Después de mi breve discurso de conciencia para los dioses presentes, me mimeticé con el ambiente y volví a mi trono. Aunque ciertamente lo que dije fue algo grosero para los demás, para mí fue algo necesario. Recuerdos de dioses devorando y jugando con las almas de los muertos llegaban como una marea a mi mente.
Esto hacía surgir una ira desde lo más profundo de este cuerpo. Me hace sentir como un mero espectador, como si este cuerpo no fuera más que un avatar de realidad virtual. Sé que soy yo..., pero sigo siendo ajeno a lo que me rodea de cierta manera.
Mientras pensaba para mí mismo, ciertas personas se acercaron a mí; una en particular era alegre y fácil de molestar, otra tenía ojos estrechos cual serpiente y la última era una diva de pelo dorado con ojos color amatista.
—Eso fue bastante dominante, ¿no crees? Dudo que con esa actitud tengas muchos amigos —habló la diosa del cielo con cierta altivez y un tono sarcástico.
—No todos tienen que ser complacientes y andarse por las ramas como suelen hacer otros dioses. Pocos tienen el valor de decir lo que piensan enfrente de los demás —dijo Hestia mientras saltaba para abrazarme y, en el proceso, casi tirarme del trono.
—¡Suéltame, me estás ahorcando!
Aunque me agrada que Hestia sea alegre, también me irritaban este tipo de muestras de afecto. Parecía que esta pequeña diosa no sabía nada sobre el pudor y la distancia entre hombres y mujeres, o quizás simplemente no le importaba.
—Enana, lo vas a terminar matando si lo sigues abrazando de esa manera. Además, ¿qué no sabes sobre la distancia entre hombres y mujeres?
Finalmente, alguien me sacó de las garras de la muerte. Era como un ángel de pelo rojo y, desgraciadamente, con poco pecho...
—Solo lo dices porque tienes envidia de mi figura divina, ¡ujumu! —dijo Hestia con gran orgullo mientras resaltaba su exuberante y dotado pecho.
Realmente eran hermosas, pero si me tuviera que inclinar por una en particular sería Hera. Lástima que esté obsesionada con Zeus. De alguna forma, sus bromas y chistes me hacían sentir bien.
Una pequeña sonrisa se formó en mi rostro. Olvidé la última vez que sonreí con sinceridad después de tanto tiempo. El trabajo realmente fue acabando conmigo poco a poco.
—Pareces otra persona, jajaja. ¿O acaso tu papel de chico serio fue solo una actuación? —dijo Loki mientras reía suavemente.
—¿Acaso reír es un pecado? La vida es aburrida si no apreciamos momentos como estos —respondí a su curiosidad con una pregunta mientras la miraba de reojo.
—¡Bah! No hagas el sabio conmigo y deja de mirarme con esa sonrisa boba.
—Aunque es divertido conversar con ustedes, es necesario que nos involucremos en este proyecto seriamente.
Hera, como buena hermana mayor que sabe evitar problemas antes de que sucedan, dio un paso al frente y nos hizo guardar silencio.
Parece que, mientras estábamos en nuestra pequeña plática, varios dioses se reunieron alrededor formando un círculo y, como si fuera un espectáculo de magia, varias luces convergieron dando forma a las representaciones de los seres que planeaban crear. Pero, de la misma manera en que surgían ideas, también surgían conflictos.
Por lo que, a medida que avanzaba la lluvia de ideas, se fueron creando normas y reglas, casi de la misma manera en que unos desarrolladores crean un juego. Cosas como no crear aberraciones, no crear seres eternos, no crear dioses y no crear cosas por fetiches... o al menos no de forma tan obvia.
En este momento me di cuenta de que estas personas, cuya personalidad no es muy diferente a la de los humanos, son seres completamente distintos. El arte de la creación es simplemente hermoso.
Siempre pensé que los dioses no eran más que una forma en que la humanidad daba sentido a los fenómenos que no era capaz de explicar, y que, si existían, serían seres ignorantes, orgullosos y egocéntricos.
Y es verdad, o al menos así son la mayoría de estos.
—Entonces, ¿dónde vamos a colocar a estos seres? ¿Acaso desean dejarlos vagar por todo el mundo divino? —Hera dio un paso al frente para plantear una pregunta que nadie se había hecho hasta ese momento.
—No te preocupes por eso, Hera. Ya tengo un planeta en mente y, aunque no es tan grande como este mundo, es lo suficientemente grande para estas criaturas —respondió Zeus con una gran sonrisa mientras alentaba a todos a seguir trabajando.
No pensé que estos dioses conocieran conceptos avanzados como "planeta", pero viendo mis recuerdos me di cuenta de lo tonto que soy al verlos como seres simples... Bueno, al menos dan esa imagen, pensé para mí mismo.
—Creo que es necesario hacer reglas estrictas sobre nuestra intervención en este nuevo mundo...
Un hombre mayor, entre la mediana edad y la vejez, con cabello canoso y piel arrugada, avanzó lentamente al lado de Zeus.
—Por favor, Uranos, podemos dejar ese tema para la conclusión del mundo —dijo Zeus con un tono de fastidio.
Uranos era como el abuelo o padre que te decía cómo hacer cada cosa, y Zeus no era exactamente una persona de reglas.
—No es necesario que todos hablemos sobre esto, o al menos no por ahora. Bastará con que algunos dioses lo discutamos para dar forma a las reglas del nuevo mundo. De esta manera podremos terminar más rápido.
Además, no todos los dioses son competentes en la creación de nueva vida.
Su voz, lenta pero firme, resonó por el lugar. Su mirada recorrió a varios dioses y sentí que se detenía en mí por un segundo.
¿Una indirecta?
No pude evitar pensarlo, aunque ciertamente tenía razón.
—Hades, no estará hablando de nosotros, ¿verdad? —dijo Hestia mientras tiraba de mi ropa.
