esquivar. Su mente trazó de forma urgente e imperfecta, la estructura más grande que podía imaginar en el tiempo que le quedaba. Una espada ancha. Gruesa. Más como una puerta que un arma.

La materialización lo levantó del suelo por la fuerza de su propia creación.

El tirón en el hombro llegó como un chasquido seco que le arrancó un gruñido entre dientes, el músculo protestando por la extensión repentina.

No tuvo tiempo de procesar ese daño porque el pie de Akemi ya había conectado contra el metal con un impacto que hizo que el metal resonara en todo el estadio y que la hoja cediera hacia adentro, transmitiendo la fuerza restante directamente contra las costillas de Hades con la contundencia de algo que no había sido detenido del todo, solo redirigido.

El aire salió disparado de sus pulmones, aturdiéndolo en el acto.

—Vaya... —empezó de repente Akemi, aterrizando sin ruido mientras él todavía procesaba lo que acababa de pasar—. ¿Puedes hacerlo sin gritar?

El sarcasmo se deslizó tan tranquilo que sonó casi como una pregunta genuina.

El parpado derecho de Hades se contrajo en un tic que le obligó a reincorporarse con un movimiento brusco que arrancó la empuñadura del metal dañado, separándola de lo que quedaba de la hoja, haciendo que ese bloque deforme e inservible empezara a deslizarse hacia Akemi.

La empuñadura en cambio todavía era suya, todavía respondía, y la sintió extenderse entre sus dedos cuando la voluntad empujó hacia afuera, rehaciendo la forma desde la base, curvando el filo esta vez, haciéndola más alargada, diseñada para cortar en lugar de para bloquear.

La pierna izquierda cargó el impulso, y salió desde su posición con el tajo lateral comprometido, el brazo abriendo el arco con todo lo que le quedaba de velocidad.

En el momento en que Hades se percató que Akemi ya no estaba ahí, una corriente fría le recorrió por la espalda. Sus pupilas se dilataron y no necesitó levantar la cabeza para entender lo que significaba esa sombra que de pronto le tapó la vista desde arriba.

El cuerpo tomó la decisión antes de que él terminara de formularla, arrojándose hacia un lado con una torpeza que no fue elegante pero fue suficiente para sacar la cabeza del eje de impacto, y cuando entró en contacto con el suelo, una onda de presión lo encontró igual, barriendo desde arriba con una fuerza que lo hizo dar vueltas contra la superficie del ring sin que pudiera controlar cuántas, el uniforme rasgándose en el lateral donde su propia espada había pasado demasiado cerca.

La imagen de él rebotó una vez más contra el suelo antes de estabilizarse en la pantalla suspendida en la pared blanca, el cuerpo de Hades girando sobre sí mismo sin control, arrastrando tela, piel y peso contra la superficie del ring mientras el sonido del impacto llegaba con un ligero retraso respecto a la imagen.

—¡Vamos, mocoso, esquiva—!

—¡Mocosa! —la voz la cortó con un gruñido contenido—. Sigues igual de inquieta que siempre.

Su bastón golpeó el suelo con un toque seco que fue suficiente para detener el impulso que estaba a punto de sacar a Mirko de la camilla, y la presión que cayó sobre su pierna en el mismo instante le arrancó una contracción que no pudo ocultar, las orejas bajaron por reflejo mientras el músculo se tensaba bajo la venda todavía a medio colocar.

—Tch... —el aire se le escapó entre los dientes antes de poder contenerlo—, lo siento, Chiyo...

Recovery Girl no respondió de inmediato. Ajustó la tela con un movimiento más lento esta vez, asegurando el vendaje con una precisión que contrastaba demasiado con la forma en que la otra seguía mirando de reojo la pantalla, como si no terminara de decidir si debía quedarse quieta o levantarse de una vez.

—Lo que hiciste... —murmuró al final, sin apartar las manos—, fue lo bastante estúpido como para que Nezu te saque del próximo festival sin pensarlo dos veces.

El comentario cayó sin peso aparente, pero el cuerpo de Mirko reaccionó igual, tensándose apenas antes de apartar la mirada del televisor, los dedos cerrándose sobre la camilla como si necesitara anclarse a algo.

—¿Cómo...? —empezó, bajando un poco la voz— ¿cómo te diste cuenta...?

La venda terminó de ajustarse.

Recovery Girl levantó apenas la vista, lo justo para mirarla por encima de los lentes, sin prisa.

—La espalda del mocoso —respondió, inclinándose apenas hacia atrás, terminando de colocar el esparadrapo en su pantorrilla—, tenía una huella familiar.

El silencio que siguió fue corto, pero lo bastante denso como para que Mirko no pudiera sostenerle la mirada, desviándola otra vez hacia la pantalla donde el cuerpo de Hades terminaba de detenerse cerca del borde, el uniforme rasgado en el lateral.

—Oh... —murmuró, tragando saliva antes de intentar recomponerse—, pero no fue para—

El bastón golpeó el suelo más firme que antes.

—Descuida —la cortó, sin dureza, pero sin dejar espacio para excusas—. No voy a decir nada.

La tensión no desapareció del todo, pero cambió de forma, asentándose en algo más bajo, más contenido, mientras Recovery Girl recogía el exceso de tela del muslo de ella, con movimientos pequeños.

