Cherreads

Chapter 7 - El Peso del Páramo

La luz que se filtró por las aberturas superiores del techo de losa no trajo consigo el más mínimo atisbo de calidez, sino una claridad cenicienta, pesada y profundamente enfermiza. El sol, sepultado tras una densidad compacta de nubes oscuras que parecía descender a velocidad constante sobre las cumbres del valle, era incapaz de proyectar sombras definidas o de entibiar la piedra del recinto. En el interior de la cabaña, la atmósfera se había vuelto tan glacial que cada exhalación de los cinco ocupantes se transformaba al instante en una densa columna de vapor blanco que se disipaba lentamente cerca del suelo.

Ryuusei abrió los ojos instintivamente antes de que la penumbra terminara de ceder. No hubo una transición paulatina entre el sueño y la vigilia; en un entorno donde cualquier descuido significaba la erradicación inmediata, la conciencia retornaba como un latigazo. Su mano derecha, entumecida por la postura rígida y la humedad penetrante de la tierra, buscó de inmediato la empuñadura del cuchillo de caza que reposaba sobre su regazo. Pasó las yemas de los dedos sobre el acero helado, verificando el perímetro con una mirada analítica y rápida antes de obligar a sus músculos agarrotados a ponerse en pie.

En el centro de la estancia, el brasero improvisado elaborado con una lata de conservas ya solo contenía cenizas grises, desprovistas de todo calor residual.

Lumin ya se encontraba despierto, apostado sobre un bloque de mampostería junto al marco de la entrada atrancada. Sostenía el asta de madera de su alabarda entre las manos, aplicando con frialdad y esmero una fina capa de grasa sobre la unión de la hoja de hierro para evitar que la humedad ambiental corroiera el metal. Tenía los ojos inyectados en sangre y dos sombras oscuras marcando las cuencas por la privación acumulada de descanso, pero su postura conservaba la firmeza inquebrantable de un sentinela militar acostumbrado a la intemperie.

—Sin novedades en el exterior durante la última vigilia —informó Lumin con un murmullo cavernoso, sin desviar la atención de su herramienta de combate—. Sin embargo, la corriente de aire cambió de dirección hace aproximadamente una hora. Trae un hedor a nieve densa y a óxido concentrado. El clima está sufriendo una alteración drástica.

Daichi se incorporó en el extremo opuesto del recinto. Su katana permanecía ajustada al cinto, en posición para ser extraída en una fracción de segundo. No malgastó un solo movimiento en desperezarse; caminó directamente hacia la esquina donde permanecía recostada Sakura.

La mujer no se había movido en horas. Estaba cubierta por la manta raída que le habían conseguido en la fosa, pero el ritmo de su tórax era errático, acelerado y ruidoso.

Al inclinarse sobre ella, Daichi apoyó el dorso de su mano desnuda sobre la frente de la herida. La temperatura era alarmante. La fiebre había alcanzado niveles críticos durante el periodo nocturno, alimentada por la carencia de antisépticos y por la septicemia incipiente que comenzaba a propagarse por las fibras musculares contusionadas de su rodilla.

—El cuadro médico empeoró —evaluó Daichi, con un tono neutro que excluía cualquier matiz dramático para enfocar el asunto con estricta lógica—. La articulación destrozada sigue inflamándose y liberando toxinas en su torrente sanguíneo. Si no conseguimos agua corriente para drenar la zona afectada y hervir compresa limpias, el shock térmico y la infección la dejarán inconsciente antes de que caiga la tarde.

Ryuusei se aproximó al punto focal y levantó la cantimplora metálica que descansaba a un lado de las cenizas. La agitó cerca del oído. El recipiente apenas produjo un chapoteo leve y seco: solo quedaban tres sorbos de un líquido turbio en el fondo.

—Carecemos de raciones —constató Ryuusei, reajustando con precisión el agarre de las tiras de sus botas saqueadas—. Tampoco disponemos de alimento sólido. Mantenernos parapetados en esta edificación de piedra por más tiempo equivale a aceptar una muerte por inanición y deshidratación.

Aiko despertó en ese instante. Se quitó con lentitud el voluminoso abrigo de piel de ciervo que la resguardaba del frío ambiental y se frotó los ojos con los nudillos, contrayendo la espalda ante la ráfaga helada que cruzaba la rendija superior del muro. Lejos de emitir una queja o mostrar quebranto, la pequeña caminó en completo silencio hacia el contenedor metálico, lo sujetó entre sus pequeñas manos y se lo tendió directamente a Sakura, demostrando un entendimiento impresionante sobre la escasez extrema que los rodeaba.

—Bébela tú, Sakura... —susurró Aiko, con la voz apenas inteligible—. Tu cuerpo la necesita más.

Sakura abrió los párpados con evidente dificultad. Sus pupilas lucían desenfocadas por la hipertermia, pero logró forzar un rictus severo antes de apartar suavemente el brazo de la menor.

—Conserva esa reserva para tu consumo, niña —articuló Sakura con una garganta áspera y agrietada—. Si voy a agotar los recursos de este grupo, será para ponerme en marcha sobre mis propios pies, no para prolongar una agonía sobre la tierra.