—Solo procura... —añadió, volviendo a mirar la pantalla de reojo—, no obligarme a tener que cubrirte otra vez.

Mirko no respondió de inmediato. Sus dedos se quedaron tensos sobre el borde de la camilla, como si todavía no decidiera si iba a levantarse de todos modos o no, y por un segundo pareció que iba a insistir... pero el aire le salió antes de que pudiera hacerlo.

Se dejó caer apenas hacia atrás.

Recovery Girl no la miró mientras ajustaba el último tramo del vendaje, pero el movimiento cambió, volviéndose más lento y preciso, asegurando algo que ya estaba asegurado.

Mirko tragó saliva, desviando la mirada hacia la pantalla sin enfocar realmente la imagen.

—Solo... no quería que perdiese por alguien que no fuera yo —murmuró, casi sin voz, como si no estuviera segura de haber hablado en voz alta.

Recovery Girl terminó el vendaje y, por un segundo breve, apoyó la mano sobre la pierna ya cubierta, sin presionar, sin revisar... solo dejándola ahí antes de retirarla.

—Jojo... ya lo sé —asintió, empezando a recoger las gasas usadas, alineándolas con movimientos pequeños sobre la bandeja metálica mientras el sonido lejano del estadio seguía filtrándose desde la pantalla colgada en la pared blanca.

—Más te vale no moverte por—trató de continuar, pero...

Mirko no esperó a que terminara. El impulso la sacó de la camilla antes de que el cuerpo terminara de decidir si podía hacerlo, cayendo sobre la pierna vendada.

—¡Qué es ese escudo!

En ese instante, el bastón de Chiyo golpeó su costado, obligándola a encogerse con una mueca que le arrancó el aire.

—Si das otro paso... —murmuró la anciana, sin alzar la voz—, te vuelvo a abrir la herida yo misma.

Mirko se quedó a medio movimiento, las orejas bajas, la respiración contenida en el pecho como si estuviera peleando contra el propio cuerpo para no salir corriendo de nuevo, los ojos clavados en la pantalla donde el humo empezaba a expandirse desde el ring.

Chiyo suspiró, volviendo a ordenar los instrumentos con una lentitud que no coincidía con la tensión de la otra, y por un instante, la observó de reojo.

—Esa misma inquietud... —pensó, negando apenas con la cabeza y suspirando de cansancio—, estos dos mocosos son demasiado parecidos.

El bastón volvió a apoyarse contra el suelo mientras el vapor terminaba de cubrir la imagen en la pantalla junto al ruido del estadio que lo llenó todo.

En la arena, el cuerpo de Hades dejó de girar al borde del cuadrilátero, frenando con un movimiento brusco de su torso, provocando que la fricción le quemase el costado antes de que lograra quedarse quieto, boca abajo mientras el aire le regresaba a los pulmones en bocanadas cortas, desordenadas.

Sus gafas habían cedido en algún punto del arrastre, resbalando fuera de su rostro hasta quedar colgando contra su pecho, sostenidas apenas por la banda que le rodeaba la nuca, las lentes estaban marcadas por líneas finas que distorsionaban la luz.

Mientras tanto Akemi dio el primer paso. Seco. Medido. Demasiado cerca de él.

—Deberías rendirte —la voz le llegó desde arriba, suave, casi amable—. Sé un buen chico... y hazlo por mí.

Hades soltó una risa corta que no terminó de formarse cuando intentó incorporarse, el brazo fallándole un instante antes de sostenerle el peso lo suficiente para levantar la cabeza.

—Púdrete... —escupió, más bajo de lo que quería, sus ojos carmesí brillando brevemente de verde.

El dolor le cruzó la frente en el mismo instante en que algo empezó a empujar desde adentro, creciendo sin pedir permiso, abriéndose paso con una presión sorda que le arrancó un gruñido entre dientes mientras el cuerno emergía, lento, torpe, obligándolo a apretar la mandíbula para no soltar el aire de golpe.

—Oh... mi Hades... —la respuesta llegó con una suavidad que no encajaba con sus palabras—. ¿Desde cuándo eres tan rebelde?

El zumbido le llenó los oídos antes de que pudiera verla moverse del todo, las chispas recorriendo el cuerpo de Akemi en capas finas que se acumulaban en sus piernas, tensando músculo y articulación mientras avanzaba apenas, lo justo para cerrar el ángulo.

—Extraño cuando solo me seguías sin peros...

Levantó su pierna derecha que chisporroteaba en el poder del OFA.

Hades todavía estaba a medio incorporarse cuando entendió que no había espacio para esquivar, ni tiempo para levantar otra cosa, y el cuerpo reaccionó antes de que la idea terminara de formarse, la mano moviéndose sola, abriéndose hacia adelante mientras la orden salía rota, urgente.

—¡Cambio!

Desde el antebrazo, la materia se desplegó hacia afuera en capas que no terminaban de decidir si eran hueso o fibra, entrelazándose sobre sí mismas con una velocidad irregular hasta formar una superficie curva, gruesa, envuelta en filamentos pálidos que brillaban con un tono dorado opaco, como si la estructura respirara.

El impacto llegó un instante después.

La pierna de Akemi golpeó el centro del escudo con una violencia que comprimió toda la estructura hacia adentro, las capas cediendo apenas lo suficiente para absorber el primer pico de fuerza antes de devolverla en vibración, y el sonido no fue un golpe limpio sino un crujido profundo, como algo que estaba siendo forzado más allá de lo que podía soportar.