Daichi fijó la vista en la proyección mental de la cartografía que habían analizado la tarde anterior desde el punto más elevado de la colina.

—En el fondo de esta hondonada se extiende el lecho seco de un antiguo río —expuso Daichi, dirigiendo la mirada hacia los cuatro integrantes restantes—. En los estratos de deshielo acumulados entre las rocas debe haber filtraciones de agua corriente. Si descendemos hacia esa grieta geográfica, lograremos rellenar las cantimploras, desinfectar la extremidad de Sakura y trazar una ruta de infiltración hacia el siguiente cuadrante antes de que la bruma anule por completo el campo de visión.

—El inconveniente —interrumpió Lumin, poniéndose de pie mientras afianzaba el agarre en la alabarda— es que una fuente de agua utilizable en un entorno desolado funciona como un faro para cualquier individuo desesperado que siga en pie dentro de esta zona. Si nosotros requerimos ese recurso, el resto de los supervivientes estará convergiendo hacia el mismo punto.

—Es un riesgo inevitable —determinó Ryuusei, evaluando la resistencia muscular de su antebrazo vendado—. Las condiciones de este terreno cancelan cualquier posibilidad de esperar. Si hallamos presencia enemiga en esa vaguada, nos apoderaremos de la fuente antes de que ellos articulen una defensa.

Lumin removió la viga de roble que bloqueaba el acceso principal. El chasquido del hierro al liberar la madera resonó con una vibración seca dentro del habitáculo. Al desplazar levemente la puerta, un vendaval glacial irrumpió en la estancia, arrastrando partículas de escarcha cristalizada y una penumbra sumamente anómala para el inicio de la jornada.

El firmamento, que hasta el día anterior mostraba un matiz plomizo, se había transformado en un manto cenizo con tonalidades violáceas, como si la radiación solar estuviera siendo estrangulada por el propio sistema operativo del Limbo.

—Las variables atmosféricas se desploman aceleradamente —advirtió Daichi desde el umbral, calculando el desnivel del terreno que debían descender—. Incrementen la cadencia del paso. Si la temperatura cae diez grados más, la nieve acumulada se convertirá en el menor de nuestros obstáculos.

Lumin se colocó a Sakura sobre la espalda, entrelazando los brazos de ella alrededor de su cuello mientras Daichi sostenía la pierna inmovilizada para impedir que las sacudidas del trayecto reabrieran los tejidos musculares internos. Ryuusei tomó la mano de Aiko, posicionando a la niña en el espacio central de la formación, y avanzó hacia la niebla densa del valle con la hoja de su cuchillo expuesta hacia el frente.

El grupo de cinco abandonó el refugio de mampostería para adentrarse en un páramo donde la cifra proyectada en las alturas volvía a parpadear, recordando a los 842 que la superficie habitable y los insumos del planeta se extinguían con cada minuto que pasaba.

El descenso por la pendiente que conducía al lecho del río no ofrecía ninguna clase de tracción firme. La tierra, impregnada de agua congelada y cobertura vegetal en descomposición, se deshacía bajo la presión de las botas, obligando a Ryuusei a clavar el talón con fuerza en cada zancada para evitar un resbalón que arrastrara al resto de la formación. Detrás de él, Lumin realizaba un esfuerzo titánico; el peso muerto de Sakura, sumado a la masa de la alabarda y la necesidad de mantener el equilibrio en un terreno inclinado, hacía que los tendones de su cuello se marcaran como cuerdas bajo la piel.

—Mantengan la distancia entre cada paso —indicó Daichi desde la retaguardia, con la mirada dividida entre el suelo resbaladizo y los contornos de las rocas superiores—. Si uno pierde el punto de apoyo, los demás no podrán frenar la caída.

Aiko avanzaba en absoluto silencio, concentrando su atención en el lugar exacto donde Ryuusei asentaba el pie antes de colocar el suyo. El abrigo de piel de ciervo se encontraba manchado de barro en el dobladillo inferior, pero la niña no daba muestras de fatiga verbal. Su entrenamiento involuntario en este entorno de privación la había dotado de una obediencia instintiva: no hacía preguntas, no emitía sollozos y no soltaba la mano de Ryuusei.

A medida que ganaban profundidad dentro de la vaguada, la vegetación achaparrada de pinos y arbustos secos comenzó a desaparecer, sustituida por bloques gigantescos de piedra volcánica alisados por el paso antiguo del agua. El ambiente en esta hondonada era sensiblemente más frío que en la colina; la humedad ambiental se acumulaba en las zonas bajas, formando una película helada sobre las rocas que volvía el trayecto aún más traicionero.

Ryuusei se detuvo tras un prominente bloque de granito y levantó la mano libre para ordenar la detención absoluta del grupo.

Frente a ellos, a unos doscientos metros de distancia en línea recta, se abría la cuenca del río seco. Las paredes de roca que flanqueaban el cauce se erigían como paredes verticales de más de diez metros de altura, creando un callejón natural sumamente estrecho. En el centro de la cuenca, entre un lecho de grava y pedruscos oscuros, brillaba un hilo fino de agua corriente que emanaba de un bloque de hielo aprisionado en la sombra de la pared norte.

Pero la fuente no estaba desierta.

Esparcidos a lo largo de las paredes del desfiladero, ocupando los puntos de observación más elevados y protegidos, se divisaban restos de materiales abandonados: telas desgarradas, mochilas rasgadas y la carcasa oxidada de un contenedor metálico.

—No hay movimiento visible en el lecho del río —susurró Ryuusei, reduciendo la silueta tras la piedra volcánica—. Pero la grava cerca del flujo de agua presenta marcas frescas. Alguien estuvo lavando algo ahí hace menos de media hora.

Daichi se deslizó junto a él, analizando el terreno del canal. Su experiencia en el análisis de zonas de combate le permitía descifrar los peligros implícitos en la geografía antes de que las armas se desenfundaran.

—Ese callejón es una trampa de liquidación —concluyó Daichi en voz muy baja—. Las paredes laterales bloquean cualquier vía de escape lateral. Si descendemos directamente hacia el hilo de agua, seremos vulnerables a cualquier ataque con proyectiles o rocas desde el borde superior del acantilado.

—Sakura no sobrevivirá si no utilizamos esa agua ahora mismo —señaló Lumin, apoyando con suavidad a la mujer contra la base del bloque de granito para liberar a sus hombros del peso por un instante—. Su respiración se está volviendo irregular. El calor de la infección se puede sentir a través de la manta.

Sakura intentó incorporarse por su propio impulso, pero la articulación de la rodilla le falló de inmediato, enviando un choque neurológico que le hizo soltar un chasquido entre los dientes.

—No hagan... una estupidez por mi causa —musitó Sakura, tratando de mantener la mirada enfocada en Daichi—. Si esa zona es una emboscada, utilícenme como cebo. Puedo quedarme expuesta en la entrada del canal mientras ustedes rodean la posición por la parte alta.

—No, hare tal estupidez —dijo Daichi de inmediato—. Dividir la unidad en un terreno con visibilidad reducida y sin capacidad de comunicación es el error más básico en la guerra de guerrillas.

Avanzaremos juntos, pero usando el margen de la pared izquierda como cobertura rígida. Ryuusei irá al frente para detectar cualquier trampa o presencia oculta; yo me encargaré de vigilar la parte alta del acantilado.

—Si la situación se complica —añadió Ryuusei, ajustando la correa de su cuchillo de caza—, no buscaremos un enfrentamiento prolongado. Aseguramos el líquido en las cantimploras y nos retiramos inmediatamente hacia el cuadrante sur.

El cielo sobre la garganta del valle continuó su degradación luminosa. Las nubes, ahora teñidas de un violeta denso y cenagoso, comenzaron a emitir un sonido sordo, similar al rugido distante de un glaciar al fracturarse. El viento, lejos de cesar, comenzó a soplar en ráfagas descendentes que levantaban polvo helado y agujas de escarcha del suelo.

El grupo de cinco inició el avance táctico hacia la cuenca del río, consciente de que en la cima del callejón de piedra la cifra de 842 supervivientes no representaba un simple indicador numérico, sino la cantidad exacta de enemigos potenciales que buscaban el mismo recurso vital para no morir antes del próximo ciclo.

El descenso hacia la garganta del río ya no era solo una prueba de resistencia física, sino una lucha constante contra el desánimo que amenazaba con aplastar al grupo. La tristeza flotaba entre ellos, densa y amarga, como la bruma que se pegaba a sus ropas. No eran máquinas de combate ni soldados calculadores; eran seres humanos al límite, agotados, asustados y con el corazón encogido por la posibilidad real de perder a Sakura.

Daichi sentía el peso de la responsabilidad apretándole el pecho como un bloque de plomo. A pesar de su intento por mantenerse firme para darles fuerza a los demás, sus manos temblaban ligeramente sobre la empuñadura de la katana. Le dolía ver a Sakura retorcerse en silencio por la fiebre, le dolía el miedo reflejado en los ojos de la pequeña Aiko y sentía un nudo helado en el estómago cada vez que miraba el cielo violáceo. No tenía todas las respuestas ni un plan perfecto; solo tenía miedo y un deseo desesperado de que todos salieran vivos de esta pesadilla.

Ryuusei, caminando al frente, sentía cómo las lágrimas heladas se le secaban en las mejillas antes de poder caer. La rabia de los primeros días se había transformado en un dolor profundo y constante. Veía sus manos sucias y agrietadas y recordaba la vida que le habían arrebatado, la calidez de su hogar y el rostro de su familia. Cada paso que daba le costaba un mundo, pero al mirar hacia atrás y encontrar la mirada confiada de Aiko, un chispazo de esperanza se encendía en su interior. No podían rendirse. Mientras respiraran, había una oportunidad.

—Resiste un poco más, Sakura... por favor —murmuró Ryuusei, con la voz quebrada por la emoción mientras se giraba para ajustar el manto de la mujer herida—. Ya casi llegamos al agua. Te vas a poner bien, te lo prometo.