En ese momento unas válvulas que recorrían el antebrazo se abrieron, liberando vapor en una descarga brutal, escapando por pequeñas grietas entre las fibras, golpeando el aire con la presión de una caldera liberada de golpe, expandiéndose entre ambos en una nube espesa que ocultó la línea directa entre sus cuerpos.

El empuje que siguió fue suficiente para obligar a Akemi a perder el punto exacto de apoyo al aterrizar, el pie deslizándose apenas hacia atrás mientras la cortina blanca le cubría la visión un segundo más de lo que le gustaba.

Dentro de ese vapor, Hades no pudo moverse de inmediato, sintiendo un temblor incontrolable desde su brazo.

La presión seguía acumulándose bajo la superficie del escudo, vibrando contra el hueso como si quisiera romper desde adentro, el calor subiéndole por el hombro en oleadas que le hacían apretar los dientes recordándole la misma sensación que le daba su guantelete cuando se cargaba.

Afuera, la silueta de Akemi se tensó apenas, los ojos entrecerrándose mientras el vapor se deslizaba alrededor de sus piernas.

—¿Qué es esto...? —murmuró, más para sí que para él, el tono bajando un punto mientras la incomodidad se filtraba donde antes solo había control.

Hades bajó un poco más el centro de gravedad detrás del escudo, sintiendo cómo la estructura crujía bajo su propio peso, inestable, imperfecta... pero presente.

El vapor se fue abriendo en capas desiguales, arrastrado por el movimiento y el calor que todavía salía del antebrazo de Hades, y dentro de esa cortina el cuerpo terminó de asentarse como pudo, la pierna derecha temblando al intentar cargar peso, la costilla marcando cada respiración como si alguien le empujara desde adentro y el hombro derecho colgando apenas más bajo de lo que debía, tenso, mal encajado, pero todavía útil mientras apretaba los dientes para no soltarlo.

Las gafas le golpeaban el pecho con cada respiración irregular, balanceándose fuera de su sitio.

—¡Cambio! —gritó volviendo a ponerse las gafas.

El escudo se deshizo en fragmentos que se replegaron hacia el antebrazo, y en el mismo movimiento la empuñadura volvió a formarse en la mano derecha, creciendo hacia adelante en una hoja más estrecha que las anteriores, menos densa, pero lo bastante sólida como para sostener el primer impulso cuando salió hacia adelante sin terminar de apoyarse bien.

El corte se abrió en diagonal con más decisión que estabilidad, buscando el hombro de Akemi.

Pero ella usó un desplazamiento mínimo, apenas un cambio de eje sostenido por su flotación que la mantenía rozando el suelo. Inclinó su cuerpo lo justo para que la hoja pasara frente a su torso mientras los látigos se tensaban alrededor de sus brazos sin que llegara a sacarlos de los bolsillos.

—¿Otra vez? —murmuró, casi aburrida.

El segundo corte llegó más torpe, nacido de la necesidad de corregir sobre la marcha, pero llegó tarde, forzado, como si estuviera persiguiendo una sombra. Y esta vez uno de los látigos atrapó el plano de la espada desviando el ángulo lo suficiente para que el filo mordiera el aire y crujiera por la presión.

—Tch —chasqueó Hades sintiendo la vibración subirle por el brazo ya comprometido.

El hombro protestó en una sacudida seca que le obligó a cerrar el movimiento antes de lo que quería, mientras intentaba reenfocar sin lograr fijar del todo la distancia entre ambos.

—¡Cambio!

La espada colapsó en su mano, retirándose hacia la empuñadura en un repliegue abrupto mientras el escudo nacía otra vez desde el antebrazo, desplegándose hacia adelante en el mismo espacio donde el látigo todavía tensaba.

Entonces, el escudo salió hacia adelante como si fuera un ariete, el vapor acumulado descargándose en una ráfaga corta que acompañó el movimiento, buscando aplastar el costado de Akemi, pero el empuje se fue apenas desfasado, adelantado respecto a donde ella ya no estaba.

—Me interesa ese escudo tuyo... —comentó ella, tirando de sus látigos.

El impulso levantó a Hades apenas del suelo cuando el peso se fue hacia adelante sin encontrar resistencia, la pierna derecha fallando en el apoyo lo obligándolo a arrastrar el paso siguiente para no caer de frente, y en ese mismo instante Akemi ascendió apenas, lo justo para que el escudo pasara por debajo sin tocarla, flotando fuera del rango con una facilidad que no necesitaba esfuerzo visible.

—Pero... estás improvisando —habló de nuevo, ladeando la cabeza mientras lo observaba desde arriba, el tono perdiendo el matiz juguetón por un segundo—. Qué feo.

La respiración de Hades se le escapaba en jadeos irregulares, que trataban de entrar pero que escapaban por el dolor en su costado. Las gafas chocaron otra vez contra su pecho cuando intentó levantar más la cabeza, y por un instante la silueta de Akemi se duplicó, desplazándose apenas fuera de sí misma antes de volver a encajar donde ya no estaba.

—¡Cambio! —gritó, colocando sus lentes con apuro.