Sakura intentó sonreír, pero la mueca se convirtió en un rictus de dolor. Apretó los dientes y asintió débilmente, aferrándose al hombro de Lumin.

—No pierdas el tiempo prometiendo cosas imposibles, chico... —susurró ella, con los ojos empañados por las lágrimas y la hipertermia—. Pero no me voy a rendir. No después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí.

Lumin soltó un suspiro pesado, un sonido cargado de cansancio y tristeza acumulada, pero sus brazos no flaquearon al sostener a la mujer.

—Nadie se va a rendir —dijo Lumin, intentando inyectar calidez en su voz áspera—. Hemos cruzado el infierno de la fosa y seguimos juntos. Cinco entramos y cinco vamos a salir de este maldito lugar.

Aiko apretó la mano de Ryuusei con más fuerza. La niña lloraba en silencio, dejando que las lágrimas limpiaran surcos en la suciedad de su rostro, pero caminaba sin dudar, buscando el apoyo de su hermano improvisado. Ryuusei le devolvió el apretón, sintiendo que esa pequeña mano era el único ancla que le impedía caer en el abismo del pánico.

Al llegar a la entrada del lecho seco, la vista del canal de piedra resultaba sobrecogedora. Las paredes verticales de roca los hacían sentir diminutos, atrapados en una tumba de granito. En el centro, el fino hilo de agua de deshielo brillaba con un destello casi milagroso entre la grava. Para un grupo al borde de la deshidratación y la desesperanza, ese hilo de agua no era solo un recurso; era la vida misma, una señal de que el mundo aún no los había abandonado por completo.

Sin embargo, antes de que pudieran dar diez pasos hacia la corriente, el sonido crujiente de piedras rodando desde las alturas cortó el aire helado.

—¡Alto ahí! —resonó un grito destemplado desde el borde superior del acantilado.

Cuatro figuras emergieron de entre las sombras de las rocas elevadas, bloqueando la salida del desfiladero desde la posición alta. No eran monstruos ni entidades; eran hombres demacrados, con miradas desencajadas por el miedo y la miseria, vistiendo ropas desgarradas y sosteniendo lanzas improvisadas hechas con ramas afiladas y garrotes con clavos.

Daichi dio un paso al frente de inmediato, colocando su cuerpo entre los atacantes y el resto de su grupo. Su rostro no reflejaba la frialdad de un estratega, sino la angustia de un líder que se niega a ver morir a los suyos.

—¡Por favor! —suplicó Daichi, con la voz temblando por la mezcla de cansancio y desesperación, mostrando las palmas de sus manos en un gesto de paz—. ¡No buscamos pelea! Tenemos a una mujer gravemente herida y a una niña. Solo necesitamos un poco de agua para limpiarle las heridas y llenar las cantimploras. Podemos compartir el espacio si nos lo permiten.

El hombre que parecía liderar al grupo rival, un sujeto alto con una cicatriz cruzándole la mejilla y los labios partidos por el frío, lanzó una risa amarga y desesperada.

—¿Compartir? —escupió el hombre hacia el vacío, con los ojos inyectados en sangre—. ¿Acaso no ves el cielo, imbécil? ¡El marcador sigue bajando! ¡Solo quedan ochocientos catorce! ¡No hay espacio para la caridad en este infierno!

—¡No les estamos pidiendo comida! —intervino Ryuusei, dando un paso al lado de Daichi, con la voz quebrada por la frustración y las lágrimas contenidas—. ¡Solo es agua! ¡Agua de deshielo que corre para todos! ¿Es que ya no les queda nada de humanidad?

—La humanidad se murió la primera noche —respondió otro de los agresores desde las rocas, levantando un garrote pesado—. Si quieren llegar a esa agua, van a tener que pagar. Entreguen las botas del muchacho, la alabarda de ese grandulón y el abrigo de piel que lleva la niña. O los matamos a todos desde arriba a pedradas.

Aiko se encogió de miedo detrás de Ryuusei, dejando escapar un sollozo ahogado. Escuchar cómo la amenaza se dirigía directamente hacia ella y sus amigos hizo que algo se rompiera dentro de Ryuusei. El dolor y el miedo que lo habían paralizado durante horas se transformaron en una determinación ardiente y desesperada. Miró a Aiko, luego a Sakura, que apenas podía mantenerse consciente, y finalmente a Daichi y Lumin.

No era rabia ciega de superhéroe; era el instinto primario de un chico que no estaba dispuesto a ver cómo destruían a la única familia que le quedaba en ese infierno.

—No les vamos a dar nada —dijo Ryuusei en un susurro cargado de emoción y firmeza, con los nudillos blancos alrededor de la empuñadura de su cuchillo de caza—. Si quieren quitarnos lo único que nos mantiene con vida, van a tener que bajar a luchar mano a mano.

Daichi miró a Ryuusei y notó el fuego renovado en los ojos del muchacho. A pesar del pánico que atenazaba su propio pecho, Daichi sintió una oleada de orgullo y esperanza. Desenfundó su katana con un movimiento lento, no para infundir terror, sino como una promesa silenciosa de que protegería a su equipo hasta su último aliento.

—Escúchenme bien —dijo Daichi hacia los hombres de la cumbre, con la voz firme pero llena de una profunda tristeza—. Estamos agotados, hambrientos y heridos... pero no estamos derrotados. Si nos obligan a pelear por este agua, lucharemos con todo lo que nos queda. No cometan el error de acorralar a quienes no tienen nada que perder.

Lumin asentó la base de su alabarda contra la grava con un impacto sordo que resonó en todo el canal, haciendo que la hoja de hierro brillara bajo la luz morada del cielo.

—Sakura... quédate pegada a la pared —pidió Lumin con ternura, acomodándola en el suelo con cuidado antes de erguirse en toda su estatura—. Aiko, cubre a Sakura. Nosotros nos encargaremos de esto.

Los cuatro hombres del acantilado intercambiaron miradas dudosas. La determinación emocional y desesperada del grupo de cinco contrastaba brutalmente con su propia cobardía nacida del hambre. Veían a un chico joven dispuesto a dar la vida por una niña, a un hombre con una espada defendiendo a sus compañeros con lágrimas de rabia en los ojos y a un gigante sosteniendo una alabarda con una fuerza que parecía inagotable.

Sin embargo, la desesperación del páramo era un veneno traicionero.

—¡Ataquen! —gritó el líder de la cicatriz, perdiendo el juicio por el miedo al ver que su chantaje no funcionaba—. ¡Son solo tres los que pueden pelear! ¡Quítenles todo!

Dos de los agresores se deslizaron torpemente por la ladera de rocas, blandiendo sus lanzas improvisadas con gritos de desesperación, mientras los otros dos comenzaban a arrojar piedras pesadas desde la cima del canal.

El aire en la garganta del río se llenó de la tensión trágica de un enfrentamiento que ninguno de los dos bandos deseaba realmente, pero al que la lógica brutal del Limbo los había empujado. Ryuusei apretó los dientes, sintiendo el corazón latiéndole desbocado en el pecho y el frío extremo mordiéndole los pulmones, listo para dar la cara por el grupo en la batalla por su propia supervivencia.

El primer impacto no vino de una hoja de acero, sino de una roca del tamaño de un puño que se estrelló contra el suelo a pocos centímetros de las botas de Ryuusei, levantando una lluvia de esquirlas de granito que le cortaron la mejilla. El dolor punzante le recordó que un solo error significaba la muerte, pero en lugar de hacerlo retroceder, el calor de su propia sangre alimentó su determinación.

Uno de los atacantes que descendían por la ladera, un hombre joven de rostro pálido y ojos desorbitados, se lanzó directamente sobre Daichi con una lanza de madera afilada a fuego. El ataque era torpe, impulsado por el pánico de quien no sabe pelear pero necesita matar para comer.

Daichi no buscó una ejecución perfecta ni hizo gala de habilidades sobrehumanas. Con el corazón en la garganta y las manos sudorosas dentro de los guantes gastados, esquivó la embestida echando el cuerpo hacia un lado. El filo de madera le rasgó la tela de la chaqueta, rozándole las costillas. Soltando un grito de rabia y alivio, Daichi utilizó la empuñadura de su katana para golpear con fuerza el rostro del agresor, derribándolo sobre la grava helada.

El hombre cayó de espaldas, soltando la lanza y sujetándose la nariz ensangrentada mientras sollozaba de dolor. Daichi no lo remató; retrocedió agitado, respirando con dificultad y mirando a su oponente con una mezcla de lástima y horror.

—¡Quédense en el suelo si quieren seguir viviendo! —gritó Daichi, con la voz entrecortada y los ojos húmedos por la tensión del momento.

Mientras tanto, el segundo atacante intentó flanquear la posición de Lumin para llegar hasta donde Aiko y Sakura se encontraban indefensas. El sujeto empuñaba un garrote con clavos oxidados y corría con la mirada fija en el abrigo de piel de la niña.

Ryuusei lo vio mover de reojo. Un chispazo de pavor helado le recorrió la columna al imaginar ese garrote cerca de Aiko. Sin pensarlo dos veces, se arrojó hacia adelante, interceptando al sujeto en mitad del trayecto.

El choque fue brutal y puramente humano. Ambos cayeron al suelo rodando sobre la grava filosa. El atacante, más pesado que Ryuusei, logró posicionarse encima, presionando el garrote contra el cuello del chico. Ryuusei sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones y cómo la madera astillada le clavaba las puntas en la piel. El olor a sudor rancio, miedo y suciedad del hombre lo asfixiaba.

—¡Suéltame! —bramó Ryuusei, sintiendo que la vista se le nublaba por la falta de oxígeno.

A lo lejos, escuchó el grito desgarrador de Aiko llamando su nombre. Ese sonido actuó como un choque de electricidad en sus músculos. Sacando fuerzas de donde no tenía, llevado por el amor desesperado hacia la pequeña que dependía de él, Ryuusei levantó su brazo derecho y clavó la punta de su cuchillo de caza directamente en el muslo del agresor.