La empuñadura volvió, la hoja creció más tosca con el filo irregular asemejándose a colmillos. Lanzó un tajo horizontal que buscaba cortar el espacio más que acertar un punto concreto, abriendo demasiado el arco, como si necesitara cubrir más de lo que podía sostener.

Y cuando la hoja descendía, los látigos salieron disparados para interceptarla.

Dos de ellos se cruzaron sobre la hoja para fijarla, enrollándose en el plano como si fuera una serpiente.

Hades trató de gritar, de cambiar el arma como antes, pero su voz se ahogó cuando Akemi tiró del filo una vez más, destrozando la hoja con un crujido resonante, retrayendo los látigos.

El cuerpo de él se inclinó hacia ese punto, la tensión llevándose el brazo hacia adelante, arrancándole un gruñido de dolor contenido.

Su pie derecho no sostuvo el peso cuando aterrizó, la rodilla cedió apenas, obligándolo a corregir con el otro lado, tarde, desalineado, suficiente para abrirle la guardia un segundo demasiado largo.

Y ese segundo ella lo tomó, desplegando los látigos sin aviso, ya no como corrección, sino como decisión, enrollándose alrededor del brazo derecho desde la muñeca hacia arriba en una espiral que se cerró antes de que él terminara de entenderlo.

—¿Qué carajos? —murmuró apenas, tratando de ejercer fuerza para retirar su brazo.

Pero su fuerza fue retenida por el férreo agarre de esos látigos.

—Esto... duró más de lo que pretendía —murmuró Akemi, sin alzar la voz, acercándose lo suficiente para que no hubiera distancia entre lo que decía y lo que hacía.

—¡Cambio! —gritó, tratando de ahogar el sonido de los pasos de Akemi.

El escudo empezó a formarse en la izquierda, abriéndose a medio camino mientras giraba el torso para llevarlo hacia ella, aun con el brazo derecho sujeto, aun sabiendo que no llegaba limpio, mientras su mirada intentaba fijar un punto que se desplazaba un instante fuera de tiempo.

Pero... los látigos empezaron a tensarse más y más, hasta que un crujido seco, profundo, que nació en el punto donde la presión superó lo que el hueso podía sostener.

—¡Aghh—!

El grito no terminó.

El dolor subió en una línea blanca que le cortó el pensamiento antes de que pudiera darle forma, el brazo cediendo dentro de la sujeción mientras el escudo a medio formar perdía coherencia en la izquierda, desarmándose en fragmentos que no llegaron a cerrarse.

Akemi en cambio, entró en su rango. Su pierna saliendo desde el centro, sin recorrido innecesario, directo al abdomen donde las costillas ya estaban comprometidas, y el impacto buscó apagarlo.

El cuerpo se dobló sobre sí mismo, la fuerza cortando cualquier intento de sostenerse, y por un instante breve, la mirada se le vació y las piernas cedieron.

La inercia lo arrastró hacia adelante, el torso plegado todavía sobre sí mismo, el aire negándose a volver a los pulmones mientras el peso caía sin orden... y aun así, en ese descenso torcido, el pie encontró el suelo antes de lo que le correspondía, entrando mal, sin ángulo, pero clavándose con una violencia que nacía de la necesidad.

La rodilla tembló bajo la carga. La cadera tardó en alinearse.

El equilibrio se reconstruyó a tirones, cada parte encajando tarde respecto a la anterior, y cuando el torso empezó a subir, Akemi entendió que él no iba a dejarse caer ahí.

El aire le entró de golpe, áspero, rasgándole la garganta.

Y cuando levantó la cabeza, el rojo de sus ojos fue sustituido por el verde que empezaba filtrarse de forma opaca, inestable, ocupando el espacio con una respiración irregular que se desarmaba antes de asentarse, al igual que la estela verdosa que nació en su brazo colgante.

Pasó un segundo, luego dos.

Y entonces el cuerpo empezó a corregirse por dentro.

La presión nació empezó a acumularse bajo la piel sin dirección clara, empujando hacia afuera en puntos donde no había apertura, deformando la línea del antebrazo antes de encontrar salida, y cuando lo hizo llegó acompañado de un crujido seco junto a otro que fue más largo y profundo.

El hueso no volvió a su lugar, se rehízo sin guía, raspando contra sí mismo mientras las fibras se tensaban alrededor, intentando sostener algo que no terminaba de encajar. La piel cedió en pequeños puntos donde la presión superó lo que podía contener, abriéndose lo suficiente para que fragmentos irregulares emergieran hacia afuera, creciendo sobre la superficie en placas desordenadas que no seguían la forma original del brazo.

Era una reconstrucción sin plano a seguir.

Los dedos temblaron sobre sí mismo, forzándose uno por uno como si cada articulación necesitara reaprender lo que era obedecer.

El dolor provocó que el poco aire que había logrado entrar saliera en un jadeo que hizo temblar su propio pecho.

Y entonces las lágrimas salieron porque no hubo nada que las detuviera, acumulándose en los bordes de los ojos antes de caer por el rostro sin que llegara a limpiarlas, mientras los labios se apretaban con fuerza, tensándose hasta deformarse.

—¡Mmmmm! —gruñó, en un vano intento de contener su grito cuando su brazo terminó de fijarse.

Con un último crujido bajo se asentó sin estabilizarse del todo, como si algo siguiera moviéndose debajo de las placas.