El hombre soltó un alarido de agonía que resonó en las paredes de piedra del canal. El agarre en el cuello se aflojó de golpe cuando el sujeto se replegó sobre sí mismo, agarrándose la pierna ensangrentada. Ryuusei rodó hacia un lado, tosiendo violentamente y tragando bocanadas del aire frío del valle, mientras se ponía de pie con el cuchillo manchado, temblando de pies a cabeza por la adrenalina y el espanto de lo que acababa de hacer.

Lumin, aprovechando la confusión del combate en tierra, avanzó dos pasos hacia la base de la pendiente y blandió su alabarda en un barrido amplio y pesado. La hoja de hierro cortó el aire con un silbido impresionante, estrellándose contra la pared de roca justo debajo de donde se encontraban los dos hombres que arrojaban piedras.

El impacto provocó un derrumbe menor de cascote que hizo perder el equilibrio al líder de la cicatriz.

—¡Suficiente! —rugió Lumin con una voz que hizo temblar el desfiladero, con el rostro transpirado y los ojos llenos de una furia protectora—. ¡Si vuelven a lanzar una sola piedra, los voy a perseguir ladera arriba y no habrá compasión para ninguno!

El silencio volvió a instalarse en la garganta del río, roto solo por los gemidos de dolor del hombre herido en la pierna y los jadeos entrecortados de Ryuusei y Daichi.

El líder del grupo rival, viendo a sus dos compañeros en el suelo y observando la postura inquebrantable de los tres defensores, comprendió que habían perdido la batalla. La desesperación que los había llevado a atacar se transformó en un terror absoluto a ser exterminados.

—¡Nos retiramos! ¡Nos retiramos! —gritó el líder con la voz quebrada, haciendo señas desesperadas al hombre de la nariz rota para que ayudara a levantar al herido del muslo.

Entre maldiciones ahogadas, llantos de dolor y miradas de puro espanto, los cuatro supervivientes se vieron obligados a replegarse por la parte alta de las rocas, perdiéndose rápidamente en la bruma densa que continuaba descendiendo sobre el valle.

Ryuusei se dejó caer sobre sus rodillas en la grava, soltando el cuchillo de caza. Sus manos temblaban de forma incontrolable y las lágrimas finalmente brotaron de sus ojos, mezclándose con la sangre de su mejilla. No había alegría ni orgullo en lo que acababan de hacer; solo un alivio amargo y una profunda tristeza por la barbarie en la que estaban atrapados.

Aiko corrió hacia él y lo abrazó por el cuello con todas sus fuerzas, escondiendo el rostro en su hombro mientras lloraba sin parar. Ryuusei rodeó a la niña con sus brazos, apretándola contra su pecho y apoyando la barbilla en su cabeza.

—Ya pasó, Aiko... ya pasó —susurró Ryuusei con la voz entrecortada por el llanto—. Estamos a salvo. Te prometí que los iba a proteger.

Daichi se acercó lentamente, guardando la katana en su funda con dedos temblorosos. Se agachó al lado de Ryuusei y le puso una mano firme en el hombro, transmitiéndole un calor humano que ambos necesitaban desesperadamente.

—Lo hiciste bien, Ryuusei... lo hiciste muy bien —dijo Daichi, secándose una lágrima disimulada con el dorso de la manga—. Ahora vamos por esa agua. Sakura no puede esperar más.

Lumin caminó hacia la corriente de agua de deshielo y llenó la primera cantimplora con manos cuidadosas, asegurándose de que el líquido saliera limpio. Trajo el recipiente hacia donde Sakura yacía apoyada en la pared.

La mujer, que había presenciado todo con la respiración contenida, miró a los tres con los ojos llenos de gratitud y una profunda conmoción.

—Son unos idiotas... —musitó Sakura con la voz rota por la emoción, dejando que una lágrima se deslizara por su mejilla febril—. Unos hermosos idiotas.

Con el peligro inmediato sofocado y el agua limpia finalmente en sus manos, el grupo de cinco se reunió alrededor del pequeño hilo de agua en el fondo del desfiladero, unidos por un lazo de lealtad y esperanza que ni la miseria del Limbo ni la violencia de los demás supervivientes habían logrado romper.

El agua de deshielo estaba tan fría que adormecía las manos al contacto. Mientras Lumin llenaba los contenedores restantes, Daichi y Ryuusei se arrodillaron junto a Sakura para atender la infección. Aiko permanecía pegada al costado de la mujer herida, sosteniendo la cantimplora con dedos temblorosos y ofreciéndole sorbos pequeños a medida que el cuerpo febril de Sakura los aceptaba.

Ryuusei desató los paños sucios que envolvían la rodilla. El espectáculo era desgarrador: la piel circundante a la articulación estaba tirante, enrojecida y emanaba un calor febril que contrastaba violentamente con el aire glacial del callejón. Con delicadeza extrema, utilizando una tira de tela limpia empapada en el agua helada de la corriente, Daichi comenzó a limpiar las impurezas y la pus acumulada alrededor de los ligamentos contusionados.

Sakura ahogó un grito contra su propio antebrazo. El dolor la hacía temblar de cabeza a pies, y gruesas lágrimas de puro agotamiento físico se abrían paso por sus mejillas manchadas de hollín. Aiko, al verla sufrir de esa manera, se apretó contra su hombro y comenzó a tararear en un murmullo infantil una melodía suave, intentando distraerla de la tortura de la limpieza.

—Aguanta, Sakura... por favor, aguanta un poco más —suplicaba Ryuusei, limpiando suavemente el sudor helado de la frente de la mujer mientras Daichi ajustaba la férula de pino con nudos firmes pero menos opresivos—. Ya retiramos la suciedad. El agua helada va a bajar la inflamación. No te vamos a dejar sola.

—No... no me voy a rendir —logró articular Sakura, con los labios temblorosos y la voz reducida a un hilo de aliento—. Si ustedes no se rindieron allá arriba cuando esos hombres bajaron... yo no me voy a morir por una pierna rota.

Daichi levantó la vista hacia el cielo al terminar el último nudo. Su rostro, surcado por el cansancio y las emociones a flor de piel, reflejaba la pesada carga del liderazgo. La luz violácea que sofocaba el valle se había vuelto aún más opaca, tornándose de un tono ceniza purpúreo que parecía presagiar algo terrible. La sensación de presión en el aire aumentaba, haciendo que respirar fuera una tarea pesada y sofocante.

—El clima no nos va a dar tregua —dijo Daichi, secándose las manos en el pantalón mientras intentaba contener el temblor de sus propios dedos—. La temperatura está cayendo demasiado rápido. Si nos quedamos en el fondo de este desfiladero cuando la noche caiga por completo, el frío encajonado en las paredes de piedra nos congelará los pulmones antes del amanecer.

Lumin se acercó con las tres cantimploras repletas y aseguradas en su cinto. Observó a Sakura con una mirada llena de compasión y alivio al ver que la fiebre comenzaba a ceder levemente gracias a las compresas heladas.

—Hay un recodo a quinientos metros al sur —indicó Lumin, señalando la salida del canal—. Las paredes de roca se ensanchan y hay una serie de grietas naturales que podrían servir como refugio provisional contra el viento. No es una fortaleza como la cabaña de anoche, pero nos mantendrá a salvo si la tormenta se desata.

Ryuusei se puso de pie y ayudó a Aiko a acomodarse el voluminoso abrigo de piel de ciervo. La niña, aunque exhausta, le dedicó una mirada cargada de un afecto puro y sincero que le renovó las fuerzas. Ryuusei le acomodó el cuello del abrigo y le acarició el cabello despeinado.

—¿Tienes frío, Aiko? —preguntó suavemente.

—Un poco... pero mientras esté con ustedes, no tengo miedo —respondió la pequeña, apretando la mano del chico con determinación.

Esa respuesta golpeó el corazón de Ryuusei con una intensidad profunda. Miró a Daichi, a Lumin cargando con extrema ternura a Sakura sobre sus espaldas, y comprendió que la fuerza del grupo no residía en armas ni en poderes sobrenaturales, sino en ese lazo invisible y humano que los mantenía unidos a pesar del horror que los rodeaba.

El grupo abandonó la cuenca del río seco avanzando a un paso lento pero constante. La fatiga acumulada pesaba en los músculos de todos, pero el temor a quedar atrapados a la intemperie los impulsaba a seguir adelante. Cada metro avanzado era una victoria pequeña contra la desesperanza.

A mitad del trayecto hacia el recodo sur, un fenómeno extraño comenzó a manifestarse en la atmósfera del Limbo.

El cielo violáceo emitió un crujido sordo, prolongado y retumbante, como si la bóveda misma del planeta estuviera fracturándose bajo el peso de una fuerza invisible. La escasa luz solar que aún atravesaba las nubes se extinguió por completo, sumiendo al valle en una penumbra pesada y tétrica que obligó al grupo a pegarse a las paredes de roca para no perder la orientación.

De pronto, la primera gota impactó sobre la mejilla de Ryuusei.

No era una gota de agua fría común. Era densa, viscosa y poseía una temperatura anormalmente tibia que le provocó un escalofrío inmediato. Al pasarse los dedos por el rostro para limpiársela, la luz tenue de la penumbra le reveló la verdad: sus yemas estaban manchadas de un fluido de color rojo oscuro, espeso como la sangre y con un leve olor metálico que impregnó el aire de inmediato.

—¡Daichi! —exclamó Ryuusei, deteniéndose en seco y mostrando la mano manchada—. ¡Miren esto!

Segundos después, la llovizna se intensificó. Del firmamento oscuro comenzaron a precipitarse gotas gruesas de lluvia roja que repicaban contra las piedras y manchaban la ropa del grupo con cercos purpúreos y pegajosos. La lluvia de sangre no era un truco mágico; era la manifestación biológica y ambiental del deterioro absoluto del Limbo, una precipitación contaminante que hacía que el lodo del suelo se volviera resbaladizo y rojizo.

—¡Cúbranse! —gritó Daichi, sintiendo cómo las gotas le manchaban el rostro y le picaban ligeramente en la piel seca—. ¡Búsquen la grieta de la roca inmediatamente! ¡No dejen que esta agua les entre en las heridas abiertas ni en los ojos!