Akemi, por su parte, se había quedado quieta, mirando con atención el proceso, mientras una pequeña sonrisa nacía despacio.

El aire a su alrededor todavía vibraba con las chispas que recorrían sus músculos en líneas finas mientras evaluaba el cambio frente a ella, la forma en que el cuerpo de Hades había evitado caer, la manera en que ese brazo... había dejado de ser lo que era.

—Jeje... —empezó con voz empalagosa, apenas inclinando la cabeza—, veo que—

Pero, él no dejó que terminara de hablar, impulsándose con una zancada que salió antes de que el cuerpo pudiera cuestionarlo, arrastrándolo hacia adelante junto a su brazo derecho, lanzando un golpe directo a su rostro cargado de arrogancia.

El impacto le giró el rostro a Akemi, lo justo para romper la línea de su mirada por un instante, la fuerza transmitiéndose completa, arrancándole un jadeo de sorpresa.

El silencio que siguió de la multitud no se sostuvo por mucho tiempo.

Ella volvió la cara al frente despacio, arrastrando el puño que aún se posaba sobre su mejilla, como si ese pequeño desvío no terminara de encajar en lo que estaba pasando.

Junto a ello, la sangre apareció en la comisura de sus labios en una fina línea carmesí.

Haruto retrocedió apenas, retrayendo su puño, mientras sentía un frío profundo reptando por su espalda.

Entonces... Akemi sacó su lengua lentamente, saboreando el sabor cobrizo de su propia sangre, con un rubor que trataba de rivalizar con el tono que manchaba sus labios.

Respiró, apenas, como si el aire le hubiera cambiado de textura.

—Es la primera vez que—se detuvo un segundo, mirándolo de nuevo, esta vez sin ese matiz de juego que había sostenido hasta ahora—... me golpean hoy.

Las manos salieron de los bolsillos sin prisa, los dedos estirándose mientras el rubor le cruzaba el rostro de una forma que no tenía nada que ver con vergüenza, sino con algo más intenso. Volviendo a pasar su lengua por los labios, tiñéndolos en el proceso.

—Hades... —murmuró, y el nombre no sonó igual que antes—, creo que me equivoqué contigo...

Las chispas aumentaron en densidad, llenando el espacio alrededor de su cuerpo con un zumbido más constante que empezó a meterse bajo la piel antes de hacerse evidente.

—Veinte por ciento... —sentenció.

La sensación de peligro inundo los sentidos de Haruto, quien no pudo retroceder a tiempo.

El primer impacto le encontró el torso abierto, doblándolo sin desplazarlo del todo, el segundo llegó mientras el aire todavía no volvía, el tercero entró por donde el brazo derecho no alcanzó a cubrirse de huesos.

—Akem—intentó sacar, pero el sonido se le quedó atrapado cuando otro golpe le cortó el aire antes de completarlo.

Las placas del brazo crujieron bajo la presión, la estructura cediendo en puntos aislados mientras el resto del cuerpo absorbía impactos que no sabía redistribuir.

Las lágrimas no se detuvieron, cayeron sin que él intentara ocultarlas, los labios todavía apretados como si ese fuera el único límite que le quedaba.

—Mírate... —soltó Akemi entre un movimiento y otro, sin alzar la voz, pero sin suavizarla tampoco—... no puedes ni sostenerte y aun así —el siguiente golpe entró más cerrado, más directo—, sigues en pie, demostrando que me equivoqué contigo...

Un nuevo impacto terminó de hundirle el aire que no tenía, y el cuerpo de Haruto respondió tarde, doblándose sin llegar a caer del todo porque los músculos seguían intentando obedecer.

El brazo derecho vibrando bajo las placas mal cerradas mientras el izquierdo buscaba un punto inexistente donde apoyarse, y aun así, aun en ese estado, levantó apenas la cabeza, los ojos verdes temblando al tratar de fijarse en ella.

—Yo... —el sonido le salió raspado, quebrándose antes de tomar forma—, confié en—

Pero sus palabras fueron retenidas por látigos que salieron sin aviso, cerrándose sobre su torso y su brazo en un gesto limpio que no necesitó fuerza visible, solo precisión; la tensión lo arrancó del suelo con una sacudida que le desordenó el eje por completo, y el siguiente movimiento buscó usar ese desbalance, girándolo en el aire lo justo para que la espalda quedara expuesta antes de estamparlo contra el cuadrilátero.

Sonó que llegó del impacto fue pesado.

El aire se le fue otra vez en un jadeo que no llegó a salir del todo, quedándose atrapado en la garganta mientras el cuerpo rebotaba apenas antes de quedar suspendido por la sujeción, los látigos tensos, firmes, sosteniéndolo como si no pesara nada.

Akemi dio un paso al frente, el suelo respondiendo apenas bajo la presión de sus pies mientras el zumbido del One For All se mantenía constante alrededor de su cuerpo, y alzó la mirada hacia él con una calma que no encajaba con lo que acababa de hacer.

—Es mejor que te vayas a dormir —murmuró, inclinando la cabeza lo suficiente para que él pudiera escucharla sin necesidad de alzar la voz—. Cuando despiertes... —su tono se volvió más bajo, más dulce—... te llevaré a casa y te contaré todo.

Los dedos de Haruto se tensaron dentro de los látigos, intentando zafarse del agarre.

—No... —el sonido salió apenas, quebrado—... no quiero—su respiración se desarmó entre palabra y palabra—... prefiero... volver... al puente...

La respuesta suavizó las facciones tensas por el OFA del rostro de Akemi.

—Esa no es forma de responderle a tu dueña.

Se acercó un paso más, lo suficiente para quedar justo debajo de él, y sin cambiar la expresión, sin tensar los hombros ni preparar el movimiento, tiró de los látigos hacia abajo.

El impacto contra el suelo fue más directo esta vez.

La cabeza golpeó primero.

No hubo espacio para amortiguar, ni tiempo para que el cuerpo acompañara el movimiento; el sonido se extendió en la superficie del ring mientras la presión se mantenía un segundo de más, asegurando que no quedara margen para resistirse.

Akemi apoyó el pie sobre su cabeza, inclinándose lo suficiente para mantenerlo en ese punto sin necesidad de esfuerzo visible, los látigos cerrándose un poco más alrededor de su cuerpo.

—Duérmete... —repitió, más bajo ahora, casi en un susurro que no buscaba ser oído por nadie más—... mi niño.

Haruto no respondió.

El cuerpo seguía ahí, contenido, pero la resistencia había desaparecido de la tensión de los músculos, quedando solo un temblor residual que no alcanzaba a sostener nada.

Akemi alzó la mirada un segundo después viendo como Midnight ya se estaba acercando desde el podio, midiendo la distancia, el momento exacto para intervenir sin romper el protocolo antes de tiempo, y la sonrisa que apareció en el rostro de Akemi no fue amplia ni exagerada; fue pequeña, contenida, asentándose con una satisfacción tranquila que no necesitaba confirmación externa.

Había ganado.

—Este día... fue perfecto —pensó, levantando su brazo.

El ruido del estadio empezó a colarse otra vez entre los espacios que el combate había dejado en silencio, creciendo por capas mientras ella soltaba apenas la presión de los látigos, lo suficiente para dejar caer el peso muerto del cuerpo contra el suelo.

Y entonces—

—Gra... —el sonido salió arrastrándose, rompiéndose antes de sostenerse, acompañado de un leve espasmo en el pecho que no correspondía a un cuerpo inconsciente—... gracias...

Los látigos vibraron por la presión que nacía desde dentro.

Los ojos, que un instante antes no enfocaban nada, se abrieron apenas, el verde desvaneciéndose en una contracción irregular que no terminó de estabilizarse hasta que el rojo volvió a ocupar su lugar, más oscuro, más profundo, asentándose con una claridad que no estaba antes.

—...hermano... —terminó más bajo, más firme pese a lo débil del aire que lo sostenía—... pero—

El cuerpo trató de recomponerse, torpe, desalineado, obligando a la pierna a sostener un peso que no quería, el brazo izquierdo temblando mientras buscaba espacio, y aun así, la orden salió.

—...ahora... es mi turno.

La materia respondió antes de que el movimiento terminara.

Desde la mano izquierda, la empuñadura se formó en un estallido abrupto, creciendo hacia adelante en una hoja incompleta que no buscó perfección, solo masa suficiente para cortar el espacio entre ambos, y el gesto no fue un ataque limpio sino una expulsión, una línea que obligó a Akemi a retroceder lo justo para salir del rango inmediato.

Los látigos se soltaron en ese mismo instante.

El cuerpo de Hades cayó un paso hacia atrás, apenas, lo suficiente para sostenerse sin volver a desplomarse, la respiración entrando de forma irregular mientras la mirada se fijaba por fin en un solo punto.

—Kenshō.

Lo que salió de sus labios fue una palabra que salió como si le faltara aire para sostenerla, y aun así el cuerpo reaccionó como si hubiese sido una orden absoluta, la espalda arqueándose en un tirón que no respetó músculos ni articulaciones mientras algo empezaba a empujar desde dentro sin seguir una línea clara, abriendo espacio donde no lo había, reescribiendo la forma sin esperar permiso.

El primer sonido que llegó fue el de un crujido seco acompañado de otro más profundo, encadenados en una secuencia que no seguía ritmo, sino uno torcido, irregular, como si cada fragmento tuviera su propia voluntad al intentar encajar donde no pertenecía, y cuando la presión superó lo que el cuerpo podía contener, la superficie cedió en múltiples puntos a la vez, abriéndose lo justo para dejar salir las esquirlas que empujaban desde dentro, emergiendo en placas que no imitaban la forma original sino que la negaban, creciendo sobre el brazo, el hombro, el costado, montándose unas sobre otras en capas que raspaban al moverse.

El aire se le quedó atrapado en la garganta cuando la siguiente sacudida le recorrió la columna, reptando hasta sus comisuras en estructuras finas, alargadas, que emergieron como dedos, cerrándose sobre su boca en un sello imperfecto que dejó apenas espacio para que el aire pasara entre los huesos, y la sangre empezó a filtrarse entre esas uniones, bajando en hilos delgados que no llegaron a caer del todo antes de secarse contra la piel caliente.

El fulgor verde apareció después.

No como una capa externa, sino como algo que recorría por dentro, marcando la línea de la espina dorsal con una luz opaca que se encendía y se apagaba sin estabilizarse, aun así siguió empujando, obligando al cuerpo a mantenerse unido cuando ya no debería.