Lumin apretó el paso todo lo que su cuerpo le permitía, protegiendo la cabeza de Sakura con el borde de su propia manta para evitar que la lluvia contaminada tocara la venda recién colocada en su rodilla. Aiko soltó un pequeño chillido de asombro y pavor al ver cómo el abrigo de piel comenzaba a teñirse de rojo, pero Ryuusei la cubrió de inmediato con su propio cuerpo, usando su chaqueta para hacerle sombra mientras corrían hacia la abertura de la pared.

Apenas lograron deslizarse dentro de la grieta de mampostería natural cuando la llovizna se transformó en un aguacero denso y constante. El sonido de las gotas rojas golpeando la entrada de la cueva creaba un eco claustrofóbico que congelaba la sangre de cualquiera.

En el interior de la grieta, el grupo se amontonó para darse calor mutuo. El espacio era estrecho y frío, pero la pared de piedra los resguardaba de la precipitación biológica que cubría el exterior.

Pantallas flotantes e intangibles se encendieron a lo largo del horizonte del mapa, emitiendo un zumbido sordo que resonó en todo el valle. El marcador global de participantes parpadeó dos veces antes de actualizar su cifra de forma drástica.

El número descendió de 842 a 819.

Veintitrés personas habían sucumbido en cuestión de minutos, atrapadas en la intemperie por el desplome térmico y la lluvia contaminada o eliminadas en combates desesperados por refugio.

Ryuusei se dejó caer sentado contra la pared de la grieta, respirando con dificultad y mirando sus manos teñidas de rojo y lodo. La imagen de los cuatro hombres huyendo por las rocas, el recuerdo del rostro de la persona a la que tuvo que apuñalar en el muslo para salvar a Aiko y el espectáculo de la lluvia de sangre afuera lo abrumaban. Se abrazó las rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas, dejando que unas pocas lágrimas de desahogo se deslizaran en silencio.

Daichi se acomodó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, apretándolo con afecto fraternal.

—No te guardes el dolor, Ryuusei —dijo Daichi con una voz suave, llena de empatía y comprensión humana—. Está bien sentir miedo. Está bien llorar por lo que estamos viviendo. Lo que hiciste hoy allá abajo no fue por crueldad; fue para proteger a la gente que quieres. Ninguno de nosotros es un monstruo.

Ryuusei levantó la mirada, con los ojos rojos por el llanto, y miró a Daichi.

—Tengo miedo de que este lugar nos cambie... de que terminemos siendo como esos hombres de las rocas —confesó Ryuusei con la voz entrecortada—. Tengo miedo de no ser lo suficientemente fuerte para salvar a Aiko o para llegar al final.

—No estamos solos en esto —intervino Sakura desde el fondo del refugio, reclinada sobre el regazo de Lumin mientras este le acomodaba la manta—. Ninguno de nosotros habría sobrevivido a la cueva o a este río por su cuenta. Si estamos vivos y si logramos conseguir agua hoy, fue porque nos cuidamos los unos a los otros. Esa es la diferencia entre los demás y nosotros.

Aiko se acurrucó entre Ryuusei y Daichi, buscando el calor corporal de ambos. Apoyó la cabeza en el pecho de Ryuusei y cerró los ojos con una serenidad sorprendente en medio de la pesadilla.

—Tú me salvaste, Ryuusei... —susurró Aiko antes de que el cansancio comenzara a vencerla—. Siempre me salvas. Prométeme que mañana vamos a seguir juntos.

Ryuusei miró a la niña, luego a Daichi, a Lumin y a Sakura. A pesar de las cicatrices, del dolor muscular, de las lágrimas y de la lúgubre lluvia roja que continuaba cayendo afuera tiñendo el mundo de un tono sangriento, la calidez de la esperanza volvió a encenderse con firmeza en su pecho.

—Te lo prometo, Aiko —dijo Ryuusei con una firmeza serena, abrazando a la pequeña con ternura—. Mañana, cuando salga el sol, vamos a seguir adelante. Los cinco juntos.

Lumin apoyó su alabarda contra la entrada de la grieta y se sentó en el suelo, cruzando las manos sobre las rodillas para iniciar la primera guardia de la noche. Miró el exterior, donde la lluvia roja manchaba el terreno congelado, y luego volvió la vista hacia sus cuatro compañeros resguardados en la cueva.

—Solo quedan ochocientos diecinueve —murmuró Lumin con respeto y tristeza por los caídos—. Y solo cinco de nosotros cruzarán la meta para regresar al mundo de los vivos. Pero no me cabe la menor duda de que los que van a cruzar son los que están dentro de esta cueva.

Daichi asintió en silencio, manteniendo la mano en el hombro de Ryuusei mientras el chico cerraba los ojos para descansar finalmente. El frío del Limbo era despiadado y la lluvia de sangre amenazaba con devorar el valle, pero dentro de esa pequeña hendidura en la roca, la humanidad, el afecto y la lealtad de los cinco sobrevivientes se mantenían inquebrantables, listos para enfrentar los desafíos que el camino aún guardaba para ellos.

More Chapters