Desde abajo, desde el propio contacto con la arena, estructuras esqueléticas emergiendo, prolongándose desde su propia sombra, sosteniéndolo por debajo de los brazos, empujándolo hacia arriba sin suavidad, izándolo con una rigidez que no tenía nada que ver con fuerza muscular sino con obstinación materializada.

Hades —o lo que quedaba de él— se puso de pie.

Los ojos ardían desde dentro, en un rojo profundo que no enfocaba, que no medía, solo miraban hacia su presa.

Akemi no retrocedió.

El cambio la encontró quieta, la sonrisa desapareciendo por algo más cercano a la atención pura, los látigos vibrando a su alrededor en una tensión distinta, más cerrada, más compacta, mientras el aire mismo parecía comprimirse alrededor de su cuerpo cuando la energía empezó a acumularse otra vez en sus músculos.

—Así que esto era... —murmuró, más bajo, como si se hablara a sí misma—, lo que usaste contra ese monstruo.

El aire que salía de entre los huesos que le cerraban la boca crujieron cuando el dio el primer paso arrastrando todo el dolor que no podía expresar con su voz.

En ese instante, la katana nació en su mano derecha como una extensión tardía, la empuñadura formándose primero y la hoja siguiéndola en un crecimiento que fue opaco, mellado, como si cada centímetro se estuviera deshaciendo al mismo tiempo que aparecía, y aun así se sostuvo cuando la alzó, llevándola por encima de su cabeza con ambas manos, las placas del brazo derecho crujiendo al ajustarse a ese movimiento.

—¡Smash! —gritó Akemi, soltando un puñetazo en dirección a él.

La onda de choque comprimió el espacio entre ambos, bajando como una pared invisible que impactó el cuerpo de Hades de frente, empujándolo hacia atrás con la fuerza suficiente para romper el equilibrio de cualquiera, pero no cayó; los huesos que lo sostenían desde abajo se tensaron, clavándose en el suelo, forzándolo a mantenerse erguido mientras el resto del cuerpo absorbía la violencia sin redistribuirla correctamente.

Las placas cedieron, abriéndose en líneas finas que dejaron escapar más luz verde, pero que no impidió que el siga avanzando.

Akemi frunció apenas el ceño, el flujo de energía subiendo otro nivel, los látigos ajustándose alrededor de sus extremidades y torso como una armadura viva mientras su pie golpeaba el suelo para impulsarse de nuevo, entrando con un ángulo más cerrado.

—¡No me equivoqué cuando te rescaté! —arrulló, sonriendo ampliamente.

La patada que siguió a su grito entró al costado, hundiendo lo que quedaba de estructura orgánica bajo las placas, doblándolo en un eje que no debía sostenerse, su cuerpo salió disparado hacia el otro lado del cuadrilátero, con las manos esqueléticas impidiendo que saliera, reajustándolo, obligándolo a seguir de pie.

Él levantó la mirada, conteniendo el aliento, y por un instante, ambos de miraron fijamente, cada uno en un extremo de la arena.

Hades se obligó a sí mismo a empuñar su Katana en un movimiento que empezó arriba, arrastrando el peso de todo lo que quedaba de él en una línea vertical que buscaba conclusión.

Akemi por su parte, adelantó su pierna derecha, y preparó su puño derecho, haciéndolo brillar con intensidad, mientras gritaba a todo pulmón.

—¡One For All, cuarenta por ciento!

Su cuerpo se incendió en luz azul verdosa, que aumentaba la presión del aire alrededor de su puño, y mientras preparaba su puño entre látigos negros, Hades sostuvo la hoja con ambas manos, empazando a bajarla mientras esta se desmoronaba desde la punta, convirtiéndose en partículas finas que flotaban, encendidas en un fulgor que crecía en intensidad conforme el arma desaparecía, como si cada fragmento liberara lo último que contenía.

El estadio contuvo el aliento.

Las piernas de la gente se tensaron, sus cuerpos se inclinaron hacia adelante sin darse cuenta, el silencio acumulándose antes del impacto que todos podían ver venir y ninguno quería que ocurriera.

—¡Detengan la pelea! —la voz de Nezu cortó el aire desde el palco, urgente, sin matices.

Akemi lanzó su propio golpe en respuesta, la energía acumulada descargándose en un punto que coincidía exactamente con la trayectoria del tajo, y el choque entre ambos fue una ruptura, una onda que recorrió el cuadrilátero y se expandió hacia afuera, agrietando la superficie bajo sus pies en líneas que se abrieron como venas sobre la arena.

Y en medio de eso unos ojos carmesí se interpusieron...

—¡Basta!

Junto a ello, una presencia surcó por encima.

—¡Detroit smash! —gritó All might, lanzando su propio golpe.

El impacto desestabilizó el choque de fuerzas de abajo, anulándolas de tajo con una fuerza superior.

El suelo del cuadrilátero tembló y cedió por completo, mientras su presencia caía frente a Akemi, conteniendo el resto de su impulso en seco, mientras que la mirada, fría y directa de Aizawa se clavaba en Hades desde el otro lado.

El mundo se apagó.

El fulgor verdoso de Hades desapareció, cortado de raíz como si nunca hubiese estado ahí, las placas perdieron tensión en el mismo instante, los huesos sobresalientes quedándose sin esa fuerza que los mantenía en su lugar, y el cuerpo debería haber caído.

Pero no lo hizo.

Tembló.

Se inclinó.

Se sostuvo.

—...no —el sonido salió entre los huesos, roto, imposible de sostener, pero presente—. No...

Las vendas se cerraron sobre él, apretándolo para contenerlo. Pero él no se rindió.

—¡No! —gritó, mientras su garganta se desgarraba en el intento— ¡aléjense—!

El cuerno vibró, tratando de crecer, pero la mirada de Aizawa detuvo cualquier intento.

—¡Yo tengo que ganar!

El cuerpo tiró hacia adelante contra la contención, las piernas respondiendo por pura inercia, y por un segundo pareció que iba a romper incluso eso.

Entonces... un olor pesado, dulce e invasivo entró en los pulmones sin pedir permiso, llenando el espacio que ya estaba al límite, y el efecto no fue inmediato, pero tampoco lento; la resistencia se tensó primero, luego se desordenó, el cuerpo intentando mantener una coherencia que se le escapaba por todos lados mientras su mirada perdía el foco.

—...no... —repitió otra vez, más bajo—, yo... prometí.

El ruido se fue hundiendo, capa por capa, como si el aire se volviera más denso alrededor de su cabeza, aplastando los gritos hasta convertirlos en un murmullo distante que ya no lograba distinguir palabras, solo intención, y aun así su cuerpo seguía intentando responder a algo que ya no estaba ahí, tensándose sin dirección mientras las vendas le sujetaban los brazos y el peso empezaba a caerle encima con una lentitud que no tenía nada de controlada.

El aire entró otra vez.

Pesado.

Dulce.

Y esta vez no pudo apartarlo.

El pecho se le expandió con esfuerzo, demasiado tarde respecto a lo que su cuerpo necesitaba, y cuando exhaló, lo hizo en un hilo irregular que no llegó a completarse antes de que el siguiente intento se le desordenara encima, cortándole el ritmo desde adentro, como si incluso eso estuviera dejando de obedecerle.

—... yo... —intentó de nuevo, y la palabra se le quedó a medias, atrapada entre la lengua y los dientes sin llegar a tomar forma del todo.

Las siluetas que estaban frente a él empezaron a desplazarse fuera de su eje, duplicándose apenas antes de volver a encajar donde ya no estaban, y por un momento no supo si Akemi seguía ahí o si ya la había perdido de vista, porque la distancia entre ambos dejó de tener sentido, igual que el tiempo que tardaban en pasar las cosas.

Lo primero que dejó de responder fueron sus manos en pequeños retrasos que se acumulaban, los dedos intentando cerrarse cuando ya no había nada que sujetar, fallando por una fracción que se alargaba más de lo necesario, y cuando quiso tensar los hombros para volver a incorporarse, el cuerpo no lo siguió, quedándose a medio camino, como si esa orden ya no encontrara nada que la ejecutara.

El olor volvió a entrar más fácil por su nariz, como si la fuente estuviera directamente pegada en sus fosas.

Y con él, su conciencia cedió junto a un recuerdo que no llegó como una sensación que se armó sola, el borde frío de una camilla rozándole los dedos, el traqueteo irregular de ruedas pasando demasiado rápido sobre el suelo, y esa distancia que no podía cerrar por más que avanzara, como si el espacio se estirara cada vez que intentaba alcanzarlo.

—...Inte... —quiso decir, pero el sonido se rompió antes de existir, quedándose en un hilo que se perdió en su propia garganta.

El cuerpo empezó a inclinarse hacia adelante sin que pudiera corregirlo, la rodilla cediendo apenas, hasta que el peso se desplazó por completo y ya no hubo punto de apoyo que sostener.

Intentó forzarlo otra vez, tratando de levantarse aunque fuera a medias.

Pero la orden no llegó a completarse.

Y ahí, en ese espacio donde todo lo demás se estaba deshaciendo, lo entendió.

Como una certeza.

Nada de eso había sido suficiente. Ni levantarse cuando no podía. Ni seguir avanzando sin equilibrio. Ni siquiera ese último golpe que no cambió nada.

Entonces, el recuerdo de la figura de Intelli cayendo sin fuerza sobre el cuadrilátero asaltó su mente, junto a un collage de eventos que lo siguió: ella siendo torturada por Akemi, su figura siendo trasladada a la enfermería... y él, prometiendo que ganaría.

Sus labios se movieron otra vez, esta vez sin intentar contener nada, sin apretar los dientes ni sostener la respiración como había hecho antes, dejando que la palabra saliera aunque no tuviera fuerza para sostenerla.

—Fallé...

El aire se le escapó con su frase.

La tensión se desarmó desde adentro, soltándose sin resistencia, como si algo que llevaba demasiado tiempo empujando simplemente dejara de hacerlo, y el cuerpo, que había estado forzado a mantenerse en pie por pura inercia, dejó de oponerse a la caída.

Los párpados bajaron despacio, ya sin fuerza para mantenerlos abiertos.

El mundo no se apagó de inmediato; se fue alejando, como si alguien lo estuviera arrastrando hacia atrás sin tocarlo, desdibujando las formas, llevándose el sonido, dejando solo ese espacio vacío donde antes había estado todo.

Y esta vez... se dejó ir.

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